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Domingo González Fumero, 2006 |
Domingo González Fumero nació en 1925, en El Patio,
en Vilaflor de Chasna, pero casi toda la vida la hice en La Vera. Y residió en Santa Catalina, después de casado con
Tomasa Fumero Fumero. Una vida repleta de austeridad y sin apenas acomodos, sin
agua, cocinando con leña y alumbrándose con rajas de tea. Antes se
alumbraban aquí con tea, eso me acuerdo yo de comer con un poco de tea
ardiendo. No había luz de nada, lascas de tea. Antes se tumbaba mucho pino
padre, eso no es más que tea, pura tea, tiene como tres dedos de blanco, lo
demás encarnao de tea. Un pedazo rolo así y un pedazo milana y él ardiendo
arriba y después comiendo allí, vías con eso a comer, eso me acuerdo yo muchachón.
Sus padres, Nicolás González y Juana Fumero, se
dedicaron a la agricultura, cereales, carbón, que se hacía en ese entonces,
se araba mucho, lentejas, cebada, trigo, papas. Se vivía deso, y la viña. Y en esa infancia, dura y austera, se inició en la
labores de la vida: cereales de secano pa tener pa un animal que tenía, pa
juntar la paja y eso. Eso era de viejo, eso era todos los años y deseando que
se diera y cuando no se día no se pasaba bien. Lo más que se sembraba era
cebada y lentejas. Y esperar con
ansiedad la tan deseada lluvia, para poder sembrar en los terrenos que se
ven de monte por áhi, todo salía poco, no había monte, había pocos pinos, lo
que han ido abandonando y entonces el monte áhi.
Y papas también de secano, sobre todo en tierra negra.
Cuando yo chico, chico, había mucha tierra de surco, después del año
cuarenta y cinco o cincuenta se llenó de jable, a jacer huertas de jable, a
traer jable de Los Blanquitos, antes si habían huertas pero pocas. Todo era de
secano, cuando único está la papa de riego es del año setenta.
Asimismo poseían cuatro o cinco cabras pal gasto, que Domingo las sacaba a pastar temprano para
después poder asistir a la escuela, y animales de carga para ayudar en las
diversas labores. Además disponían de colmenas, en Galindo y la trasladaban a
Las Cañadas, en bestias. 4 colmenas en una bestia. Y llevarlas a la costa
porque aquí hacía mucho frío y no había flor, y llevarlas de San Miguel pabajo.
Por la zona de San Miguel es donde más íbamos nosotros, y a Cabo Blanco también
íbamos.
Y él continuó con las estas labores, había que
vivir de lo daba la tierra. Pero
también tuvo que ingeniársela para ir sobreviviendo, con la realización de
otros trabajos, como en el acondicionamiento de huertas de jable, o los rudas faenas
en galerías, en los que se mantuvo, después de realizar el servicio militar,
unos 7 u 8 años, ejecutando labores de apertura en diversos lugares, Adeje,
Vilaflor o en Arico.
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Domingo González Fumero, 2011 |
Domingo,
como tantos vecinos de Vilaflor, tuvo que dedicarse a obtener, de manera clandestina,
carbón de retama, quemando carbón por
áhi en esa cumbre. Se
inició con su padre, a quien acompañaba, después
de salir de la escuela a los quince años, es que empecé yo a hacer carbón,
entonces se vivía de la cumbre y del carbón, todo el pueblo, de qué vivía,
deso. La primera vez que hice carbón fue donde le dicen en las Cañadas, la
Coronada, de retama.
Asimismo su memoria hurgó en la primera foguera que realizó, la primer vez fui con Agustín Dorta el del Chorrillo,
tendría dieciséis años y él tendría dieciocho. Dura labor a la que se aferró para subsistir, trabajos, pero a montones, mal comidos y de todo,
aquí a poco que se acabó la guerra, aquí hubo quien se quedara sin cenar muchas
veces. Y a la cumbre
se iba en busca de leña, de pinocho o para elaboración del carbón con cualquier
tiempo, había que ir todo el año,
hubiera nieve o no hubiera, si había nieve se venían pabajo o no iban si estaba
lloviendo, se vivía deso, del carbón, y a vender pabajo. Con una manta se
abrigaban y andando, que se quitaba el frío también, con un burro arrastro por
áhi parriba. Usté se cree que eran dos o tres los que íbamos, a lo mejor quince
o veinte personas en un día, unos pa un lado, otros pa otros.
El
subir a la cumbre en busca des sustento tenía sus riesgos al ser encontrados
por los guardas forestales o la guardia civil. Y a Domingo lo sorprendieron en
una ocasión, en la que le quitaron la albarda, aún recuerda que fue en 1947,
cortando retama, retama pa irla a
venderla a San Miguel, pa poder comer, pa dársela a las vacas, ya iba picada en
los sacos, se picaba con una podona a este tamaño, casi regalada, un peseta o
una cincuenta.
La
comercialización de este carbón, en su mayoría de pino y retama, se realizaba
por los Municipios cercanos a Vilaflor, Adeje, Arona y sobre todo en San Miguel
de Abona. Los carboneros que ascendían a la cumbre solían obtener dos o tres
sacos por foguera, unos 40 o 50 kilos por saco de tres listas, que era lo que
se podían cargar en un animal, para mayor cantidad se realizaban varias fogueras,
con lo que se dejaba apagada y se volvía al día siguiente en busca del resto.
Las palabras de Domingo González nos aclaran esos menesteres, la dejaban
allí, tapada la foguera, venían hoy y después iban mañana de madrugada y
volvían a cargar. Había quien hiciera seis sacos, nueve, depende, algunos que
eran muy buenos y encontraban mucha leña hacían hasta doce, de distintas
fogueras. Las fogueras mayores que se hacían era de tres sacos, la carga, dos
sacos y medio, tres sacos. Si iban un lunes hacerlo, el martes venían, después
iban el miércoles, el jueves y lo iban trayendo. Laborioso trabajo para escaso beneficio, de nada
sea que dos días pa traer tres sacos y otro pa venderlo, siete pesetas, siete
pesetas y media los tres sacos.
Asimismo recuerda los años que trabajó con Agustín
Fumero Martín, Agustín el Murga,
en cuya cuadrilla se mantuvo unos quince años, dedicados a obtener carbón de
retama y de pino, de manera legal hasta la década de 1990, adquiriendo la
madera y quemándola fuera del monte, como en Los Llanitos. E incluso en este
lugar lo llegó a obtener con escobón, igual que el de retama, era un carbón
bueno, se aprovechaba bien, el de pino es más flojo. Y también si se tumbaba
algún árbol, almendrero, y se aprovechaba también.
Las vivencias de Domingo González Fumero, sus modos
de recordar, sus palabras, que siempre conservaran el sabor de antaño, su
pausado hablar que se apagó al final de noviembre de 2014, siempre denotaron el
amor por la tierra en la que anduvo. Mirarle a los ojos cuando relataba sus
caminos, repletos de matices, en los que conoció las fatigas, entre el viento y
el frío, mirarle a esos ojos íntegros, que rezumaban conocimiento, alejados de
pedantería, es darnos cuenta el valor que tiene la sabiduría y la sencillez.