lunes, 10 de febrero de 2014

Delfina Fumero Rodríguez. Entre rosas y nostalgia por el Vilaflor de antaño

 
  Delfina Fumero. Vilaflor, 2006

A través de la voz suave y pausada de Delfina Fumero Rodríguez se recorre aquel Vilaflor de calles empedradas, de olor a resina y a tierra húmeda. Nació el día después de reyes de 1924, en la misma casa donde dispuso, hasta su fallecimiento en 2007, su pequeña tienda, en la antigua calle del Convento, la actual Avenida Hermano Pedro. Hija de María Rodríguez Alayón, María la de la Fonda, quien regentó cantina y fonda, y de Germán Fumero Alayón, el viejo vate chasnero, una de las personas más ilustres y más ilustradas que ha dado este Sur, y que en Vilaflor lo fue todo a través de su longevidad: alcalde, juez municipal, responsable del correo, sochantre, además de escritor y gran animador de la vida cultural de su pueblo. 
A Delfina Fumero se le recuerda por su maestría en confeccionar rosas, y los piques con recortes de piel que les cedían los zapateros. Labor que comenzó en la infancia, tendría diez, once años, sería, formando las denominadas rosas de ojete, que eran pequeñas. Bello quehacer de rosetera, que le enseñó su abuela Ana Martín. Las primeras que empecé hacer fueron estas, las empecé hacer con mi abuela, pero mi abuela lo que lo hacía con la mano zurda pero yo aprendí con la derecha. Porque es la más chiquitita, lo más fácil de hacer, entonces yo era pequeña como mi bisnieta ahora, y entonces mi abuela me enseñó. Porque anteriormente una Señora de San Miguel traía el hilo y se lo daba a las personas de aquí, a las mujeres, se llamaba doña Constanza Gómez, entonces ella tenía una venta, le hacían las rosas y después traían las cosas empleadas de lo que la señora tenía en su venta, no las pagaba a casi nada, a quince céntimos la docena o cosa así. Constanza Gómez les abonaba el trabajo con lo que estas mujeres de Vilaflor necesitaran para su casa, pues sacaban a lo mejor tela pa hacer una sabana o sacaban dos toallas, esas cosas así.
En su tiempo era una ocupación a la que se dedicaban muchas mujeres del pueblo. Tenía una tía que se llamaba Juana, otra que se llamaba Gregoria, otra se llamaba Candelaria y otra Ángela, hermanas de mi madre, mi madre no se dedicó mucho a hacer rosetas. En ese entonces todas las chicas teníamos ilusión de hacer rosetas.
Sus recuerdos brotan con presteza, al igual que el baile de la aguja entre los alfileres. Y entre el enhebrar, el zurcido o las vueltas del hilo, rememora las obligaciones de una vida cotidiana hostil, como los trabajos de sus abuelos, Ana Martín y Timoteo Rodríguez. Pues la vida era muy mal porque cuando mi abuelo trabajaba haciendo las viñas le pagaban dos pesetas todo el día, de sol a sol, tenía mi abuela que ir dos veces a llevarle algo de comer, y eso muy mal, porque usté sabe que anteriormente se ganaba muy poco aquí, cuando la gente estaba dedicada también a hacer carbón.
O la escasez de los alimentos. No había muchas ventas ni nada, ni mucho que comprar, porque yo me acuerdo cuando mi madre empezó con la fonda, de ir a San Miguel a buscar melocotones y a buscar una latita de melocotones y esas cosas, porque aquí en el pueblo no había nada de eso. Hoy a lo mejor tiene más la gente en las despensas que lo que había antes en una venta desas. Eso a lo mejor íbamos por una cuenta de aceite o por medio litro de aceite, no se compraban las latas como ahora.
  Germán Fumero Alayón, en una fotografía cercana a 1930, con sus hijos Delfina y Germán Fumero Rodríguez
Y las dificultades del transcurrir el día a día, acrecentada por la ausencia de cualquier tipo de comodidad a la que se esta acostumbrado en la actualidad. Ni teníamos luz, ni teníamos agua en la casa, la calle estaba empedrada tenía cada uno que salir a barrer su trocito de calle. Íbamos a lavar la ropita al Chorrillo. Y allí en aquellos lavaderos íbamos a lavar y fíjese que edad tenía yo que tenía que poner una piedra pa poder alcanzar a lavar, con ese jabón azul que venía de la rueda.
Y para abastecerse del agua para la casa también había que acarrearla de El Chorrrillo, con una lata desas, los hombres llevaban, el que tenía una bestia, la llevaba, le ponía tres barriles, pero los que no teníamos, teníamos que ir con una lata. La primera que yo fui con una lata de cinco litros de aceite, pues iba y traía cinco litros de agua, con una lata desas venía haciendo así porque era pequeña. Iba aquí con una vecina pariente y a veces una la traía ella así debajo de esto, porque yo que si se me cae, que si no; pero si teníamos que ir muchos años, muchos años al Chorrillo.
Y tender la ropa en las paredes de las huertas, y cocinar con leña, y alargar el café tostando garbanzos y lentejas y quemando algún fisquito de azúcar para que adquiriese un tono más oscuro. Ese café que servía de pretexto para reunirse. Se tostaba el café y aparte se tostaban los garbazos, y después en un molinillo que teníamos allí pequeño molíamos el café, lo poníamos en la cafetera, le íbamos echando el agüita y se iba filtrando y entonces nos sentábamos, estábamos más unidos los vecinos.
Vivíamos con más cariño de los vecinos, de los amigos, nos visitábamos más, de noche decíamos vamos a ir casa de tía Encarnación, que es una vecina que después es mi cuñada, y nos visitábamos, ahora pasa uno la puerta cerrada, si nos vemos en la calle, adiós, adiós, cómo estás, si hay un enfermo lo vamos a visitar, si pasa algo vamos a acompañar, pero no es como antes.
Los recuerdos de Delfina Fumero Rodríguez, el duro andar por el que transitó su vida, se tornan ejemplos de lucha y supervivencia. Modelos que hay que tomar para sosegar la prisa actual. Esforzados trabajos para transcurrir en el día a día de una vida cotidiana sin ningún tipo de comodidades. Pero con el enorme gozo de ir cruzando la vida por entre verdes pinares, entre olores a resina, a leña quemada en el fogal o a las madres del mosto, y arropados con el calor humano que aportaban las relaciones personales.

domingo, 9 de febrero de 2014

Padecimiento y muerte por la gripe de 1920


  San Miguel de Abona, 1890
 

La precariedad económica con la que se desenvolvía la mayor parte de la población del Sur de Tenerife, forjaba una vida entre la subsistencia y la escasez. Su sustento se arrancaba principalmente a la tierra y a la ganadería. Las dificultades agrícolas eran innumerables, la casi nula presencia de regadío; baja productividad, en muchos casos ligada a la ocupación de tierras marginales de baja calidad; campo descapitalizado; dificultades de mercado; en suma un frágil equilibrio, muy dependiente de la naturaleza y con escasa operatividad para hacer frente a las consecuencias negativas que se producían. Equilibrio roto con frecuencia, y con suma facilidad, por las plagas de langosta y los ciclos de sequía. Uno de estos ciclos de ausencia de lluvias, 1917-1919, coincide con el bloqueo económico que motivó el aislamiento padecido en las islas por la contienda de la I Guerra Mundial (1914-1918) y con la gran epidemia de gripe de 1918-1920, que en el Sur de Tenerife tuvo una nefasta incidencia en los dos primeros meses de este último año, conocido popularmente por el año de la gripe.
Antes de esta incidencia mortal se creó tal alarma social que desde todas las instituciones se establecieron diversas normativas para preservar su contagio. Llegando incluso a alguna Corporación Municipal, como la de Arona a tomar un drástico acuerdo en octubre de 1918: Se acuerda facultar al Sr. Alcalde para que, en vista de la gran epidemia que en la Península se padece y que hoy está extendida por algunas de estas Islas y algunos pueblos de esta misma Isla, toma toda clase de medidas, incluso saltando por encima de la ley si fuera necesario.
En enero de 1920 surge la alerta en la isla de Tenerife por el temor de que un nuevo brote de la epidemia gripal, que ya estaba haciendo estragos en la isla de Gran Canaria, pudiese introducirse en la Isla. Las primeras informaciones de muertes de naturales del Sur de la Isla se produjeron entre los emigrantes que estaban embarcados en el vapor Roger de Lluria. Procedente de Barcelona y con escala en el Puerto de la Luz de Las Palmas, donde debieron subir enfermos de gripe, se dirigía a Santa Cruz de La Palma para después ir a su destino, La Habana. Al encontrarse en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife se le produjo una avería que le obligó a retrazar su partida y una vez que se subsanó se mostró a bordo, con gran virulenta, la epidemia de gripe, por lo que permaneció en la rada hasta finales de enero. Los enfermos que eran desembarcados de este vapor ingresaban en el Lazareto para su tratamiento, entre los que fallecieron se encontraba Fulgencio Frías Alfonso, de 15 años y natural de Arona. Asimismo se encontraba en el Lazareto José María Alfonso, de 20 años, natural de Abona.

Arona, 1890
A través de los medios de comunicación de la época se conocen múltiples casos de defunciones en los pueblos del Sur de Tenerife. De Arico se informa que había varios casos graves de bronco-neumonía y que a finales de enero habían fallecido dos hijos del conocido propietario de aquel pueblo, don José Delgado, Belisario y Eladio Delgado Morales. Para atender a estos enfermos el doctor Pisaca, Inspector Provincial de Sanidad, realizó gestiones para que se desplazase un médico desde Güímar, labor que realizó Alcibíades Hernández Mora. A comienzos de febrero de da a conocer que las defunciones en Guía de Isora ascendían a tres, sin detallar sus nombres.
En abril se comunicaba desde Granadilla que la epidemia gripal se considera extinguida, al no producirse ningún nuevo caso en el último mes, produciéndose una muerte en El Médano. De este municipio, al que se trasladó el médico Agustín Pérez Díaz para asistir a los enfermos y a los de los municipios cercanos, se encuentran referencias de la virulencia de esta enfermedad, no así fallecimientos que se citen expresamente que lo fueron por la gripe. Se informa de otras muchas más muertes repentinas, como para todo el Sur, sin relación de su causa, como la del oficial de milicias, Ulises Guimerá y Gil Roldán que fallece en el pago de Las Vegas, victima de rápida enfermedad.
En el Sur de la Isla el caso más sangrante ocurrió en San Miguel de Abona donde en este periodo de máxima virulencia fallecieron 21 vecinos: Luciano Delgado, de 60 años; Florencio Delgado, 35; Felipe Cabrera, 40; Lorenzo Pérez, 60; José Delgado, 85; Gregorio Manso, 48; José Sierra, 80; Tomás Bello Gómez, 68, aunque en su esquela mortuoria se detalla que lo fue el 18 de febrero en Arona; Julio Bello, 28; Gregorio Rancel, 45; Agustín Delgado, 75; Francisco Estévez, 69; Teófila González, 30; María Marrero García, 35; Micaela Delgado, 80; Catalina Marrero, 60; Adela Trujillo, 60. Y las menores, que se anotan como hija de don Cristóbal Tejera, de 3 años; hija de Teófilo Bello, de 2; hija de Francisco González, 6 meses; y la hija de Agustín Pérez, de 2 años. A comienzos de marzo se informaba de la mejoría de la situación y el escaso número de los afectados.
Y por si podría añadirse alguna adversidad más a la falta de lluvia que se padecía desde años atrás, a la escasez de trabajo que propiciaban la emigración, y a esta virulenta gripe, se le suma la falta de algunos productos de primera necesidad como el azúcar, causando diversas quejas desde pueblos como el de Adeje, desde el que se comunica que se carece en absoluto de azúcar, y, como ya menudean los casos de gripe, es un verdadero conflicto. Y para acrecentar el infortunio se produce un temporal de viento y agua, entre los últimos días de febrero y primeros de marzo, que causan graves daños a las contadas vías de comunicación, como las pistas que unían los pueblos con la costa, el caso de la de Arona a Los Cristianos, o la siempre en obras carretera vieja del Sur. O los graves destrozos que causó a los cultivos, como la enfermedad que ocasionó la excesiva agua en el cultivo de papas, imprescindible para la subsistencia de pueblos como San Miguel de Abona o Granadilla de Abona.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Francisco González Toledo, último camellero en Tamaide

 
Francisco González y Mª Victoria Martín en Tamaide. San Miguel de Abona, 2005


La vinculación de su familia a la agricultura, bajo el sistema de medianerías, ocasionaba que se trasladaran, según las épocas del año, a diversos terrenos de los propietarios con los que trabajaban. En una de estas labores de sus padres, Basilio González y María Toledo, quienes estaban arando para sembrar cereales en la zona de la costa de San Miguel de Abona, en El Guincho, su madre lo trajo al mundo en la Cueva de San Blas, el 3 de diciembre de 1925.
Su padre también se dedicó a la cabrería, cuidando diversas manadas en Los Parlamentos y en Chimbesque, pero sobre todo fue conocido como tratante de animales. Traía camellos de África, manadas de veinte. Eso empezó a ir mi padre a África por medio de Vitelio Reyes, que era tratante también y se asociaron. Se trasladaban a El Aaiún para acompañar los camellos en el barco, en el que lo trasportaban hasta Santa Cruz de Tenerife, y después caminando hasta San Miguel. Era un mercado de ida y vuelta, se traían camellos jóvenes y se llevaban los viejos destinados para carne. Desde que desembarcaban ya se disponían para venderlos o intercambiarlos por otros animales; algunos se quedaba por El Escobonal, Arico o Granadilla. Como ejemplo de intercambio se podía citar el canje que realizó su padre, un camello por un burro y diez duros.
El traslado a pie desde Santa Cruz representaba una verdadera odisea, tal como recuerda Francisco: el que venía más manso lo traíamos de guía delante, de cabestro, yo por ejemplo o mi padre, y después los otros iban atrás de aquel. Se tomaba ese viejo camino que desde la capital llegaba al Sur, alcanzando el Valle de Güímar, ascendiendo por el Mirador de San Martín, por Las Medidas, El Escobonal, Fasnia, Arico, Icor, la Era Tierra, a Granadilla se entraba por La Fuente, para llegar a El Pinito, Chiñama, El Pajonal y en dirección a Viña Vieja, para llevar los camellos a una huerta de Vitelio Reyes, en El Hoyo, en San Miguel. Aún a comienzos de los años cincuenta participó en alguna de estos desplazamientos, con la dificultad que representaba cuando el camino coincidía con la carretera general. No sólo lo que caminabas atrás de los camellos, sino después cuando venía un coche juían y agarraban esos llanos, esos morros por áhi, no había muchos coches pero había alguno y a lo mejor acabándolos de meter al camino, a la carretera aparecía otro coche, volvían a juir. Viaje largo y penoso, que en la espera también lo vivía su esposa, María Victoria Martín Hernández: se ponía unas alpargatas desas de esparto y cuando entraba aquí las tenía que tirar, mira si caminaban.
Francisco aprendió el oficio de camellero de su padre, a quién estuvo ayudando en estas tareas incluso después de casarse con María Victoria, en 1950. Después continuó teniendo algún camello con el que auxiliarse en la duras tareas del campo. En primer lugar vivieron en Tamaide, San Miguel, trabajando por áhi en lo que saliera, después de un año o dos fueron de medianeros a El Tapao, donde estuvieron unos siete años, y donde plantaban papas, trigo, cebada, garbanzos. Después de pasar por otras medianerías, e ir trabajando en lo que surgiera, regresaron a residir, donde continúan en la actualidad, en Tamaide.
Pero no sólo Francisco bregaba con el camello, sobre todo para el transporte y arar, sino que también María Victoria lo utilizaba: Yo me levantaba bien temprano, sin verte, y lo ensillaba yo sola y me iba del Tapao parriba que le decían Genovés, cogía cuatro sacos de hierba, dos de pencas secas, un cacharro de cochinilla y venía pa mi casa.
Escuchar a Francisco sus vivencias con los camellos es ir más allá que unas simples anécdotas de como era su arisco comportamiento, o las múltiples utilidades que era capaz de prestar. Era su modo de vida y como tal tenía que cuidarlo, dominarlo o prepararlo para obtener el máximo rendimiento. Francisco no sólo era un consumado maestro en su manejo sino que además poseía la virtud de fabricar todos aquellos útiles precisos para realizar esas faenas.
Sus extensas explicaciones nos llevan a comprender un poco más las dificultades de una vida austera y donde los recursos los obtenían de su entorno, procurándose casi todas las piezas necesarias para aparejar el camello. Elaboraba desde los arados hasta las bastas que se sitúan debajo de la silla, estas últimas con una loneta e incluso de tela de saco que cosía María Victoria y Francisco los llenaba de paja, sobre todo de cebada, y cuando se rompían había que remendarlos con piel de cabra. Las sillas y los cajones para cargar jable se los construía alguno de los carpinteros de San Miguel, como Tomás Casanova en El Lomo.
Los cangos y bastillos los solía hacer de eucalipto o de palo blanco. El sálamo lo confeccionaba con las vergas que envolvían las pacas de paja, no eran finas, ni muy gordas, y después eran amorosas, que se podían tensar bien y no se rompían. Porque áhi la que es acerada es mala y la que es muy blanda tensándola se parte. Cadenas también hacía de pedazos de vergas. El rebenque lo prefería de un metro, que uno podía bastoniar, que no sobrara mucho parriba, sino que uno lo agarrara, de almendrero y en los nudos una tachita porque fuera más bonito.
Y todo ello, y muchos más útiles de labranza, eran fabricados quitándole horas a la noche, como puntualiza María Victoria: y por la noche con un quinqué, áhi ajumado, que no había ni luz, ni nada, sino con el quinqué, le dábamos una botella de petróleo, le metíamos una mecha y pa que no se estallara el gollete de la botella le poníamos un pedazo penca, clavar la penca y no se estallaba la botella, pa que no se calentara el cristal y no se rompiera la botella. Él era amañado pa jacer los arados y venían los vecinos que iban a arar al otro día, que si el camello le partía el arado, que si se le esconchó el arado, a veces toda la noche carpinteando y ajumado todo con ese quinqué.
Francisco tuvo camellos hasta la década de los años setenta, el último camello que tuve era una camella hembra, que se la vendí a Miguel Rancel, cuando quité la camella compre un rover. Fueron años donde fue dejando la agricultura y me dediqué a jacer tanques, por áhi hay un montón dellos que ha hecho yo. Unas preguntas le hice a Manolo Medina, me dio unas explicaciones, fuerte hombre pa cubicar era ese. 
Y por entre estos múltiples menesteres transcurrió su vida, junto a sus padres, junto a María Victoria Martín, con la que arrimó el hombro desde 1950. María Victoria nos abandonó en 2007 y Francisco en 2010, pero aquí siguen anudados a la tierra que los vio nacer. En los relatos de Francisco se denota como su vista atrás siempre lo fue con nostalgia, con cierta tristeza, recordando sus vivencias, pero también con la satisfacción que le produjo el buen hacer en la siembra en cada uno de sus actos.

lunes, 3 de febrero de 2014

3 de febrero de 1963. Tragedia en Granadilla de Abona


  Galería desplomada en el antiguo convento franciscano 
 
El suceso luctuoso acaecido en Granadilla de Abona, a las dos y media de la tarde del domingo 3 de febrero de 1963, se produjo cuando se derrumbó una galería del antiguo convento franciscano, donde estaban ubicada las dependencias municipales y los juzgados. Hubo 23 muertos entre las personas que aguardaban para la realización de los trámites de solicitud del Documento Nacional de Identidad. La mayoría de las victimas se produjeron tras el pánico que se originó después del derrumbe de parte de la galería de la segunda planta, que al querer salir del edificio murieron aplastadas.
Debido a la lluvia que caía al mediodía, la mayoría de las más de mil personas que esperaban para realizar los trámites del Documento Nacional de Identidad se refugiaron en las galerías interiores y en el patio del antiguo convento franciscano. Sin ningún indicio previo se derrumbó parte de la galería y con ella cayeron las personas que estaban en los aledaños de la mesa donde se ubicaban los funcionarios del Cuerpo General de Policía que realizan esta labor. Los del piso inferior no pudieron apartarse a tiempo y en este momento se produjo la única muerte por este desplome, el de una mujer que ayudaba en las tareas administrativas. El resto de los muertos sobrevinieron por el miedo que produjo este derrumbe, al intentar salir del lugar fallecieron aplastados. 
Según los testigos, tal como quedan reflejados en las diversas crónicas periodísticas, fue la confusión y el pánico lo que produjo las demás victimas, con haber mantenido la calma no se hubiese producido ningún muerto más, pero el miedo a que se derrumbase el edificio entero produjo una avalancha. El desconcierto hizo que todos intentaran salir al mismo tiempo, creando unos momentos de angustioso dramatismo y dando lugar a que estas personas, en su mayoría mujeres y tres niños fuesen arrollados. Uno de los periodistas, Francisco Ayala, redactó de este modo ese trágico momento: Durante unos instantes, la misma masa humana hizo presión sobre la puerta cerrándola totalmente. Pero, realizando un desesperado esfuerzo, el guardia municipal de la localidad, don Carlos Rodríguez, logró abrir media hoja, por donde salieron los que pudieron. La calle del Calvario de Granadilla, sembrada de cuerpos yacentes, parecía haber sufrido un horroroso bombardeo.
Las escenas que se sucedieron en pocos segundos fueron verdaderamente inenarrables. Los gritos de dolor y desesperación de los de dentro hallaron eco en los familiares que esperaban fuera o acudieron al espantoso clamor. Los de la calle intentaban entrar para auxiliar a los suyos y la colisión de unos y otros añadía más confusión aún a la horrible escena. Algunos padres o maridos lograban por fin dar con sus hijos o con sus esposas y, como podían, extraían sus cuerpos del informe montón humano.
  El edificio en los años ochenta
La relación de fallecidos que se remitió desde el Gobierno Civil a los diversos medios de comunicación fue: Del Casco de Granadilla: Victoria Gaspar González, de 32 años, casada; Luis Villalba Flores de 46 años, casado; Blanca Pimienta Arránz, de 19 años, soltera; Consuelo Pimienta Arránz, de 21 años, soltera; Celia Perera Hernández, de 9 años; Fernanda Oramas Hernández, de 26 años, casada.
Del barrio de Chimiche: Ignacio Casañas García, de 81 años, casado; Rosa Casañas Marrero, de 70 años, casada; José García Vidal, de 7 años; Carmen Vidal González, de 40 años; Carmen Casañas González, de 39 años, casada.
Del Charco del Pino: Cecilia Delgado Alonso, de 49 años, casada; Lorenza González del Pino, de 64 años, soltera; José Toledo Rancel, de 53 años, casado.
Del barrio de Yaco: Isabel González Torres, de 49 años, casada.
De El Desierto: Dionisia Torres Delgado, de 21 años, casada.
De El Salto: Manuel Rancel Rivero, de 17 años, soltero; Mercedes Rodríguez Cano, de 58 años, casada; María del Rosario Casanova Franchi, de 21 años.
De Los Cristianos: Rosa Quintero, de 24 años, casada; Guadalupe Domínguez González, de 43 años, casada; Soledad González Cruz, de 29 años, casada.
De La Orotava: María Esther Martín Bethencourt, de 12 años.
Y más de un centenar de heridos, en la mayoría de los casos por contusiones, fueron atendidos en el mismo lugar del accidente y con posterioridad remitidos al Hospital Provincial, al Hospital Militar y a diversas clínicas privadas. En el Sur no existían, ni existen, medios suficientes para hacer frente a una desgracia de este tipo, los servicios sanitarios se tuvieron que desplazar desde la capital. Las muestras de solidaridad provinieron en primer momento de los mismos vecinos de Granadilla de Abona que se volcaron en la atención de los heridos y de sus familiares, después de múltiples rincones de la Isla. Las primeras autoridades de la Isla se personaron nada más conocerse esta desgracia, el Gobernador Civil, Manuel Ballesteros Gaibrois, se desplazó en avión, pilotado por Constantino Lorenzo Rubio, desde el aeropuerto de Los Rodeos hasta la pista auxiliar de El Médano, inaugurada el año anterior, en un avión de la compañía “Tassa”; y que a su regreso trasladó a tres de los heridos más graves.
La carretera vieja, la Comarcal 822, se llenó de ambulancias y de coches particulares, en doble sentido, desde Granadilla de Abona a Santa Cruz de Tenerife; sus cientos de curvas de colmaron de lamentos. Desde el día siguiente, declarado día de luto en la provincia, el Gobierno Civil promovió una suscripción en favor de los damnificados, recibiéndose los donativos en la Sección de Beneficencia del Gobierno Civil y en una cuenta abierta en la Caja General de Ahorros.
Las dádivas provenían de todas las clases sociales, de empresas; se organizaron múltiples eventos sociales y deportivos para aumentar los donativos para el socorro de las victimas. La compañía de Pepe Alfayete y Rafaela Rodríguez, que en esos días actuaba en el Teatro Guimerá, ofreció la recaudación de un día para los damnificados; el fútbol y la lucha canaria se sumaron a esta iniciativa.   
El entierro de las victimas se efectuó en Granadilla de Abona, Arona y La Orotava. En este primer lugar, donde se enterraron a 20 de los difuntos, se produjo un gran acto de duelo. A las cinco de la tarde dieron comienzo las honras fúnebres en la Parroquia de San Antonio de Padua, estando presente el Obispo de la Diócesis, Luis Franco Cascón, además de las principales autoridades de la Isla. Con posterioridad se trasladaron los féretros al cementerio, recorrido plagado de crespones negros, acompañados de más de 30.000 personas. Dos de las victimas fueron enterradas en el cementerio de Arona, y en La Orotava, la niña María Esther Martín Bethencourt.
Las muestras de solidaridad se recibían desde todos los estamentos de la sociedad, todas las instituciones se sumaron a ese día de luto oficial, el lunes 4 de febrero; la Universidad de La Laguna suspendió las clases; los telegramas de pésame llegaban de múltiples regiones y ciudades; las misas de duelo se sucedieron en todos los pueblos de la Isla, entre los que destaca la oficiada el 11 de febrero en la Parroquia Matriz de la Concepción de Santa Cruz de Tenerife.
Veintitrés modestas victimas, acostumbradas a la resignación con que la austera naturaleza había envuelta su vida. Trabajadoras del campo en su mayoría, a las que para que no perdiesen un día laborable se les expedía este documento en domingo. Su silencio astillado de amargura se quedó atrapado, para siempre, entre la galería y el patio, entre la escalera y el rellano, entre la madera y la piedra de este antiguo convento plagado de desgracias, de incendios. Allí quedó el silencio entre los zapatos, las lonas, los bolsos, los sombreros, los bocadillos, la ropa en jirones, los ecos de los estertores, el espanto atroz de veintitrés vidas apresadas eternamente entre la lluvia y la tierra, entre la tea y la piedra, entre la memoria y la amargura de los que las buscaban.


jueves, 30 de enero de 2014

Aterrizaje de dos aviones en El Bailadero, Arico

 
  El avión Archipiélago Canario en El Bailadero

Han sido varios los proyectos de pistas de aterrizajes que se han quedado en este Sur sin una ejecución definitiva, en varios casos se dispuso algún llano para el posible aterrizaje de avionetas, hasta que en 1978 se inauguró el Aeropuerto Tenerife Sur. El tantas veces añorado aeródromo poseyó varios proyectos para su construcción, desde el acondicionamiento de diversas pistas de aterrizaje, como en El Camisón de Los Cristianos o en Llano de Roja, en El Médano, donde se inauguró, en septiembre de 1962, el Aeródromo Tomás Zerolo. O la pista dispuesta en El Bailadero, en los alrededores de donde está ubicada la Casa del Caminero, en Arico, lugar en el que aterrizaron dos aviones Breguets el 30 de enero de 1924.
A finales del mes de enero de 1924 cuatro aviones del ejercito español, entre ellos un hidroavión, realizaron el vuelo entre Tetuán-Larache-Cabo Juby y las Islas Canarias. Aterrizaron en Gran Canaria, donde permaneció un avión por avería, dirigiéndose los otros tres a Santa Cruz de Tenerife, en cuya bahía amerizó el hidroavión, continuando los otros dos aeroplanos rumbo hacía Arico, desde cuyo lugar se informaba de su aterrizaje.
Los aviadores, Bermúdez de Castro, Pardo y Martínez Esteve, en El Bailadero
A las 12 y 25 minutos, se divisó uno de los aviones, y minutos después, a las 12 y media, comenzó a distinguirse en la misma dirección, el otro aparato. A las doce y media en punto, pasaba sobre el campo de El Bailadero el aeroplano Archipiélago Canario, pilotado por el capitán Pardo, y en el que iba de observador, el capitán de artillería, señor Bermúdez de Castro. El avión, después de una admirable maniobra, enfiló el campo por el sur, aterrizando en el centro del mismo y parando frente al sitio donde se hallaban reunidas las autoridades.
A continuación aterrizó el avión Tenerife, que en el momento de tomar tierra, capotó el aparato, sufriendo algunos desperfectos en le hélice y tren de aterrizaje. El piloto del avión, señor Martínez Esteve, y el observador, señor Bosch, resultaron afortunadamente ilesos. Los dos aeroplanos tardaron de esta capital al campo de El Bailadero, ocho minutos.
A los aviadores y autoridades presentes se les obsequió con un espléndido banquete en el domicilio del señor Rodríguez y Díaz-Llanos. En las crónicas publicadas sobre este acontecimiento se da cuenta del gran recibimiento que les profesó el pueblo de Arico y las gestiones para dicha deferencia mantuvo el Alcalde, Domingo Pérez Acosta. El pueblo se hallaba artísticamente engalanado, luciendo originales adornos pues de esta forma la población exteriorizaba el júbilo que aquel fausto acontecimiento le causaba. Asimismo se subraya: Merecen los mayores plácemes todos los habitantes de Arico y muy especialmente don Francisco Rodríguez Román y el maestro de obras don Juan Manuel Suárez, que tomaron parte muy activa en la confección de los adornos. Además de resaltar la gran labor del secretario municipal, Sixto Machado Martínez.
Por la tarde los aviadores y la tripulación se trasladaron por carretera a Santa Cruz de Tenerife. Para arreglar el aparato Tenerife se desplazaron a Arico varios mecánicos que se encontraban desmontando otro avión averiado en el aeropuerto de Gando, en Gran Canaria. El hidroavión regresó en vuelo a Sevilla y el resto de aviones se desmontaron y se enviaron a la Península en barco.

lunes, 27 de enero de 2014

27 de enero de 1929. Ahogados tres tripulantes del Isora

El Isora en Los Cristianos


El barco Isora del armador José Peña Hernández, vecino de San Miguel de Abona, solía cubrir las rutas del Sur de Tenerife y La Gomera, desde los primeros años de la década de 1920. Su vinculación, en los años de esplendor del cabotaje, con el Sur fue algo más que el simple atraque para traer o llevar mercancías o pasajeros. En el Isora se enrolaron muchos  marineros de cada uno de los pueblos que jalonaban la costa sureña. Eran numerosos los puntos donde realizaba escalas, como en: Puerto Santiago, Alcalá, Playa de San Juan, La  Hoya, Puerto de Adeje, La Caleta, Los Cristianos, El Porís de Las Galletas, Los Abrigos, Tajao, El Porís de Abona, Güímar, Candelaria y Santa Cruz de Tenerife.
En Los Cristianos es recordado por su participación en las primeras fiestas, como en la procesión marítima del 19 de octubre de 1924, cuando a su llegada  artísticamente engalanado, quemando al dar fondo abundantes fuegos y cohetes, por ofrecimiento de su capitán, don Manuel Perdomo. En esta procesión remolcó la lancha que trasportaba la imagen de Ntra. Sra. del Carmen por toda la bahía.
Y del Isora hay que lamentar un suceso acaecido al mediodía del domingo 27 de enero de 1929, en Taguluche, La Gomera, donde murieron tres de sus tripulantes. Según el relato de su capitán, Manuel Perdomo Gil: Nos encontrábamos en el puerto de Taguluche a las doce del día, poco más o menos, dedicados a las operaciones de carga y descarga. En una lancha donde llevábamos a tierra seis bolsas de maíz, iban el contramaestre Félix Bernal, el sobrecargo Manuel Hernández y los marineros César Rodríguez, Leoncio Roger Torres, Felipe de León, Antonio Melo Tavío, Antonio Melo, Juan Melo Tavío y Juan Marcelino Ledesma.
Estando ya en tierra tres de los tripulantes citados, la mencionada lancha al recibir un golpe de oleaje montó la popa sobre el veril por haber garreado el ancla, de cuyas resultas volcó, lanzando al mar a todos sus ocupantes que tuvieron que hacer titánicos esfuerzos para salvarse de una muerte cierta.
Desde el barco se lanzó otra lancha para socorrer a los que habían caído al agua, pero nada se pudo hacer por salvar la vida de tres de ellos: César Rodríguez, de 28 años, natural de Yaiza, Lanzarote. Leoncio Roger Torres, 27 años, de Tuineje, Fuerteventura y Félix Bernal Rodríguez, 40 años, de Icod, o de Lanzarote como aportan otras fuentes.
El Isora en Santa Cruz de Tenerife
Los cuatro últimos tripulantes que se citan en la lista de los que viajaban en la lancha zozobrada eran naturales de Los Cristianos. Los dos que se apuntan con el nombre de Antonio eran  en realidad los hermanos Martín y Mariano Melo Tavío, asimismo hermanos de Juan Melo Tavío, e hijos de Martín Melo Villareal, que en esos momentos faenaba en otro barco de cabotaje, el Carmen. 
César Rodríguez consta en el Padrón Municipal de Arona, a 31 de diciembre de 1925, como Elías Rodríguez Armas, residiendo en Los Cristianos desde hacia dos años y casado con Natividad Domínguez León, natural de Los Cristianos.
Los cuerpos de los fallecidos no se pudieron recuperar el día del accidente. Las pesquisas hechas para encontrar a los compañeros resultaron infructuosas, no obstante estar dedicados a su busca hasta la seis de la tarde. En vista de lo ocurrido, acordó la oficialidad del Isora hacerse a la mar inmediatamente con dirección al puerto de esta capital, adonde llegaron a las seis de la mañana. El cadáver de César Rodríguez lo rescató de la mar, el día 30 de enero, el vapor Boheme, informándose también que no se habían recuperado aún los cadáveres de los otros dos marineros.
  
Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones

sábado, 25 de enero de 2014

Colores del Sur 8. Ventana en Santa Catalina


 

Colores del Sur 8. Ventana en Santa Catalina

Tonalidades de verdes incrustadas en la memoria de la madera, en los recuerdos de una extensa vida cotidiana. Verde. Delicada imagen que llena el ánimo de sensaciones de placidez. Sencillez en la forma, grandeza en la evocación.
Ventana formada con madera de pino, de las cercanías. Un largo, y fatigoso camino, para llegar a cumplir su función. Desde tumbar el pino, con hacha; serrarlo, con sierra; cepillarlo con un cepillo o una galopa, abrir agujeros con escoplo y barbequín o fijar sus partes con tarugos, como ese que se aprecia en el larguero de la ventana.
Conceptos aportados por el maestro carpintero, Ricardo Oliva Fumero (Vilaflor, 1928)
       Fotografía: Ventana en Calle Santa Catalina. Vilaflor, 2013