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lunes, 14 de octubre de 2024

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

 
Angélica Dorta Pérez. La Asomada, 2018

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

Marcos Brito

 

Cuando se entabla una conversación con una persona que ha estado ligada a la tierra, que la conoce porque la ha habitado, que la ha hecho suya, en ese amplio sentido de atesorarla como su propia vida, pronto se da uno cuenta que sus conocimientos llegan envueltos en esa sabiduría que ha adquirido con pausa, con el sosiego preciso para que se haya quedado impregnada en cada uno de nuestros poros.

Angélica Dorta Pérez nació en 1938, en San Miguel de Abona, y desde esa fecha su vida se anudó al campo, a la agricultura y al cuidado de animales, entre los que destacaban las manadas de cabras. Labores que arrastra desde su cuna, en la ayuda que desde la infancia prestaba a sus progenitores, Jerónima Pérez González y Eladio Dorta.

Momentos repletos de incomodidades y con un continuo bregar en la lucha por subsistir, como relata Geca, trabajos, trabajos y más trabajos. Un cuarto, una cueva que arreglaron pa la cocina y un cuarto para dormir, que no había sino trabajos. En este pago de El Frontón, con un puñado de viviendas, antes no tenía sino un camino, no tenía tanta casa. Y ayudando en las labores, en busca de la diaria alimentación y en cuidar a sus hermanos pequeños, criando muchachos, diéndo a buscar papas de grelos a las huertas pa comer y pasando trabajos.

Y parriba y pabajo con las cabras, pal Guincho, pal Marrubial, pa La Silleta, pa Los Ancones, trabajos es lo que pasé, trabajos, trabajos, y escalza que no tenía las uñas, de tropezones en esas piedras. Una muchacha chica, que mi padre me levantaba pa guardar cincuenta cabras, me llevaba tullía, escalza, ni más rebeca, ni más nada, sino un saco desos de tres listas.

Un mes me mandaron a la escuela, de allarriba del Llano del Ingenio, y pa lo que fui bastante aprendí. Pasé muchos trabajos, hambre y necesidad, y ropa pa salir, un traje y una rebeca que me costó ochenta pesetas, me acuerdo. Y los zapatos primeros que me puse me costaron setenta pesetas. Ya media mujer, pero no podía porque no había dinero.

 

  Angélica Dorta Pérez. Anterior a 1955
 

Angélica Dorta Pérez anudó su vida a esa memoria colectiva que representa la tradición oral en nuestro venerado Sur. Sus recuerdos, sus imágenes, reúnen conocimientos ancestrales, mejorados, que fue acopiando en las prácticas agrícolas y ganaderas.

Sus relatos aportan una gran riqueza documental, sus andares en el tiempo y en el espacio se fueron impregnado de testimonios cercanos, tal como se reflejan al contar el tono de su vida, de los suyos y de los de su alrededor, que nos ayudan a conocer lo temprano que se iniciaba en la ayuda familiar, donde todas las manos eran pocas, y que nos marca los tiempos de la siembra, de la época de parir las cabras, que con el correr de los años se fue adelantando; o como había que tener precaución con los cuervos que atacaban al ganado recién nacido. Sus narraciones se pueblan de infinitas labores, desde cuidar el ganado a ordeñar o hacer el queso, desde coger leña, piñas, o retamas, a trasladarlas en camello, burro o a la cabeza. Desde sembrar o coger papas, a sembrar y arrancar trigo, cebada o lentejas, y su posterior trillado. O de topónimos que los cambios de nuestra geografía van sumiendo en el olvido. En suma, de abundantes y precisos matices que envuelven su amena conversación, siempre apoyados por la riqueza de los conocimientos que atesora. Y sobre todo, del amor que siente por este trozo de tierra en el que compartió su vida.

Conocimientos que adquiere en ese natural aprendizaje del día a día, de unas labores entre la agricultura y la ganadería que la llevó a recorrer buena parte de este maravilloso Sur. Con los suyos anduvo por diversos pagos de Arona, Granadilla de Abona, San Miguel de Abona y Vilaflor. Y desde que unió su vida, en 1955, con su esposo Antonio García García [Vilaflor, 1921 – 2010, San Miguel de Abona] sumaron los de Adeje, Arico o Guía de Isora, además de una estancia, corta y de mal recuerdo, en Santa Cruz de Tenerife. Y llegaron sus hijos, Norberto, Antonio, Carmen, Ángel y Candelaria. Y fueron vueltas, y más vueltas a los manchones, recalando en La Asomada, San Miguel de Abona, en cuyo lugar aún reside.

Y en sus relatos cobra importancia esa cumbre que tantas veces recorrieron, Antonio y Geca. Trashumancia pastoril, pero también lugar donde recoger la leña para el fogal y la retama para alimentar a los animales. Esa cumbre que conocieron como las palmas de sus curtidas manos, Marrubial, de Guajara y su Sol de los Muertos, Valle Ucanca, La Majada Vieja o el Morro de cho Norberto. Y tantos y tantos nombres a los que Geca, enlazó su vida y la vinculó a los ritmos de una naturaleza, a menudo esquiva y dura.

Sus duras vivencias transcurrieron por momentos de escasez y de aprovechamiento al máximo de los recursos, como el del agua, en los que su familia padeció su escasez y en ocasiones tuvieron que recurrir a la recogida del agua en los eres, como el del Barranco de la Orchilla, y al agua que discurría por las atarjeas de riego. O ese trato que se les daba en las medianerías, como las casas que se le cedían para vivir en ellas, un cuarto, allí cueros de higos pasados, allí porretas, allí higos de leche, allí el queso, allí comíamos, allí dormíamos, y tenía pegado otro cuarto, por no techarlo y ponerle un piso estaba uno como un cochino.

Y dormir sobre colchones de fajinas, de barrillas, o de gamonas, cuando estaban secas, mi madre se levantaba temprano, que estaban serenadas y jacía tres o cuatro jaces y ese era el colchón. Mi padre le ponía unos palos, unas tablas y después le ponía aquello encima, o jacía mi madre un colchón de sacos.

Los diálogos con Angélica Dorta Pérez [El Frontón, 1938 – 2022] son enseñanzas de la maestría de una vida, es una continúa muestra de sabiduría, de ingenio para apropiarse de viejas costumbres sobre las prácticas agrícolas, en esas labores tradicionales que aprendió en la infancia y que ejerció durante toda su vida. Las labores de Geca han sido infinitas, yo ha trabajado más, sembrar papas, como en los tamateros. En cada lugar además de la cabrería también se dedicaban a la agricultura, como durante su estancia en El Río, donde sembraba papas blancas en tierra negra. Mi madre iba pallá ayudarme, yo cogiendo papas y ella apañando. Yo me cargaba una bolsa de sesenta kilos, del suelo al hombro.

Geca, es de esas personas con las que se aprende a viajar en la vida, a contemplar y apreciar lo que nos rodea, con la sencillez de sus gestos y de sus palabras. Una mujer a la que escucharla contando, reviviendo esos momentos alargados en el tiempo, nos hace recuperar ese tono de sensibilidad que se adquiere al estar en continúo contacto con la naturaleza. Naturalidad, que transita entre sus palabras, entre sus reflexiones, con tanta modestia que hay que realizar un esfuerzo para interpretar la grandeza de sus aportaciones.

 

Antonio García y Angélica Dorta. La Asomada, 2006

 

 

viernes, 17 de junio de 2022

Miguel Donate González y su apego a la tierra

 

Miguel Donate González. Las Zocas, 2018 

 

 

Miguel Donate González y su apego a la tierra

 

Miguel Donate González nació en 1928 en la denominada Casa de don Benito, en Las Zocas, en San Miguel de Abona, donde sus padres, José Donate y Juana González, trabajaban de medianeros, para lo que contaba con terrenos donde sembrar papas, tomates o cereales, cuidar de una manada de cabras o hacer tejas. Y en este lugar pasó su infancia y adolescencia, ayudando al trabajo familiar, eso era desde chiquito, nos íbamos criando áhi y cuando más chicos díamos dos con las cabras, mi padre se quedaba áhi porque sembraba unos tomates, dispués mi padre cogía los tomates al tercer día. Sembrábamos los tomates, fíjese usted echando un jarrito de agua en el tronco, a lo mejor en el mes de agosto que no llovía y ansina dían pegando los tomates y dispués cuando llovía pues ya se mojaban, más arriba había una charca, y los cogía mi padre al tercer día, a lo mejor cogía dos cajas desas de las que había de antes de tomates y día a llevarlos a Granadilla, un salón que había en Granadilla, nos pagaban a dos perras, a rial, y eso asina vivía, y con las cabras y el camello parar, pa llevar tomates.

Su infancia transcurrió ligada a las tareas domésticas, a la agricultura y a la ganadería, ayudando y participando en cada una de las faenas necesarias para sobrevivir una familia numerosa como la suya que sumaba diez hermanos. Se mataba un cochino, pues siempre se araba, se pelaba la fruta, no digamos que siempre estuviera de sobra, no, pero era comida saludable, veces faltaba. Cochinos que alimentaban con el suero de las cabras y la fruta, higos, cuando había higos de indias se le echaban a los animales.

Entre sus quehaceres no podía faltar el cuidar la manada de cabras que su padre tenía en la Casa de don Benito, para lo que solían ir varios de los hermanos, y que después de su traslado a su vivienda de Los Paj
ales frecuentaban la Montaña Chimbesque. O el hacer tejas en el verano, en un horno que tenía su padre en Los Duques, situado en el Municipio de Granadilla de Abona. Y ahí iba Miguel a recoger el tamo de las eras para mezclarlo con la tierra, y a recoger leña y aulagas con las que quemarlas durante veinticuatro horas. Dispués venía gente, mire del Río, de Chimiche, de todos esos sitios vinían, unos con un burrito a llevar treinta tejas porque la casa se le mojaba, dispués vinían dos camellos y eso ansina la vendíamos bien, la vendíamos unas veces a dos perras, a veces a rial.  

O dedicarse a acarrear cal en camello desde El Camisón, para enjalbegar las casas antes de los festejos en honor de San Miguel Arcángel. Yo me acuerdo salir de aquí, pero yo soltero entodavía, de dir a buscar cal a Los Cristianos, cuando se llegaba el día San Miguel que la gente le gustaba albiar las casas si llegaba visita, en un camello. Salimos de aquí a lo mejor a las cuatro de la mañana.

Su padre no efectuaba el trasiego de llevar las cabras a la cumbre en los meses de verano ya que en San Miguel disponía de varias zonas donde pastar, Montaña Gorda, Montaña Chimbesque, Uchova o El Busio. Pero sí trasladaba las colmenas de las abejas a la cumbre, yo si subí a la cumbre bastantes veces, pero a llevar colmenas, salía yo de aquí, fijese usté, salía yo de aquí al escurecer con una burra, por áhi parriba, por áhi parriba. En verano las llevábamos parriba, del Teide pabajo que había una planada grande, allí había un señor de Vilaflor, por cada colmena, que es un corcho, había que pagar seis pesetas, y salíamos de aquí al escurecer, por áhi parriba por Las Mesas, pa aprovechar las flores de la retama, a lo mejor estaban dos meses o tres, áhi no recuerdo yo. A lo mejor llevábamos cuatro colmenas y un corcho vacío, por si criaban arriba el señor ese las ponía en el corcho.

 

Miguel Donate González. Horno de cal. Los Duques, 2006  

 

Por las curtidas manos de Miguel pasaron múltiples útiles de trabajo, en su infancia hizo de todo un poco, desde sembrar papas a recoger tomates, desde cuidar las cabras a llevar cargas en camello, desde hacer tejas a las diferentes labores en las eras, o desde pasar higos a atender colmenas. Después se fueron añadiendo a sus quehaceres, los de jornalero en los tomates, ganando cinco duros; los de vaquero, ganaba treinta pesetas, un duro más que los peones, pero yo me levantaba a las cuatro de la mañana, les echaba de comer a las vacas, a los toros, y después me acostaba allí hasta que los gañanes fueran; los cultivos de algodón o de plataneras; trabajos en la carretera de El Guincho; hasta los de albañil.

La vista la volvía atrás con añoranza del sosiego de antaño, de la nostalgia por haber perdido la contemplación del amplio y diáfano paisaje de su juventud. Veces llegábamos áhi a las cinco de la mañana sobre de la montaña, por este lao y miraba usté pabajo y pa ver una luz o dos tenía que ser los adejeros áhi a media mar, se ajuntaban cuando echaban el chinchorro ese que ellos decían, lo demás no veía usté una luz en toda esa orilla y hoy mira usté de San Miguel pabajo y se quea bobo. Yo le digo a esta gente nueva pero que cambio tan grande ha dao esto en pocos años, pero de antes ya digo, nada, nada, nada.   

Pero atrás también quedó el hambre por la que en muchas ocasiones transitó, como cuando a su memoria le llegaban momentos de su infancia, esos en los que le tocaba llevar la leche a los dueños de la Casa de don Benito, y le depositaban en la misma lechera un puñado de higos pasados, desde que salíamos de la puerta los destapábamos, los echábamos en el bolsillo y cuando veníamos a los treinta metros pabajo ya lo vamos comió, había hambre.

Y aquí nos dejó, tras su fallecimiento en mayo de 2022, su saber estar, sus conocimientos aprendidos de sus mayores y ampliados en su andar por esa vida de brega continua, repleta de sacrificios y austeridad. Miguel ha sido un claro modelo para apreciar la importancia de la tradición oral. Sus enseñanzas llegaban nutridas de los vaivenes de sus vivencias, aderezados con sus múltiples labores y el apego a su tierra, de la que obtuvo esa extensa experiencia, en la que asentó ese acopio de sabiduría, a la que se aferró aprehendiendo en los alrededores de una naturaleza hostil. Sus inagotables evocaciones brotaban con exquisita sencillez, hilvanaba narraciones de los apasionantes momentos transcurridos con la misma soltura que sus curtidas manos ejecutaron infinitas tareas.

lunes, 24 de enero de 2022

María Antonia García González, relatos entre hilos y calderos

 

                                         Antonia García González. Valle de San Lorenzo, 2006.

 

 

María Antonia García González, relatos entre hilos y calderos

 

A inicios del siglo XX el Valle de San Lorenzo, el paisaje y sus gentes, era como mi casa. Andaba enfrascado en recopilar, a través de la tradición oral, vivencias de sus habitantes, que han aportado una riqueza extraordinaria a varias publicaciones. En busca de datos para una de ellas, en la preparación de las bodas, me indicaron que hablase con una de estas personas, con María Antonia García González, doña Antonia la Ermita. Y hasta su casa me acerqué, a llevarle mi carta de presentación. Le comenté que quería hablar con ella sobre la elaboración de las comidas en las bodas. Y doña Antonia preguntó porqué sabía que ella había trabajado en esas labores. Le comenté que tenía muy buenas referencias, que había un numeroso grupo de personas que habían hablado de su buen hacer en la cocina, como Julita Morales, María Luisa Melo o Antonia la Panadera.

Antonia García González [Valle de San Lorenzo, 1929 – 2022], hija de Antonio García Torres y de María González García, se inició en estas tareas con su abuela María Torres Mena, a quien, en ocasiones, acompañaba, yo me acuerdo ir con ella, de novelera, tu sabes que las muchachas chicas, y me acuerdo ir a La Tosca a hacer una boda.

Y en esos menesteres se mantuvo un buen puñado de años, y de ello y de otros pormenores colmó, con amenidad y cariño, sus relatos. Comentaba la participación de la familia y los vecinos en este acontecimiento social que era una boda, la colaboración en aportar alimentos y en completar el exiguo ajuar para el banquete, que se llegaban a marcar con un trozo de esparadrapo en su base sobre el que se anotaba algún número, letra o nombre de la persona que lo prestaba. Y preparar el ajuar imprescindible para su austera vivienda, pues dos sabanas, una colcha, … se lo preparó la familia, que eran costureras, una prima, una tía, mi abuela cosía también, y tú sabes que antes no se llevaba sino poquita cosa, con poco nos conformábamos, cuatro cositas nada más.

Y así reseñaba la celebración de su boda, a la edad de 20 años, con Eduardo Gómez García, Tilín. La celebre en mi casa, en la casa de mis padres, mi abuela que era media cocinera, mi abuelo medio cocinero, un tío, medio cocinero. Cuando yo m
e casé junté lo loza, pa celebrar la mía, de casa en casa con una cesta buscando los platos y las tazas y calderos y todo. Antes era así, antes no había. Tampoco era tanta gente, mira mi casa como es, en una sala y un patio, áhi la celebramos, así que mucha gente no era, pero ahora que son cuatrocientos o quinientos, los más allegados
. Y asimismo recordaba a una gran dulcera, Adorsinda Melo Aponte, que le preparó las piñas de almendras, vino a mi casa a hacérmelas.

 

                        Antonia García González en la preparación de una boda.

 

Yo hice unas cuantas, en San Miguel, por ahí abajo, en El Roque, en Vilaflor y por todo eso hice, en hacer comidas, de carne cabra, la sopa, bocadillitos, y eso. No hice dulces, sino que se lo encargaba a Julita o a María Luisa, y yo hacía la comida. Hace referencia a otras dos mujeres que dedicaron su labor a la preparación de banquetes de boda, Julia García Morales, Julita Morales; y María Luisa Rodríguez García, María Luisa Melo.

Asimismo, sus relatos abarcaron otros momentos que muestran las diversas labores en los que tuvo que emplear su tiempo para sobrellevar esos periodos de austeridad y dificultades, como la elaboración de manteles, uniendo rosetas. Mi madre unía mucho que nos estábamos con una luz de quinqué, ahí hasta media noche pegada a la mesa, uniendo, bastante. Yo lo dejé el otro día porque ya no veo a enhebrar la aguja. Unir los paños, hacer rosetas no, unir los paños. Yo los daba pa que me hicieran y después yo hacía los manteles. Trabajaba aquí con mi madre, traíamos rosas que nos daban y hacíamos los paños, pero allí me iba yo desde por la mañana hasta que no víamos más, que nos ponía en un patio allí, a hacer paños, nos aprovecho bastante la pobre. Había unas cuantas, trabajando, hasta que me casé, a los veinte años, por ahí y después empecé yo en mi casa a hacerlos por mi cuenta, los paños. Las rosetas se las hacían mujeres del Valle, de La Sabinita, o de Cabo Blanco. Venían. Por el hilo aquí y después me traían las rosetas, yo la empataba.

 

                Antonia García y Julia García, en una boda en el Salón de Cortez. Valle de San Lorenzo.

 

Asimismo, entre otros momentos de su amena conversación, recordó algunos de los nombretes de su familia, como el suyo, Antonia la Ermita, que hereda de su madre. Apodo que se establece por la residencia de su familia en las cercanías de la Parroquia de San Lorenzo Mártir. Son los hermanos, María González García, María la Ermita, casada con Antonio García Torres, conocido por Antonio Torres; y Miguel González García, Miguel Plaza, quien vivió con su hermana hasta que se casó con María Pérez y se trasladar a La Fuente y que con posterioridad se asienta en Altabaquitas.

En el Padrón Municipal de Arona, a 31 de diciembre de 1937, se encuentran inscritos en el Valle de San Lorenzo: Antonio García Torres, con fecha de nacimiento de 1909 y de profesión chofer; casado con María González García, que nace en 1910. Y sus hijos: María Antonia, 1929; José, 1930; y Felisa, 1932.

Otro nombrete que reseña, entre otros muchos más de vecinos, es el de su esposo, Eduardo Gómez García, Tilín, que se lo asentó su hermana Elena. Dice que la hermana, porque no atinaba a decir Eduardo, pero no tiene que ver una cosa pa la otra. Tilín.

Y de vez en cuando pasaba por su casa, en busca de información de algún detalle que intentaba confirmar, de alguna fotografía que tenía dudas con su ubicación o de qué personas se encontraban en ellas. Y allí estaba doña Antonia, siempre mostrando una amplia sonrisa al abrir su puerta. Y siempre con el ofrecimiento amable de su conversación, sus clases magistrales en los que iba reflejando los alrededores por los que transitó.

jueves, 20 de mayo de 2021

Herminia Melo Rodríguez, rosetera




Herminia Melo Rodríguez, rosetera 

Herminia Melo Rodríguez residía en Los Cristianos, casada con el pescador Agustín Alayón Gómez. Habitaban una modesta vivienda atracada a la orilla de la mar, a la que en mareas altas casi llegaba a acariciar sus paredes. En el Censo de la Población de Arona, para el año de 1920, Agustín Alayón Gómez tenía 44 años de edad y Herminia Melo Rodríguez, 31 años; y sus hijos: Agustín, Manuel, Encarnación y Lorenzo, contando entre los 13 y 3 años. “Otra de las ocupaciones por donde se mueven manos femeninas eran las costureras, roseteras o caladoras. Empleo que en algunas ocasiones se recoge en el censo de población, pero que en la mayoría de las veces no consta por tratarse de un trabajo que se compaginaba con el de sus labores. Zaraza, batista, percal, popelín; telas con la confeccionar el traje, la bata o la camisa; telas que se compraban en Arona, y en muchas ocasiones se encargaban a San Miguel de Abona e incluso a Granadilla de Abona. Coger medidas, cortar, registrar, hilvanar, cocer a máquina y rehilar, y por medio si daba tiempo probar. La tradición oral nos completa y nos trae recuerdos de algunas de estas costureras. Petra Vargas y Pilar Trujillo, madre e hija. Natividad y Quiteria Domínguez León. María Alayón Gómez María Celestina, a quien contemplamos en una fotografía de los años sesenta, junto a una mujer sin identificar, Isabel Martín Melo, Antonia Socas Barrios y Araceli Martín Melo. Una habitación donde solo cabía lo imprescindible: un ropero, una mesa donde cortar y dos máquinas de coser. Y como ejemplos de roseteras: Dolores Alfonso Frías y Herminia Melo Rodríguez.” Herminia Melo Rodríguez confeccionaba rosas que solían enviar al Valle de San Lorenzo. Lo usual era que la persona que las comercializaba aportaba el hilo, les recogía las rosas y les abonaba por unidades, por docenas, a las roseteras; y después se encargaba de unirlas y confeccionar los paños. Desde el Municipio de Arona se llevaban en muchos casos a Vilaflor o a San Miguel, donde las recogía Constanza Gómez Rodríguez. En el Valle de San Lorenzo coexistieron, o se alternaron, los talleres de María Hernández Reyes “La Cabuquera”, situado en El Barranquillo, otros talleres de rosas, como el de María Hernández Rodríguez en La Calle, Carolina Reverón en Chindia o el de Ofelia González en Llano Mora, que además de confeccionarlas también adquirían de particulares. 

Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones



sábado, 12 de diciembre de 2020

José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno



José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno 

José Tacoronte Melo nació en 1918, en Ifonche, Vilaflor, en cuyo lugar poseían vivienda sus padres, Juan Tacoronte Hernández y Adorsinda Melo Aponte. Casa en El Hoyo y medianería en La Suerte, dedicados “a la agricultura, a plantar papas y segar, tenía unos veinticinco cabras, dos vacas, dos bestias y un caballo. Yo cuidaba las cabras. Íbamos al alto de Las Lajas, hasta allí íbamos con el camello pa llevárselo al Tavío al Calvario [Arona], dos duros, trescientos kilos de pinillo cada camello. Y su madre, a elaborar los dulces tradicionales de Vilaflor, disponía de horno de leña, que tanta fama tenían en buena parte este Sur, y cuando había fiesta, pues ventorrillo pallá y pacá.” 
Sus abuelos paternos, Federico Tacoronte Hernández y Carmen Hernández Mesa, ya cuidaban esa manada en La Suerte. “De medianero y con cabras, después estuvo con cabras mi padre, y después se marchó mi padre y entró el hermano Federico, mi padre estuvo de soltero y casado en La Suerte.” 
José se casó en 1948, con Otilia Moreno Oliva, Tila, natural de Benítez, en Adeje. Y vine aquí, al pie del Roque de los Brezos, en Ifonche, pero en la zona de Adeje. Se conocieron en un baile que organizaba Pastor Oliva Rodríguez, que tenía una cantina en Ifonche Arriba. “Venían del Valle, de Adeje, del Puertito, venían a los bailes. Antes se bailaba donde quiera. Y el cantar fue otra de las aficiones de José, tal como narra su encuentro con una chica de El Puertito, venía una chica que parecía tía Amalia, paz descanse, la voz gruesa como un hombre, pero cantaba bien. Y José cantó: "Cante compañera, cante/ que me gusta su cantiga/ que yo también cantaré/ si a usted le gusta la mía."
"Era morena, dice que era hija del carbonero, no se ese carbonero quien era, y entonces me canta: Pájaro que bien cantaste/ en la hoja del ciprés. Pájaro que bien lo hiciste/ vuelve a cantar otra vez. Yo empezaba a cantar al escurecer y llegaba por la mañana y no repetía un cantar. Algunos que los oía y otros que lograba yo.” Y José continuó con la tradición familiar en el cuidado de una pequeña manada de cabras, casi siempre alrededor de 20 animales, en su casa al pie del Roque de los Brezos, en Adeje, y cuya actividad mantuvo con una media docena hasta por lo menos la primera década del siglo XXI. Las narraciones fluyen con suma facilidad, como cuando va reseñando una de sus otras ocupaciones, la de zapatero, y de la que adquirió una muy buena popularidad entre sus vecinos, y en cuya labor se mantuvo trabajando hasta el inicio del siglo XXI, “yo no se si en el dos mil uno trabajé ya.” 
Labores que inició con su tío, Federico Tacoronte Hernández. “Mi tío Federico arreglaba los zapatos, porque tenía seis hijas, le arreglaba los zapatos a sus hijas. Y yo me gustaba y ponía gomas, compraba unas lonas y le ponía unas gomas, me gustaba la cosa, después un día en el regimiento, cuando terminó la guerra, había un chico allí. Digo, si pudiera entrar áhi, me gusta la zapatería. ¿Sabes bullir? No se mucho, mucho, pero yo hago algo. Si quieres se lo digo, a ver si lo enchufo. Se lo dice y dice, dígale que venga. En el cuartel, en el Pirineo de Zaragoza, allí estuve tres años, allí dentro de esa nieve. Me mandó que pusiera unas tapas a unas botas. Dice, está bien. Después me daba zapatos de los oficiales, de los hijos, pero claro no había hormas, una zapatería de un regimiento sin hormas,…” Y después ya siguió en Ifonche, cuando regresó de la Guerra Civil, acondicionando un cuarto en El Hoyo. “Yo empecé barato, si me salía trabajo, trabajaba fuera y después cuando tal, … Allí empecé hacerlos, a 100 pesetas. Lo más caro que vendí a 1.800.” “A principio le cobré sesenta pesetas, el primero que hice.” A Luisa Rodríguez García, la mujer de Daniel Rodríguez Cano, Daniel el de Mojino, vivían en este pago de Vilaflor, Mohino o Mojino. “Zapatos de Vilaflor, de Arona, de Los Cristianos, del Valle, de todos sitios, hasta pa Caracas hice zapatos.” 
Tuvo mucho problemas para comprar el material para trabajar la zapatería, para que le dieran el cupo. “El cupo le dicen el material, medio cuero de una vaca.” Ese cupo lo compraba a Juan Molina en Santa Cruz de Tenerife. Apuntaba que la mejor suela es la de vaca, para la parte superior utilizaba vaca y cabra, ya preparada. También compró gomas usadas para zapatos, a 500 o 700 pesetas una goma. 

Otlia Moreno y José Tacoronte. 2006

Las conversaciones con José aportaron múltiples facetas de una vida que transcurrió con sacrificios a lo largo de su longevidad, falleció en noviembre de 2020 ya con ciento dos años, en esos difíciles momentos en los que le tocó andarla. Tanto reseñaba sus vicisitudes en los cultivos que lidió, papas, cereales o viña, el cuidado de los animales, cabras, vacas, bestias, cochinos o camellos, y otras tantas tareas, como ir al monte en busca de pinocha o retama, a cuyo menester acompañaba a su padre desde los doce años, “cargando en esas laderas, en mantas.” O la elaboración de juguetes, molinos o arados, de gamona, o esos camellos de corcha de pino, “el camello con el cogote estiradito es más guapo, en vez de ser rosco por arriba, el cogotito más largo, el camello que tiene poca vuelta lo ve usted con la cabecita palante.” 
José Tacoronte Melo ha sido un ejemplo para comprender la importancia de la tradición oral. Su sabiduría ha llegado con el acopio en el navegar de su extensa vida, en la que fue asimilando, y aprehendiendo, en las páginas de la naturaleza. Sus relatos llegaban envueltos en bellas palabras, esas que brotaban de su interior, sentidas, y que daban pautas para un mejor entendimiento del pasado, ese al que siempre hay que aferrarse para encauzar el presente y el fututo con mejores perspectivas.

martes, 27 de octubre de 2020

La mar y Andrés Marcelino Ramos


                    Andrés Marcelino, rodeado de recuerdos. Los Cristianos, 2008 

Andrés Marcelino Ramos [Los Abrigos, 1926 – 2020, Los Cristianos] mantuvo desde su cuna una estrecha relación con la mar. Hijo de la pescadora Antonia Ramos Socas, “Antonia Fariña”, y del pescador Andrés Marcelino Alayón, atesoraba entre sus recuerdos múltiples referentes de la tradición oral, escucharle fue revivir un pasado de rudos trabajos, de unas prácticas pesqueras casi en el olvido. Así recordaba las jareas que preparaba su tío Gregorio Alayón, y que vendía a personas que llegaban de la Banda Norte de la Isla. “Tenía un cuarto lleno de jareas, caballas, sardinas y bogas, y pescado de esos, y venían los hombres del Norte, con unas mulas grandes, con unas cestas grandes y las llevaban llenitas de pescado, de jareas pa venderlas allá en el Norte.” Y sobre todo sobresalía las evocaciones sobre su madre, que recorrió vendiendo pescado buena parte de esas empinadas veredas de nuestras medianías, y a quien tantos veces acompañaba en su infancia. “Muchas veces, me acuerdo que una vez fui con ella a Granadilla y una señora donde ella acostumbraba a llevarle pescado. Dice: ay Antonia, pues el niño está tullido frío; ven acá mi niño, ven acá. Me entró aquella señora padentro y salí con un traje puesto, camisa, pantalón y chaqueta, que tenía un hijo y era del tamaño mío y salí vestido con aquel traje, nunca se me olvida eso. Tenía ocho a nueve años, cuando me regaló el traje aquella señora. Me acuerdo que mi madre, a cada instante, iba porque tenía unas amigas en ese Granadilla y veces no se cogía pescado, había mal tiempo. Pues vamos conmigo, vamos a coger áhi un cestito lapas. Iba con ella, y me acuerdo que íbamos y cogíamos unas pocas de lapas y burgados, y cogía dos o tres botes llenos de lapas y burgados, y se los llevaba a esas amigas y después la cargaban de carne de cochino y de papas. Eso era muy bonito, esa vida era muy bonita.” 
Su vinculación con la mar le llega apenas había despuntado del suelo, y además lo recuerda con una de esas anécdotas que hace sonreír al que la escucha pero que en su momento casi se convierte en tragedia. “Mi padre me llevó un día, y fíjate tú lo pequeñito sería que me dijo mi padre. Yo llorando, digo: yo quiero ir pa cas ma. Dice: mira vete por ese caminito. Y él estaba pescando a viejas. Y qué tal año tendría yo, que me tiro al agua, entonces él me agarró y me sacó parriba. ¿Dónde ibas? Por el agua palante, yo pensaba que era un caminito.” Desde joven fue un gran emprendedor, el barco con el que iba a la pesca con una salemera lo compró en Los Cristianos, “me costó seis duros, me metí con Antonio Socas, un primo mío que era pescador. Digo: si vas a pescar conmigo compró un barco. Se lo compre aquí a Martín Cabrilla, mi madre me buscó las perras. El Pájaro Pinto se llamaba el bote.” Y fue alargando sus labores, como cuando aún soltero, a finales de la década de 1940, se dedicó, desde Los Abrigos, a trasladar a las vendedoras de pescado en un camión. Compré un camioncito con un tío mío [Gregorio Alayón, casado con Dolores Ramos Socas], “le puse al camión unos asientos y me las llevaba a todas las de Los Abrigos, con el pescado y ellas sentadas en el camión a estilo guagua. Andrés les cobraba el transporte y esperaba por ellas para el regreso. Iba dejando desde San Miguel, Charco del Pino, Granadilla, donde quisieran quedarse.” 


        Maruca Ledesma, con palangana en la mano, y Andrés Marcelino, con su barco San Juan, 
                                                en Los Cristianos. 

Por sus manos pasaron todo tipo de labores, la pesca; el marisqueo; o el de recolector de sal, en la zona de Las Playas, en la zona de Los Abrigos, “en aquella puntilla cuando la mar la baña quedan muchos charquitos, y esos charquitos se llenaban de sal, nosotros llegamos días a coger medio saco sal, y allí todo el mundo tenía sal, aquello surtía a todos Los Abrigos.” E incluso de chófer, con Antonio Domínguez, en Los Cristianos, llevando fruta al Puerto de Santa Cruz de Tenerife, durante los inicios de la década de 1950. Período en el que contrae matrimonio con la vecina de Los Cristianos, Maruca Ledesma Hernández, y en cuyo pueblo estableció su residencia. 
Y en esta bahía partían a la pesca, juntos pescaban y juntos comercializaban esa pesca. “Mi mujer bastantes veces fue conmigo a pescar y después veníamos a tierra, cogíamos el coche, vendíamos el pescado. Cogíamos cincuenta kilos de pescado, y hasta cien kilos, que iba a levantar el trasmallo de noche, y cogíamos tres o cuatro cajas de pescado y nos íbamos los dos a vender, pallá pa Fasnia y El Escobonal. Veníamos por la tarde, a lo mejor, nos acostábamos un rato y después por la noche otra vez a pescar.” 
Y aquí proseguirá este viejo pescador, fondeado en el recuerdo. Su fallecimiento nos deja huérfanos de su sabiduría, esa que brotaba al conversar sobre el navegar de su vida, en la que aprendió directamente del viento y del sol, en la lluvia o en la sequedad. Sabiduría que le fue llegando de las entrañas de la mar. La mar y Andrés Marcelino Ramos. 

 

                Familia Marcelino Ledesma

lunes, 10 de agosto de 2020

Guagua de Transportes de Tenerife. Granadilla de Abona



Guagua de Transportes de Tenerife. Granadilla de Abona

A finales de la década de 1920 se crea la empresa Transportes de Tenerife. Comenzó sus servicios con el Sur cubriendo la línea hasta Güímar, después hasta Arico, con la obligación de atender el servicio de las nuevas carreteras que se fueran abriendo al tráfico, la carretera general del sur y sus desviaciones. Así cubrió la línea de Granadilla-El Médano con la guagua que se recoge, en una toma de la década de 1960 en su parada en Granadilla de Abona.


Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones.