Mostrando entradas con la etiqueta San Miguel de Abona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Miguel de Abona. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de octubre de 2024

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

 
Angélica Dorta Pérez. La Asomada, 2018

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

Marcos Brito

 

Cuando se entabla una conversación con una persona que ha estado ligada a la tierra, que la conoce porque la ha habitado, que la ha hecho suya, en ese amplio sentido de atesorarla como su propia vida, pronto se da uno cuenta que sus conocimientos llegan envueltos en esa sabiduría que ha adquirido con pausa, con el sosiego preciso para que se haya quedado impregnada en cada uno de nuestros poros.

Angélica Dorta Pérez nació en 1938, en San Miguel de Abona, y desde esa fecha su vida se anudó al campo, a la agricultura y al cuidado de animales, entre los que destacaban las manadas de cabras. Labores que arrastra desde su cuna, en la ayuda que desde la infancia prestaba a sus progenitores, Jerónima Pérez González y Eladio Dorta.

Momentos repletos de incomodidades y con un continuo bregar en la lucha por subsistir, como relata Geca, trabajos, trabajos y más trabajos. Un cuarto, una cueva que arreglaron pa la cocina y un cuarto para dormir, que no había sino trabajos. En este pago de El Frontón, con un puñado de viviendas, antes no tenía sino un camino, no tenía tanta casa. Y ayudando en las labores, en busca de la diaria alimentación y en cuidar a sus hermanos pequeños, criando muchachos, diéndo a buscar papas de grelos a las huertas pa comer y pasando trabajos.

Y parriba y pabajo con las cabras, pal Guincho, pal Marrubial, pa La Silleta, pa Los Ancones, trabajos es lo que pasé, trabajos, trabajos, y escalza que no tenía las uñas, de tropezones en esas piedras. Una muchacha chica, que mi padre me levantaba pa guardar cincuenta cabras, me llevaba tullía, escalza, ni más rebeca, ni más nada, sino un saco desos de tres listas.

Un mes me mandaron a la escuela, de allarriba del Llano del Ingenio, y pa lo que fui bastante aprendí. Pasé muchos trabajos, hambre y necesidad, y ropa pa salir, un traje y una rebeca que me costó ochenta pesetas, me acuerdo. Y los zapatos primeros que me puse me costaron setenta pesetas. Ya media mujer, pero no podía porque no había dinero.

 

  Angélica Dorta Pérez. Anterior a 1955
 

Angélica Dorta Pérez anudó su vida a esa memoria colectiva que representa la tradición oral en nuestro venerado Sur. Sus recuerdos, sus imágenes, reúnen conocimientos ancestrales, mejorados, que fue acopiando en las prácticas agrícolas y ganaderas.

Sus relatos aportan una gran riqueza documental, sus andares en el tiempo y en el espacio se fueron impregnado de testimonios cercanos, tal como se reflejan al contar el tono de su vida, de los suyos y de los de su alrededor, que nos ayudan a conocer lo temprano que se iniciaba en la ayuda familiar, donde todas las manos eran pocas, y que nos marca los tiempos de la siembra, de la época de parir las cabras, que con el correr de los años se fue adelantando; o como había que tener precaución con los cuervos que atacaban al ganado recién nacido. Sus narraciones se pueblan de infinitas labores, desde cuidar el ganado a ordeñar o hacer el queso, desde coger leña, piñas, o retamas, a trasladarlas en camello, burro o a la cabeza. Desde sembrar o coger papas, a sembrar y arrancar trigo, cebada o lentejas, y su posterior trillado. O de topónimos que los cambios de nuestra geografía van sumiendo en el olvido. En suma, de abundantes y precisos matices que envuelven su amena conversación, siempre apoyados por la riqueza de los conocimientos que atesora. Y sobre todo, del amor que siente por este trozo de tierra en el que compartió su vida.

Conocimientos que adquiere en ese natural aprendizaje del día a día, de unas labores entre la agricultura y la ganadería que la llevó a recorrer buena parte de este maravilloso Sur. Con los suyos anduvo por diversos pagos de Arona, Granadilla de Abona, San Miguel de Abona y Vilaflor. Y desde que unió su vida, en 1955, con su esposo Antonio García García [Vilaflor, 1921 – 2010, San Miguel de Abona] sumaron los de Adeje, Arico o Guía de Isora, además de una estancia, corta y de mal recuerdo, en Santa Cruz de Tenerife. Y llegaron sus hijos, Norberto, Antonio, Carmen, Ángel y Candelaria. Y fueron vueltas, y más vueltas a los manchones, recalando en La Asomada, San Miguel de Abona, en cuyo lugar aún reside.

Y en sus relatos cobra importancia esa cumbre que tantas veces recorrieron, Antonio y Geca. Trashumancia pastoril, pero también lugar donde recoger la leña para el fogal y la retama para alimentar a los animales. Esa cumbre que conocieron como las palmas de sus curtidas manos, Marrubial, de Guajara y su Sol de los Muertos, Valle Ucanca, La Majada Vieja o el Morro de cho Norberto. Y tantos y tantos nombres a los que Geca, enlazó su vida y la vinculó a los ritmos de una naturaleza, a menudo esquiva y dura.

Sus duras vivencias transcurrieron por momentos de escasez y de aprovechamiento al máximo de los recursos, como el del agua, en los que su familia padeció su escasez y en ocasiones tuvieron que recurrir a la recogida del agua en los eres, como el del Barranco de la Orchilla, y al agua que discurría por las atarjeas de riego. O ese trato que se les daba en las medianerías, como las casas que se le cedían para vivir en ellas, un cuarto, allí cueros de higos pasados, allí porretas, allí higos de leche, allí el queso, allí comíamos, allí dormíamos, y tenía pegado otro cuarto, por no techarlo y ponerle un piso estaba uno como un cochino.

Y dormir sobre colchones de fajinas, de barrillas, o de gamonas, cuando estaban secas, mi madre se levantaba temprano, que estaban serenadas y jacía tres o cuatro jaces y ese era el colchón. Mi padre le ponía unos palos, unas tablas y después le ponía aquello encima, o jacía mi madre un colchón de sacos.

Los diálogos con Angélica Dorta Pérez [El Frontón, 1938 – 2022] son enseñanzas de la maestría de una vida, es una continúa muestra de sabiduría, de ingenio para apropiarse de viejas costumbres sobre las prácticas agrícolas, en esas labores tradicionales que aprendió en la infancia y que ejerció durante toda su vida. Las labores de Geca han sido infinitas, yo ha trabajado más, sembrar papas, como en los tamateros. En cada lugar además de la cabrería también se dedicaban a la agricultura, como durante su estancia en El Río, donde sembraba papas blancas en tierra negra. Mi madre iba pallá ayudarme, yo cogiendo papas y ella apañando. Yo me cargaba una bolsa de sesenta kilos, del suelo al hombro.

Geca, es de esas personas con las que se aprende a viajar en la vida, a contemplar y apreciar lo que nos rodea, con la sencillez de sus gestos y de sus palabras. Una mujer a la que escucharla contando, reviviendo esos momentos alargados en el tiempo, nos hace recuperar ese tono de sensibilidad que se adquiere al estar en continúo contacto con la naturaleza. Naturalidad, que transita entre sus palabras, entre sus reflexiones, con tanta modestia que hay que realizar un esfuerzo para interpretar la grandeza de sus aportaciones.

 

Antonio García y Angélica Dorta. La Asomada, 2006

 

 

viernes, 17 de junio de 2022

Miguel Donate González y su apego a la tierra

 

Miguel Donate González. Las Zocas, 2018 

 

 

Miguel Donate González y su apego a la tierra

 

Miguel Donate González nació en 1928 en la denominada Casa de don Benito, en Las Zocas, en San Miguel de Abona, donde sus padres, José Donate y Juana González, trabajaban de medianeros, para lo que contaba con terrenos donde sembrar papas, tomates o cereales, cuidar de una manada de cabras o hacer tejas. Y en este lugar pasó su infancia y adolescencia, ayudando al trabajo familiar, eso era desde chiquito, nos íbamos criando áhi y cuando más chicos díamos dos con las cabras, mi padre se quedaba áhi porque sembraba unos tomates, dispués mi padre cogía los tomates al tercer día. Sembrábamos los tomates, fíjese usted echando un jarrito de agua en el tronco, a lo mejor en el mes de agosto que no llovía y ansina dían pegando los tomates y dispués cuando llovía pues ya se mojaban, más arriba había una charca, y los cogía mi padre al tercer día, a lo mejor cogía dos cajas desas de las que había de antes de tomates y día a llevarlos a Granadilla, un salón que había en Granadilla, nos pagaban a dos perras, a rial, y eso asina vivía, y con las cabras y el camello parar, pa llevar tomates.

Su infancia transcurrió ligada a las tareas domésticas, a la agricultura y a la ganadería, ayudando y participando en cada una de las faenas necesarias para sobrevivir una familia numerosa como la suya que sumaba diez hermanos. Se mataba un cochino, pues siempre se araba, se pelaba la fruta, no digamos que siempre estuviera de sobra, no, pero era comida saludable, veces faltaba. Cochinos que alimentaban con el suero de las cabras y la fruta, higos, cuando había higos de indias se le echaban a los animales.

Entre sus quehaceres no podía faltar el cuidar la manada de cabras que su padre tenía en la Casa de don Benito, para lo que solían ir varios de los hermanos, y que después de su traslado a su vivienda de Los Paj
ales frecuentaban la Montaña Chimbesque. O el hacer tejas en el verano, en un horno que tenía su padre en Los Duques, situado en el Municipio de Granadilla de Abona. Y ahí iba Miguel a recoger el tamo de las eras para mezclarlo con la tierra, y a recoger leña y aulagas con las que quemarlas durante veinticuatro horas. Dispués venía gente, mire del Río, de Chimiche, de todos esos sitios vinían, unos con un burrito a llevar treinta tejas porque la casa se le mojaba, dispués vinían dos camellos y eso ansina la vendíamos bien, la vendíamos unas veces a dos perras, a veces a rial.  

O dedicarse a acarrear cal en camello desde El Camisón, para enjalbegar las casas antes de los festejos en honor de San Miguel Arcángel. Yo me acuerdo salir de aquí, pero yo soltero entodavía, de dir a buscar cal a Los Cristianos, cuando se llegaba el día San Miguel que la gente le gustaba albiar las casas si llegaba visita, en un camello. Salimos de aquí a lo mejor a las cuatro de la mañana.

Su padre no efectuaba el trasiego de llevar las cabras a la cumbre en los meses de verano ya que en San Miguel disponía de varias zonas donde pastar, Montaña Gorda, Montaña Chimbesque, Uchova o El Busio. Pero sí trasladaba las colmenas de las abejas a la cumbre, yo si subí a la cumbre bastantes veces, pero a llevar colmenas, salía yo de aquí, fijese usté, salía yo de aquí al escurecer con una burra, por áhi parriba, por áhi parriba. En verano las llevábamos parriba, del Teide pabajo que había una planada grande, allí había un señor de Vilaflor, por cada colmena, que es un corcho, había que pagar seis pesetas, y salíamos de aquí al escurecer, por áhi parriba por Las Mesas, pa aprovechar las flores de la retama, a lo mejor estaban dos meses o tres, áhi no recuerdo yo. A lo mejor llevábamos cuatro colmenas y un corcho vacío, por si criaban arriba el señor ese las ponía en el corcho.

 

Miguel Donate González. Horno de cal. Los Duques, 2006  

 

Por las curtidas manos de Miguel pasaron múltiples útiles de trabajo, en su infancia hizo de todo un poco, desde sembrar papas a recoger tomates, desde cuidar las cabras a llevar cargas en camello, desde hacer tejas a las diferentes labores en las eras, o desde pasar higos a atender colmenas. Después se fueron añadiendo a sus quehaceres, los de jornalero en los tomates, ganando cinco duros; los de vaquero, ganaba treinta pesetas, un duro más que los peones, pero yo me levantaba a las cuatro de la mañana, les echaba de comer a las vacas, a los toros, y después me acostaba allí hasta que los gañanes fueran; los cultivos de algodón o de plataneras; trabajos en la carretera de El Guincho; hasta los de albañil.

La vista la volvía atrás con añoranza del sosiego de antaño, de la nostalgia por haber perdido la contemplación del amplio y diáfano paisaje de su juventud. Veces llegábamos áhi a las cinco de la mañana sobre de la montaña, por este lao y miraba usté pabajo y pa ver una luz o dos tenía que ser los adejeros áhi a media mar, se ajuntaban cuando echaban el chinchorro ese que ellos decían, lo demás no veía usté una luz en toda esa orilla y hoy mira usté de San Miguel pabajo y se quea bobo. Yo le digo a esta gente nueva pero que cambio tan grande ha dao esto en pocos años, pero de antes ya digo, nada, nada, nada.   

Pero atrás también quedó el hambre por la que en muchas ocasiones transitó, como cuando a su memoria le llegaban momentos de su infancia, esos en los que le tocaba llevar la leche a los dueños de la Casa de don Benito, y le depositaban en la misma lechera un puñado de higos pasados, desde que salíamos de la puerta los destapábamos, los echábamos en el bolsillo y cuando veníamos a los treinta metros pabajo ya lo vamos comió, había hambre.

Y aquí nos dejó, tras su fallecimiento en mayo de 2022, su saber estar, sus conocimientos aprendidos de sus mayores y ampliados en su andar por esa vida de brega continua, repleta de sacrificios y austeridad. Miguel ha sido un claro modelo para apreciar la importancia de la tradición oral. Sus enseñanzas llegaban nutridas de los vaivenes de sus vivencias, aderezados con sus múltiples labores y el apego a su tierra, de la que obtuvo esa extensa experiencia, en la que asentó ese acopio de sabiduría, a la que se aferró aprehendiendo en los alrededores de una naturaleza hostil. Sus inagotables evocaciones brotaban con exquisita sencillez, hilvanaba narraciones de los apasionantes momentos transcurridos con la misma soltura que sus curtidas manos ejecutaron infinitas tareas.

domingo, 8 de agosto de 2021

Cita del Sur 25. El paisaje productivo como elemento de identidad, de Antonio Bello Pérez


Cita del Sur 25. El paisaje productivo como elemento de identidad, de Antonio Bello Pérez

Fotografía: Cultivos en Granadilla de Abona

 

Cual muestra de ese apego a lo que nos ha llegado de nuestros antepasados, y del modo que debemos preservarlo, citar a Antonio Bello Pérez (San Miguel de Abona, 1940 – 2015, Madrid), nombrado en 2009 hijo adoptivo de Granadilla de Abona, donde se trasladó en su infancia, doctor en Ciencias Biológicas, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pionero en nematología agraria y en agroecología.

En el pregón que leyó Antonio Bello Pérez con motivo de los festejos en Arico, en septiembre de 1990, habló de ese paisaje productivo, el paisaje creado por el hombre en el continúo diálogo con la tierra sobre la que actúa, transformándola en estructuras y sistemas de gestión de gran complejidad, que son capaces de producir sensaciones y respuestas de tipo afectivo y estético. Con ello queremos recordar que el hombre no sólo es capaz de destruir, erosionar, uniformar con el cemento, creando ambientes que son iguales en todas partes del mundo, sino que es también capaz, en diálogo con el medio físico y con la naturaleza, de proteger y crear paisaje que llamamos paisaje productivo, con el fin de integrar en un mismo concepto el monte, los cultivos y el mar, los tres elementos productivos que armónicamente configuran el municipio de Arico, o lo que es lo mismo la ganadería, la agricultura y la pesca, que son elementos complementarios en el sistema productivo de este municipio. 

Prosigue con reflexiones sobre sus propias vivencias en este árido paisaje de la amplia Comarca de Abona y su paisaje productivo que define su identidad, sobre todo con la cultura del jable, y sus ventajas para la captación y mantenimiento de humedad, además de una larga ristra de ventajas tanto para los cultivos como en la preservación del paisaje. E incide que la cultura del jable se ha sobrepuesto a una anterior, frutal, cerealista y ganadera, y que se manifiesta en paredones, cercas a los frutales, nateros, eras, hornos, pasiles, cuevas, corrales, chozas, viviendas, atarjeas, caminos, y un extenso etc.

Todo ello constituye nuestro paisaje, nuestra seña de identidad, con colores que son realmente tonos cambiantes según la hora del día o la época del año, que van del blanco con tonalidades rosadas de las paredes de las huertas de jable a los grises de las rocas de basalto, hasta los negros y rojos de nuestros conos volcánicos donde destacan la simetría de los paredones que en otra época sirvieron para el cultivo del cereal o las cercas que protegen a los cultivos del ganado.

Promulgaba la protección de nuestra unidad paisajística, con la obligatoriedad de intentar preservar para el futuro, esta cultura propia y diferenciada en cada uno de los pueblos que conforman este Sur. Y no solo ese paisaje visual, sino además lo que aporta de riqueza el aroma y el sonido de nuestros campos. El paisaje como un todo que conforme nuestra identidad.

 

DOCUMENTACIÓN:

BRITO, Marcos: Bandas del Sur. Caminos y veredas en otras miradas. Llanoazur ediciones, 2020.

 

jueves, 5 de diciembre de 2019

San Miguel de Abona. Década de 1920


San Miguel de Abona. Década de 1920
Huertas de jable, parras y árboles frutales situados al norte de la actual carretera general de Sur. Alineación de casas ordenadas alrededor del viejo camino de la mar que atravesaba el pueblo y se dirigía a Vilaflor, la actual Calle Alfonso Mejías. Y siempre omnipresente la Parroquia de San Miguel Arcángel. Imagen obtenida a finales de la década de 1920.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones.


sábado, 22 de junio de 2019

Festejos y prácticas por San Juan

Imagen de San Juan Bautista. San Miguel de Abona. 1954

El día 24 de junio se celebra la festividad de San Juan Bautista. A su alrededor se conmemoran numerosos prácticas y festejos. Desde su víspera donde, y sobre todo la chiquillería, se rivaliza en la preparación de las fogaleras; fuego que fue alimentado con chamisos y ahulagas, en la actualidad con restos industriales. Las celebraciones, ya un tanto en desuso, en comunidad a la saga de `Juanes´; se decoraban las puertas de las casas, de los lugares de los bailes y las iglesias con arcos de hojas de palmeras, adornadas con rosquetes, flores y frutos amarrados con fibras o vergas. Las diversas tareas que por este día realizaban los cabreros. O las múltiples ceremonias que se festejan en muchas Iglesias de este Sur, como las ya olvidadas del Valle de San Lorenzo, o las de la Villa de Arico, Chío o San Miguel de Abona.
En este último pueblo, en la Parroquia de San Miguel Arcángel, una nueva imagen de San Juan Bautista se bendice en la mañana del 24 de junio de 1954, actuando de padrinos, Juan Marrero González, promotor de su advenimiento a la Iglesia, y Juana Delgado Bello. Después de la misa se invitó a los asistentes con un vino de honor en el local del cine. Por la tarde se ofreció, en la plaza de la Iglesia, un concierto de música a cargo de la Banda Municipal de Granadilla. Con posterioridad se realizó una procesión por las principales calles del pueblo, terminado el día con una verbena popular.

Fogalera. Arona, 2000
Además de las clásicas fogaleras un uso muy común de nuestros padres y abuelos era la preparación de `voladores´ o `pelotas`; práctica muy frecuente en muchos lugares del Sur de la isla. Se confeccionaban con trapos viejos y vergas hasta forman una bola, a la que se le prendía fuego; se le hacia girar con la misma verga, que se dejaba de tres o cuatro metros, hasta que se fuese a extinguir la llama, momento en el cual se lanzaba lo más lejos posible.
Julia García Morales, del Valle de San Lorenzo, nos recuerda que en su juventud siempre preparaba las fogaleras por San Juan y por San Pedro. `Me acuerdo cuando éramos chicas, íbamos por esas Rosas, donde había camelleros, ya secas, y tomillos, traer sacas llenitas pa hacer las fogaleras. También se usaba hacer unas pelotas de rejos, se le echaba petróleo, y si no teníamos petróleo porque las madres no nos daban, íbamos allí a los desperdicios de la máquina de moler, y siempre había sacos empapados de gasoil y de esas cosas pa hacer las pelotas, dándoles vueltas con un alambre amarrado. Nos asomábamos todos a esas orillas, por ver ese Guaza y esas montañas de Cabo Blanco y todo eso pa ver las pelotas tan bonitas, cuando se juntaban cuatro o cinco. ¡Ay! Que eso me parecía tan bonito`.
Por el día de San Juan, por el ´mes de San Juan`, hay tradiciones que están perpetuadas en la memoria colectiva de los cabreros: el llevar el ganado al mar, la suelta de los machos y el cambio de cabrero. Se trasladaban las cabras al mar antes de coger macho, como nos lo relató el cabrero Salvador González Alayón, vieja costumbre que la realizaba su abuelo Antonio Alayón Risco. Porque antes de soltarle los machos bañaban las cabras y enseguida que les soltaban los machos que quedaban cogiendo macho y el día de San Juan las bañaban. Y sin ser el día de San Juan la cabra que la tires tú al agua salada, las mías nunca tal, pero a mi abuelo me acuerdo verlo llevarlas a la Punta de la Rasca y a tirarles agua allí. Los machos no los bañaban, los dejaban amarrados fuera y después los soltaban. No se introducían las cabras en el mar, sino que con cubos se les echaba agua por encima, salvo los machos, que no se llevaban.
Fogaleras purificando el aire, salto por encima de sus brasas, baños a media noche en la mar, prácticas de la noche, de la víspera. Y cuando el rescoldo se ha vuelto ceniza llega el apogeo de las supersticiones amorosas, sobre todo de las mujeres que eran las que las realizaban con mayor frecuencia.
Para saber como era de pudiente el novio con el que se iban a casar, la vispera, antes de irse a dormir, se colocaban tres papas debajo de la cama. Una pelada, otra a medio pelar y la tercera sin pelar, `peluda´. Tal como nos lo describe María González Alayón, en Los Bebederos, Arona, `si la cogíamos peluda nos casábamos con un ricacho, si cogíamos la pelada con uno que no tenía nada, y la media pelada que estaba así, así.` Al momento de depositarlas bajo el lecho se decía: ´San Juan Bendito / por ser tu día / ponme aquí / la suerte mía`.  
Asimismo se ejecutaba si se quería saber la procedencia de ese futuro novio. Se colocaban, `emburujados en un papel´, un puñado de ceniza y otro de tierra. Si cogíamos la ceniza, con uno de no se sabe donde y si cogíamos la tierra, con uno de la tierra nuestra, de aquí mismo.`
Otra manera era poner dos o tres ramitos de flores bajo la almohada, y decir: ´San Juan Bendito / por ser tu día / suéñame aquí / la fortuna mía`. Y de este modo se soñaba con el que se iban a casar. En este caso nuestra informante, María González Alayón, nos contó su experiencia con este sueño que tuvo en su juventud. `Que yo lo vía, que yo día a montar la camella que tenía mi padre, pas descanse, y lo vide con una chaqueta al alto lombro y le colgaba la manga virada pal suelo y digo, y mía tú que no soñé nada. Cuando estábamos aquí en las casas de arriba vi a un hombre con una chaqueta negra y lo conocí, y me casé con él`; con Eugenio Rancel Rosa.   

Playa de Los Cristianos. 23 de mayo de 1996

Son múltiples estas costumbres, estas creencias, ya casi en el olvido. Como la de conocer el nombre de su futuro marido, que se llamaría como el primer hombre que pasase por la calle una vez que se hubiese tirado una bañadera de agua. O colocar baja la cama diversos nombres escritos en papeles, recoger uno por la mañana y así conocer el nombre con el que se casarían. O introducir una clara de huevo en una taza de agua, puesta al sereno durante la noche, y según la forma que adquiriese se sabría su profesión. Si la clara formaba un barco, sería un marino; si un arado, un agricultor; una cabra, un cabrero, etc.   
Noche de fuego y vida; leyendas anudadas a la luz y a la sombra; fogaleras y ´voladores`, enlazados a las vueltas de la felicidad; saltos de creencias, baños de mar, de purificación. Mañanitas de rituales amorosos. Arcos en las puertas, en la entrada, de plantas, flores y frutos. `Mes de San Juan`, mes de viejas prácticas pastoriles. Arraigo popular y religioso, donde se entremezclan el jolgorio y la devoción, el baile y el recogimiento, la parranda y la procesión.



Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares; Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria; Y Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones