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jueves, 25 de diciembre de 2025

Hojas de parra. Colores en este Sur

Hojas de parra. Colores en este Sur

Marcos Brito

 

Tomar el mirafondo cuando la necesidad aprieta, y empapar el ánimo en el interior de la mar, en pos de pescar las palabras con las que poder plasmar las emociones que afloran cuando se aprehende el Sur desde el Sur vivido, soñado, sin superfluos encajes, sin bagatelas. Allí atrapo un pasaje de Juan Ismael sobre un Sur ignoto, oculto, seco y pelado: Creo que lo más puro y genuino de las islas, está en el sur de Tenerife. La tierra es seca y la montaña pelada, los árboles son chatos y el mar es un detalle indispensable siempre, porque actúa siempre pegado al cielo y a la tierra

 

En este Sur los colores se muestran con mayor agradecimiento, su tonalidad rompe la monotonía de la sequedad. La lectura del paisaje, poética colmada de luz y color. Colores del Sur, inagotables matices que se nos muestran al ir percibiendo el deslizamiento del tiempo y al contemplar su sobria belleza, la de las cambiantes perspectivas. Canelos, bermejos, ocres, verdes, .... sensualidad cromática que no deja indiferente al contemplador, se ama, sí o sí, o se reniega. No ha lugar para los amantes de la tiranía del verde.

Amanece en Los Calvaritos, Vilaflor. Luz que surge por los lomos de la Montaña del Pozo. Generosa tierra que sostiene la tradición vinícola con estas viejas parras. El otoño en su apogeo, adquiriendo tonalidades parduscas, terrosas, reflejo de una tierra trabajada a golpes de esfuerzo. Tierra, marrón, parda, canela, llanuras pardas, unamunescas que pensara Gutiérrez Albelo. 
 

Hojas de parras con todos los colores de este Sur.

Bermejos, conjuntándose, allá cuando llega el umbral de la noche, con el Sol de los muertos aposentado en la Montaña de Guajara. O la infinita gama de ocres, esa tonalidad que nos envuelve. Ocres y lomas redondeadas, en las que se sustentó el progreso en este Sur, de las que a través de manos primorosas surgieron las imprescindibles paredes de moradas, de bancales. Ocres y agujeros en la tierra, profundas cuevas después de extender sobre la tierra ese salvador jable.

Y los verdes, cambiantes según el estado vegetativo de la parra, en estos momentos se van abandonando sus infinitos matices, antes de que la hoja se deposite en la tierra, cual abono para la próxima cosecha. 

 

 


 


lunes, 14 de octubre de 2024

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

 
Angélica Dorta Pérez. La Asomada, 2018

Angélica Dorta Pérez, Geca. Trabajos y más trabajos

Marcos Brito

 

Cuando se entabla una conversación con una persona que ha estado ligada a la tierra, que la conoce porque la ha habitado, que la ha hecho suya, en ese amplio sentido de atesorarla como su propia vida, pronto se da uno cuenta que sus conocimientos llegan envueltos en esa sabiduría que ha adquirido con pausa, con el sosiego preciso para que se haya quedado impregnada en cada uno de nuestros poros.

Angélica Dorta Pérez nació en 1938, en San Miguel de Abona, y desde esa fecha su vida se anudó al campo, a la agricultura y al cuidado de animales, entre los que destacaban las manadas de cabras. Labores que arrastra desde su cuna, en la ayuda que desde la infancia prestaba a sus progenitores, Jerónima Pérez González y Eladio Dorta.

Momentos repletos de incomodidades y con un continuo bregar en la lucha por subsistir, como relata Geca, trabajos, trabajos y más trabajos. Un cuarto, una cueva que arreglaron pa la cocina y un cuarto para dormir, que no había sino trabajos. En este pago de El Frontón, con un puñado de viviendas, antes no tenía sino un camino, no tenía tanta casa. Y ayudando en las labores, en busca de la diaria alimentación y en cuidar a sus hermanos pequeños, criando muchachos, diéndo a buscar papas de grelos a las huertas pa comer y pasando trabajos.

Y parriba y pabajo con las cabras, pal Guincho, pal Marrubial, pa La Silleta, pa Los Ancones, trabajos es lo que pasé, trabajos, trabajos, y escalza que no tenía las uñas, de tropezones en esas piedras. Una muchacha chica, que mi padre me levantaba pa guardar cincuenta cabras, me llevaba tullía, escalza, ni más rebeca, ni más nada, sino un saco desos de tres listas.

Un mes me mandaron a la escuela, de allarriba del Llano del Ingenio, y pa lo que fui bastante aprendí. Pasé muchos trabajos, hambre y necesidad, y ropa pa salir, un traje y una rebeca que me costó ochenta pesetas, me acuerdo. Y los zapatos primeros que me puse me costaron setenta pesetas. Ya media mujer, pero no podía porque no había dinero.

 

  Angélica Dorta Pérez. Anterior a 1955
 

Angélica Dorta Pérez anudó su vida a esa memoria colectiva que representa la tradición oral en nuestro venerado Sur. Sus recuerdos, sus imágenes, reúnen conocimientos ancestrales, mejorados, que fue acopiando en las prácticas agrícolas y ganaderas.

Sus relatos aportan una gran riqueza documental, sus andares en el tiempo y en el espacio se fueron impregnado de testimonios cercanos, tal como se reflejan al contar el tono de su vida, de los suyos y de los de su alrededor, que nos ayudan a conocer lo temprano que se iniciaba en la ayuda familiar, donde todas las manos eran pocas, y que nos marca los tiempos de la siembra, de la época de parir las cabras, que con el correr de los años se fue adelantando; o como había que tener precaución con los cuervos que atacaban al ganado recién nacido. Sus narraciones se pueblan de infinitas labores, desde cuidar el ganado a ordeñar o hacer el queso, desde coger leña, piñas, o retamas, a trasladarlas en camello, burro o a la cabeza. Desde sembrar o coger papas, a sembrar y arrancar trigo, cebada o lentejas, y su posterior trillado. O de topónimos que los cambios de nuestra geografía van sumiendo en el olvido. En suma, de abundantes y precisos matices que envuelven su amena conversación, siempre apoyados por la riqueza de los conocimientos que atesora. Y sobre todo, del amor que siente por este trozo de tierra en el que compartió su vida.

Conocimientos que adquiere en ese natural aprendizaje del día a día, de unas labores entre la agricultura y la ganadería que la llevó a recorrer buena parte de este maravilloso Sur. Con los suyos anduvo por diversos pagos de Arona, Granadilla de Abona, San Miguel de Abona y Vilaflor. Y desde que unió su vida, en 1955, con su esposo Antonio García García [Vilaflor, 1921 – 2010, San Miguel de Abona] sumaron los de Adeje, Arico o Guía de Isora, además de una estancia, corta y de mal recuerdo, en Santa Cruz de Tenerife. Y llegaron sus hijos, Norberto, Antonio, Carmen, Ángel y Candelaria. Y fueron vueltas, y más vueltas a los manchones, recalando en La Asomada, San Miguel de Abona, en cuyo lugar aún reside.

Y en sus relatos cobra importancia esa cumbre que tantas veces recorrieron, Antonio y Geca. Trashumancia pastoril, pero también lugar donde recoger la leña para el fogal y la retama para alimentar a los animales. Esa cumbre que conocieron como las palmas de sus curtidas manos, Marrubial, de Guajara y su Sol de los Muertos, Valle Ucanca, La Majada Vieja o el Morro de cho Norberto. Y tantos y tantos nombres a los que Geca, enlazó su vida y la vinculó a los ritmos de una naturaleza, a menudo esquiva y dura.

Sus duras vivencias transcurrieron por momentos de escasez y de aprovechamiento al máximo de los recursos, como el del agua, en los que su familia padeció su escasez y en ocasiones tuvieron que recurrir a la recogida del agua en los eres, como el del Barranco de la Orchilla, y al agua que discurría por las atarjeas de riego. O ese trato que se les daba en las medianerías, como las casas que se le cedían para vivir en ellas, un cuarto, allí cueros de higos pasados, allí porretas, allí higos de leche, allí el queso, allí comíamos, allí dormíamos, y tenía pegado otro cuarto, por no techarlo y ponerle un piso estaba uno como un cochino.

Y dormir sobre colchones de fajinas, de barrillas, o de gamonas, cuando estaban secas, mi madre se levantaba temprano, que estaban serenadas y jacía tres o cuatro jaces y ese era el colchón. Mi padre le ponía unos palos, unas tablas y después le ponía aquello encima, o jacía mi madre un colchón de sacos.

Los diálogos con Angélica Dorta Pérez [El Frontón, 1938 – 2022] son enseñanzas de la maestría de una vida, es una continúa muestra de sabiduría, de ingenio para apropiarse de viejas costumbres sobre las prácticas agrícolas, en esas labores tradicionales que aprendió en la infancia y que ejerció durante toda su vida. Las labores de Geca han sido infinitas, yo ha trabajado más, sembrar papas, como en los tamateros. En cada lugar además de la cabrería también se dedicaban a la agricultura, como durante su estancia en El Río, donde sembraba papas blancas en tierra negra. Mi madre iba pallá ayudarme, yo cogiendo papas y ella apañando. Yo me cargaba una bolsa de sesenta kilos, del suelo al hombro.

Geca, es de esas personas con las que se aprende a viajar en la vida, a contemplar y apreciar lo que nos rodea, con la sencillez de sus gestos y de sus palabras. Una mujer a la que escucharla contando, reviviendo esos momentos alargados en el tiempo, nos hace recuperar ese tono de sensibilidad que se adquiere al estar en continúo contacto con la naturaleza. Naturalidad, que transita entre sus palabras, entre sus reflexiones, con tanta modestia que hay que realizar un esfuerzo para interpretar la grandeza de sus aportaciones.

 

Antonio García y Angélica Dorta. La Asomada, 2006

 

 

jueves, 14 de septiembre de 2023

“Unas copitas/ de vino bueno”. Germán Fumero Alayón, el viejo vate chasnero

 

 

“Unas copitas/ de vino bueno”. Germán Fumero Alayón, el viejo vate chasnero

Marcos Brito

 

Germán Fumero Alayón [Vilaflor 1846-1936], el viejo vate chasnero, ha sido una de las personas más ilustres que ha dado este Sur, y que en Vilaflor lo fue todo a través de su longevidad: alcalde; juez municipal; secretario de varios ayuntamientos; asimismo ejerció de cartero rural, de sochantre, de maestro; además de escritor y gran animador de la vida cultural de su pueblo. 

La participación de Germán Fumero en la vida social de Vilaflor es amplísima. Se le sitúa en los encuentros literarios que se organizaban, en homenajes propios y ajenos; en cuyas informaciones se le cita con gran respeto.

Lo enaltece el periodista Rafael Peña León, quien lo compara con el porte del pino. Allí, en Vilaflor, recio, como añoso pino,/ vive este poeta labrando las endechas./ Ha sacado a la vida máximas cosechas/ encarcelando su espíritu a lo divino.

Lo describe el poeta Emeterio Gutiérrez Albelo, quien impartía su magisterio en la escuela pública de Vilaflor: Con sus largas barbas de monje, sus ojillos vivaces, sus sarmentosas manos, que hacen aún caligráficos prodigios, su lucidez profunda, extraña en tan larga longevidad; sus amables maneras de gran señor, empapadas melancólicamente, a veces, en la recordación de pretéritos rosales: “-Ay, hijo. La vida es así…”

 


El poema Tardes de invierno, de Germán Fumero, fue publicado en la década de 1920, Cuando en las tardes/frías, de invierno,/ me siento helado/ todo mi cuerpo. (…)

También hay otras/ tardes de invierno,/ gratas, alegres,/ de encanto pleno,/ que mis amigos/ más predilectos,/ a mi consagran/ con caro afecto,/ en la morada/ de don Fulgensio,/ jugando al “dómino”;/ que de los juegos/ llamados lícitos/ este prefiero/ Allí charlaremos/ y allí beberemos/ unas copitas/ de vino bueno,/ rojo, tintillo,/ vulgo ´chasnero`,/ de este solar/ puro y selecto.

viernes, 12 de febrero de 2021

Antonio Fumero García, “Santa María”. Vilaflor




Antonio Fumero García, “Santa María” Antonio Fumero García recibe este apodo, según narra su nieta Daniela Fumero García, por una expresión que pronuncia al finalizar un largo viaje en su emigración a Cuba. “Porque mi abuelo fue a Cuba, estuvieron tres meses pa llegar a Cuba y en tanto dice, ¡Ay Santa María de Dios!, no me importa que me llamen Santa María si lo que veo enfrente es Cuba. Y después se quedó Santa María, y era mi abuelo y era mi padre Santa María y todavía seguimos nosotros con la tradición, las de Santa María.” Apodo que hereda su hijo José Fumero Martín, padre de Daniela Fumero García. En el Censo de la Población de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1910, Antonio Fumero García consta inscrito en San Roque, con 66 años de edad y de profesión propietario; casado con Adelaida Martín Fumero, de 52 años; y con dos hijos en la vivienda familiar: Domingo, de 15 años, y José Fumero Martín, que contaba 13 años e iba a la escuela. En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1940, José Fumero Martín reside en La Ladera, anotándose el año de 1896 como el de su fecha de nacimiento y de profesión obrero; casado con María García Domínguez, nacida en 1909; y sus hijos: Rosenda, Emma, Andrea, Daniela y María Fumero García.





sábado, 12 de diciembre de 2020

José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno



José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno 

José Tacoronte Melo nació en 1918, en Ifonche, Vilaflor, en cuyo lugar poseían vivienda sus padres, Juan Tacoronte Hernández y Adorsinda Melo Aponte. Casa en El Hoyo y medianería en La Suerte, dedicados “a la agricultura, a plantar papas y segar, tenía unos veinticinco cabras, dos vacas, dos bestias y un caballo. Yo cuidaba las cabras. Íbamos al alto de Las Lajas, hasta allí íbamos con el camello pa llevárselo al Tavío al Calvario [Arona], dos duros, trescientos kilos de pinillo cada camello. Y su madre, a elaborar los dulces tradicionales de Vilaflor, disponía de horno de leña, que tanta fama tenían en buena parte este Sur, y cuando había fiesta, pues ventorrillo pallá y pacá.” 
Sus abuelos paternos, Federico Tacoronte Hernández y Carmen Hernández Mesa, ya cuidaban esa manada en La Suerte. “De medianero y con cabras, después estuvo con cabras mi padre, y después se marchó mi padre y entró el hermano Federico, mi padre estuvo de soltero y casado en La Suerte.” 
José se casó en 1948, con Otilia Moreno Oliva, Tila, natural de Benítez, en Adeje. Y vine aquí, al pie del Roque de los Brezos, en Ifonche, pero en la zona de Adeje. Se conocieron en un baile que organizaba Pastor Oliva Rodríguez, que tenía una cantina en Ifonche Arriba. “Venían del Valle, de Adeje, del Puertito, venían a los bailes. Antes se bailaba donde quiera. Y el cantar fue otra de las aficiones de José, tal como narra su encuentro con una chica de El Puertito, venía una chica que parecía tía Amalia, paz descanse, la voz gruesa como un hombre, pero cantaba bien. Y José cantó: "Cante compañera, cante/ que me gusta su cantiga/ que yo también cantaré/ si a usted le gusta la mía."
"Era morena, dice que era hija del carbonero, no se ese carbonero quien era, y entonces me canta: Pájaro que bien cantaste/ en la hoja del ciprés. Pájaro que bien lo hiciste/ vuelve a cantar otra vez. Yo empezaba a cantar al escurecer y llegaba por la mañana y no repetía un cantar. Algunos que los oía y otros que lograba yo.” Y José continuó con la tradición familiar en el cuidado de una pequeña manada de cabras, casi siempre alrededor de 20 animales, en su casa al pie del Roque de los Brezos, en Adeje, y cuya actividad mantuvo con una media docena hasta por lo menos la primera década del siglo XXI. Las narraciones fluyen con suma facilidad, como cuando va reseñando una de sus otras ocupaciones, la de zapatero, y de la que adquirió una muy buena popularidad entre sus vecinos, y en cuya labor se mantuvo trabajando hasta el inicio del siglo XXI, “yo no se si en el dos mil uno trabajé ya.” 
Labores que inició con su tío, Federico Tacoronte Hernández. “Mi tío Federico arreglaba los zapatos, porque tenía seis hijas, le arreglaba los zapatos a sus hijas. Y yo me gustaba y ponía gomas, compraba unas lonas y le ponía unas gomas, me gustaba la cosa, después un día en el regimiento, cuando terminó la guerra, había un chico allí. Digo, si pudiera entrar áhi, me gusta la zapatería. ¿Sabes bullir? No se mucho, mucho, pero yo hago algo. Si quieres se lo digo, a ver si lo enchufo. Se lo dice y dice, dígale que venga. En el cuartel, en el Pirineo de Zaragoza, allí estuve tres años, allí dentro de esa nieve. Me mandó que pusiera unas tapas a unas botas. Dice, está bien. Después me daba zapatos de los oficiales, de los hijos, pero claro no había hormas, una zapatería de un regimiento sin hormas,…” Y después ya siguió en Ifonche, cuando regresó de la Guerra Civil, acondicionando un cuarto en El Hoyo. “Yo empecé barato, si me salía trabajo, trabajaba fuera y después cuando tal, … Allí empecé hacerlos, a 100 pesetas. Lo más caro que vendí a 1.800.” “A principio le cobré sesenta pesetas, el primero que hice.” A Luisa Rodríguez García, la mujer de Daniel Rodríguez Cano, Daniel el de Mojino, vivían en este pago de Vilaflor, Mohino o Mojino. “Zapatos de Vilaflor, de Arona, de Los Cristianos, del Valle, de todos sitios, hasta pa Caracas hice zapatos.” 
Tuvo mucho problemas para comprar el material para trabajar la zapatería, para que le dieran el cupo. “El cupo le dicen el material, medio cuero de una vaca.” Ese cupo lo compraba a Juan Molina en Santa Cruz de Tenerife. Apuntaba que la mejor suela es la de vaca, para la parte superior utilizaba vaca y cabra, ya preparada. También compró gomas usadas para zapatos, a 500 o 700 pesetas una goma. 

Otlia Moreno y José Tacoronte. 2006

Las conversaciones con José aportaron múltiples facetas de una vida que transcurrió con sacrificios a lo largo de su longevidad, falleció en noviembre de 2020 ya con ciento dos años, en esos difíciles momentos en los que le tocó andarla. Tanto reseñaba sus vicisitudes en los cultivos que lidió, papas, cereales o viña, el cuidado de los animales, cabras, vacas, bestias, cochinos o camellos, y otras tantas tareas, como ir al monte en busca de pinocha o retama, a cuyo menester acompañaba a su padre desde los doce años, “cargando en esas laderas, en mantas.” O la elaboración de juguetes, molinos o arados, de gamona, o esos camellos de corcha de pino, “el camello con el cogote estiradito es más guapo, en vez de ser rosco por arriba, el cogotito más largo, el camello que tiene poca vuelta lo ve usted con la cabecita palante.” 
José Tacoronte Melo ha sido un ejemplo para comprender la importancia de la tradición oral. Su sabiduría ha llegado con el acopio en el navegar de su extensa vida, en la que fue asimilando, y aprehendiendo, en las páginas de la naturaleza. Sus relatos llegaban envueltos en bellas palabras, esas que brotaban de su interior, sentidas, y que daban pautas para un mejor entendimiento del pasado, ese al que siempre hay que aferrarse para encauzar el presente y el fututo con mejores perspectivas.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Ricardo Oliva Fumero, oficio y pasión por la madera


Ricardo Oliva Fumero. Vilaflor, 2011

Ricardo Oliva Fumero, oficio y pasión por la madera

Ricardo Oliva Fumero, Siso, nació en Vilaflor, en un invierno de 1928. Sus padres, Porfirio Oliva Fumero y Magdalena Fumero Martín residían en El Cubo, una familia que dedicó sus esfuerzos para sobrevivir, a la agricultura, a la albañilería y en trabajos en galerías, o como se expresaba Siso, al trabajo, cuando salía trabajo.
Labores a las que se comenzaba desde temprana edad, y más aún cuando su padre fallece en una caída en La Hondura, en marzo de 1937. Con él se encontraba Ricardo y dos hermanas que fueron en busca de hierbas y leña. Yo no traía nada porque yo entodavía no podía, yo lo único que hacía, me acuerdo, llevaba nada más que el hacha, que la llevaba pa cortar un poquito de leña, porque uno traíba leña, otro pinillo y otro un saquito hierba. Se fue asomar al risco y se cayó, nosotros estábamos con él. 
Ricardo apenas asistió a la escuela, entre las ayudas en las labores en la agricultura y recogida de leñas, piñas y pinocho, de poco tiempo disponía. Después cuando yo era grandito, con doce años y eso, estaba con un burrito, llevando piñas y pinillo pa San Miguel, pa cambiarlo por papas, y si lo vendía, como fuera. Yo empecé a ir con un hermano mío que tenía dos años más viejo que yo, que murió de catorce años. Un día iba pal monte y otro día pa San Miguel. Lo que uno solo entodavía era muy chiquito pa hacerlo.
Ricardo también obtuvo carbón en contadas ocasiones, o cuidar de algunas cabras que siempre había en la casa. Trabajó en galerías, como en la galería Pinalito, archetando. O en la carretera de La Orotava a Vilaflor, de ayudante de su hermano Mamerto, que era albañil, haciendo tajeas, arreglando las tajeas y haciendo alguna pareita. Cuando tenía 59 años se trasladó a trabajar a una carpintería que su cuñado había instalado en la Cruz de Piedra, La Laguna, donde permaneció unos seis años, para después partir a Venezuela, donde permaneció once años y seis meses. Y regresó a El Cubo, y adquiere una máquina universal. Y ahí empecé a hacer de todo, ventanas, puertas, muebles, los muebles pa mi familia, allá en La Cuesta.
Su oficio, y su pasión, fue al carpintería, empecé, le puedo decir que muchacho chico, yo siempre estaba con uno que se casó con una hermana. Se refiere a Miguel Martín Quijada, hijo del carpintero Diego Martín y Juana Quijada, casado con Nelida Oliva Fumero. Cuando se casaron, Miguel montó una carpintería en El Cubo y en ella trabajaba Ricardo. Y allí puso un fisco de carpintería pa hacer unas puertas y unas ventanas, lo que se hacía antes, porque antes se hacía muy poquito. Carpintería en la que se realizaba todo a mano. Cuando empecé no tenía nada más que un cepillo, todo a mano, había que serrarlo a mano, cepillarlo a mano, todo a mano. Y allí empecé con él, a trabajar, y después cuando nos tocó la quinta, él se fue pal cuartel y yo me quedé haciendo sillas y venciendo sillas, hacía las sillas y las vendía pal Norte.
De sus manos salieron múltiples aperos de labranza; colmenas, cajones con tablas; arreglos de barricas de vino, ponerle un fondo nuevo a la barrica, eso si hice, ahora hacerle el largo completo, eso no; escobas, queseras, ventanas. Un carpintero, antes, hacer una puerta, una ventana, una mesa, porque antes los carpinteros no hacían muebles. O la tan demandada, la silla chasnera, lo único que iba clavado era el fondo, de dos o tres piezas, de una pieza entera no se conseguía siempre. Llevaba clavos nada más que el fondo, lo demás era todo enlazao. Muchas se vendían para la Banda Norte, sobre todo se llevaban al Valle de La Orotava. Había uno que día pallá con vino y sobre los barriles de vino me llevaba media docenas de sillas, le decíamos José, que por el apodo le decíamos el Cuerito.
La maestría de Siso se denota en el modo de explicar el proceso completo desde la tala del pino hasta terminar con el utensilio que elaboraba, y que él realizó en cada uno de esos pasos. Se inicia con la tala, con hacha, y serrar los pinos, a mano, para transformarlos en tablones para su mejor transporte, con un máximo de 4 metros, para poderlos trasladar en camellos. Otros dían adelante tumbando, tumbando y pelando, quitando la corcha, que le decíamos. Nosotros era otra capotilla, atrás, nada más que serrando. Nosotros sacábamos por píes, las piezas nos la pagaban por pies. Todo lo que se pudiera serrar se serraba y lo demás todo era pa carbón, se tumbaba de setenta, de cuarenta, de diámetro y los tablones se solían hacer del grueso de 5 a 7 cm., o mayor. Si era un pino padre, que venía teniendo noventa, eso se pegaba uno un día, pa hacerlo dos piezas. Después las dos medias que quedaban lo dividíamos en tablones. Primero lo partíamos a la mitad y después lo lañabamos.
Estos trabajos serrando pinos en el monte lo realizó tanto en el Municipio de Vilaflor como en los de Adeje y Granadilla, y se trabajaba lo que se podía, áhi no se miraba el reloj sino lo que se vía, en lo que se vía había que estar serrando, hasta que se oscurecía, después por la mañana temprano desde que se vía estábamos serrando, después hasta que se oscurecía.
Y ahí quedaron sus fuertes manos en el recuerdo de sus trabajos, que los realizó hasta mediados de la primera década del siglo XXI, en esa evocación que apuntaba su agrado por la tea. La tea dura y no le entra el bicho, ni se pudre ni nada, dura muchos años, ahora pa trabajar no es mala, pa trabajar es suave, lo único que pa cepillarla, como es resinenta había que trabajarla bastante. Los cepillos se llenaban de resina y había que limpiarlos con frecuencia.
Y tras su fallecimiento, en agosto de 2019, nos queda su profunda memoria, su fascinación contagiosa por el paisaje de nuestra tierra chasnera. Por sus expresivas manos, curtidas en la tierra y en la madera, transcurrió ese cauce del tiempo, esa cosecha de vivencias, sus idas y venidas en sus múltiples trabajos vinculados con nuestra tierra, árida, austera, pero siempre con esa sublime y desbordante belleza. Sus relatos, sus palabras, se colmaron de nostalgia y fueron surgiendo sus conversaciones, sus explicaciones, con esa patina de sabiduría que acopió en su andar.


Foto de familia. Porfirio Oliva y Magdalena Fumero y sus diez hijos, entre los cuales se encuentra Ricardo entre su padre y su madre. De izquierda a derecha: Esteban, Marcos, Olegario, Dolores y Mamerto. Debajo, izq. a der.: Carmen, María y Nélida en brazos de su madre. Ricardo, el padre, y Juan, que falleció con 14 años. El Cubo, c. 1931.