sábado, 5 de abril de 2014

El descubrimiento del Conjunto Ceremonial de Guargacho. San Miguel de Abona

  Luis Diego Cuscoy, al centro, y Salvador González, a la derecha, en el Conjunto Ceremonial

 

A comienzos de marzo de 1972, y a raíz de unos movimientos de tierra durante la construcción de unos tomaderos de agua de escorrentías, con destino a las charcas de El Monte, en San Miguel de Abona, el cabrero Salvador González Alayón encontró una serie de objetos arqueológicos. Después de esta fecha continuó meditando sobre su importancia e interés, hasta que la mañana del cinco de abril se decidió a escarbar. Entonces se encontró con restos de cerámicas, huesos, obsidiana y conchas de lapas. Comprendió el valor que ello conllevaba, y manteniendo el respeto debido al yacimiento, informó rápidamente a un hijo de los propietarios del terreno, Carlos Hernández Calzadilla.
Salvador González Alayón, que falleció el 31 de marzo de 2012, cuidaba su manada entre El Monte, San Miguel de Abona, y Los Bebederos, Arona. Fue un gran conocedor de la zona, la que transitó palmo a palmo, al que ha recurrido con enorme frecuencia para elaborar numerosos trabajos de investigación basados en su experiencia, en sus relatos, sobre la forma de vida, las costumbres o sus vivencias en el lugar.
Como relata Salvador: donde escarbaron ellos sacaron trozos de olla así y digo,¡ay! esto, y entonces cogí yo un trocito de cerámica, un trocito de hueso y una obsidiana, pa mi que aquello ni era techo de choza, ni piso tampoco, allí había otro misterio.
Ese año no había llovido y había un viento frío de áhi y las cabras entrando por allí, por aquella hoya y yo me senté allí detrás de un beril de aquellos de tosca y traté de irme pa la carretera. Ahora me voy pa la carretera que áhi están mis cabras muertas de hambre donde mis antepasados las encerraban, hartas de repente de buenas hierbas. Había una casa de ratones, allí, desde el año treinta y uno que yo fui allá. Digo deja ver si todavía viven los ratones, y entonces fi y digo entodavía hay rastro de ratones, pero que entonces me doy cuenta que en la entrada me veo un trozo de obsidiana como así, brillando, lo cogí y digo pues esto, y entonces pues me voy fijando, en el suelo trozos de olla y después miro al llanito aquel, nada de escarbar, a simple vista vías tú, trozos de obsidiana en todo aquel llano y trozo de olla. Allí habían arreglado un tomadero para coger el agua del llano pacharle pa las charcas y ese año antes y donde escarbaron ellos sacaron trozos de olla así y digo, ¡ah!, y esto, y entonces cogí yo un trocito de cerámica, un trocito de hueso y una obsidiana la que cogí de la puerta de los ratones y entonces había uno de allá de La Gomera que estaba allí trabajando en las platanera, y eso todas las tardes, el tenía dos cabritas, cogía la hierba donde estaba regando y cuando merendaba, a dar conmigo, donde estuviera y ese día venía de allá, por allí paca. Digo corra amigo Costante, corra que ya descubrí donde hay dinero. Usted esta loco, mire usted dinero, digo, sí aquí tengo las señas en la mano, entonces luego. Y dice, y eso son señas de dinero. Digo si, donde quiera que está escondido el dinero, que esto no es de lo de hoy que esto es cuando la plata valía (...)
  De: “El Conjunto Ceremonial  de Guargacho”
Yo ya había visto la piedra de sacrificio, un trozo de laja al descubierto, no se el año que fue y me extrañó aquello y nada pues que cuando veníamos pacá y hablando, mie usted lo que usted dice que es dinero. Pero cuando iba caminando así con él, el iba por ese lado y yo por este y cuando voy a cambiar el pie este pues diva mirando pal suelo me veo como bajo la tierra como una sombrita oscura y me agacho y hago así y veo que era una laja, una piedra. Y entonces digo, mire amigo Costante donde está el dinero, pues hago así tal, y veo que eran dos piedras. Y entonces dice, ¡ay, ay, ay!, que señor Salvador que tenía idea de llevarlo pa La Gomera pero yo no lo llevo porque si allá pega a encontrar piedras no me camina, que allí hay piedras también. Digo, no pero esto es distinto, pero esto aquí es donde está la botija debajo de estas lajas, pero yo la broma y entonces ya no le dije más nada.
Y entonces cuando nos marchamos miré al rabo de ojo pa las lajas, contemplé las piedras, lo que había descubierto, que no se descubrió sino tanto así lo que quiera que era. Pero pamí, aquello ni era techo de choza, ni piso tampoco, allí había otro misterio. Mire usted el tiempo que yo llevaba allí y no me daba cuenta y me veo en lo alto de una lomita las paredes, en sitios eran tan altas así, en otros habían quitado piedras por abajo, donde era un corral hexagonal y cuando iba cruzando la pared me veo arrimada a la pared un trozo de cerámica así, casi la mitad de la olla y no dije nada.
Y ahí pa dentro, allí solía haber un hoyo, allí donde terminaba el llano y había unos cardones, que el agua se conservaba mucho tiempo allí y me ocurre ir a mirar allí, alrededor y entonces aquello no eran sino trozos de cerámica, conchas de lapas, obsidiana. Y digo, mire, mire amigo Costante, él se sentó y yo me puse allí encurquillado sobre las lajas, pegué a descubrirlas y eran unas lajas que en la parte arriba unían y estaban así, y entonces aquí en medio de las lajas como una piedra dentro. Pego a escarbar y lo que sacaba era tierra, tierra cribada, finita, que aquello fue cogido con barro y escarbaba más al fondo, más fina la tierra.
En sitios no asomaban las piedras sino esto, y en otros más, pero se contaba, una, dos, tres, cuatro y cinco, y una que no se veía. Después veo más arriba y conté una, dos y tres y después otra asomando no más que las puntillas, pero eso estaba ya ves en terreno parejo y después cerca de mi, otras cuatro piedras que asomaban, allí asomaban algo más. Pero yo ya, pues, contemplaba que aquello, todas aquellas piedras estaban colocadas por las manos del hombre que por asuntos volcánicos no podían ser aquellas lajas y aquellas piedras, pero nos marchamos parriba. Y entonces, el día cinco de abril me fui con las cabras por la mañana y las viré pa este lado. Resulta que escarbé por fuera del exágono y no era sino calcinación negra y huesos y conchas de lapas, obsidiana y ya dejé aquello allí, y llamé de allí a doña Ofelia. Y digo, dile a Carmen que llame a Bebederos.
Este descubrimiento, que con tanta profusión de detalles relata Salvador, y su posterior análisis y estudio tuvo una gran repercusión, por los datos suministrados para una mejor compresión de cómo fue la civilización prehispánica. Luis Diego Cuscoy realizó un importante estudio sobre este yacimiento, publicando, en 1979, sus conclusiones en: “El Conjunto Ceremonial de Guargacho (Arqueología y religión)”, en donde apunta que aportó  “importantes elementos definitorios para que sea contemplado como un documento singular referente a las prácticas rituales guanches. En este caso concreto la arqueología ha suministrado una interesante información y ha permitido deducir aspectos no conocidos del ceremonial y de los ritos aborígenes”. Añadir que Luis Diego Cuscoy conocía muy bien esta parte del Sur; además de sus visitas arqueológicas y etnográficas, por su estancia como maestro en la Escuela Nacional Mixta de Cabo Blanco (Arona), desde septiembre de 1940 a enero de 1942.

Documentación:
BRITO, Marcos: Salvador González Alayón.Un cabrero para la leyenda. Llanoazur ediciones 

 

miércoles, 2 de abril de 2014

El 2 de abril de 1930 amerizó un hidroavión en Los Cristianos

Bahía de Los Cristianos. c. 1935
 
Al final de la década de los años veinte y comienzos de los treinta se trató en numerosas ocasiones, tanto en diversas instituciones y particulares, como en la prensa, la idoneidad de ubicar el aeropuerto en la zona. Se estudió la viabilidad de instalar un poste de amarre para globos dirigibles, de utilizar la bahía para el amerizaje de hidroaviones y las llanuras de El Camisón para aterrizajes de aeronaves.
Fueron numerosas las personalidades e instituciones que se decantaron por emplazar el aeropuerto de Tenerife en Los Cristianos. En julio de 1927 la Corporación Municipal de Arona, presidida por Eugenio Domínguez Alfonso, acordó dirigirse al Presidente del Consejo de Ministros, de Gracia y Justicia y al Jefe de Aeronáutica suplicándole que en la elección de un puesto en Canarias como está aprobado para aeropuerto se tenga en cuenta las grandes ventajas que por naturaleza ofrece el de Los Cristianos, esperando se haga justicia por las Comisiones que a ello se destinen; a su vez se invite a los Sres. Alcaldes de Guía de Isora, Adeje, Vilaflor, San Miguel y Granadilla para si a bien lo tienen se sirva concurrir con las personas que quieran unirse a la reunión que se ha de señalar en el sitio a propósito previo los antecedentes que se tengan, al mismo tiempo invitarles a que telegrafíen a los Sres. Pte del Consejo de Ministros de Gracia y Justicia y Jefe de Aeronáutica al igual que lo hará esta Corporación.
En noviembre de ese mismo año el Presidente del Real Automóvil Club de Tenerife, Juan Rodríguez López le dirige un telegrama al Ministro de Fomento solicitándole la pronta ejecución de la carretera de Santa Cruz a Los Cristianos como una medida que podía acelerar el posible aeropuerto. En estos momentos había una dura pugna entre las clases dirigentes de las islas de Santa Cruz de Tenerife y de Gran Canaria para que el tan ansiado aeropuerto de Canarias estuviese en una de ellas.
Una vez declarado aeropuerto nacional el de Gando; Los Cristianos pugna por ser cede del de Tenerife. Al principio de la década de los veinte se pensó en Arico y La Cuesta. Con el tiempo se van añadiendo propuestas alternativas, donde ya participan Los Cristianos y Los Rodeos. También se barajan otras sedes, como Buenavista, Güimar, El Llano de Maja en Las Cañadas como campo auxiliar para utilizarlo en vuelos turísticos, o San Benito en La Laguna. Además de Los Cristianos, se solicitó por parte del Cabildo Insular de Tenerife ofertas de terrenos para la construcción del aeropuerto en las proximidades de Las Galletas.
Hasta finales de los años treinta, cuando se toma la decisión de que el aeropuerto fuese en Los Rodeos y que se realice uno auxiliar en El Médano, visitaron Los Cristianos algunos pilotos, ensalzando sus excelentes condiciones. Cada una de estas llegadas representó una fiesta para el numeroso público que se concentró para contemplar las evoluciones de estos aparatos.
Y entre estos estudios se efectuaron diversos vuelos de reconocimientos de los terrenos y de la bahía de Los Cristianos. Como el del hidroavión que amerizó el 2 de abril de 1930. A la cuatro y media de la tarde se posó el Dornier Wall, D. 1647 Bremerhaven de la compañía alemana Luft-Hansa, que estaba estudiando la posibilidad establecer una línea entre Europa y América con escala en las Islas.
El miércoles 2 de abril de 1930, a la cuatro y media de la tarde, amerizó en la bahía de Los Cristianos el hidroavión Dornier Wall, D. 1647 Bremerhaven de la compañía alemana Luft-Hansa. En el hidroavión procedente de Berlín, con escala en Cádiz y en Gando, viajaban, Otto Bertram, miembro de Luft-Hansa; Ernst, jefe de navegación; Bebenshat, mecánico; Baunsbard, radiotelegrafista; y el fotógrafo, Teodoro Maisch. En Los Cristianos los esperaban numerosas personalidades, entre las que se encontraban el cónsul alemán en Tenerife, Jacob Ahlers, y Juan Bethencourt Herrera, consejero del Cabildo Insular de Tenerife. El hidroavión se quedó en la bahía de Los Cristianos y la tripulación marchó por carretera a Santa Cruz, quedando a cargo del mecánico. El viernes regresaron por el aparato, con la intención de sobrevolar hasta Santa Cruz de Tenerife, pero el mal tiempo les hizo ir directamente a Gando, desde cuyo lugar regresarían a Cádiz.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones






miércoles, 26 de marzo de 2014

Calle Grande. Adeje, década de 1920

 
Calle Grande. Adeje, década de 1920
 
Vista desde el norte de esta emblemática calle de Adeje, en la actualidad calle Grande, que ha visto transitar por entre sus piedras buena parte de la historia del Sur de Tenerife. Resaltar, a la izquierda de la imagen, la iglesia del antiguo Convento Franciscano de Ntra. Sra. de Guadalupe y San Pablo, fundado en el siglo XVII, y la sede del Ayuntamiento de Adeje, construido en el lugar que se ubicaba este convento franciscano.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

viernes, 21 de marzo de 2014

Virgilio Reyes García, último zapatero en el Valle de San Lorenzo

  Virgilio Reyes en su zapatería de la Avenida San Lorenzo, 2004
 
Algunas profesiones van perdiendo el protagonismo que poseían, se han transformado o se han perdido. Al volver la vista atrás y recorrer el recuerdo en busca de la evolución de algunas de estas profesiones, de esas que han quedado ancladas, sepultadas en la mayoría de los casos por las nuevas implantaciones que nos ha traído la lógica evolución de la sociedad, es avivar la memoria de ese pedacito de nuestra historia cotidiana. Uno de estos oficios, su manera de ejecutarlo, es el de zapatero, de tanta necesidad hasta, por lo menos, la década de los sesenta y en la actualidad casi olvidada, lo recorremos a través de las hábiles manos de Virgilio Reyes García, el último de estos viejos zapateros que ejerce en el Valle de San Lorenzo, en Arona.
La importancia que tuvo esta profesión lo constata el gran número que practicaron esta labor en el Municipio de Arona. Aquellos que confeccionaban las lonas para el trabajo, los zapatos para los días de fiesta, que se llevaban en la mano mientras se transitaba por caminos empedrados, que se calzaban cuando se llegaba a la entrada del pueblo. Como ejemplo citar los existentes a finales del siglo XIX, en Arona, ejercían Eladio Almeida Montesdeoca, Nicolás Fumero García, Agustín Miranda Rodríguez; o Ramón Borges, en Altavista. Con los años se añadieron algunos otros como Pedro Mena Frías o Antonio García Fumero, quienes tenían sus modestas zapaterías en Arona; o la de Benito García, en La Hondura.
A finales del siglo XIX ejercían en el Valle de San Lorenzo, Miguel García Domínguez, y Narciso Delgado García; a quienes se les añadió a comienzos del siglo XX, Nicolás Fumero García. En los años veinte ejecutaban este viejo arte: Antonio Morales, con zapatería en El Pinito. Miguel García Domínguez, cho Miguel de La Vera, apodo que adquiere por tener su taller en La Vera, en Llano Mora. Martín Gómez Álvarez, en Cabo Arriba. Juan Moreno Moreno, en La Tosca. Y José Delgado García, agricultor y zapatero, que ejerció en Chindia, junto con su hermano Narciso.
El último de los zapateros tradicionales que quedaban en activo, Virgilio Reyes García (Valle de San Lorenzo, 1922-2005), relató algunos pormenores de esta profesión, aprendida de su padre Benigno Reyes García, quien durante años tuvo un pequeño taller de zapatería en La Tosca, donde comenzó con este oficio después de la Guerra Civil; él era amañado cuando era nuevo, en la posguerra cuando la cosa se puso fea, tiró por esto. Empezó a hacer sandalias y remenditos. Ya él se fue afirmando un poquito y empecé yo. Aquí fue donde primero ejerció su oficio, compaginándolo con diversas tareas del campo, con posterioridad y después de oficiar de zapatero en el servicio militar, tuvo taller propio en La Hoya, donde estuvo algo más de diez años, hasta que se trasladó a la Calle Nueva, la actual Avenida de San Lorenzo.
En esos primeros momentos, cuando estaba en La Hoya, recuerda que había 5 zapaterías en el Valle de San Lorenzo. Su padre que seguía en La Tosca; Modesto en La Calle, señor Jaime en La Cabezada y Martín Rueca en Cabo Arriba. Hace referencia a Modesto Pérez, Jaime Hernández Tejera y Martín Gómez Álvarez.
Cuando trabajaba en la zapatería de su padre, los materiales escaseaban y se llegó a realizar zapatos de mujer con la parte alta confeccionada con hilo y agujas de barbilla y después colocarle la suela. Había que buscar la forma, de cómo fuera, lo que fuera, porque sino se quedaba uno descalzo. Para confeccionar las alpargatas, su madre, Julia García Valentín, cosía la parte alta en su máquina y después ellos le añadían la suela. En un tiempo, peor mucho tiempo, mi madre hacía la parte alta de las alpargatas y nosotros hacíamos la parte baja. La parte alta la hacía ella en la máquina della, loneta gruesa, tela de pantalón, de lo que fuera, dentro le ponían hasta forro de saco, saco finito.
  Benigno Reyes y Julia García, padres de Virgilio Reyes
Estas suelas se realizaban con las ruedas de los camiones, era lo que había, eso lo comprábamos a algún camionero, esa goma se deshuesaba toda y se sacaba la parte de los lados. Daba cinco pares en redondo de zapatos y dos y medio o tres en el rodaje. Se quitaba el aro que iba a la llanta, después se cortaba por el dibujo, se cortaba también por el otro lado y daba tres trozos. Por un lado dos y medio y por el otro dos y medio, eran cinco pares, y la del fondo o eran dos y medio o tres pares. Esa goma se abría, había que saberla separar, había que coger la telita y por aquella telita ir, tas, tas, con el cuchillo. Se quitaba la parte de dentro pa hacer las alpargatas de mujer, era el forro que traía, y la parte de fuera pa hacer los zapatos, y con eso se trabajaba, no había otra cosa. Ahora no sirve porque la goma viene tejida de vergas. 
Y coser a mano, realizando los agujeros en la lona o en la suela y coserlos con el hilo que él mismo preparaba. Se partía de un ovillo de linaza, anudándose varias hebras, según lo que se fuera a coser, se torcían, se le sacaba la punta y después se le daba el cerote, que se preparaba con ceras y pedriegas; resina que al comienzo del siglo XX se conseguía de los residuos de la destilación de la resina de pino, de La Fábrica instalada en Los Cristianos. Para disponer de este cerote se partía de la cera, picadita muy fina para que se derrita más luego y después pesas, a suponer cuarenta gramos de ceras, treinta y cinco de pedriegas, para que quede el cerote tan duro. Los pones a guisar y cuando esté ya líquido de todo coges el cacharro y lo vacías en un cubo de agua, que no llegue al fondo ni a los lados, la vacías y se queda hecha una penca, tú coges rápido para que no se te seque y empiezas a trabajarla y trabajarla y te queda el cerote. Con ello se le aplicaba a las hebras de linaza ya trenzadas, se conseguía una mayor fortaleza y durabilidad, además de poder trabajar con más comodidad.
Por sus manos han pasado todo tipo de calzado, yo he hecho de todo en la vida, de cosas de calzado, hasta botas del ejercito hice, en el ejercito. Para realizar un buen par de zapatos, y trabajando duro, se tardaba un día; un zapato de vestir, aparao ya, aparao se llama terminado la parte alta, se hacía en el día, yo trabajaba fuerte, yo y todos los que éramos nuevos. Hay que partir de un buen material, buenas herramientas: alicates, leznas, martillos, macetas, cuchillas, pinzas, botadores, troqueles o la máquina de coser, que tantos trabajos alivió. Y disponer de un surtido de adecuada hormas, de las que posee más de cien pares. Un oficio como este, tú ves un zapato y haces un corte del que ves, y haces un zapato, el que hace el zapato es la horma, es el zapatero, pero es la horma, buscar una horma buena. Y buena mano por la que deslizar esos útiles, esa buena mano que ha tenido Virgilio Reyes García durante toda una vida, que ha transcurrido entre suelas e hilo de linaza, entre clavos y colas, y siempre rodeado del cantar de los pájaros, de los que ha llegado a disfrutar de más de doscientos.

martes, 18 de marzo de 2014

Benito y Domingo Fumero González. JARAMAGO Y CARNAVAL

 
De izquierda a derecha: Andrés Toledo, Andrés el Díos. María Pérez Toledo. Manuel Fumero Beltrán, Jaramago, con una hija en brazos. Benito Fumero González, Jaramago, y su hija Carmen Fumero Beltrán

 

Benito y Domingo Fumero González. JARAMAGO Y CARNAVAL


A los hermanos Benito y Domingo Fumero González se les nombra con los apodos de Jaramago y Carnaval. El motivo de estos sobrenombres lo relata un hijo de Benito Fumero González, Pedro Fumero Beltrán, quien lo heredó de su padre. Mi padre y un tío mío salieron de parranda, llegó mi padre y se puso una florita de jaramago, aquí en el sombrero, y mi tío se puso, se tapó, así con una máscara, era el día del carnaval. Dice, anda que tú sos el carnaval. Y dice: y tú sos el jaramago. Con la flor aquí, y salieron, y llegaron con la broma.
De un día de parranda nacieron estos dos apodos con los que se conocen a estas dos numerosas familias. Los Carnaval son los descendientes de Domingo Fumero González, quien cantaba: Mi hermano es el Jaramago/ y yo soy el Carnaval/ mi hermano sirve pal caldo/ y yo pa parrandiar. A Benito Fumero, Jaramago, cantero, cabrero y agricultor, se le sitúa en los años treinta y cuarenta cuidando una manada de cabras en Trevejos, Vilaflor, desde donde se trasladaba a la cumbre, a la zona de La Mesa o El Sombrero; y también a otra finca de la misma propiedad en La Tabaibita, en el Valle de San Lorenzo.
En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1950, Benito Fumero González se encuentra inscrito en El Hoyo, VILAFLOR, anotándose como fecha de nacimiento el año de 1877, de profesión labrador, natural de Arona y 25 años residiendo en Vilaflor. Casado con Dolores Beltrán García, quien nació en 1885. Habitaban en la vivienda los hijos: Pedro, que nació en 1925; y Mª Carmen, en 1931.
También en El Hoyo se encontraba Domingo Fumero González, quien nació en el año de 1887, y de profesión labrador, natural de Arona y con 13 años residiendo en Vilaflor. Casado con Isabel Oliva Martín, quien nació en 1879.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

viernes, 14 de marzo de 2014

Carnavalito alegre/ chispa segura/ si tu amor no te quiere/ pa que te apuras

  Parranda en carnaval. Buzanada
 
Los ímpetus eran otros en esos carnavales de antaño. Las ganas de parranda y algarabía que se acumulaban durante el año de espera entre festejo y festejo se desbordaban de alegría en apenas los tres días de carnaval, de domingo a martes. Este último era la jornada principal en el que no se trabajaba, momento de disfrazarse y salir con una parranda a visitar las casas en busca de lo que quieran dar pa animar la parranda. Se utilizaba lo que se tenía a mano, las disponibilidades no eran abundantes, escaseaba hasta lo imprescindible, se preparaban sombreros con flores de colores y vergas de los cultivos de los tomates, trajes de retales de ropa vieja y de papeles de colores, las caras pintadas o simplemente tiznadas y donde la máscara no tenía mucha relevancia.
Algunas costumbres olvidadas se practicaban con buen humor; lanzarse polvos talcos por la calle, solos o mezclados con harina, o simplemente harina que era más asequible y más barata; vaciar huevos y rellenar las cáscaras con flores y papelitos de colores para luego arrojarlas; embadurnarse las manos con restos del carbón o del hollín del fuego de leña de la cocina, para tiznarle la cara al que encontraban por la calle; o robar gallinas a cualquier vecino para hacer caldo con el que brindar a todo el mundo, incluyendo a sus propietarios que se enteraban con posterioridad que la gallina era suya. Días de fiesta, de trasgresión, de liberar tensiones, y sobre todo de hospitalidad. En cada casa se dispensaba a los visitantes según sus disponibilidades, siempre había alguna cosita sobre la mesa con que invitar. Y que no faltasen la carne cochino, el pescado frito, las rebanadas y los chochos. Y estos últimos que fueran de nuestras medianías, los más deseados, los de La Escalona o los de los Llanos de Trevejos. 
  Los Cristianos. c. 1936
En Los Cristianos se festejaba los carnavales tres días, domingo, lunes y martes, días de cambiar de aspecto y de sexo, como narró Encarnación Alayón Melo, se vestían de mujeres, los hombres de mujeres, casi siempre cambiarse, y después cada uno hacía la machangada que le parecía, unos se vestían de monos, otros se vestían de marinos, otros pescaban, me acuerdo de otros lo hacían de ciegos, me acuerdo de Pedro Melo, era el que los guiaba, de Juan Bariajo me acuerdo, los otros dos no me acuerdo, no se si era Miguel el Chasnero, y tocaban y cantaban y después iban a otro sitio. Otros salían con una caña y compraban, entonces lo más que había era manices y cosas así, eso era la carnada que tiraban, y a los muchachos chicos le tiraban un puñado de manices y con la caña de pescar, y los muchachos chicos se volvían locos en el suelo.
Las parrandas y los bailes estaban por doquier, de Buzanada y sus alrededores tenemos la referencia de Encarnación García Toledo, los carnavales haber si había un papel, de colores, y si la que tenía una sábana, porque no teníamos nada. Una viejita que estaba en esta calle, al lado de esta casa, si nos prestaba una sabana le metíamos aquello aquí y la doblábamos y unos papeles alrededor y aquello era el traje de los carnavales. Se iba a parrandear bajo el son de tocadores como José González o Antonio González García; y cada uno tocaba un rato y díamos de aquí a Cabo Blanco con esa parranda y de aquí Aldea, caminando por áhi padentro con esa parranda y volvíamos pafuera. En Buzanada sobresalía la alegría de Carmen Cabeza, que estaba en todos los saraos, tanto en carnavales como en San Juan, que improvisaba versos con suma facilidad, tal como recuerda María García Sierra, Cha Carmen Cabeza la más que cantaba, se ponía cosas viejas en la cabeza, una vez pasó por ahí y le cantó a mi madre: Dichosa de seña Leonisa/ que le queda esa florita/ y yo no tengo ninguna/ que ya me quedé solita. O aquel en el que solicita que no paré la diversión; Silencio pido señores/ que dure el baile hasta el día/ porque mi José me dijo/ que hasta otro año no volvía.
  Valle de San Lorenzo
Referencias a Cabo Blanco nos trae el comentario de María Luisa Reverón Alayón, íbamos de aquí, las parrandas a Aldea, vestidas con unas mantas, otras veces con unas sabanas, con papeles, que poníamos las flores de papeles y pegadas a las sabanas, de medio parriba eran unos paños que se usaban antes unos cojines en las camas, uno por delante y otros potrás, y muy guapas, y un sombrero, yo siempre tenía un sombrero.
La alegría de las parrandas y de los parranderos dieron lugar a un alegre apodo de los hermanos Benito, en 1920 estaba censado en Los Ancones, Arona, y Domingo Fumero González, conocidos por Jaramago y Carnaval, y que heredaron sus familiares. Y a otras múltiples anécdotas como la de cierto cabrero que por irse a festejarlos a Vilaflor dejó las cabras encerradas durante tres días.   
En el Valle de San Lorenzo había un barrio donde estas fiestas tenía relevancia especial: Llano Mora, sobre todo en los años treinta y cuarenta. María Luisa Hernández Reverón, quien en esos años, confeccionaba caretas de tela con agujeros en los ojos y boca, y atados a la cabeza, nos cuenta como se sentían esas fiestas: Antes los carnavales eran Llano Mora arriba, Llano Mora abajo, parrandas de abajo y de arriba abajo, y después se empezó a darle la vuelta al Valle, pasaban por La Hoya, por El Pinito, por Llano Mora, por La Cabezada. Tocando y cantando, y caminando, y en los ventorrillos se paraban a beber. Empezaban el domingo, lunes, pero el día grande era el martes. Todavía al final de los años cuarenta se juntaban esas parrandas en Llano Mora, María Luisa Hernández Reverón nos contó un cantar de su abuela María Tacoronte Reverón: Carnavalito alegre/ chispa segura/ si tu amor no te quiere/ pa que te apuras.

BRITO, Marcos: Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones

miércoles, 12 de marzo de 2014

Colores del Sur 10. Flor de escobón en La Tafetana

 


Colores del Sur 10. Flor de escobón en La Tafetana

Es difícil rivalizar con el blanco de las flores del almendro o de la retama. Pero el blanco sobre el intenso verde de las alargadas hojas del escobón enarbola la belleza de su porte, la sutileza de sus formas, que llegan a punto para adornar los bailes de carnaval.
La madera del escobón aportaba infinitas utilidades, desde leña para cocinar, obtener carbón, o en la confección de diversos útiles en la agricultura: desde cabos, horquetas o partes de los arados. Planta que asimismo entraba a formar parte de los repartimientos en los aprovechamientos forestales. Como el que se enumera en el acta de entrega del aprovechamiento forestal en Vilaflor, que se expide con fecha del 19 de noviembre de 1931. Se otorga licencia para que se pueda ejercer esta labor desde ese día hasta el 31 de mayo de 1932, en el monte Vica y Lajas, en que además del explotación del pinar se enumeran: Veinticinco cabezas para arados, de escobón, en Los Saltaderitos. Y los treinta estéreos de rama verde. Y por suyo aprovechamiento los vecinos de Vilaflor deberían abonar: por cada estéreo de leñas para hogares o de rama verde de escobón, cuatro pesetas; por cada timón, cincuenta céntimos; y por cada cabeza para arados, veinticinco céntimos.
Y también fue causa de denuncias, como la impuesta por la Guardia Civil del Puesto de Granadilla de Abona a Bernardo Sánchez Sánchez, de 68 años y vecino de Charco del Pino, por encontrarlo en agosto de 1949, cuando conducía en un camello, 6 haces de leña verde, de la llamaba escobón, extraída del punto conocido por El Marrubial, del monte público El Pinar.
Además de otros aprovechamientos, tanto en verde como en seco, desde forraje para animales a proveedor de varas para confeccionar cestos.

Fotografía: Flor de escobón. La Tafetana. San Miguel de Abona, 2014