domingo, 2 de noviembre de 2014

María Hernández Estévez, MARÍA LA RAJAA. LOS RAJAOS

Juana Hernández Estévez, Juana la Rajaa
Un sobrenombre que se inicia con María Hernández Estévez, María la Rajaa, y se extiende a su descendencia y aún perdura en el Municipio de Arona. María Hernández, María la Rajaa, lo adquiere al romperse el labio en un accidente, que ella fue a coger orchilla al barranco y se rompió el labio y como antes no se cosía ni nada pues así quedó, la llamaban María la Rajaa y después nacieron los hijos, Rajaos, y después los nietos Rajaos también. Así lo relata Julia Carballo Mena, casada con un nieto de María Hernández, Tomás Valentín Hernández, Tomás el Rajao, que es hijo de Juana Hernández Estévez, Juana la Rajaa. En Los Cristianos existió el Pozo de los Rajaos, situado al pie de una palmera y al norte de unas huertas conocidas por Las Maretas, en la zona de El Puerto. 

Julia Carballo Mena y Tomás Valentín Hernández, Tomás el Rajao
Tomás el Rajao ejerció en Los Cristianos de pescador y sobre todo es recordado como calero. Esta labor la efectuó con su hermano Rafael Valentín Hernández, Marote, cuyo apodo no se ha podido precisar. Entre otros hornos de cal, la obtuvo del ubicado en Las Caletillas, en El Camisón, en cuyo lugar adaptó un horno de leña a carbón, según apunta su sobrino Ismael Valentín.
En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, en Los Cristianos consta inscrita María Hernández Estévez, quien contaba con 80 años de edad. En el Padrón Municipal de Arona, a 31 de diciembre de 1940, Tomás Valentín Hernández se asienta en Los Cristianos, con 44 años de edad y de profesión calero; casado con Julia Carballo Mena, de 19 años. Y en el de padrón para el año de 1960 se encuentran registrados en Túnez, donde Tomás Valentín consta como agricultor.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

miércoles, 15 de octubre de 2014

Agustín Alayón Gómez, El Estoperito

 


Agustín Alayón Gómez, El Estoperito

 

Las motivaciones son infinitas, y en algunos casos fruto de alguna característica física, que se acrecentaba con la socarronería de nuestros viejos. Como transmite su hija Encarnación Alayón Melo, este apodo proviene de un comentario de la madre de El Estoperito, Celestina Gómez Martín. Antes los barcos los pintaban con piche, en caliente, y lo pasaban por los barcos con unas bolas de estopa enrolladas a un palo. Estoperito le decía la madre, porque era trancadito.

Agustín Alayón Gómez, El Estoperito, según datos del Censo de la Población de Arona, para el año de 1920, se encuentra inscrito en Los Cristianos, con 44 años de edad y de profesión pescador, casado con Herminia Melo Rodríguez, de 31 años; y sus hijos: Agustín, Manuel, Encarnación y Lorenzo, contando entre los 13 y 3 años.


Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

Encarnación Alayón Melo o las veredas de la tradición

  Encarnación Alayón Melo, 2005   


Artículo publicado en la prensa en 2005

Encarnación Alayón Melo es la memoria del que fue pequeño enclave de pescadores de Los Cristianos. Es un libro abierto al que se va escuchando, con diálogos pausados, en su cocina de inmaculado blanco; un lugar de calma y sosiego por donde, con sus palabras y sus silencios, se transita por las veredas de la tradición.
Son múltiples los senderos por los que se puede andar, cogido de su mano. Son sus vivencias y recuerdos, pero también los que atesora de sus allegados, como el nombre que recibía la Playa de Los Cristianos, la Playa del Vino, tal como le contaba su abuelo Esteban Melo García, “decía él, que el primer nombre era la Playa del Vino, porque por aquí se embarcaba, por que bajaban los vinos de los altos y embarcaban por aquí.” O como iban las obras de la carretera de Arona a Los Cristianos, según le contaba su madre, Herminia Melo Rodríguez, que se comenzó a construir a comienzos de la segunda década del siglo veinte. “Cuando yo nací en el año quince me decía mi madre que mi padre estaba trabajando en la carretera, porque antes cuando la mar estaba buena iban a la mar y cuando no iban a la tierra.”
Cuando se bendice la Ermita Nuestra Señora del Carmen, una imagen de esta Virgen se traslada en procesión, el 18 de octubre de 1924, desde Arona a Los Cristianos. Encarnación participó en este recorrido, se encontraba en edad escolar en Arona, viviendo con sus abuelos en Túnez, porque hasta unos años después no existieron escuelas en este barrio costero. Festejos que recuerda con añoranza, celebraciones que comenzaban con el albeo de las casas, con el agasajo de toda persona que se acercase a disfrutarlas; con la preparación de los locales de bailes, como las de Leopoldo Domínguez; de Leandra Valentín Hernández “Cha Leandra”; de Rosa González “seña Rosa” o en “la sala”, y su apreciado piso de madera, de Nicolasa Martín.
Conoce el lenguaje de cada piedra que había en este tramo del litoral donde aún no había llegado el cemento, sólo algún canto rodado cogido con un poco de la cal que se obtenía de las caleras de El Camisón y con la que se construyó algún pequeño embarcadero, como el de La Planada (en el arranque del primitivo muelle de Los Cristianos); o el de la Playa de la Carnada (un tramo de lo que hoy es la Playa de las Vistas). Lo demás eran charcos naturales, como ese Charco del Cabezo, que en la bajamar se quedaba lleno de agua, y en el que se bañaban las mujeres; el Charco Lola, con fondo arenoso, situado frente al Chalet del Inglés; el Charco de María Prima, conocido por estar ubicado delante de la casa de María García “María Prima”; el Charco de las Piedras, enfrente de las casa de Juan Alfonso “Juanillo”, denominación que adquiere por la existencia de piedras grandes en su interior.
Encarnación es una mujer que ha recorrido su vida pegada a los vaivenes de la mar. Sus padres, Herminia Melo Rodríguez y Agustín Alayón Gómez, pescador, habitaban una modesta vivienda atracada a la orilla de la mar, a la que en mareas altas casi llegaba a acariciar sus paredes. Vivienda de su abuelo Esteban Melo García, donde después vivieron sus padres y posteriormente, a partir de casarse en noviembre de 1933, la habitó con su esposo, Mariano Melo Tavío, quien guardaba en su memoria la vida y milagros de los barcos de cabotaje, en los que trabajó durante algunos años.
Atesora, en ese baúl repleto de presencias propias y ajenas, un gran conocimiento de las pocas viviendas que poblaban la costa donde se edificaron varios salones, hoy olvidados y desaparecidos. Como el de los Bethencourt, y donde después se edificó el Cine Marino; “Todo eso era de un tal Ramos, de María Prima hasta la esquina de arriba era de ese Ramos, después lo compró los Bethencoures. Tenía negocios yo no se de qué, hacían bailes. Los Bethencoures lo utilizaron para empaquetado, que mi madre trabajó allí, tu abuela Sebastiana.”
A la izquierda, vivienda de doña Encarnación. Década de 1930

O esas otras humildes viviendas que existían donde se construyeron, a comienzos de la década de los años veinte, los conocidos por el Salón del Peña y el Salón de Tavío. Utilizados, primero, como transito de las mercancías que se trasladaba a través de los barcos de cabotaje; después como lonjas de pescado; como empaquetado de tomates o como almacenes de todo tipo. En el lugar del primero, tenían unos cuartos José Melo Martín “José Babita” y María González; Dionisia Melo Martín; o Eliseo Melo Martín “Pataloro”. En el segundo, los de Antonio Melo Martín y su esposa Nicolasa Martín.        
Sus recuerdos son alargados, envueltos en esa aparente sencillez que aporta la humildad, desgranan múltiples vericuetos de este pequeño pueblo de pescadores que eran Los Cristianos, cuando nació Encarnación, ese primer día de 1915. Mientras se festejaba el fin de año con una cena temprana y con parrandas y bailes hasta el amanecer. Llegó casi con los Reyes Magos, esos que apenas eran conocidos, que lo más que traían eran unos dulcitos, unas naranjas o algún puñado de almendras; esos que hacían juegos de malabares con la herencia de los escasos juguetes disponibles. 
Su belleza, austera y sencilla, acapara toda la hermosura que envuelve el recuerdo. Tanto nos ilustra los nombres de cada recodo, de cada charco, como nos narra esos sobrios festejos por los que ha pasado, como los carnavales en los que participaba todo el pueblo, con máscaras o sin ellas, pero con alegría y bailes durante tres días: domingo, lunes y martes. Con el domingo reservado para el “día de la tizna”, esa que se recogía de los calderos donde se cocinaba con leña y se pasaba por la cara del que se encontrase por la calle. Los lunes y los martes no faltaban los polvos talco o mezclados con harina, espolvoreados sobre todo aquel que se encontrarse en el camino. Y en todos ellos no podían faltar el buen vino, las rebanadas o los chochos; traídos de La Escalona, guisados y puestos de remojo, durante seis o siete días, en algún charco de la mar.
De su mano se pueden recorrer todos los caminos por los que ha transitado la historia de Los Cristianos. De esos años en que se tenía que ir a lavar al barranco; de tomar el agua de los aljibes; en los que había que ir a recoger todo tipo de leña para poder cocinar; donde la ropa salía de las manos prodigiosas de un grupo de costureras; de cuando el pescado se llevaba a las medianías, a pie. O cuando el ritmo de vida transcurría de otra manera, con otra quietud, con esfuerzos y penalidades, pero también con tiempo para la tertulia, para trasmitir historias pasadas, al borde de la casa, del camino, sobre algún chaplón, alguna piedra o sobre la arena amarilla de San Roque, el mejor lugar para los cuentos de brujas. De su mano se recorren las veredas de la tradición, iluminadas por la añoranza de los ecos del batir de la mar, ese que envuelve la admiración por sus memorias.

lunes, 13 de octubre de 2014

Colores del Sur 13. Porretas y pipas

Colores del Sur 13. Porretas y pipas

Los higos picos se comen frescos y se almacenan secos como fuente de alimentación para el invierno. Hay toda una ciencia por la que deambular en busca de su denominación correcta. Las porretas son los higos picos pelados, se les retira lo menos posible de la piel para que no se desgrane en el proceso de pasado. Las pipas son los higos que estando más verdosos no se pelan, estos se abren como si nos lo fuésemos a comer frescos. Antes de pelar o abrir, ya sean para porretas o pipas, “se escobiaban y barrian” para quitarles los picos, con escobas de balo, de margazas o de pino. Luego se tendían varios días al sol, en los pasiles. Pasados esos días, que podían ser de ocho a diez, dependía del sol, se recogían una mañana temprano, que estuviesen serenaditos que era mejor para lidiar con ellos.
Palabras de Victorino Gómez Oramas [San Miguel de Abona, 1918 - 2012, Valle de San Lorenzo] recuerdan los trabajos de esta fatigosa labor: Un año pelamos dieciséis costales. Mi hermano dice: este año vamos a pelar todos los higos. Empezamos en Cho, que tenía tres pedazos mi padre allabajo y terminamos en Gonzalo, del Frontón pacá, que dicen Gonzalo. Sacos desos que vienen con las papas los lavaba bien mi madre y ahí se empaquetaban, se llenaba el saco y después se ponían en la tonga, entongados, los porretas. Y teníamos un cajón grandísimo, que yo no se cuanto llevaría, pelamos dieciséis costales de porretas.
Higo pico seco, por el sol, que atesora una amplia gama de canelos, todos los canelos posibles. Alimento de gran arraigo en esa realidad de penurias. Y en la actualidad un manjar para el paladar que quiera recuperar viejos y sabrosos sabores.

Fotografía: Porretas y pipas (en mayor número, con semillas resaltadas). Elaborados por Pablo Delgado Delgado, Valle de San Lorenzo, 2010.

lunes, 6 de octubre de 2014

Aurelio Herrera Vargas, AURELIO EL BUZO

Aurelio Herrera Vargas, AURELIO EL BUZO

Así se conoce al pescador Aurelio Herrera Vargas, natural de Alcalá, Guía de Isora. Era hijo del pescador José Herrera Hernández, El Canario, y de la pescadora, vendedora de pescado, Crisanta Vargas Álvarez. Como narra su hermana Crisanta Herrera Vargas, Crisantita, su apodo se origina porque no paraba sino todo el día en la mar, como un buzo, cuando chico, porque estaba todo el día dentro del agua.
Aurelio Herrera Vargas, Aurelio el Buzo, además de ser un excelente pescador, regentó con su mujer Elvira Hernández Rivero, una pensión y casa de comidas. En el Censo Electoral de Guía de Isora, para el año de 1951, Aurelio Herrera Vargas se encuentra inscrito en Alcalá, contando, con 36 años y de profesión pescador.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

sábado, 4 de octubre de 2014

Inicios de la Asamblea Local de la Cruz Roja en Los Cristianos



 
Primer puesto de socorro en San Sebastián, Adeje. José Manuel Encinoso Mena en el centro de la imagen




Artículo publicado en la prensa en 2005

Del 5 al 17 de agosto se muestra en el Centro Cultural de Los Cristianos una exposición fotográfica bajo el título de “Historia fotográfica de la Cruz Roja Española de Arona”. Colección que condensa algunos momentos de los avatares por los que ha transcurrido esta Institución. Repertorio fotográfico que pertenece a uno de los fundadores de la Asamblea Local de Los Cristianos, José Manuel Encinoso Mena, y quien pasó por todos los cargos de su organización, desde Jefe de la Ambulancia y Oficial de Tropas de Socorro, pasando por el Secretariado o hasta el de Presidente.
A finales de los cincuenta y sobre todo los años sesenta fue un período donde el pequeño barrio costero de Los Cristianos se fue adaptando a las nuevas demandas sociales, crecían los establecimientos de alimentación, los bares, la farmacia, el cine, etc. Se iniciaron múltiples procesos, algunos de ellos se quedaron sólo en proyectos, para adaptar la zona al auge turístico que se avecinaba. Se intenta crear un Parador de Turismo en el lugar donde se encontraba el Sindicato Agrícola Río. Se inician los trámites para ampliar el muelle embarcadero, que no se ejecuta hasta la década de los setenta; así como su declaración de puerto de refugio o de puerto deportivo. Se solicita al Ministerio de Información y Turismo que declare la playa de Los Cristianos zona de interés turístico, propósito que era imposible conceder con la legislación vigente en esa época. Son años donde se redacta una y otra vez el proyecto del Plano de Urbanización del Barrio de Los Cristianos, y que no se puso operativo hasta mediados la década de los setenta. Pero también había que preocuparse del día a día, de las pequeñas obras, del mantenimiento de lo realizado, de nuevos proyectos, lentamente. Así se instala el alumbrado eléctrico, la red de abastecimiento de agua potable o el alcantarillado; se abren nuevas calles, se mejora las existentes; se crean nuevas escuelas; etc.
Asimismo había que adecuar la sanidad a la demanda del crecimiento de la población, que ya se inicia en el turismo. En la década de los años cincuenta ya ejercía un médico titular en Arona, con consulta en Los Cristianos, José Manuel Calamita González, según el Padrón Municipal de 1960 residía en el pueblo desde hacía 12 años. En 1954 se incorpora al ejercicio de la profesión en Arona el médico Buenaventura Ordónez Vellar y el practicante José Manuel Encinoso Mena, ambos con consulta en Los Cristianos. Pero aún así faltaban medios sanitarios, la apertura de la primera farmacia se efectúa en 1962, hasta esos momentos se solía recurrir a las existentes en San Miguel de Abona y Granadilla de Abona. No existían medios de evacuación de enfermos o de urgencias, como se vivió en el luctuoso suceso del derrumbe de la galería donde estaba instalado el Ayuntamiento de Granadilla de Abona, acaecido el domingo 3 de febrero de 1963. Hubo 23 muertos entre las personas que esperaba para la realización de los trámites de solicitud del Documento Nacional de Identidad, tres de las cuales residían en el municipio de Arona.
Para paliar estas carencias se funda el 15 de octubre de 1967, según se recoge en la publicación de José Manuel Encinoco Mena: “40 años de medicina rural en Arona”, la Asamblea Local de la Cruz Roja de Los Cristianos. La cual quedó constituida de la siguiente manera: Presidenta de honor: María Amalia Frías Domínguez. Presidente-Delegado: Juan Bethencourt Fumero. Vicepresidente: Alberto González Gómez. Secretario: Juan P. Reverón Oramas. Tesorero: Victoriano Melo Tavío. Vocales: Pedro Peñalver Angosto. Sebastián Martín Melo. María del Carmen Martín de la Escalera Mandillo. Elsa Reverón Alfonso. Jefe de la Ambulancia y Oficial de Tropas de Socorro: José Manuel Encinoso Mena. Como sanitarios constaban: Ambrosio Beltrán Torres, Antonio Salomón Martín Fumero, Germán Alonso Melo, Juan Sánchez Díaz. Domingo Martín Fumero, Lorenzo Pérez Díaz, Basilio Pérez Morales, Eladio Martín Fumero, Ramón González González, Antero Florencio Marcelino Valentín, Antonio Pérez Morales y Luis Gómez Gómez. 
Al año siguiente, el 20 de enero de 1968, realizan su primer puesto de socorro con motivo de la festividad de San Sebastián, en el Municipio de Adeje; tal como se recoge en la imagen de un grupo de voluntarios con su Vicepresidente, Alberto González, y el Oficial de Tropas, José Manuel Encinoso. La segunda imagen fue obtenida en marzo de ese mismo año, en una revista de los componentes de un puesto de socorro.
Cuando se funda esta Asamblea Local los medios eran escasos, los transportes los efectuaban en vehículos particulares y toda la labor se realizaba de manera altruista. Se utilizaban sus propias casas para guardar el material imprescindible y para reunirse. Ya en 1970 contaban con un local en la Calle Juan XXIII, y en mayo de este mismo año dispuso de su primera ambulancia; la segunda con la que se contaba para cubrir todo el Sur de Tenerife, la primera estaba ubicada en Granadilla de Abona. Vehículo que fue cedido por el Cabildo Insular de Tenerife, adjudicado en sesión plenaria del 2 de agosto de 1968, cuando se acuerda “la adquisición de un vehículo ambulancia para ser facilitada a la Institución de la Cruz Roja en Los Cristianos.” Y que no fue entregada hasta el 12 de mayo de 1970, según relata en una entrevista publicada en el periódico “La Tarde” en septiembre de 1973, Alberto González Gómez, siendo en ese momento el Presidente de la Cruz Roja de Los Cristianos.
Componentes de un puesto de socorro en 1968. José Manuel Encinoso Mena, primero por la derecha
Fueron años donde gracias al sacrificado esfuerzo de este grupo de personas que componían la Asamblea Local, y muchas veces a la cooperación de los empresarios donde trabajaban esos voluntarios, hicieron posible cubrir con cierta dignidad las funciones que se asignaban a estas asambleas locales: la instalación de puestos de socorro, auxilios en carretera, socorrismo náutico o el traslado de enfermos y accidentados. Las evacuaciones de enfermos y heridos se efectuaban en coches particulares, con los peligros añadidos, o esperar a que llegara la ambulancia de Granadilla de Abona, conducida por el sanitario Juan Alfonso Guerra.
Una vez que se obtiene y se acondiciona este primer vehículo se piensa en mejorar el servicio, como la necesidad de contar con caretas contra incendios, extintores, una mayor dotación humana, que poco a poco iba creciendo, iba colaborando en múltiples labores. A comienzos de los setenta ya se contaba con material para socorrer heridos en casos de incendio. Se contaba con una moto y un equipo de altavoces cuyo destino estaba pensado para servicios de playa o llamadas de urgencia. Pero las necesidades seguían creciendo, hacía falta otra ambulancia, para cuya compra se montó incluyo un kiosko en diversos festejos de Arona, como los del Valle de San Lorenzo o los de Los Cristianos; además de esperar la colaboración de los Municipios del Sur. Para prestar el servicio en el mar, tan necesitado sobre todo en épocas veraniegas, no se contaba con lancha propia, realizándose el servicio con préstamo de particulares. Años de penurias, de inicios en los intentos de dotar al Sur de lo que aún le hace falta, más medios en todo tipo de infraestructuras sanitarias, de instalaciones de todo tipo, que por una vez por todas no vayan a remolque del crecimiento demográfico.

viernes, 3 de octubre de 2014

Antonio Rodríguez. El Ciego. Parranda en Arona

  Grupo en festejos del Cristo de la Salud, Arona. Antonio Rodríguez, El Ciego, a la derecha, con gafas

La perdida de visión fue el motivo por el que se le apoda a Antonio Rodríguez, El Ciego. Este vecino del Valle de San Lorenzo fue un gran parrandero, bastaba su sola presencia para animar cualquier baile en buena parte de este Sur. Donde sonara el laúd o el acordeón del Ciego del Valle representaba un buen baile, una buena parranda.
Otro parrandero como José García Domínguez, José Rubio, de la familia de Los de Lera, puntea que bastantes veces coincidió en estos menesteres con Antonio Rodríguez. ¡No parrandié yo con el Ciego! Con Antonio, vivía en El Barranquillo, tocaba la guitarra, tocaba el laúd, tocaba el violín, tocaba la bandurria. Añade que además escribía sus cantares, como el que le dedica a varias vecinas del Valle de San Lorenzo, madres e hijas: Seña María el Cabuquero/ quiere mucho a su Juanita/ doña Mercedes a Blanquita/ y doña Lola a Consuelo.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Y Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones


Se desconocen a las personas que integran esta imagen, salvo, y según apuntó Julio Hernández Pinto, su abuelo Baldomero Hernández Hernández, “es la figura central de los que están en pie.”