lunes, 25 de mayo de 2015

Coloquio con cabreros del Sur. 25 de mayo de 2001


 
De derecha a izquierda: José Trujillo, José Toledo, Salvador González, Dionisio González (Presidente Patronato M. de Cultura de Arona), Carlos Martín, Casimiro Díaz y Marcos Brito (Moderador). Centro Cultural de El Fraile. 25 de mayo de 2001.

Coloquio con cabreros del Sur. 25 de mayo de 2001


Esta conversación se celebró en el Centro Cultural de El Fraile, Arona, el 25 de mayo de 2001. Fue una de las actividades que se organizaron en las I Jornadas de Cultura Tradicional y Patrimonio Salvador González Alayón, que bajo el lema En-torno a las Cabras fueron organizadas por Adolfo Guerra Rodríguez y por el que esto redacta. En ella intervinieron:
Casimiro Díaz Hernández [Vilaflor, 1923 – Adeje, 2013]. Cuidó cabras de sus padres, en Vilaflor y Arona, y tuvo manada propia a partir de 1950 en Adeje, donde pasó por Aponte, La Quinta, los Llanos o en La Asomadita, en Taucho.
José Toledo Rodríguez  [San Miguel, 1928 - ] Cuidó la manada de sus padres en Vilaflor y la suya entre Granadilla de Abona y Arona.
Carlos, Modesto, Martín Martín [Vilaflor, 1927 – Arona, 2004]. Entre la década de 1950 y 1960 se mantuvo ligado a la cabrería, entre San Miguel de Abona y Arona.
Salvador González Alayón. [Arona, 1919 - 2012] Las manadas de sus padres y la suya encontraron pastos entre San Miguel de Abona y Arona; y en ocasiones Salvador se trasladó a Granadilla de Abona.
José Trujillo González [Vilaflor 1927] Cuidó manadas de sus padres y suya en Vilaflor, con posterioridad se traslada a Arona y desde comienzos de la década de 1960 se encuentra en Granadilla de Abona.
Estos cinco cabreros son hijos y nietos de cabreros, vinculados a la cabrería, se puede decir, desde antes de nacer, su cuna estuvo mecida por el calor de la leche recién ordeñada, por los olores a queso fresco. Su canción de cuna la tendría que componer una sinfonía de balidos y hierros. Asimismo se encontraban enraizados a la agricultura, con la siembra, en su mayoría, de cereales o leguminosas, y en diversos trabajos que ayudaban a sobrellevar esos duros momentos en los que les tocó habitar.
José Toledo Rodríguez relató los avatares de su infancia, iniciados en el municipio de Arona, luego en el de Adeje y después en Vilaflor. Yo nací en una chocita de Las Galletas, en la playa de Las Galletas, cerca de donde vive doña Rosario, en una choza de barro, me decía mi madre. Mis padres, en ese entonces, trabajaban en Los Pozos con don Casiano, en los primeros tomates que estaban áhi, sembrado, y él le sacaba la tierra que dispués vino aquí a lo de don Virgilio, también a sacar tierra o a marcar la tierra, pa sembrar los tomates. Y áhi se fueron con Fyffes, y hasta que yo cumplí los diez años, trabajando con Fyffes, clasificando tomates, pero después yo con diez años nos fuimos a la Montaña del Pozo y áhi empezaron las cabras, áhi es donde empezó la cosa de las cabras, todos esos años. A los diez años fui pa Vilaflor y estuve veinticinco años allarriba.
José Trujillo González apuntó la dureza de su labor. Es el trabajo más sacrificado, es el trabajo más duro, hay que hacerlo de noche, hay que hacerlo de día. Eso de decir que los cabreros eran unos araganes, eso es un decir que tenían, como si dicen el barquero vive en la esquina. Pero el cabrero, eso es un sacrificio muy grande, ya ha dormido mucho arrimado a una piedra, pero mucho. Antes, el cabrero anterior, si iba al ayuntamiento y decía que era cabrero, le decían, maaaaa, usted no puede hablar aquí, vayase. Teníamos una vida que pa que vamos hablar, trincábamos un puñado gofio, un chorro leche, y vamos a vivir, entonces yo estuve bajando aquí a Cabo Blanco once años, cuando usted vino del cuartel, cuando me vio en el año cuarenta [Se refiere a Salvador González Alayón].
Resaltan la labor de sus familiares femeninos en el cuidado de la manada y sobre todo en la elaboración del queso. Así se expresaba Carlos Martín Martín, quien asimismo relató las dificultades en momentos de sequia. En el caso mío, lo que estuve de cabras, mi mujer hacía el queso y me ayudaba hasta incluso hasta cuidarlas. En los momentos de sequía sembraba uno millo, porque yo las tenía en una medianería donde había riego. Incluso en las sequías, picándole pencas, se le picaba donde había pencas, porque cuando no llovía no había otra cosa sino lo que había en la tierra, pasto seco.
Casimiro Díaz Hernández añade: Lo que yo he conocido de cabrero, siempre la mujer hace el queso. Y yo la mía, ordeñábamos primero y ella hacía el queso y yo hacía otra cosa. En años ruines, en años malos, verdad que se pasaba, yo le ha tumbado los gajos de los pinos, y se comían hasta la cáscara del gajo, pero pasaban chamizos, altabacas, lo que apañaran, no se moría de hambre ninguna, lo que hacían es que no daban leche.
Salvador González Alayón apuntaba: Y luchar porque el cabrero, si todos los años había hierba, bien, pero se luchaba. Nosotros con tomateros, mi madre hacía el queso, doña Ofelia en los tomateros, yo a cargar cajas.
José Trujillo González resalta la relación que mantuvo con los cabreros que asistieron a este diálogo, y la confianza que había entre ellos para intercambiar animales. Yo soy sincero, yo hablo como es, hay veces que yo iba con confianza cas de cualquiera, con un baifo, un amigo que sabía que me daba un baifo de una cabra, pero también le metían a uno cada cartucho, amigo.
Llevaba un baifo de cas Salvador, de cas Modesto llevé también, de aquí [José Toledo] llevé otro que también me dio buen resultado, pero después los cogía de por allí. Por allí pa mi idea me acechaban, gigo no, empecé con las mías, de aquella cabra que menos raza tuviera dejaba un baifo, de la menos raza, que no tocara luego el baifo.
Y José Toledo apuntaba: Los cruces son los buenos, yo los tenía cruzadas con las de Celestino y con estas de Salvador. Me interaba más que fuera de un buen macho que la cabra.
Carlos Martín Martín anotaba que buscaba la raza de otro amigo que tuviera cabras, pa que no tuviera la misma raza, siempre hacía por cambiar un baifo. Y como los intercambió baifos con Salvador, yo lo conocí cuando yo vine a La Arenita, áhi lo conocí yo en el año sesenta, yo tenía machos de las cabras dél, él tenía cabras de las mías, con Trujillo me pasaba lo mismo.
Casimiro Díaz Hernández exponía sus gustos por el ganado. Las cabras que me gustan, que sean bonitas de tipo, que sean bien hechitas de ubre, que den buena leche y que sean buenas cabras. Porque le voy a decir, no se si ustedes lo saben, las cabras bonitas y las cabras buenas están de Adeje paquí, de Adeje pallí no hay cabras que sirvan. Relata que poseyó un macho que le envió un amigo desde de La Palma. Y yo cuando vi el baifo, que me lo mandaron, que llegó el baifo a La Atalaya, a lo de Fyffes, aquí en Adeje, y me mandaron recado que fuera por él, fui allabajo y cuando vi el baifo, digo: si el barco se vía dio a pique, que no había llegado esto aquí. Pero bueno, lo llevé pa mi casa, porque verdad que no me gustó ni un pelo, porque no era bonito de na, lo llevé pa mi casa y crié cabras dél, que el señor este las vio [Salvador] no todas pero vio alguna, cabras muy bonitas, muy buenas de leche y muy bonitas de todo, porque eran bonitas de todo.
Varios de estos cabreros buscaron pastos en la cumbre, como José Toledo. La etapa de subir a la cumbre, fue de mi padre, paz descanse, yo con diez años. Y como desde abril o mayo subían a la cumbre, a El Marrubial, una manada cabras grande, a lo mejor de ciento veinte o ciento treinta, y ahí pasábamos el verano, que esas cabras que mi padre tenía, cho Marcelo, un tío dél las tenía acostumbradas a ir a Las Cañadas, que bajaban a la cumbre de Las Cañadas y nosotros no podíamos porque ya la guardia civil no dejaba pasar de filos adentro. Pues allí se juntaban por lo menos cuarenta ganados, cuarenta o más conté yo allí, de cabreros de Granadilla, como cho Juan Marrero, Antonio Miquela, un montón de gente, que sus abuelos, sus tatarabuelos venían con esa cosa.
José Trujillo González frecuentaba la cumbre con las cabras de su padre. En tiempo del verde las llevábamos a un sitio que llaman Las Laderas, donde está hoy la Fuente Pinalito, subiendo a la derecha, tenía allí don Virgilio Martín, que con él estábamos, tenía allí unos terrenos, no eran muy grandes pero había que ir. Pero para ir a la cumbre, como nosotros donde íbamos era a la Boca Tauce, subíamos a detrás del Sombrero y luego cogíamos el Filo de la Cumbre e íbamos por donde llaman la Cortada del Dornajito, por áhi bajábamos, por el Horno Retamal pa dentro.
Salvador González Alayón se trasladó en 1947 a la cumbre. El mío fue pues en escalas, salí después de mediodía del Monte, por el centro de Chimbesque pa ir acampar en Charco Pino, en los Llanos del Clérigo, allí las encerré en el Llano, que yo y mi padre hicimos un corral, el año treinta y dos. Y José Frías quedó que me acompañaba y echaba una cabra que la llamaban la Jardina, y me acompañó hasta Las Coloradas. De Chiñama parriba y áhi fui a pasar que estaba mastro Domingo Ferrei, áhi en La Fuente, y allí aguanté las cabras. Que aquí no había hierba , pero allí había, ellas se comían hasta los guargazos. Por áhi cogí aquel lomo pa fuera. Y María, mi hermana, y mi madre, fueron el otro día con la burra, hasta Las Coloradas.
Sirvan estos apuntes cual homenaje a un modo de vida, austero, duro, ya en el olvido, pero que no hace tantos años era la realidad de este Sur olvidado. En esta conversación contaron sus vivencias, sus rostros mostraban alegría y satisfacción por poder relatarlas, por compartirlas con una sala repleta de amigos, de familiares y amigos que quisieron escuchar las costumbres que describían, pero también los valores que trasmitían. Brotaron relatos que fijan la memoria de imágenes de una vida anudada a lo vivido, a lo aprehendido, y a lo atrapado de otras vivencias.


viernes, 22 de mayo de 2015

El Salguero. Vilaflor de Chasna

El Salguero. Vilaflor de Chasna
 

Imagen de finales de la década de 1920 que corresponde a El Salguero, Vilaflor de Chasna, situado al Norte de San Roque. La casa de piedra se utilizó como almacén de las vasijas en las que se recogía la resina de los pinos que luego se transformaba en la fábrica resinera que funcionó en Los Cristianos alrededor de 1910. A finales de los años veinte y en la década de los años treinta se utilizó para guardar las cabras del cabrero Juan Trujillo Trujillo.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

miércoles, 20 de mayo de 2015

Mayo de 1916. Fiesta del árbol en Adeje




Mayo de 1916. Fiesta del árbol en Adeje
 

La fiesta del árbol se instauró en España, oficialmente, en 1915. Con anterioridad se habían celebrado en diversos puntos, como en Cáceres a inicios del siglo XIX. En Adeje hay constancia de estas conmemoraciones desde, al menos, 1911, originadas por el médico Manuel Fernández Piñeiro. Este médico gallego, que ejercía en Adeje, también promovió la que se cita en esta nota de prensa, de mayo de 1916.

sábado, 16 de mayo de 2015

Romería de Nuestra Señora de Fátima. Valle de San Lorenzo, 1973

Romería de Nuestra Señora de Fátima, 1973


La primera peregrinación o romería en honor de Nuestra Señora de Fátima tuvo lugar el 13 de mayo de 1950, año que llega su Imagen al Municipio de Arona. Desde esta fecha su festividad ha discurrido por diversas vicisitudes; varios cambios de Imagen y dos etapas claramente identificadas. Las celebradas desde este primer año hasta 1957, donde se suspende su conmemoración, y a partir de 1973 donde se retoma con un carácter más festivo.
La de 1973 fue una festividad promovida por un grupo de mujeres cuyos nombres y algunos detalles de como transcurrió ese día las entresacamos de un artículo  de Arturo Navarro Grau: La ilusión ha vuelto a remover el ánimo de un escogido ramillete de muchachas que se han impuesto, fervorosamente, la misión de reanudar la Historia con la Romería de Fátima en La Centinela.
De momento cuentan ya, aparte de su ilusión, que es incontenible, con tres carrozas que acudirán adornadas con motivos típicos, y el programa de las fiestas, refiriéndose al día principal, claro está, se desarrollará a partir de las doce de la mañana, con la salida de las carrozas para La Centinela, formando parte del carrusel joyante de la Romería con la danza de tambores de Tegueste, la rondalla de Milán de Tejina y la danza de La Laguna. (...)
Y cabe, naturalmente, el agradecimiento de esas muchachas que han tomado la responsable iniciativa de poner en marcha la Romería, a su dignísimo párroco don Carmelo Hernández, que tan felizmente ha colaborado en la puesta a punto de esta idea.
Como cabe, por supuesto, el destacar, para su satisfacción y orgullo y para ejemplo de las sucesivas comisiones, los nombres de esas muchachas que son María del Carmen García Reverón; Carmen Rosa Pérez Barrios; Ana Carmen Reverón García; Urbana Bethencourt Díaz; Milagros González Delgado; Fátima Hernández Alayón; Juanita García Delgado; María Sierra Alayón; María del Carmen Rancel Sierra y Juanita García Amador.

Romería de Nuestra Señora de Fátima, 1973

En este su primer año de reanudación se continúa con la tradición de la elección de Romera, realizada en las dos últimas celebraciones de la década de los cincuenta. Pero además hay un intento de que la romería trascienda más allá del barrio del Valle de San Lorenzo. Se invita a participar en esta elección a chicas de Cabo Blanco y de Buzanada, incluso se intenta que también intervenga alguna representante de San Miguel de Abona. En 1973 se elige romera mayor a Juana García Amador, y romeras menor a María Isabel Sierra y María Fátima Hernández Alayón, que son las que se recoge en la fotografía. Asimismo, de 1973 podemos apreciar otra imagen de su desarrollo y participación, parte del decorado de la Parroquia y el inicio a sus puertas.
  
Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Llanoazur ediciones

domingo, 10 de mayo de 2015

Familia de El Roque. San Miguel de Abona. c. 1938

 
Familia de El Roque. San Miguel de Abona. c. 1938


Familia de medianeros, trabajadores en tierra ajena, del barrio de El Roque, San Miguel de Abona, que en el momento de obtenerse esta imagen se encontraban en Bajo la Montaña, casa de labranza desaparecida, en Arona. Por sus manos pasaron múltiples labores, las del cereal, de la cochinilla, de la fruta de leche, de las papas, de las porretas o de la matanza del cochino. Esta fotografía se obtuvo para remitirla a tres hijos que el servicio militar los había alejado de su casa; dos, Jesús y Francisco, lo estaban en la península, en la Guerra Civil; otro, Ángel, lo pasaba en Santa Cruz de Tenerife. Se nos muestran con  rostros circunspectos, expectantes ante la inmortalización de sus gestos; nos presenta a Romualda Hernández Bello y Anselmo Delgado García, junto a cuatro de sus hijos: Rosario, Argelia, Juan y Nélida Delgado Hernández.

Colección: Montserrat Alonso Díaz

jueves, 7 de mayo de 2015

Rosario Delgado Hernández. Evocaciones contra el olvido

Rosario Delgado. El Tapao, 2004

Rosario Delgado Hernández nació en El Roque, San Miguel de Abona, un día después del día de Reyes de 1912. Momentos de sueños infantiles, donde las alforjas, las cajas de los camellos no llegaban tan repletas como en la actualidad; unas naranjitas y unas almendras colmaban la mayor de las expectativas. Sus padres, Romualda Hernández Bello y Anselmo Delgado García, también vinieron al mundo entre las paredes, de cabezas de tosca y barro, de El Tapao, en El Roque. Un barrio que se asomaba al siglo veinte con algo más de doscientos cincuenta habitantes y con una ermita, en honor de San Roque, casi recién estrenada.
Sus padres eran medianeros, trabajadores en tierra ajena, motivo por el que cuando tenía unos pocos años se trasladaron a la propiedad de Gregorio García, en las Huertas de don Gregorio, en la parte alta de El Tapao. “Mis padres a arar y segar, y plantar papas y coger fruta y pasar porretas que le decíamos, higos picos los barría uno, bastante que pasé. Teníamos muchos niños, mucha familia, éramos ocho hermanos”.
Después de cuatro o cinco años, vuelta a su casa y a trabajar en las cercanías. Momentos en los que había que aprovechar las disponibilidades, alargar las reservar, sembrar el cereal y las papas, recoger y pasar la fruta, coger la cochinilla, cuidar de algunas cabras, cochinos y gallinas. Además de los duros trabajos de la casa, entre los que se encontraba los acarreos de agua, de la que no se disponía en demasía. “Bastantes trabajos se pasaron, porque teníamos el tanque, aquí debajo, de mi tía Consuelo y el de mi abuelo, el padre de mi padre, alládentro, en lo que mi abuelo vivía, allí en Las Casas”. Cuando el de estos aljibes se acababa había que ir a las fuentes, la de El Tapao, la de Tamaide, la de La Fuentita, en el Valle de San Lorenzo. O al Barranco del Drago, “parece que en un tiempo hubo un drago muy grande, le había oído decir a mi abuela, ni mi abuela creo que lo conociera tampoco. Había un charco, y se subía como un gato con el cacharro en la cabeza, un charco firme que no se le iba el agua, yo creo que no se le ha visto nunca el fondo, siempre había agua.”  
A mediados de los años treinta se trasladan a las inmediaciones de Buzanada, en Arona, a Bajo la Montaña, con Petra Bello. “Cogíamos cochinilla, que la teníamos de medías, la fruta que de tres partes teníamos una.” La cochinilla se la vendían a José Delgado, natural de San Miguel de Abona, que poseía una tienda y molino en Quemada. En Bajo la Montaña está tomada una de las fotografías que se reproducen en este artículo. Se obtuvo para remitirla a tres hermanos que el servicio militar los había alejado de su casa; dos, Jesús y Francisco, lo estaban en la península, en la Guerra Civil, otro, Ángel, lo pasaba en Santa Cruz de Tenerife. En ella se contempla a Rosario, la segunda por la derecha, a sus padres y a otros tres hermanos, Argelia, Juan y Nélida.
En estos años también trabajó en el cultivo del tomate, en El Tagorito, otra finca de la misma propietaria de la medianería de sus padres, situada en Guaza, Arona. Allá iba en la época de la zafra, con su hermana Nelida, y allí se quedaba mientras durara, con trabajos “desde que amanecía el día hasta la noche, el sol allí amarillito en la cumbre.”
Una vez terminada la zafra del tomate retornaban a realizar las labores en su casa, “cuando llegaba la primera semana de mayo, ya nosotras veníamos parriba, porque mi padre araba y había que segar y mi madre tampoco nos quería dejar botadas espedregando.” Quitarle las piedras a las huertas, acondicionarlas para el nuevo cultivo, era una labor que realizaban las mujeres una vez finalizada la cosecha. Cuando su padre segaba, llevaba el trigo o la cebada a trillar a una de las dos eras que había en El Puente, lugar cercano a Bajo la Montaña.
El cereal se tostaba a mano, en tostador de barro, y se llevaba a los molinos. “También se molía a la mano, yo me acuerdo de ver a mi madre, porque no había molinos antes sino allá por debajo de Arona, que había molino de viento, que yo no me acuerdo pero se lo oía a mi abuela, que se juntaban la familia, tostaban un poco, lo que una bestia cargaba, iba y molía allá, cuando podían.” Hace referencia al molino de viento de El Verodal, que estuvo en funcionamiento hasta finales de la segunda década del siglo XX. Cuando estaban en El Roque también llevaban el grano a moler en San Miguel, en el de José Delgado Delgado, “que primero no tostaba sino sólo moler.” En Bajo la Montaña también lo acarreaban a otro molino del mismo propietario, que tenía en Quemada, que por esa época, finales de los años treinta, pasó a Miguel Díaz Monroy.
En este lugar permaneció hasta su boda con José Díaz Sierra, en 1939; y sus padres hasta finales de la década de los cuarenta. La ceremonia religiosa la celebró en la Parroquia de San Antonio Abad, en Arona, y se festejó en la casa donde vivían sus padres. “Las bodas no podían ser entonces mucho; chocolate y caldo de gallina, y sopa y papas compuestas con gallinas. Después fuimos abajo a Quemada, a bailar.”

  Rosario Delgado, segunda por la derecha, con sus padres y tres de sus hermanos, Argelia, Juan y Nélida, en Bajo la Montaña

Su vida una vez casada se mantuvo apegada a la tierra, trabajaban en diversas propiedades, en El Roque y en Jama. “Aquí tenía mi tía Consuelo este sitio y tío Silvino también nos daba de medias en El Roquito, cogíamos las huertas que podíamos, no éramos sino dos, no podíamos sembrar mucho.”
La conversación con Rosario Delgado transcurrió con amenidad, sus recuerdos brotaban a borbotones, inacabables, relata lo lejos que estaba San Miguel, sobre todo si llovía, por las dificultades para cruzar el Barranco del Lomo, “era barranco de cumbre, que cuando llovía mucho se estaba dos o tres días pa la gente poder pasar.” O narra la costumbre de colocar unas piedritas sobre el travesaño horizontal de las tres cruces que habían en el Lomo de La Hoya: “Una mayor y dos más chicas, y yo cada vez que pasaba, cogía una, y si no tenían ninguna le ponía tres a cada una y rezaba tres padres nuestros. Eso le vía a mi madre, a la vez que la fe era esa, pasaba por una crucita, si uno quería rezar un padrenuestro ponía una piedrita.”
La narración también se detiene en otras tareas domesticas, como cuando en la matanza del cochino preparaba las morcillas, con la sangre, matalahúva, pasas, arroz, para después cocinarlas y colgarlas hasta darles buena cuenta. O la siembra de los chochos que su padre realizaba en el Roque de Jama, bien con destino para los animales o para el consumo propio, imprescindibles en carnavales; y su larga preparación, dejándolos de remojo, cocinándolos con un poco de ceniza, y volverlos a poner de remojo varios días más. Así como las noches que pasó en el barrido y pelado de los higos picos, para después dejarlos en el pasil, que se secaran al sol, y disponer en el invierno de la rica porreta.
O se recrea en los bailes por los festejos de San Roque o alguna promesa por San Pascual Bailón; así como las celebraciones por San Juan: la recogida de flores a las novias, mudar las plantas de una casa para otra, saltar las fogaleras.   
Y todo ello lo relató con la ternura que atesoraba en sus años, así lo contaba pocos años de su fallecimiento en 2008, con la alegría que se denotaba en el brillo de sus ojos al recordar con cierta nostalgia el eco de sus pasos, el de sus seres queridos, por entre las piedras de El Lomito, El Roquito, La Degollada, El Revolcadero, Pájaros, Barranco del Roque, Cercado de la Fuente, Donate, Las Casas, o por ese otro que se estremece en lo más cercano al corazón, El Tapao.


Puerto de Santiago. Santiago del Teide

Puerto de Santiago. Santiago del Teide


Pequeño muelle a medio construir en el mismo lugar donde existía un pequeño embarcadero, en el Porís de tío Rubio. Fotografía no tan lejana en el tiempo, pero que denota el gran cambio que se ha realizado en esta costa. Por su orilla destaca el Morro del Puerto y, a la derecha, la playa de callaos de El Jurado. Y en la mar pequeños barcos de pesca entre los que destaca el Alcocó, de la empresa Lloret y Llinares.

Fotografía publicada en: COLECTIVO CULTURAL ARGUAYO: Santiago del Teide siglo XX. Imágenes para el recuerdo. Editada por el Ayuntamiento de la Villa de Santiago del Teide.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones