martes, 14 de julio de 2015

Playa de Allá y Playa de Acá. Playa de Los Cristianos. c. 1930

Playa de Allá y Playa de Acá
Playa de Los Cristianos. c. 1930

En esta playa de arena y callaos existían dos varaderos, y que según comentó Leopoldo Díaz Tavío, el Varadero de Acá, en la Playa de Acá, situado enfrente y al Este de la conocida por Casa de Angelita; los barcos se sacaban de la mar sobre tosca y callaos. Aquí varaban: Leoncio Díaz Domínguez, Lázaro Tavío, Aquilino y Domingo Díaz Domínguez. Cho Eladio solía varar aquí, aunque le pertenecía en el Varadero de Allá, pero no cabía. Varadero de Allá, en la Playa de Allá. Los barcos se varaban a través de una rampa acondicionada con un rebaje realizado a la tosca, situada enfrente de la conocida en su tiempo por la casa de Leopoldo Domínguez. Aquí varaban: Cho Agustín, Cho Fulgencio.
Lo de Allá y Acá siempre ha dependido desde que lugar se mire. Leopoldo Díaz residía al Este de la playa, por lo que al mirar hacía al Oeste se refería a la Playa de Acá, a la más cercana a su vivienda y a su varadero. Pero si escuchamos la referencia de otro pescador, Francisco Brito, que residía en El Cabezo, al Oeste, y contemplaba la playa, por su ubicación era la Playa de Allá.
Relata Francisco Brito: ¿Te acuerdas de la Casa Jorge? ¿Por la parte allá de la Casa Jorge no había un salón?. Pues por la parte allá del salón, por allí varábamos. Aquello le decíamos la Playa Allá y de allí pacá la Playa Acá, porque muchas veces nos reuníamos ahí en la arena, en la playa, a jugar a la pelota y ya, el nombre fue eso la Playa de Allá, con la Playa de Acá. La arena vino, porque eso era una playa de callaos, lo que era callao menudo, que cuando hicieron el muelle empezó la arena a venir aquí a la playa.

Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares.]. Llanoazur ediciones


viernes, 10 de julio de 2015

Juan Hernández Melo, “Juan Carmen”. Nombrete en Adeje

Juan Hernández Melo y María Álvarez Évora. Armeñime, 2007


Así se le conocía en Puertito Adeje al pescador Juan Hernández Melo, Juan Carmen, en cuyo lugar sus padres realizaban faenas de pesca; Juan Hernández Delgado, que procedía de Alcalá, y Dolores Melo Ramos, que lo era de Los Cristianos. La mujer de Juan Carmen, María Álvarez Évora, María la de Aurelia, narra el motivo de este sobrenombre: Juan Carmen, y si usté viera por qué es. Cuando vivía en Alcalá, mi suegro y mi suegra se casaron, vivía la madre de mi suegra y tenía un hijo que lo llamaban Juan y mi suegro lo llamaban Juan también y pa distinguirlo le decían Juan el de Carmen, Juan el de Carmen era mi suegro y después este quedó Juan Carmen por el padre dél, eso de los apodos.
En el Padrón Municipal de Adeje, para el año de 1945, Juan Hernández Melo se encontraba inscrito en El Puertito, con 24 años y de profesión obrero; casado con María Álvarez Évora, con 22 años; y una hija de 1 año, Mariana Hernández Álvarez.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

jueves, 9 de julio de 2015

Vecinos en Tijoco Arriba. Adeje

 
Vecinos en Tijoco Arriba. Adeje

Vida cotidiana en Tijoco Arriba, vivienda tradicional en la que se reúne un numeroso grupo familiar a comienzos de la década de 1960; entre los que se encuentran Jerónimo Fraga, Nicolás Fraga, José Oliva y su mujer Sofia Fraga; exponentes de una profesión que ha caído en el olvido, la de cabrero.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

miércoles, 8 de julio de 2015

Cita del Sur 13. Vilaflor de Chasna, con relato de Víctor Zurita


 
Cita del Sur 13. Vilaflor de Chasna, con relato de Víctor Zurita

El periodista Víctor Zurita Soler (La Laguna, 1891-1974), relata, en un artículo de 1949, un viaje al Sur, en el que hace referencia al pueblo de Vilaflor de Chasna: Aquí en esta plaza de Vilaflor y en este radiante día último de febrero, he visto como se derrumbaba un milagro. Antes, desde ella podía observarse que no era absolutamente cierto aquel adagio registrado por Ortega de que “los árboles no dejan ver el bosque”. Desde cualquier punto de esta anchurosa plaza de Vilaflor, cerrada por el bajo caserío y por los vetustos muros del templo, podía contemplarse de una sola vez el bosque y los árboles con sólo mirar al inmenso anfiteatro selvático que abarcando tres cuadrantes de un inmenso círculo se extiende en forma ascendente hasta los dos mil metros de la cumbre del Sombrerito. Se veían los árboles, los pinos de troncos enormes, y la susurrante masa arbórea, el bosque en plena plenitud. Ahora se ven los árboles, los árboles que va dejando el cruel talador; pero no se ve el bosque, sin que nadie pueda decir qué es que lo ocultan los árboles. El paisaje y hasta los conceptos filosóficos se pervierten contagiados por la perversidad de algunos hombres.

Fotografía: Vilaflor de Chasna, c. 1890

viernes, 26 de junio de 2015

26 de junio de 1887. Temporal en Vilaflor de Chasna

 
26 de junio de 1887. Temporal en Vilaflor de Chasna

Además de desidias y abandono, la historia del Sur de Tenerife está plagada de catástrofes naturales, como el temporal que aconteció entre el 26 y el 28 de junio de 1887, momentos en la que se realizaban labores de siega y trilla de cereales. Como relataban desde Vilaflor: una nueva calamidad que aflige a estos desolados pueblos del Sur. En el recuerdo prevalecía el aluvión de noviembre de 1826, que fue el episodio más dramático, en tan corto espacio de tiempo, producido en las Islas. La fiebre amarilla acaecida a comienzos de siglo XIX. O el aluvión de diciembre de 1879 que causó 11 muertes en el Municipio de Guía de Isora.

miércoles, 24 de junio de 2015

24 de junio de 1916 homenaje a Juan Bethencourt Alfonso en San Miguel de Abona

 



24 de junio de 1916 homenaje a Juan Bethencourt Alfonso en San Miguel de Abona

El 24 de junio de 1916, no es casual que fuese el día de San Juan, se colocó una fotografía de Juan Bethencourt Alfonso en las dependencias municipales, que se encontraban en una vivienda ubicada en la plaza de la iglesia. 
Juan Bethencourt Alfonso (1847, San Miguel de Abona – 29 de agosto 1913, Santa Cruz de Tenerife). Estudio medicina en Madrid, desempeñó en Santa Cruz de Tenerife importantes cargos sanitarios y docentes, además de una importante labor periodística y política. Un gran precursor de los estudios sobre las poblaciones prehistóricas de Tenerife. Basándose en sus estudios documentales y en la tradición oral, a través de encuestas sobre usos, costumbres y tradiciones, publicó una serie de trabajos, entre los que se podrían destacar: "Costumbres populares canarias de matrimonio, nacimiento y muerte" o los tres tomos de "Historia del Pueblo Guanche". Fue el fundador del Gabinete Científico y el Museo Arqueológico Municipal de Santa Cruz de Tenerife.

lunes, 22 de junio de 2015

María González Alayón y sus recuerdos del día de San Juan

  María González Alayón

María González Alayón, hija de Antonio González Alayón y de Romualda Alayón Pérez, nació en Cabo Blanco en 1908. Al poco de nacer, sus padres se trasladan a trabajar a Llano Azul y con vivienda en Charco Redondo. Desde esa fecha hasta su fallecimiento, María dedicó su vida al trabajo en el campo, entre los Municipios de Arona y San Miguel de Abona. Duras tareas en eternas de labores, como en el cultivo del tomate, donde cobraba los sábados, a los seis días, seis pesetas cobraba yo. Contrajo matrimonio con Eugenio Rancel Rosa, tal como lo narra: yo me casé de treinta y siete años, tuve tres hijos. Porque mi gente me sacó, me sacaron de un mes de la casa de Cabo Blanco y yo no ha sabido más quedarme en Cabo Blanco, sino por áhi dando tumbos.
El día 24 de junio se conmemora la festividad de San Juan Bautista. Son múltiples las actividades que se efectúan en la víspera o en este día: fogaleras; celebraciones en honor a la saga de los Juanes; diversas tareas que por este día realizaban los cabreros; confección de voladores o pelotas; o las supersticiones amorosas, sobre todo de las mujeres, quienes las realizaban con mayor frecuencia. Recuerdos de María que fueron brotando con alegría.
Para saber como era de pudiente el novio con el que se iban a casar, la víspera, antes de irse a dormir, se colocaban tres papas debajo de la cama. Una pelada, otra a medio pelar y la tercera sin pelar, peluda. Tal como lo describe María González Alayón, en Los Bebederos: Y después cogía, poníamos una papa pelada, otra a medio pelar y otra pelua, una papa sin pelar, con el cuero. Y las tirábamos así bajo la cama y después con los ojos cerrados, por la mañana, nos levantábamos atentarla, cogíamos una. Si la cogíamos peluda nos casábamos con uno ricacho. Si la cogíamos pelada, con uno que no tenía nada . y a medio pelar, que estaba así. Y si cogíamos la ceniza, con uno, cualquiera sabe deonde y si cogíamos la tierra, con uno de la tierra nuestra, de allí mismo.
Al momento de depositarlas bajo el lecho se decía: San Juan Bendito/ por ser tu día/ ponme aquí/ la suerte mía. En otro momento de la conversación cambia el último verso: la fortuna mía. Y largábamos bajo la cama.
Si se quería saber la procedencia de ese futuro novio, se colocaban debajo de la cama, emburujados en un papel, un puñado de ceniza y otro de tierra. Como mañana era día de San Juan, cogíamos esta noche un puñado de ceniza, antonces había ceniza, un puñado de tierra, lo emburujábamos así en un papel, la ceniza sola, y la tierra sola. Si cogíamos la ceniza, con uno de no se sabe donde y si cogíamos la tierra, con uno de la tierra nuestra, de aquí mismo.
Son múltiples estas costumbres, estas creencias, ya casi en el olvido. Coger una bañadera con agua y tirarla, a primera hora de la mañana, temprano, a la calle. Se tenía en cuenta el nombre del primer hombre que pasara, ya que se casaría con un hombre que se llamaría con ese que cruzó primero sobre el suelo mojado.
Ese nombre también se podía obtener con otra práctica, colocar baja la cama diversos nombres escritos en papeles, recoger uno por la mañana y así conocer el nombre con el que se casarían. Otra manera, más laboriosa, consistía en colocar dos o tres ramitos de flores bajo la almohada. Y después cogíamos un ramo de flores, dos o tres flores, la que encontrábamos, esa poníamos, un gajito así, unas flores, dos floritas, y la poníamos bajo la cabeza y decíamos: San Juan Bendito/ por ser tu día/ suéñame aquí/ la fortuna mía, pa soñar con el que nos pertenecía. Y de este modo se soñaba con el que se iban a casar. En este caso, María González Alayón, relató su experiencia con este sueño que tuvo en su juventud. Y decía Dolores, mi hermana: ay pues eso lo jacemos, pero mía tu que yo soñé con don Antonio Domínguez, en paz descanse, eso me va a salir. Y se casó con uno del mismo nombre.
Y en la conversación que María mantuvo con su hermana Dolores, ésta se lamentó por con quien soñó: Mía tu con quien soñé yo. Y María le responde: Digo: pues cállate, que yo soñé distinto, que yo lo vía, que yo día a montar en el camello, en la camella que tenía mi padre, paz descanse, y lo vide con chaqueta alastro el hombro, y le colgaba las mangas viradas pal suelo. Digo: y mía tu que no soñé nada. Ah, digo como Víctor, una cosa así como Víctor, no se qué. Sí, cuando estábamos aquí en esas casas de arriba, venía yo montada en el camello y vide aquel hombre con la chaqueta negra que día pa Las Galletas y digo: ay mira, ese hombre soñé yo con él. Yo no lo conocía, que era de por este lado, que no era de aquel. Entonces a poquitos días, y cierto el nombre dél, Eugenio Víctor.
Era Eugenio Rancel Rosa, vecino de La Aldea, y que se trasladaba a Las Galletas, pasando por El Monte. María soñó este encuentro en Los Bebederos y lo conoció en El Monte. Vivía por aquel lado, yo nunca vivía por aquí sino por aquel, por la jurisdicción de Arona. Y después nos vinimos paquí y lo vi bajar por áhi. María y Dolores González Alayón lo efectuaron una víspera de San Juan, con anterioridad a la Guerra Civil Española. María contrajo matrimonio, después cuando se acabó la guerra.
Otra costumbre consistía en introducir una clara de huevo en una taza de agua, puesta al sereno durante la noche, y según la forma que adquiriese se sabría su profesión. Si la clara formaba un barco, sería un marino; si un arado, un agricultor; una cabra, un cabrero, etc. Vaciábamos el huevo, las claras nada más, en un poco de agua y si quedaba el huevo, que amanecía por la mañana, cuatro aquellitos asopladitos palalto, la clara asopladito así, si eran cuatro, aquellas burbujitas palalto, aquello era el cementerio, y si no salía sino dos era la puerta de la iglesia. y si eran no se cuántas, era un barco velero, que di antes eran barcos veleros. 
  María González y Eugenio Rancel

Costumbres que María realizó aún soltera, yo me casé de treinta y siete años, yo lo jacía desde que era una joven, que estábamos en El Tagorito. La taza con la clara de huevo la colocaba en la ventana siempre la poníamos nosotras, la dejábamos al sereno. Y después una allí. No muchacha, que a una le salió cuatro y se murió. Y digo, cállate que eso no lo vuelvo a echar yo más.
Lo que no me gustaba era mirarme en el agua. Otra práctica que se realizaba en la mañana del día de San Juan, colocando un poco de agua en un recipiente, en las viviendas existían bañaderas de cinc, se dejaba al sereno y se iba a ver si se reflejaba el rostro de la persona que quería saber si viviría hasta el año siguiente.
En el agua se miraba uno, dejaba una bañadera de agua, al sereno, por fuera de la casa, donde caera el sereno, nosotros siempre la poníamos en un murito que había llí, y después levantarse uno tempranito y mirarse en el agua, si se vía sabías que vivías hasta el otro año aunque fuera y si no se vía … y yo hacía las greñas asina y enseñaba las greñas, si vía las greñas me asomaba y si no volvía corriendo patrás.
Y veces como el tanque no tenía tapa, veníamos corriendo a sacar agua, antes. Ay, pos yo me veo en el tanque, en el fondo. Y como se veía reflejada en el tanque, significaba que también se vería reflejada en la bañadera, y entonces si cumplía el ritual.

María González Alayón conoció trabajos y necesidades, conoció etapas de escasez, en las que hubo que recurrir al gofio de vidrio, o al de barrilla para alimentar a las vacas. Su vida fue un deambular entre múltiples trabajos en el campo, dando tumbos: preparación de huertas; cultivo de tomate; recogida de cochinilla; recogida de fruta y su pasado; diversas labores en los cereales, desde la siembra a la trilla y su posterior tostado del grano. Sus saberes eran amplios, en el aprovechamiento de los recursos, sus recuerdos abundaban en la alimentación de sus hijos con leche de cabra; los sabores perdidos, en la elaboración de potajes con trigo o millo, con relinchones o pendejos, o en la disponibilidad de carne propia, de cabra y de cochino; o en los dulces de calabaza o bubango. Y todo ello narrado con una amplia sonrisa, y siempre con gestos de complicidad con su hermano Salvador González Alayón. 


Fotografías cedidas por Gabriel Rancel González