miércoles, 23 de noviembre de 2016

Guagua de Agustín Reyes y algunas vendedoras de pescado de Los Abrigos. Cuatro Esquinas, San Miguel de Abona


Guagua de Agustín Reyes y algunas vendedoras de Los Abrigos. En las Cuatro Esquinas, 
en la Carretera General de San Miguel a Los Abrigos. San Miguel de Abona



La presencia de la mujer en la comercialización de la pesca es lo que se relata en Pescadoras, marchantas o barqueras. Vendedoras de pescado en el Sur de Tenerife. Publicación en la que se ha anudado a través de sus evocaciones, en las que han rememorado sus periplos, sus andares por tortuosos caminos, las vicisitudes por las que transcurrieron sus idas y venidas, con la carga a la cabeza.
Este andar con la sereta a la cabeza y compaginando traslados con las escasas rutas que realizaban las guaguas se mantuvo hasta la década de 1960, y en algunos casos en los setenta, cuando comienzan a introducirse los pequeños vehículos de motor, en lo que lo más frecuente era que el marido pescador o algún hijo acompañara a la mujer, como chófer, y recorrieran buena parte del Sur.
El servicio de guagua se inició en el Sur de Tenerife con las líneas entre Icod a Guía de Isora y a Playa de San Juan, y la empresa Transportes de Adeje. Otra de las guaguas, de las que se solían ayudar este grupo de mujeres, era la de Agustín Reyes, que desde San Miguel de Abona frecuentaba los pagos de Las Galletas y Los Abrigos. La utilizaban muchas de las pescadoras de estos dos barrios costeros y también la marchanta de Buzanada, Carmen García Morales. Mi madre iba y entonces no había guagua, ni había nada, después empezó Agustín Reyes. Ya yo iba por pescado también a Los Abrigos, y la cogía cuando iba pabajo en el Llano del Camello, y después venía muchas veces hasta Aldea, cuando empezó con esa guagua, ya más tarde.


Documentación: BRITO, Marcos: Pescadoras, marchantas o barqueras. Vendedoras de pescado en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

martes, 22 de noviembre de 2016

Castañas en el Sur. Asadero en Taucho



Castañas en el Sur. Asadero en Taucho

Con el otoño las castañas adquieren su plenitud de forma y sabor, y aunque los castañeros no abundan en este Sur si se puede apreciar su esbelto porte en pequeños grupos o aislados.
Tanto en la toponimia como en referencias documentales existen reseñas de que fue un cultivo con mayor importancia que la actual. Así en Vilaflor, en el arbitrio sobre los productos de la tierra para el año de 1932, en el que los agricultores estaban obligados a presentar una declaración jurada de la cosecha, dentro de los 8 días siguientes a su recolección, se  fijó el precio de cada producto: Trigo, fanega, veinte pesetas. Higos, sacos, gomeros, treinta pesetas, y blancos, veinte. Almendras y castañas, fanega, treinta pesetas.
Y sobre todo las castañas llegaban del Norte, a través de los caminos de la cumbre, como así lo recuerda Victorino Gómez Oramas, al rememorar algunas labores de su abuelo, Salvador Gómez Pérez, quien mantenía, en las primeras décadas del siglo XX, buenas relaciones con las personas que del Norte se trasladaban al Sur para la venta e intercambio de productos de la tierra, y que se quedaban en su casa de El Majuelo, San Miguel de Abona. Ellos traían castañas y las cambiaban por brevas pasadas, ¿sabes?, nos dejaban una cesta de castañas y nosotros le dábamos una cesta brevas, cambiábamos cuando estábamos allí en San Miguel.

Fotografía: Asadero en Taucho, noviembre de 2016. Maestro asador: José Damián Barrera Martín


 
José Damián Barrera Martín

jueves, 17 de noviembre de 2016

María Pérez Toledo, la sonrisa de la sabiduría en una maestra quesera





María Pérez Toledo 

María nació en 1924, en San Miguel de Abona, y se crió con sus abuelos, Elvira García González y Andrés Toledo Rodríguez, Andrés el dios. Buena parte de su infancia la pasó en Vilaflor como así se reseña en el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1930, donde sus abuelos residen en Trevejos, al cuidado de una manada de cabras y labores en la agricultura. En la vivienda familiar residía, María Pérez Toledo.
Y en las tierras de Trevejos continuó su vida hasta que se casa con Casimiro Díaz Hernández [Trevejos, 1923 – Adeje, 2013]. Y llegaron sus hijos: María, 1944; Virgilio, 1948; Francisco, 1950; Pedro, 1952; Andrés, 1954; y Lucía, en 1956. Vivieron en La Escalona hasta que en 1950 se trasladan a Aponte, Adeje, como medianeros y a cuidar una manada de cabras. Además residieron en Los Llanos, en La Quinta, hasta que se construyeron su casa en La Asomadita, en Taucho.


María con su abuelo Andrés Toledo

Por las primorosas manos de María pasaron infinidad de labores en la agricultura, en los quehaceres de su casa o en el cuidado de los animales. Sobre manera sobresale su buen hacer en la elaboración del queso, tareas que aprendió en su infancia en Trevejos, en cuyo lugar tantas veces vio hacer a su abuela Elvira García, y a su tía Luisa Toledo. Yo aprendí, yo vi hacer unos cuantos años, con mi abuela y con mi tía más vieja. Después que yo los estoy haciendo hay por lo menos cincuenta años, unas veces grandes, otras chiquitos. En La Escalona hacía chiquitos pa la casa y cuando empecé a hacer grandes cuando vine Aponte. Tres kilos, cuatro kilos. En Los Llanos teníamos cinco cabras, se sacaba kilo y medio, dos kilos. Después vine a La Quinta, hacía dos, tres kilos cada uno; después en Taucho hacía dos de cuatro kilos.


Casimiro Díaz Hernández y María Pérez Toledo con sus hijos: María, Virgilio, Francisco, Pedro, Andrés y Lucía. Los Picos. Adeje. c. 1960

La dulzura de María impregna todos sus comentarios, como cuando relata los procesos a seguir para esa mágica transformación de la leche al queso. Una vez que se ordeñan se espera que la leche esté templada y se mezcla con una pequeña cantidad de cuajo. Cuando hace calor hay que dejarla refrescar un fisco, la leche, porque si se echa el cuajo acabante de ordeñar, que la leche esté caliente, se asopla, le quedan esos agujeros. En el verano la traía, la dejaba refrescar un rato, al rato le echaba el cuajo, le desleía el cuajo y se le echaba y cuando estaba ya cuajada le daba vuelta. Si hace frío le cuesta más, pero con el tiempo así [cálido el día que nos habla] medía hora una cosa así.
Y después se coge la cuajada y se pone en el aro, se va apretando, se va apretando hasta que se ve que está apretaita, suelta el suero, y después se le pone la sal, después a la tarde se le da vuelta, lo que tiene pol alto se le vira pal suelo y se le echa sal pal otro lado, siempre se dejaba un dedito libre por encima de la cuajada y la orilla del aro, ahí se le pone la sal. Con la sal estaba más o menos un día. Después se sacaba del aro y se hacía otro. Si no te lo comías lo curabas en el cañizo, pa que se fuera poniendo durito. Se curaba con pimentón o con gofio, y los dos con aceite.
A la mañana siguiente se saca del molde, se deposita en el cañizo y se le va dando vueltas diariamente. Se puede consumir desde ese primer momento que se saca del aro, o bien dejarlo orear unos días, o bien guardarlo una mayor temporada, para lo que se necesita protegerlo de la sequedad del ambiente. María los curaba, para su mejor conservación: a los cinco o seis días de hecho se da una ontura de aceite y después a los dos o tres días se le da otra mano de aceite y se le unta el pimentón y se deja otra vez en el cañizo. Y pa que no se seque mucho yo, como estos se secan mucho porque son muy chiquitos, les doy el pimentón, los tengo a lo mejor un mes o eso y los pongo en un baldito de esos plásticos con un poco de aceite y ahí está todo el verano dentro del aceite. Y después se le da vueltas a los que están pal fondo, pal alto, y los del alto, pal fondo y ahí se quedan todo el verano.
Asimismo rememora como los conservaban sus abuelos. Yo me acuerdo que mi abuelo en Trevejos lo dejaba curar, y antes, que se cogía mucho trigo y mucha cebada, y llenaban cajones y barricas de cebada y de trigo, entonces cogían el queso y lo enterraban. Cuando el queso estuviera bien curado, se enterraba en la cebada y ahí se iba sacando y partiendo, el que dejaba pa la casa, porque durara pal verano, que en el verano no había queso. Por eso hay que dejarlo curado porque después en el verano no hay.

María Pérez y Casimiro Díaz. Taucho, 2003
   

En 1999 abandonan definitivamente el cuidado de la manada, pero continúan cuidando algunas cabras y María sigue haciendo el queso aunque sea chiquito.
La vida de María, sobre todo en su infancia, no fue fácil, pero sus ansias por aprender y conocer le llevó a memorizar algunos poemas, como el que tenía su hermana Antonia apuntado en una libreta, porque yo no se leer ni escribir. Como el trágico poema que narra la muerte del joven Julio García Sierra, ahogado a mediados de los años treinta, en una charca de José Bello, recién construida en La Arenita, en Guaza: El día quince de agosto / por ser día señalado/ de la Encarnación del Valle/ fuerte desgracia a pasado./ Un joven llamado Julio/ de su familia estimado/ acostumbrado a casería/ y a casería ha marchado/ no se llevó por su madre/ bastante lo aconsejaba/ cómo no vas a la fiesta/ con tu hermanita y hermano. (…)
Desde su cuna la vida de María se agarró a la tierra, a la agricultura de secano, a la ganadería, a una larga lista de labores a los que se tuvo que aferrar para subsistir. Siempre discreta, apenas quería que se notara su presencia, pero su sonrisa y su mirada inundaban cualquier estancia. Su voz se apagó en este mes de noviembre de 2016, pero no sus saberes sobre la naturaleza, sobre los cuidados en la agricultura y la ganadería, su cultura sobre la tradición oral. Nos trasmitió su saber hacer, sobre manera en la elaboración del queso, ese arte que fue logrando con los años, con la experiencia que le trasladaron sus abuelos y la que fue acumulando, la suya. Se nos ha ido una maestra quesera, María Pérez Toledo. Nos dejó su legado, su sabia sonrisa, esa sonrisa de la sabiduría.