martes, 19 de agosto de 2014

El Cabotaje, la comunicación por la mar



  Lancha de cabotaje en Playa de San Juan
Las principales vías de comunicación con el Sur de Tenerife se surcaban por la mar. Lo era de manera esporádica hasta que en la década de los sesenta del siglo XIX se establecen una serie de rutas que cubrieron el servicio de correos, el traslado de mercancías y de pasajeros, con cierta regularidad. Después de algunos proyectos que no fructifican y que dilatan la puesta en servicio de un barco que cubriera esta línea, esta vieja aspiración fragua con el vapor Guajara, de la Sociedad de Navegación al vapor en las bandas del Sur de Tenerife. Con trayectos semanales en dirección a La Gomera, realiza escalas fijas en Abona, Los Abrigos, Los Cristianos y Guía; y escalas eventuales en Candelaria, Güímar, Tajao, Médano y Adeje.      
En estos últimos puntos sólo recogerá carga o pasajeros si desde tierra le avisaban con el izado de una bandera. Como le ocurrió a Olivia Stone en su viaje por las islas, cuando estando en la costa de Guía de Isora, en septiembre de 1883, quiso trasladarse a La Gomera, y según trascribe en su publicación, Tenerife y sus seis satélites: “el correo no siempre hacía escala aquí, que hay que avisarle con una señal. Pensamos que esto era un pequeño ardid para intentar que nos quedáramos más tiempo aquí. Con cierta dificultad les convencimos de que izaran su bandera –es un decir-, un pañuelo blanco atado a una caña de pescar clavada en una roca por encima de las casetas. También izamos una toalla con otra caña de pescar en nuestro campamento.”   
Antes del Guajara hubo otros barcos que cubrían la ruta con el Sur de Tenerife, así en la década de los años treinta del siglo XIX se tiene constancia, entre otros, de los bergantines Venus y San José; a mitad del siglo XIX la realizaban los bergantines Santiago, San José, San Antonio, Pilar, Estrella, Cristina o la candray Santa Ana. A finales de siglo XIX y comienzos del XX lo cubrieron los vapores: Tenerife, Esperanza, Viera y Clavijo, León y Castillo, Carmen, Velox, Chasna, Dalia, Taoro; o los pailebots: San Diego de Arico, Rosario o Frasquita.
A través de la prensa de la época nos encontramos con algunos anuncios ofertando diversos itinerarios. En 1900 se recoge el del buque Esperanza: “Se pone en conocimiento del público en general que el vapor Esperanza hará viajes semanales a los puestos del Sur de la isla, siempre que se le ofrezca suficiente carga. Dirigirse a Hy. Wlfson, Marina”; o el del Tenerife que estaba dedicado “desde hace tiempo al servicio de los puertos del Sur de esta isla, ha variado su itinerario, y en adelante saldrá de esta Capital todos los domingos a las 6 de la mañana, llegando en la noche del mismo día a Guía de Tenerife. Regresará, saliendo de Guía los lunes al medio día, y llegando a este puerto los martes por la tarde.” Los vapores Carmen y Gomera, del armador Hamilton & CO., también operaban con los puertos del sur. En 1906, el Carmen salía de Santa Cruz los viernes, regresando desde Los Cristianos los domingos. Y el Gomera haría escala en este puerto sólo de regreso a Santa Cruz, después de pasar por diversos puertos gomeros, los miércoles. El vapor Velox, de Millar y Cº, partía, en este comienzo de siglo, de Santa Cruz los domingos regresando los miércoles por la tarde. Esta misma compañía también operaba con los puertos del sur de la isla con el vapor Gavilán. 

El Isora y, posiblemente, el Adeje en la bahía de Los Cristianos. Década de 1930

A ellos habrá que añadir la larga lista que surcaban, tal vez la época dorada del cabotaje entre la Capital y el Sur de la isla, entre los años veinte y treinta del siglo XX, en cuyos barcos trabajaron numerosos vecinos de los lugares donde solían recalar. Así se registra una larga lista, de los que enumeramos a modo de ejemplo: Rosario, Mercedes de Abona, San Miguel, Amir, Sancho II, Delfín, Consuelo, Santa Ursula, Águila de Oro, Boheme, Carmen, Isora y Adeje. Estos dos últimos creemos son los que han soltado su ancla en la bahía de Los Cristianos, en una imagen tomada alrededor del año treinta. 
La vinculación de Los Cristianos con el Isora fue algo más que el simple atraque para traer o llevar mercancías o pasajeros. En él se enrolaron varios  marineros del pueblo. Desde las primeras fiestas en honor de Nuestra Señora la Virgen del Carmen participó activamente en sus procesiones marítimas, como así fue el 19 de octubre de 1924 cuando a su llegada “artísticamente engalanado, quemando al dar fondo abundantes fuegos y cohetes, por ofrecimiento de su capitán, don Manuel Perdomo”, y en la procesión remolcó la lancha que trasportaba la Imagen por toda la bahía. Pero además transportaba agua para los momentos difíciles e incluso los residuos del carbón utilizado para su navegación, la carbonilla, se aprovechaba para quemar la piedra caliza, de la que tanto y tan bien obtenían la cal muchos vecinos de este barrio costero de Arona hasta la década de los años cincuenta. 

Playa de San Juan
Barcos de cabotaje que eran los encargados de trasladar la cosecha de tomates de exportación. Según relató uno de estos marineros, Benito Sierra Melo, que trabajó en el Isora a finales de la década de los años veinte, una de las rutas en plena zafra de tomates era: Barranco Seco (Teno) - Argel - Santiago - Barbero - Alcalá - Playa de San Juan - Barranco Herques - Hoya - Matapulga - Pinque - Puerto Adeje - Caleta - Playa de la Carnada - La Planada - El Puerto (estos tres últimos en Los Cristianos) - El Porís de Las Galletas - Los Abrigos - Tajao - Tabaibarill - El Porís de Abona - Güímar - Candelaria y Santa Cruz de Tenerife. Con la denominación de “viaje chico”, se conocía un trayecto más corto y más rápido, que consistía en partir de Santa Cruz vacío y comenzar a recoger la fruta en Playa de San Juan, para su posterior retornó a Santa Cruz, de donde se  embarcaban los atados de tomates para Europa.
Las escasas vías terrestres en el Sur de Tenerife convierten, durante buena parte de su historia y sobre todo en el primer tercio del siglo XX, a la navegación marítima en el lazo de unión con el exterior. Barcos de poco tonelaje, que al mismo tiempo llevaban carga y pasajeros. Dos de estos barcos, el Isora y posiblemente el Adeje, se pueden contemplar en una de las imágenes, fondeados en la bahía de Los Cristianos. Al no disponer de muelles adecuados para la carga y descarga de mercancías, estas labores se efectuaban a través de lanchas, como la de una imagen tomada en Playa San Juan, en los alrededores del año cuarenta del siglo XX, donde se aprecia una lancha llegando a la playa con tubos para la conducción de agua. En Alcalá está obtenida la fotografía que muestra a un grupo de hombres en labores de descarga, y con un buque de cabotaje al fondo.

Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Y Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones


jueves, 14 de agosto de 2014

Rosario Domínguez Rodríguez y las fiestas de Las Galletas

Rosario Domínguez. Las Galletas, 1998


Rosario Domínguez Rodríguez, ‘doña Rosario’, nació en San Miguel de Abona en 1908, se trasladó a Las Galletas, Arona, con solo seis años, y aquí pasó el resto de su vida, hasta su fallecimiento en 2003. Vida que transcurrió pegada a los bajíos de Las Galletas, realizó todo tipo de labores: costurera, rosetera, jornalera de los tomates, y una larga lista de quehaceres relacionados con la mar, mariscadora, manos primorosas en jarear el pescado, recolectora de sal o marchanta, actividad que comenzó con apenas nueve años, y que la llevó por todos los pueblos cercanos, desde el Valle de San Lorenzo hasta Granadilla de Abona. A Las Galletas llegó con su padre, Domingo Domínguez Yanes, y con esos pocos años ya participaba en la laboriosa búsqueda del sustento con la recolección de las semillas de una planta rastrera, de las que obtener el gofio de vidrio. 
Aquí llegó cuando Las Galletas rondaba los cincuenta habitantes, desde entonces habitó una choza en el mismo borde de la mar, frente al Bajío Grande, en El Varadero. Momentos difíciles donde para obtener el agua se iba a un pozo en el Barranco de Las Galletas, hasta que en los comienzos de los años cuarenta se puso un chorro de agua en el extremo este de la actual Rambla Dionisio González. 
Por sus recuerdos bullían los lugares por donde su sudor dejó el rastro del trabajo, pero también de esos instantes alegres, muchos de ellos relacionados con los festejos que se han celebrado en este barrio de pescadores, desde esa primera fiesta, en agosto de 1932, en honor de San Casiano, San Claudio y la Virgen del Carmen; después que se erigiera la Iglesia, gracias al esfuerzo de Casiano Alfonso Hernández.  
Por los recuerdos de doña Rosario’ brotan las imágenes de esos primeros años, cuando su primera hija iba a cumplir el año, cuando para bendecir la Ermita, el 13 de agosto, estuvo presente el Obispo Fray Albino González Menéndez de Reigada.
Antigua iglesia de Las Galletas. Década de 1960
Los pescadores participaban activamente en la procesión marítima-terrestre, embarcaban los santos por el Salón de la Playa y los sacaban por El Varadero; y regresaban a la Ermita por la que hoy es la calle El Varadero. `De la Iglesia a la playa que no estaba como ahora, que estaba una torre, una altura grandísima, muy alta, que pabajar la Virgen abajo al mar les costaba, porque resbalaban, salían de la Ermita y la bajaban al final del Bajo Chico y se sacaba por el Varadero, al salir del Varadero se echaban unos fuegos, voladores, fiestas pobres. Del Varadero a la Ermita y aquí otros fuegos’. En esos comienzos las imágenes se embarcaban en diferentes barcos, doña Rosario’ nos cuenta que ese primer año la imagen de San Casiano navegó en el San José, del pescador Celestino Alayón Bethencourt; y a San Claudio, en el San Miguel, de su padre, Domingo Domínguez.
Los bailes y parrandas se realizaban en El Porís de Las Galletas; en la “Casa del Morro”, de Antonia Reverón, que en esos años se encontraba residiendo en Los Cristianos y estaba deshabitada; en otras casas particulares, como las de Federico Reverón o en la de ‘seña Isabel Varista’, Isabel Morales; o a partir de los años cuarenta en la conocida por la `Plaza del Centro’, un pequeño manchón de cemento construido por los propios vecinos que ‘no tenía ni orillas sino ese pedacito de cemento, áhi al medio, por eso le decían la Plaza del Centro’; situada en lo que en la actualidad es la Rambla Dionisio González, y que en aquellos años se llegó a conocer como `Rambla 13 de agosto´.

San Casiano en El Varadero. 2001
En estos primeros años de la década de los treinta se festejaban el día 13 de agosto. Sus actos religiosos solían estar a cargo del párroco de San Miguel de Abona. Eran frecuentes las verbenas amenizadas por orquesta; dianas floreadas al amanecer del día 13, que recorrían las principales calles del pueblo; durante el día se llegaban a efectuar diversos deportes como la cucaña; regatas de botes a vela; la natación, que se realizaba desde El Porís hasta unas boyas a la altura del Salón de la Playa; sortijas en  bicicletas, al comienzo de la actual Rambla; o un partido de fútbol entre el equipo local, el Villamar F.C., con algún que otro equipo del Sur de la Isla. Y para concluir el día la procesión terrestre-marítima, rematada con vistosos fuegos ratifícales, a cuyo fin se representaba una obra de teatro y después bailes hasta que el cuerpo aguantara.
Alrededor de 1940 se hace por primera vez la fiesta de San Antonio, ‘la fiesta chica’. Durante 3 o 4 años, se celebraba el día siguiente al principal de San Casiano, es decir el 14 de agosto. El promotor de esta conmemoración fue un joven con aptitudes sacerdotales, Ricardo Díaz Alayón, natural de San Miguel de Abona y cuyo primer destino como párroco lo fue, entre 1947 y 1953, en la Parroquia de San Antonio Abad en Arona. Se trasladaba una imagen, en la actualidad desaparecida, desde la Ermita de San Casiano hasta El Varadero, donde se resguardaba en una pequeña oquedad. Esta imagen pertenecía, o la custodiaba, Isabel Morales, quien se la cedió a María Alayón para estas fiestas. Acontecimiento que se recuperó en 1998, cuando se adquirió una nueva imagen de San Antonio celebrándose el 13 de agosto, según consta en el programa de este año, una procesión con las imágenes de San Casiano y San Antonio hasta el lugar donde se trasladaba en sus inicios. Ese día se bendijo una pequeña capilla, en el mismo lugar donde se resguardaba la primitiva imagen, y donde permaneció el San Antonio hasta el 30 de agosto de ese mismo año.
Capilla de San Antonio. 2003
Los pequeños ojos de doña Rosario’ escudriñan permanentemente el horizonte, por su mente brotan múltiples recuerdos de la vida cotidiana en pos del sustento diario, de los avatares por los que transcurrían estos festejos. Como el cambio de las fechas registradas a final de la década de los cuarenta, cuando se trasladó el día de celebración, desde el 13 de agosto hasta el fin de semana siguiente al día 15, festividad de la Virgen de Candelaria. Este cambio estuvo motivado por el accidente de un camión de José Sierra, que con numerosos peregrinos se trasladaba a celebrar dicha festividad. Su salida de la carretera una vez pasado el barrio de Aldea, no revistió la gravedad que pudo haber sido, pero si un gran revuelo en el pueblo. Por lo que a partir de esa fecha, y para que su celebración fuera con posterioridad a la de Candelaria, se conmemoró el domingo siguiente a este día 15.
Con doña Rosario’, gracias a su paciencia y al amor que atesoraba en sus recuerdos, hemos caminado por momentos pasados, momentos festivos por los que ha transcurrido el barrio de pescadores de Las Galletas, sus gentes, en esos primeros años de celebración de unos festejos que comenzaron con la construcción de la Iglesia, en 1932. Con la imagen de ‘doña Rosario’, tristemente anclada en la memoria, todavía admirada con nitidez en nuestra retina, donde se ancló, eternamente, la profundidad de sus ojos. Ojos transparentes, acostumbrados a escudriñar el horizonte, a emanar bondad mientras sus relatos fluían acompasados por sus frágiles manos, que con tanto tesón aguantó los avatares de una difícil y longeva vida.

Documentación: BRITO, Marcos: Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones

 

lunes, 11 de agosto de 2014

Barcas de pesca en Alcalá

Barcas de pesca en Alcalá



Barcas de pesca varando su quilla sobre las alineaciones de parales en el Varadero del Callao. En esta época, a mediados de la década de los años cincuenta, y en palabras de un viejo pescador anclado en la memoria de Alcalá, Manuel Hernández El Capitán, los barcos eran treinta y dos y cincuenta pescadores. Pescamos galanas, bogas, zalemas, salmonetes, -mi hijo trajo ayer 50 kilos- viejas y muchas más. Mis hijos tienen sus barcas y trabajan bien. Yo les acompaño porque los años no me dejan salir solo, como antes. En los amaños me falta la vista pero a los remos le doy como el principal. Cuando vamos a las viejas, yo llevo los remos y mi hijo la pandorga. Soy capaz de remar todo el día, si hace falta.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

viernes, 8 de agosto de 2014

Bailes y ventorrillos en los festejos en el Valle de San Lorenzo

Bailes y ventorrillos en los festejos en el Valle de San Lorenzo

Durante todo el año no faltaban los bailes y las parrandas, acrecentadas en los carnavales y los días de las festividades a exaltar. Los bailes se efectuaban en casas particulares, en locales destinados a tal fin y delante de la puerta de la iglesia, tal como se puede apreciar en una imagen de los años cincuenta, asimismo destacan los ventorrillos instalados en su lado Norte, donde después se construyó la plaza. Los más nombrados, en los años treinta, eran los de Virgilio Delgado, en La Tosca; en El Casino; Mamerto González, en Llano Mora; en Chindia, en la de Pedro Hernández y en la de doña Clotilde, donde los organizaba Efigenia; en El Toscal, en la de Edelmira Hernández; en El Pinito, en la de Francisco Gómez o en la de Luciano Reverón, a cargo de María Torres, que tenía una tienda en la planta baja y en la alta organizaba los bailes.

Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Y Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones


jueves, 7 de agosto de 2014

Devoción por San Lorenzo y la Encarnación en el Valle de San Lorenzo


 
San Lorenzo Mártir y N. S. de la Encarnación
 
La Ermita de San Lorenzo Mártir en el Valle del Ahijadero, Valle de Arona o Valle de San Lorenzo como se conoce en la actualidad, se erigió en La Fuente en el primer tercio del siglo XVII. En 1923 comienza su traslado a su nuevo emplazamiento, que se finaliza el 10 de agosto del año siguiente con la bendición de su templo en El Natero. La devoción por estas imágenes trascienden los límites del Municipio de Arona, sobre todo es frecuente que la compartan con los cercanos de San Miguel de Abona y Vilaflor, desde donde se trasladan muchas personas en estos días del 10 y 11 de agosto. Los festejos patronales de esta época, la de los años veinte y treinta, al igual que el acontecer diario, eran austeras. De las celebradas en La Fuente se conoce que comenzaban en las primeras horas de la mañana del día de San Lorenzo con misa cantada, sermón y procesión en los alrededores de la Ermita. Al norte de esta Ermita se encontraba un pequeño llano de tosca, allí se instalaban los ventorrillos animados por parrandas; y al oscurecer le llegaba el turno a las comedias, al frente de las cuales estaba Dolores García González, doña Lola.
La primera información que conocemos de como se celebraban los actos religiosos las dejó anotadas el párroco encargado de su Ermita, Julio Mendoza Morera, en el año de 1889: Día diez de Agosto fiestas a San Lorenzo en la Ermita de su nombre con misa solemne, sermón y procesión. Día quince de agosto fiesta de la Virgen de la Encarnación en la referida Ermita de San Lorenzo con misa solemne sermón y procesión.
Por los datos que también dejó escritos, con fecha de enero de 1915, el sacerdote Ángel Serra Cortina, los festejos trascurrían entre estas dos fechas del 10 y el 15 de agosto, en las que asimismo anotaba las quejas por la poca colaboración de los vecinos, como las celebradas en honor de la Virgen de la Encarnación: A las siete y media en punto de la mañana de este día, hay Misa rezada en la Iglesia Parroquial. A las diez de la mañana de este día, hay Misa cantada, sermón y procesión en la Ermita del Valle de S. Lorenzo, también costeada por los vecinos de aquel pago, pero sucede lo mismo que por la fiesta de S. Lorenzo, que apenas recogen nada. También en la fiesta de la Virgen reúnen todos los años de treinta a cuarenta pesetas, y solo un año reunieron unas veinte.
En estas dos citas, la de 1899 y 1915, se tiene constancia de la celebración de los festejos de la Virgen de la Encarnación el 15 de agosto, día de la Virgen María. Desconocemos con exactitud cuando se trasladó esta celebración al día 11 de agosto, el día siguiente del San Lorenzo Mártir. Sí que en los datos que hemos podido encontrar después de la Guerra Civil Española ya se efectuaba ese último día. Por tradición oral, y según cuenta América Hernández, Meca, en la década de los años treinta se realizó esta festividad en su día natural, el 25 de marzo, la de La Encarnación le daban también en redondo, allí en la Iglesia, la única que daba la vuelta al Valle era San Lorenzo

  Virgen de la Encarnación, c. 1955               

La devoción por estas imágenes ha modificado su manera de ser, se han adaptado a los cambios sociales y religiosos, tal vez sin tanto fervor como en otras etapas pretéritas, sin esa intensidad que se manifestaba al bautizar a sus hijos con el nombre de estas imágenes religiosas. Si buscamos en los libros de bautizo que se encuentran en la Parroquia de San Antonio Abad, desmembrándose en 1796 de la de San Pedro Apóstol de Vilaflor, y de la que dependía la Ermita de San Lorenzo Mártir, podemos encontrar después de esta fecha, la veneración que se profesaba en el Valle de San Lorenzo por las imágenes de San Lorenzo Mártir y sobre todo por la Virgen de la Encarnación.
Así se puede citar, a modo de ejemplo porque la lista seria interminable, a la niña que se bautiza el 1 de octubre de 1799 como Josefa Agustina de la Encarnación, quien había nacido el 24 de septiembre y era  hija de Nicolás Reverón y de Francisca Valentín. María Antonia Lorenza, quien nació el 19 febrero de 1800, hija de Nicolás Reverón y de Francisca Valentín. María de la Encarnación, hija de Juan Hernández y de Ana González, quien nació el 25 de septiembre de 1801. María de la Encarnación, con fecha de nacimiento del 26 de octubre de 1802, e hija de Josef Rodríguez de la Sierra y de María Reverón, que se anotan como “naturales y vecinos de este lugar”, por lo que creemos que residían en Arona. Asimismo se encuentra otra María de la Encarnación, quien nació el 25 de marzo de 1803, hija de Pedro de Mena y de Juana Felipe Paladón, “vecinos y naturales de este lugar.” María Justa de la Encarnación, nació el 28 de mayo de 1805. Hija de Juan Oliva y María de la Asunción García. María Tomasa de la Encarnación, que nació el 27 de noviembre de 1806 y siendo bautizada el 1 diciembre; hija de Pedro Antonio y de María de Gracia González. María Agustina de la Encarnación, nació el 13 de abril de 1807, bautizada el 22 de abril, hija de Damián de Fuentes y de Agustina del Rosario de Fuentes, “naturales de Vilaflor y vecinos del Valle”.
Devoción que se continúa profesando a finales del siglo XIX, como el de la niña que nació en La Fuente, el 27 de marzo de 1877, y que se le puso por nombre el de María Eustaquia de la Encarnación, siendo hija de Laureano Oliva Linares y María Antonia Monroy. En Beña nació Gregoria Urbana de la Encarnación, el 27 de junio de 1877, hija de Lorenzo García Donate y María González Martínez. En Llano Mora lo fue Juan Bautista María de la Encarnación, el 16 de septiembre de 1877, hijo de Antonio Cabeza González y de María Candelaria García Paz. Lo que denota la rápida aceptación de la imagen de San Juan Bautista, que no se encuentra registrada en el censo de 1862, pero del que si se tiene constancia de su festividad en 1889. Registrándose por lo menos desde el año anterior a otros niños bajo ese nombre, como el de Eladio José de San Juan Bautista, nacido en El Cabo, el 27 de octubre de 1876, e hijo de José Valentín de San Juan Bautista. Asimismo en Llano Mora nació el niño Antonio Abad de San Lorenzo, el 26 de enero de 1878, siendo hijo de Juan Valentín Paladón y de María Isabel Sierra.

Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Y Arona. Tradiciones festivas Llanoazur ediciones

 

martes, 5 de agosto de 2014

En el Casino del Valle de San Lorenzo

 
En el Casino del Valle de San Lorenzo

El Casino, regentado por Isabel Reverón y Jaime Teixidor, El Catalán, estaba ubicado en la que se denominó Calle Nueva, la actual Avenida San Lorenzo. Organizaba bailes los domingos y días de fiestas, al ritmo de una gramola y con tocadores como José García, Manuel González o Antonio Rodríguez, El Ciego. Este local, que aún se encuentra en pie, fue utilizado como Casino durante unos pocos años alrededor de 1930, en los primeros años de la década de 1930 se destinó como centro social, auspiciado por el maestro Salvador Ramírez, y hasta hace unos años como carpintería.
En una fotografía tomada a comienzos de la década de 1930 se aprecia el colgadizo que cubría su entrada, y delante de la cual posaron los que ese día se encontraban en el baile. De izquierda a derecha, sentados: Leonardo Hernández, Julia García Morales, Urbana Díaz, Lilia García, Elena Linares y Antonia Valentín. De pie, en primera fila: Miguel González (niño), Federico Reverón, desconocido, Ignacio Martín (sombrero y laúd), Desiderio Ledesma (guitarra), Felipe, América Hernández, Neftalí Reverón (detrás de América), Tomasa González.
En la parte alta, entre otros se encuentran: José Hernández, José García Cejas, Jerónimo Blanco, Casiano García, Mariano Hernández, Leoncio García, desconocido, Federico Sierra, desconocido, Jerónimo García, hijo, José García (con cigarro). En el grupo de niñas de la derecha, se encuentran en primera fila: María Bethencourt, Eulalia Torres, Inocencia García, Felicita González, Conchita Pérez. Detrás: Candelaria González, María Luisa de Dios y María Alayón. Detrás del grupo de niñas, Antonio Torres, Jerónimo García, padre, y el que se cree que es un hermano de Urbana Díaz, bien Antonio o Tomás Díaz. Detrás, a la derecha se aprecia el perfil de una anciana: doña Julita.

Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Llanoazur ediciones

domingo, 3 de agosto de 2014

Feliciano Toledo Gómez, entre el surco y el ordeño






 
Feliciano Toledo. Las Zocas, 2006
Feliciano Toledo Gómez proviene de una familia de cabreros arraigados en el Sur de Tenerife, a los quehaceres que se dedicaron sus padres, Cecilio Toledo González y Corina Gómez León, durante casi toda su vida. Nació en la Montaña del Pozo, en Vilaflor en 1922, pero asimismo ha transitado por los municipios de Arona, Granadilla de Abona y San Miguel de Abona, donde en su barrio de Las Zocas vivió hasta su fallecimiento, a inicios del 2014.
Su padre cuidó las cabras de su abuelo Basilio Toledo en La Montañita, en Granadilla de Abona, hasta que se casó y trabajó de medianero en San Miguel de Abona, de donde partió para Cuba. A los tres años regresa y retoma el cuidado de las cabras en la Montaña del Pozo, en cuyo lugar nace Feliciano Toledo. Después vivió en La Gotera, donde su padre se encontraba de medianero; con posterioridad retorna a su profesión de cabrero, en Atogo, Machín y Llano Blanco, cuando ya Feliciano tendría unos trece años. “Y después de áhi se fue mi padre con ellos pa la cumbre, al año de tenerlas o tal vez no vía el año, se puso malo, vino malo, a San Miguel, estábamos viviendo en La Somada, donde llaman El Lomo. Y después tenía una finquita allí sobre San Miguel, muy buena fruta, estábamos allí cogiendo fruta, yo y mi hermana, el mes de septiembre, el catorce de septiembre, y el vía venido malo, estuvo aquí unos días y después se fue pa Las Cañadas. Estaba en Las Cañadas con mi tío Marcelo y otro que le decía Norberto García, padre de Manuel García, estaban los tres en Las Cañadas con las cabras. Llegó allí a la finquita con las cabras y yo dejé la fruta, eso no se me olvida, me acuerdo que había un matorral, él venía muerto de cansao, las cabras le daban guerra porque las cabras al salir de la cumbre eso sale rabiando, y él malo. Me acuerdo que se arrimó allí. Dice, hijo, yo tenía catorce añitos, si las cuidas las tenemos, si tú no las cuidas este no cuida más cabras. Y allí se montó en la burra y vino pa la casa y vivió catorce meses, pero mal, mal, él no cuidó más cabras, pues yo las cuidé.”
En la adolescencia se tuvo que hacer cargo de las cabras de su padre, porque ya no se recuperó de su enfermedad, falleciendo al año siguiente. Así estuvo dos años en Aldea Blanca, hasta como él comenta “se fue a trabajar, porque usté sabe por lo que fue, a mi me gustaban las cabras, pero que el cabrero se jace un hombre y no sabe jacer naita, y ya es un hombre inútil. Digo, yo me voy a trabajar y dispués dios dirá, me madre no quería.”
Y así permaneció, con diversos trabajos en cultivos, hasta que se casa con Evangelina Hernández Rancel, y retorna a la cabrería en Los Parlamentos, en Arona, pero no estuvo sino un año. Vuelta al arado, a acondicionar la tierra para un sinfín de cultivos, desde el tomate al tabaco, desde el cereal al algodón o al cuidado de vacas; en Oroteanda, en Los Pozos, en Cho o en Las Zocas. Son años donde se gana un merecido prestigió en la preparación del terreno, sobre todo para el cultivo del tomate, para el que había que arar y orientar adecuadamente los surcos, dotarlos de la precisa inclinación para que su riego se pudiera realizar con total garantía. Era un arte el hacer que el agua llegara por igual a cada rincón de las huertas, que tuvieran ese ligero desnivel para que el agua se deslizara suavemente, pero sin que adquiera demasiada corriente y que arrastrara las matas de los tomates. “Eso le parecía a uno que era una categoría, saber uno surquiar con la yunta y dispués una cuadrilla sacando tierra atrás, uno iba marcando la tierra pa que la gente supiera lo que iba jaciendo. Primero el fondo, lo más bajo, dispués cuando uno le parece jacíamos los machos, eran de catorce surcos de ancho o de diez, en otros sitios si la tierra era más colgao quedaban en menos, y dispués esa tierra se cortaba, que llamábamos las madres.” Los surcos se intentaban sacar en número par, para con ello aprovechar al máximo los estacones en los que se amarraban las cañas, para luego sujetas la planta de tomate, ya que al surco que quede solo hay que utilizar el mismo número que para dos.
Este acondicionamiento para el cultivo del tomate se aprovechaba para el posterior cultivo del algodón, que en el Sur se practicó en algunos años de los sesenta. Cultivo en el que trabajó Feliciano, además de su posterior utilización como forraje para sus cabras. “El algodón se sembraba después en las tierras de los tomates, se sembraba tomates y dispués en la misma surquiada se sembraba algodón, y a limpiar los hierbajos y a sembrar algodón allí mismo, en la misma tierra sin arar ni nada, sino en la misma surquiada y le venía bien porque aprovechaba los guanitos de los tomates, el tomatero deja la tierra abonada.”
Años después regresa al cuidado de las cabras, con un manada en Las Mesas de Guaza, “con doña Concha, vino a buscarme aquí y estuve ocho años con doña Concha en Las Mesas, tuve fuerte manada de cabras, un año me daban veinte kilos de queso, al día. Y en Los Fondos que estuve un año, más de un año, cuando los algodones y eso tenía treinta cabras que me daban catorce kilos de queso, nadie lo creía, los algodones fuerte pasto. Cuando dejaban de cogerlo, cuando ya no quedaban, entonces entraban las cabras, la rama es muy buena y la comen bien, la cabra que está acostumbrada.”
“Y después de Las Mesas me vine pa mi casa, ya dejé las cabras, ya tenía sesenta y cuatro años y al año de estar aquí ya me jubilé. Aquí estuve unos cabrijos unos años y me daban buen provecho, ya ves diez o doce, iba criando y después las vendía, aquí detrás mismo tenía un corral.” Y así estuvo en su casa de Las Zocas, unos cuatro años más, hasta que sólo se quedó con una cabra que había venido con ellos desde la manada de Las Mesas. Un cabra que había elegido su mujer, “y cuando la quité aquí tenía nueve años, o eran nueve o eran diez, y me daba cinco litros de leche, áhi detrás. La cabra la llamaba yo la Gorrina, una cabra como serená, serená media blanca. Yo les ponía a cada una su nombre, algunas entendían, otras no harían caso.” 
Feliciano es un ejemplo más de la fortuna que atesora este Sur, la del patrimonio que amontonan nuestros viejos. Sus recuerdos se ocupan de las vivencias por las que ha transitado, pero trasmitidas con tal riqueza que pueblan la conversación de infinitos detalles. Narra cómo ha sido el momento en el que le tocó vivir, volcando sentimientos en cada párrafo; relata sus múltiples ocupaciones: cabrero, vaquero, canalero o agricultor; quehaceres a los que siempre se dedicó con la máxima entrega, aportándoles la sabiduría que adquirió con los años.