viernes, 18 de octubre de 2013

18 y 19 de octubre de 1924. Primeros festejos en Los Cristianos

 
Ermita de Los Cristianos, c. 1927
El 18 y 19 de octubre de 1924 se celebraron los primeros festejos en honor de Ntra. Sra. la Virgen del Carmen, en Los Cristianos. El pueblo entero se vestía de gala, el color y el olor a cal anunciaba el pronto encuentro con los amigos. En las cocinas, centro neurálgico de la casa, abundaban los humeantes calderos para recibir y agasajar a los que entraban por esas puertas siempre abiertas: sopa de gallina, pecado frito, garbanzas, cazuelas y carne de cabra no faltaban en ninguno de los dos o tres días de bullicio.
Costumbres festivas que perpetúan la idiosincrasia de un pueblo. Desde esa década de los años veinte, desde aquella primera, hasta estos momentos, nuestras fiestas han andado al ritmo que ha marcado el desarrollo económico de la zona. Modos y formas que no ha sido capaz de cercenar el desarrollo turístico, desmesurado en algunos casos, gracias al sentir que posee todo playero por su Virgen del Carmen, por su San José, por sus tradiciones marineras: la procesión marítima-terrestre, la natación, la cucaña o la sortija.
Se celebró el sábado 18 y el domingo 19 de Octubre, según el siguiente programa:
Día 18
A los dos de la tarde será trasladada procesionalmente desde la parroquia del pueblo a su puerto de Los Cristianos, la venerada Imagen de Nuestra Señora del Carmen, la que fue donada por la virtuosa difunta doña Carmen Herrera.
A la salida de la Imagen del templo en la que se halla será despedida con una lluvia de cohetes y repiques de campana, que se repetirán a su llegada a la ermita.
Día 19
A las seis de la mañana, grandes lluvias de cohetes.
A las diez, la bendición de la ermita, que hace pocos días se terminó por suscripción popular, habiendo puesto un grandioso esfuerzo la señora doña Antonia Alfonso de Tavío para la terminación de tan simpático templo, en el cual viene trabajando año tras año.
A las 11, solemne función religiosa, con tercia y asperges, hallándose el sermón a cargo del señor cura ecónomo del pueblo de San Miguel, don José Siverio Díaz.
Durante dicho acto entrarán los vapores Isora artísticamente engalanado, quemando al dar fondo abundantes fuegos y cohetes, por ofrecimiento de su capitán, don Manuel Perdomo; y el correillo interinsular saludará la solemnidad de la venerable Imagen con cohetes y toques de bocina.
A las dos de la tarde, carreras de sacos y cucañas marítimas.
A las cuatro, procesión de la venerable Imagen, que será embarcada en una lancha, artísticamente engalanada, la que remolcará el vapor `Isora´ por toda la bahía, seguida de la infinidad de barcos de pesca que cuenta este puerto, los que irán igualmente engalanados con banderas y farolillos.
Durante la procesión se quemarán abundantes fuegos y luces de bengala. Al desembarcar la Imagen recorrerá todo el litoral del puerto, tomando la carretera por la que la conducirán a su ermita. Acompañará a la procesión una danza regional, bailada por jóvenes de dicho puerto.
El trayecto de la carretera desde el puerto a la ermita será adornado con hermosos arcos y alumbrado a la veneciana.
Por la noche se dará remate a las fiestas con los bailes populares.- La Comisión.
La Imagen de Nuestra Señora del Carmen, donada por Carmen Herrera Goiry, esposa de Juan Bethencourt Alfonso, se trasladó en procesión el 18 de octubre de 1924 desde la Parroquia de San Antonio Abad a la Ermita de Nuestra Señora del Carmen. Los niños de la escuela de Arona, entre los que se encontraba Encarnación Alayón Melo, acompañaron la Imagen hasta la Montaña Fría. Allí la esperaban vecinos de Los Cristianos para su traslado a la Ermita. 

Los Cristianos, c. 1935
Rezumaba calma, sosiego, sencillez. Plantada como estaba en tierra reseca, a lo sumo impregnada de sacrificio. En su edificación trabajaron grandes y chicos, pudientes y menos pudientes. Unos con aportaciones, como Elena Tavío que regaló el piso; o Carmen Herrera que donó la primera imagen del Carmen. Los más acercando materiales, como las cabezas de tosca de la Tosquera, de María Amalia Frías Domínguez, quien cedió los terrenos que ocupan la Ermita y la plaza. Un destacado maestro de obras que trabajó activamente en su construcción fue Manuel Melo Cabeza; José Almeida se encargó de la carpintería y del techo. Cabezas de cantos, barro y lajas; de este modo progresaron sus muros, recubiertos con cal y arena. Y la cal, por supuesto, de una de las mejores caleras de las islas: El Camisón.
La Ermita era de una sola nave, pequeña, cual invitación al recogimiento. Si en su exterior denotaba la obligada austeridad que imponía la economía, incluso sin el acompañamiento alegre de un campanario; en su interior esa sobriedad se acrecentaba: piso de mosaico y techo de uralita. Y según el inventario realizado a comienzos de la década de los años treinta por el párroco de San Antonio Abad, en Arona, José Siverio Díaz, contenía tres imágenes pequeñas: la Virgen del Carmen, la Milagrosa y San José; y poco más: un armónium, un cáliz, dos casullas, una blanca y otra negra, un alba, seis candelabros, un misal deteriorado y tres bancos de tea. Y es en estos años primeros años de esta década de los treinta cuando se construye el campanario y la sacristía, en esta última trabajó de albañil Manuel Melo Cabeza y de carpintero José Martín Melo.
La Imagen de Nuestra Señora del Carmen era llevada por el litoral hasta el embarcadero de El Puerto, desde este punto partía la procesión marítima. Su vuelta a tierra solía ser por la playa, que en ese entonces combinaba callaos y arena.
Estos primeros bailes que se recogen en el programa de actos se realizaban en casas particulares y en determinadas ventas que acondicionaban alguna estancia. En esta primera época se bailaba en los salones de Leopoldo Domínguez; de Leandra Valentín Hernández, Cha Leandra; de Rosa González,  seña Rosa o en la sala, y su apreciado piso de madera, de Nicolasa Martín. Asimismo se bailaba en el terraplén de tierra delante de la ermita, y a mediados de los años treinta en el adoquinado del muelle y el asfalto de la carretera. A estos lugares se fueron añadiendo locales como el de Lucia Reverón, el de Lola Miranda, o el de la sociedad deportiva C.D. Marino al final de los años cuarenta. 


BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones 

Decorado festivo. Adeje, década de 1930


Decorado festivo. Adeje, década de 1930
Los años trajeron otros adelantos, la floreciente aviación de los años veinte y treinta, con la posibilidad de instalar un aeropuerto en el Sur de la isla, aportó un anhelo más a los decorados festivos que los fotógrafos ambulantes portaban, de fiesta en fiesta. Como es en este caso, en la década de los años treinta, en los festejos en honor de la Virgen de la Encarnación y de la de Santa Úrsula, donde este avión de lona y cartón lleva el nombre de un modelo de la época. Sobre este decorado festivo se encuentran: Francisca Suárez, Antonia Trujillo Trujillo, Teresa Toledo Esquivel, María Barrios Trujillo, Josefa Díaz y Manuel Ferrera.

Anotaciones sobre los festejos en Adeje a comienzos del siglo XX



Procesión con la imagen de N. S. Santa Úrsula. Década de 1920
 
De cómo eran los festejos en honor de Ntra. Sra. de la Encarnación y de la patrona Santa Úrsula a comienzos del siglo XX lo podemos conocer a través de algunas de las noticias reseñadas en la prensa de la época. Momentos en los que el Municipio de Adeje contaba con algo más de mil setecientas personas, de los que casi la mitad habitaban en el casco. En este transito del siglo XIX al XX se contaba con una amplia representación de cada uno de los estamentos laborales. A modo de ejemplos citar a los comerciantes, como Antonio Socas Trujillo, en la calle Nueva, o Miguel García en la calle de la Iglesia; carpintero, Petronilo Casañas, en la Norte; zapateros, como Adolfo Casañas, José García y Nicolás Esquivel en la de la Iglesia, o Manuel Socas, en la de San Lorenzo. Como venteros, situados en la calle Nueva, se encontraban Manuel Ramos, Fermín González Socas y Francisco González Alayón; como cartero, Fernando Jorge García, con domicilio en la de la Iglesia. Bodegones existían, en la calle norte, el de Nicolás Alayón; en la Nueva, el de Manuel Ramos; y en la de la Iglesia, los de Tomás Alonso y el de Fernando Jorge García. Con molino se recoge a finales del siglo XIX a Francisco Trujillo Clemente, en el Risco, y a comienzo del veinte a José Trujillo Clemente. Además de una larga lista de otras profesiones como jornaleros, pescadores residentes en el pueblo, peatón, cabreros. Años donde los 100 kilos de papas se pagaban a 10 pesetas; los de almendras a 15; el kilo de queso a 1; la docena de huevos a 1,20; el guacal de plátanos de exportación a 2,50. Llegando el sueldo anual de un guarda de montes, a 650 ptas., y el del Secretario del Ayuntamiento a las 750 ptas.
Son años donde las celebraciones se comenzaban al alba, así ocurre en 1904, cuando el sábado 22 de octubre: al amanecer, repique general de campanas y salva de 21 disparos de cañón que anunciará el vecindario el comienzo de las fiestas. Los dos días siguientes también se redunda en el repique de campanas y las salvas de cañón, participando además una banda de música, que en esta primera década del siglo solía ser la Banda de Música de Guía de Isora. O como ocurría en otros años, como el día 20 de octubre de 1908, cuando se produce una diana tocada por la renombrada banda de Guía que recorrerá las calles de la población a las seis de la mañana. Igual acto y horario se ejecutó el día 21.
Si estos horarios nos pueden parecer intempestivos, los de 1910 son de verdadero sobresalto. El día 8 de octubre se inició a las cuatro de la mañana un repique general de campanas e inmensidad de cohetes, darán el aviso del principio de la fiesta. Este año la banda de música procedía de Granadilla de Abona, dirigida por José Reyes Martín. Fue recibida el día 9, y participó esa noche amenizando el paseo en la plaza de la Parroquia de Santa Úrsula. Y al día siguiente, a las cinco de la mañana recorrerá la banda de música las calles de la villa, tocando una preciosa diana. Esta banda se trasladó desde Granadilla en barco, regresando en la mañana del día 11, a las seis de la mañana el pueblo adejero en masa concurrirá a despedir la banda de música, que se dirigirá al puerto de la Caleta para embarcar en el vapor `Velox´, con dirección al Médano.
Los actos religiosos se desarrollaban en la Parroquia de Santa Úrsula, de donde partían las diversas procesiones. Así en la noche del 22 de octubre de 1904 y después de haberse inaugurado, esa tarde, un nuevo órgano, se ejecutó una suplica a la Santísima Virgen de la Encarnación compatrona de esta Parroquia. Concluido este acto saldrá procesionalmente dicha imagen, recorriendo las calles de la población, cuyas casas estarán adornadas e iluminadas convenientemente, quemándose en el trayecto vistosas ruedas de fuegos de artificios.

Adeje, a mediados de la década de 1920
En la mañana del día principal se oficiaba una misa, como el domingo 23 de octubre de 1904, a cuatro voces con sermón, que estará a cargo del Venerable Sr. Cura Párroco de la Granadilla. Se solía recurrir a párrocos de los pueblos cercanos, como en el caso citado que lo era Esteban Hernández; este año también participó el de San Miguel de Abona, Norberto Álvarez; o en el año de 1908, en el que colaboró el de Arona, Julio Mendoza. Después de la misa se salía en procesión con la imagen de la patrona, Santa Úrsula, por las principales calles del pueblo, quemándose ruedas de fuego.
Entre los festejos populares podemos citar las obras de teatro que se ejecutaban en la Plaza de la Iglesia, como el sainete en la noche del 22 de octubre de 1904, en el que interviene la banda de música de Guía. Eran obras costumbristas representadas por aficionados locales. Al finalizar la función se solían quemar fuegos de artificios y después dejar paso a los diversos bailes populares que se desarrollaban en casas particulares o en la plaza.

Los paseos a primeras horas de la tarde, con animación de la banda de música, era otro de los actos clásicos. A esta hora también se realizaban carreras de cintas, a caballo, como en 1904 que se efectuaron en la “calle de los Morales”, con cintas bordadas por varias señoritas de esta Villa”. Asimismo se realizaban diversos juegos, como la cucaña, elevación de globos aerostáticos, carreras de sacos o carreras de burro. En esta última actividad se produjo un curioso caso, en la acaecida el 24 de octubre de 1904, donde el premio consistió en 10 pesetas para aquel que llegue el último a la meta.
Un ejemplo de la manera de ejecutarse el desarrollo de estos juegos populares nos lo muestra lo acontecido en la tarde del día 9 de octubre de 1910: de dos a cuatro de la tarde habrá cucañas, carreras de sacos y juegos de la sartén, y de cuatro a las seis amenizada por la banda, carrera de cintas bordadas por distinguidas señoritas de la localidad, y en la que varios jóvenes de esta villa y de los pueblos próximos, montados en briosos corceles lujosamente ataviados, lucirán sus facultades de excelentes jinetes.” Asimismo cabe citar actos como el desarrollado en la tarde del día 20 de octubre de 1908, cuando se toreó una hermosa vaca, por el aficionado Chailla. 
Las imágenes que acompañan este artículo nos muestran como se encontraba el pueblo de Adeje a mediados de la década de los años veinte. El primer término nos brinda una floreciente agricultura, gracias al agua del Barranco del Infierno, con las viviendas alineadas a los lados de la denominada Calle de la Iglesia, hoy Calle Grande. Y donde se resalta la Parroquia de Santa Úrsula, la Iglesia del antiguo Convento Franciscano y el Ayuntamiento a medio construir. 

  Decorado festivo
Los años trajeron otros adelantos, la floreciente aviación de los años veinte y treinta, con la posibilidad de instalar un aeropuerto en el Sur de la isla, aportó un anhelo más a los decorados festivos que los fotógrafos ambulantes portaban, de fiesta en fiesta. Como es en este caso, en la década de los años treinta, en los festejos en honor de la Virgen de la Encarnación y de la de Santa Úrsula, donde este avión de lona y cartón lleva el nombre de un modelo de la época. Sobre este decorado festivo se encuentran: Francisca Suárez, Antonia Trujillo Trujillo, Teresa Toledo Esquivel, María Barrios Trujillo, Josefa Díaz y Manuel Ferrera.


       

miércoles, 16 de octubre de 2013

Gofio de vidrio. Ardua labor



Vidrio, Mesembryanthemum nodiflorum

En los años de sequía más de una familia tuvo que recoger semillas de una planta rastrera, el vidrio, Mesembryanthemum nodiflorum, para hacer gofio de vidrio. En esos años que las lluvias no eran suficiente para dar una cosecha de cereal, sí lo era para que germinara y se desarrollase esta planta, que se da con suma facilidad en nuestros parajes costeros. Hubo dos épocas en las que se acentuó su utilización, la primera Guerra Mundial y en la Guerra Civil Española y años posteriores, llegando incluso su recolección hasta finales de los años cuarenta. 
  Barrilla, en primer término, y vidrio, rojizo
Según apunta, en 1941, Luis Diego Cuscoy, cuando se encontraba de maestro en la Escuela Unitaria de Cabo Blanco, y que los recogió tanto para el vidrio como para la barrilla, en los parajes costeros del término municipal de Arona: Guasa, Cabo Blanco, La Rasca, donde ambas especies se dan en extraordinarias proporciones. Recogí también por allí las formas vidre, vidro, vridio. Y que le fueron aportados por los habitantes de aquella comarca que, en aquellas fechas, llevaban ya unos cinco años sin haber podido verificar la siembra de cereales. Suelen aprovecharse las primeras lluvias de otoño y aún las de invierno, escasas siempre, para preparar las sementeras: la germinación está asegurada, pero la mayoría de las veces la planta se agosta al poco tiempo por falta de nuevo riego y ni siquiera llega a espigar.  
El proceso de la obtención de este gofio es arduo, lento y fatigoso. Se recogen las cápsulas y en sacos se llevaban a la costa y se vaciaban en los charcos. Al mojarse las cápsulas, durante toda una noche era lo ideal, se ablandaban, después se pisaban para facilitar que se desprendiese la semilla, la cual es más pesada y se quedaba en el fondo y la cápsula vacía, flotaba. Se sacaba la diminuta semilla y se ponía al sol a secarse, luego se tostaba y se molía. El gofio resultante era de un color semejante al chocolate y algo salado por el procedimiento utilizado para su obtención. Se solía tostar en un tostador de barro y luego moler en algún molino, para lo cual se tenía que llevar un saco de cereal para molerlo después del vidrio, con el fin de que no quedasen sus restos en las piedras del molino. Se consumía de las mismas maneras que el gofio de cereal. Con la barrilla, Mesembryanthemum crystallinum, se sigue el mismo procedimiento de obtención, pero su destino era el consumo animal.
  Poceta para remojar el vidrio. Malpaís de Rasca, Arona
Penosa labor, la que se realizaba para obtener este producto, a modo de ejemplo sirva el obtenido por la vecina de Las Galletas, Rosario Domínguez Rodríguez [San Miguel, 1908 - Las Galletas, 2003]. Cuando todavía era una niña, estuvo con su padre Domingo Domínguez, su tío Antonio Morales y su hermano Domingo, realizando estas tareas de recogida de vidrio en la zona de la Punta de la Rasca y El Fraile; en tres meses de duros trabajos obtuvieron 22 fanegas de gofio de vidrio.
 
 
Restos de poceta, para remojar el vidrio en primer término, y para su posterior secado. El Camisón, Los Cristianos

lunes, 14 de octubre de 2013

11 de octubre de 1933. Una avioneta en El Camisón

En Los Rodeos
 
A las nueve menos cuarto de la mañana del 11 de octubre de 1933 aterrizó, en las cercanías de las salinas de El Guincho en El Camisón, en Los Cristianos, una avioneta tripulada por el aviador Augusto Puga. Este vuelo fue organizado por la Comisión de Fomento de Los Cristianos, uno de cuyos miembros José Antonio Tavío Alfonso le acompañó en este vuelo que partió de Los Rodeos, en cuyo lugar se obtuvo esta fotografía, y en el que se invirtió unos veinticinco minutos. Al mediodía de este 11 de octubre se celebró un almuerzo, ofrecido por el Ayuntamiento de Arona, en el primer establecimiento hotelero de Los Cristianos, la Fonda Aeropuerto regentada por Antonia Reverón, y que algunos años más tarde adquiere la denominación de Hostal Reverón.

BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones

domingo, 13 de octubre de 2013

Era de José el de Clara. Morro de José el de Clara

 
Era de José el de Clara, en el Morro de José el de Clara
En el lomo al naciente del Barranco Hondo, Vilaflor
Piedra central circular, de destacadas proporciones, de donde parte el empedrado que se colocaba desde ese centro hacia el exterior, hasta el pretil, con la ayuda de unas guías o madrinas.
Fotografía: febrero de 2013

Cabras y camellos en Arona


 
Cabras y camellos en Arona

Son dos animales con un alto poder de adaptación a las condiciones de aridez de este Sur, casi siempre sediento. De la cabra además de destacar su integración a la perfección en las condiciones orográficas y climáticas de las islas, resaltar su resistente a la sequía y con un estómago capaz de digerir y sintetizar vegetales de todo tipo, desde un largo elenco de hierbas, hasta aulagas, pencas de tuneras o barrillas. En el Municipio de Arona debido a la escasez de pastos, motivado por el corto e irregular período de lluvias, se practica un pastoreo extensivo. Se aprovechan los pastos por zonas, de una manera rotativa. Las cabras se iban trasladando a lo largo del año a las diversas vueltas y manchones, bien del mismo propietario con el cual el cabrero trabajaba como medianero, o comprando los pastos. Era frecuente el traslado desde el municipio de Arona a los limítrofes, caso de San Miguel o Granadilla; y en épocas estivales al de Vilaflor, para aprovechar las hierbas de la cumbre.
  Imagen tomada en Guaza, a finales de la década de 1940. Muestra el regreso al Valle de San Lorenzo de Emérita Blanco García y José Domínguez Morales, con su carga de sal, rascada en la zona del faro de la Punta de la Rasca 

De la cabra se aprovecha casi todo, la carne, el cebo, la piel y hasta su estiércol; pero sobre todo su leche con la que se obtiene ese preciado queso. Ha sido algo más que un mero útil económico o alimenticio, ha sido sobretodo un vínculo estable y duradero en el entramado social.
Según los censos que hemos podido consultar, entre el año de 1941 al de 1998, en el Archivo Municipal de Arona y en el Servicio de Coordinación Estadística de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación del Gobierno de Canarias, el número de cabras registradas en Arona fluctúan entre las 700 que habían en 1990 y las 2.332 de 1991. Esta desviación tan marcada de cifras es debido, unas veces, a un desajuste en el censo, con probable ocultación de datos; y en otras ocasiones por razones ambientales, que eran causa de vaivenes e indisponibilidad de pasto, mitigados en parte por el aporte de cereal en grano y restos de cultivos intensivos como el tomate y el plátano u otros subproductos como el millo en rama, batateras, etc. Apuntemos que las cabras censadas en 1941 ascendían a 1.084, mientras que en el año 1998 a 1.747.

 
En La Planada  (Los Cristianos), a comienzos de la década de 1930, se aprecia la camella de Nicolás Melo Cabeza, quien en el censo de población de 1920 aparece domiciliado en el Valle de San Lorenzo y cuya profesión era la de arriero. La camella esta provista de la silla de carga, para transporte de mercancías; al cuello porta la esquila; también va equipado de sálamo y  cabestro, al cual va atada la soga que lleva Nicolás Melo; y quien en su mano izquierda sujeta el palo del camellero, de alrededor de un metro de longitud, con la trenza atada a un extremo.

Además de las manadas que pastaban en régimen de libertad, en el municipio de Arona existieron numerosas cabras de encerradero. Eran muchas las viviendas que poseían un pequeño corral en sus aledaños, tanto es así que de las 701 cabras que estaban censadas para el bienio 1947-48, según el Padrón de tránsito de animales por las vías públicas y terrenos del común, se contabilizan 324, es decir un 46 %, pertenecientes a 259 propietarios que declaran poseer una; y 65 de ellos, dos unidades.
En este periodo se anotan las manadas de Ramón Fumero Beltrán, en Arona, con 32 cabras. En Las Madrigueras, las 85 de Antonio Domínguez Alfonso. En Los Cristianos, las 38 de Miguel Bello Rodríguez; o las 16 de Juan Bethencourt Herrera. En El Anconito, 27 de Román Reverón Sierra. Y 58 en Guaza, pertenecientes a Juana Bello.
Los cabreros que están inscritos en el Padrón Municipal a 31 de diciembre de 1950 son: en Montaña Fría, Román Reverón Sierra. En Cabo Blanco, Juan González Pérez y Ángel González Fraga. En Buzanada, Faustino Fumero Bello. En Charco Redondo, Luis Reverón. En Chayofa, Lorenzo Pérez Morales. En Chiñeja, Manuel Fumero. Y en Las Galletas, Eloy Melo Alayón. Censo que nos sirve solamente como referencia aproximativa, ya que muchos de los cabreros existentes estaban registrados como jornaleros.
  Carlos Martín Martín, “Compadre Modesto” con su manada de cabras en La Arenita. Trabajó en esta propiedad unos once años, entre 1958 y 1969
En 1961 las manadas con más de 15 cabras eran: 100 en Quemada, de Ildefonso Bello Bello. En Los Cristianos, 43 de Miguel Bello Rodríguez; y 20 de Viuda e hijos de Juan Bethencourt Herrera. 25 en Las Galletas, de Virgilio Delgado Hernández. 63 en Las Madrigueras, de Antonio Domínguez Alfonso. En el Valle de San Lorenzo, 20 de Francisco Domínguez Hernández; e igual número de Francisco Fumero Beltrán. En Rosa Mora, 18 de Vicente Galván Bello. 15 en Cabo Blanco, de Telesforo Fumero Melo. 30 de Las Mesas, de Santiago Rojas de Vera. 30 en Guaza, de Antonio Sáez Izquierdo. Para un total del censo de 1961 de 697 cabras.
El camello era el compañero ideal en aquellas resecas veredas. Se utilizaba para arar, para trillar, para el transporte, de todo lo transportable: piedra de cal, cal, pinocho, ataos de tomates, cantos, papas, arena, jable, piedras, plátanos; grandes y menudos; carga y transporte recorriendo nuestra geografía al vaivén de su cansino caminar; al son de la melodía de su esquila. Era el rey del trasporte, y más ante la ausencia de una adecuada red de carreteras que se fue haciendo realidad, en la década de los años cuarenta con la llegada de la carretera vieja del sur, la C-822, y el Canal del Sur. Incluso compaginó su reinado con la llegada y asentamiento de los vehículos de motor.
También se aprovechaba su piel, su carne o la grasa de su joroba, la corcova de camello, sobre todo en masajes para dolores y jeitos o para combatir las hemorroides. En la actualidad lo podemos contemplar como reclamo turístico y, como no, cada 5 de enero en la Cabalgata de los Reyes Magos.
El camello, en este extremo Sur de la isla, sustituye, para toda clase de transporte, al ganado caballar y mular, por lo cual se ven con frecuencia parejas de ellos en todos los caminos que enlazan a los llamados puertos de Los Cristianos, Abrigos, Médano, Porís y otros, con los caseríos a ellos inmediatos. De esta manera se expresaba Juan López Soler en La Isla de Tenerife. Su descripción general y geográfica, publicado en Madrid en 1906.
La existencia de camellos por la zona está documentada desde por lo menos a comienzos del siglo XVII, y según se recoge en El Mayorazgo de los Soler en Chasna, de Carmen Rosa Pérez Barrios, lo están entre los bienes existentes en la creación de este mayorazgo. Y para finales del siglo XVIII, Pedro de las Casas Alonso, en Adeje. La Casa Fuerte, el Gobierno y la Iglesia, comenta que en el mes de junio el guarda responsable de los camellos de la Casa Fuerte de Adeje llevaba las hembras a Las Galletas, allí estaban hasta diciembre, y en enero pasaban a la Punta del Camisón, La Caldera, Guía , Chío y Alcalá. 
  
 
Fotografía tomada en El Monte (San Miguel de Abona), en enero de 1953, donde el cabrero Salvador González Alayón, en la imagen, simultaneaba el cuidado de la manada con Los Bebederos (Arona), de los mismos propietarios. Su primera hija, María Romualda González Pérez, está mamando en La Mariposa, cabra de la que se estuvo alimentando hasta los seis años. Esta práctica de alimentar a niños con leche de cabra, mamando directamente de la ubre, no era un hecho excepcional. El mismo Salvador y dos de sus hermanos se criaron de esta manera.

Con respecto al municipio de Arona hay constancia de algunos datos del siglo XIX, así en las fuentes recogidas por Pedro de Olive, en 1860, se apuntan que habían tres camellos. Y según una carta de contestación del Ayuntamiento de Arona a petición de la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio de Canarias, con fecha 15 de abril de 1882, su número había aumentado hasta 12. En la estadística de Francisco Escolar y Serrano, con datos de 1805, no cita ninguno.
Su paso, parsimoniosa gracia olvidada del paisaje, se mantiene, revive, gracias al recuerdo de nuestra tradición oral, ayudado por algunos topónimos que se desgranan por la geografía de nuestro municipio, por más que en la actualidad no mantengan ninguna relación con la actividad que motivó su denominación: la Baja del Camello o de Cho Camello, en el Camisón. La Ladera de Los Camellos, al norte de Altavista. El Camino de Los Camellos, que pasa por Lomo Brao, Altavista y va a La Escalona. La Cañada del Camello, en la zona de Las Galletas. La Téfana del Camello, como también se le conoce a La Corona de Montaña de Cho. O La Camella.
Para el siglo XX se conocen algunas estadísticas que indican las variaciones del número de camellos existentes. Es en las décadas de los cuarenta y cincuenta cuando están inscritos su mayor número, rondando los cien ejemplares, decayendo a partir de los sesenta.. Así para 1941, y según el Censo Pecuario de la Provincia, habían 85 camellos, 23 mulos, 51 asnos y 3 caballos. Los datos más detallados se han podido obtener de los censos de ganado sujetos a requisición militar. A modo de ejemplo desglosamos por barrios los 99 que se recogen con fecha 31 de diciembre de 1945. Un dromedario, que sería su verdadera denominación, había en cada uno de los barrios siguientes: La Sabinita, Guaza, Montaña Fría, Mojonito, Chayofa, Topo, y Cruz Alta. Dos, en Túnez y Vento. Con tres, Altavista y Las Madrigueras, estos últimos pertenecientes a Antonio Domínguez Alfonso. Con seis, Hondura y Cabo Blanco. Con siete, Los Cristianos, de los cuales cuatro eran propiedad de Miguel Bello Rodríguez. Con ocho, Arona casco, tres de Eugenio Domínguez Alfonso. Con catorce, Buzanada. Y el resto, cuarenta y uno, cada uno de ellos de propietarios distintos, estaban censados en el Valle de San Lorenzo.
  Fechada a comienzos de la década de 1950, se puede ver a Luis Pérez Hernández en la huerta grande de Las Altabaquitas, en el Valle de San Lorenzo. El camello, provisto de su cango, lleva tras de sí el arado, cual soñador a la espera del parto de la tierra.

En 1961 ya se registra un claro descenso, siendo su número de 36, repartidos de la siguiente manera: Arona, donde habían 2; Valle de San Lorenzo, 18; Cabo Blanco, 5; Machín, 2; y con uno: Altavista, Mojinito, La Cerca y Sabinita. 4 en Los Cristianos, de Miguel Bello Rodríguez.
El camello fue el compañero ideal para mejor llevar el embate de la soledad en aquellas resecas veredas. Fue, en palabras de Luis Álvarez Cruz, símbolo de las tierras del Sur de la isla, símbolo de la austeridad, del trabajo callado, del silencio pausado, como la tierra misma, como el mismo campesino.  
Diversos datos de este trabajo, así como las fotografías reseñadas, están obtenidos de la publicación del autor de este artículo: Arona en el recuerdo.


Artículo publicado en “Arona. Cuaderno de Etnografía. III Jornadas de Cultura Tradicional y Patrimonio Salvador González Alayón.” Mayo de 2003.