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Esteban García y Celestina Alayón, 31 de julio de
1954
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Celestina Alayón Valentín y Esteban García García
ahondan sus raíces en ese entonces desconocido Sur de los años treinta.
Celestina nació en 1933 en Los Cristianos y Esteban en el Valle de San Lorenzo,
tres años antes. Su vida y sus recuerdos tocan todos los palos de la vida;
Esteban comenzó su andadura apegado a la tierra, en diversas tareas entre las
que cabe resaltar la de conductor; Celestina en las cercanías de la mar,
ayudando a su madre con la cantina o la pensión. Unieron sus vidas en 1954, y
desde aquellas años de austeridad continuaron remando juntos.
Esteban García y Celestina Alayón, 2006 |
Con los recuerdos de Celestina se atrapa las
vicisitudes por la que pasaron sus padres antes de construir su casa al lado de
la mar, en Los Cristianos. Para
poder edificar su vivienda, Leandra Valentín Hernández, Cha Leandra, y Eladio Alayón Gómez tuvieron que emigrar a Cuba y
Argentina. En el regreso del primer viaje, a Cuba, falleció su primera hija, le
pusieron el nombre de Marina, me dijo mi madre, paz descanse, porque eran los
barcos de vapor, de carbón, y estaban mucho pa llegar a tierra y mi madre venía
en estado de siete meses, que no se cómo la dejaron venir y dio a luz en el
barco y después el capitán del barco la bautizó y después dice que paró el
barco y pusieron como una reja de hierro y después la tiraron al mar. Con el dinero que trajeron lograron adquirir el
terreno donde fabricar la casa. Vinieron primero y compraron la casa de
medio palante, que se la compraron a don Aquilino, al tío de doña María Amalia.
Que dicen que fueron a La Caldera, que estaba él y en un sombrero llevaron los
duros de plata. Entonces compraron pero no tenían para hacerla, entonces fueron
para la Argentina, estuvo mi padre trabajando en un ingenio pa moler carne,
entonces vinieron otra vez pacá, hicieron la casa, mi hermana María Luisa nació
allá en Argentina.
Lo que nos sitúa en la época y nos aproxima a estos
viajes son los datos que se inscriben en el Censo de población de Arona, con
referencia al 31 de diciembre de 1920. Eladio Alayón Gómez estaba inscrito como
pescador y con 40 años; Leandra Valentín Hernández, de 31 años; y sus hijas
María Luisa Alayón Valentín, de 11 años, nacida en Argentina y residiendo en
Arona desde hacía 9 años; y Carmen Alayón Valentín, que contaba con 5 años y
que como el resto de hermanos de Celestina nació en Los Cristianos.
Yo
no era nacida cuando la tenía, que era cantina primero. En esta casa de Cha Leandra se hacía de todo un poco, cantina, bailes, comedor y
pensión. Arriba en el cuarto alto que decíamos tenía tres habitaciones,
tenía las camas pa la gente que venía. Cuando venían los correos que traían la
carga, venía el padre de Marrero y toda esa gente pa descargar en lanchas, que
venían de la costa y traían el pescado salado, y después de Santa Cruz la loza,
las lonas y todo lo que traían pa las ventas, lo descargaban en el salón de don
José Antonio Tavío. Cuando venían mi madre les hacía de comer a todos ellos.
También preparó muchas comidas, en la década de los
años cuarenta y cincuenta, para los oficiales de la tropa que pasaba largas
temporadas en la zona. Atrás en el patio, por la parte de atrás tenía mi
madre una cocina grande también, eso fue que se lo alquilaron cuando vivieron los soldados pa Los
Cristianos. Y después cuando le iban a pagar mi madre decía que no, que con
dinero no, que le pagaran con comida. Y allí detrás pegada a la casa de
Abelardito había un salón que decía todo por la patria, que era de artillería,
allí tenían la intendencia. Y esta
pequeña cantina, y de la pensión, siguió de la mano de Celestina y de Esteban
unos años después de su boda, celebrada en la Ermita de Nuestra Señora del
Carmen el 31 de julio de 1954.
Al vecino del Valle de San Lorenzo, Esteban García
Valentín, Esteban el Kilo, se le
nombra por este apodo por su corpulencia. Nombrete que hereda su nieto Esteban
García García, Esteban el Kilo,
quien pasó su infancia en el Valle de San Lorenzo, se trasladó en su juventud a
vivir a Santa Cruz de Tenerife con sus padres, Antonio García Torres e Isabel
García Morales, hasta la muerte de su madre. Su padre emigra a Venezuela y él
regresa al Valle de San Lorenzo con sus abuelos, Isabel Morales y Esteban
García, quien pasó muchos años de marinero en los barcos de cabotaje. Obtuvo el
carné de conducir y se dedicó a trabajar de conductor con Hernán Cortés, a
recoger tomates en la finca y traerlos para el salón, con Acaymo Abreu y con Gumersindo Robayna.
Las singularidades de su boda en un ejemplo de cómo
se celebraban en esa década de austeridad. A la iglesia se trasladaron a pie,
desde su casa de El Cabezo, venimos caminando del Cabezo aquí, parecía una
procesión, todos detrás. Su
vestimenta fue sencilla, pensando en su posterior utilización, Esteban con un
traje oscuro y Celestina vestida de azul, con falda y chaqueta y blusa
blanca, azul marino, igual quél, y velo blanco. Al banquete asistieron más personas de las que era
habitual en estas celebraciones, pasando de las cien personas, era una ventaja
contar con la maestría de Cha Leandra y con el salón y el patio de su casa,
además de un horno donde elaborar el pan y los dulces. Allí se comió y se bebió
hasta ir al baile, bizcochones, rosquetes, sopa, chocolate, caldo de
gallina, papas arrugadas, pescado frito y también habían potas, potas compuestas. Y el baile, amenizado por una orquesta de Fasnia,
en el local de Manolo Miranda, hasta el amanecer.
Después se trasladaron a vivir a El Salonito, en el
Valle de San Lorenzo, hasta que retornaron a Los Cristianos, a la vivienda de
los padres de Celestina. Allí nació mi Cori y mi Isabel, también en el
cuarto del medio. A Esteban, como a
los padres de Celestina, como a su padre, también le tocó emigrar para buscar
el sustento de los suyos. Fue a Venezuela en 1959, y como apunta Celestina, mi
Isabel tenía dos años y medio cuando se fue, y llegaste en el sesenta y uno, a
primeros de año. Regresó con la
intención de volverse con la familia pero se hicieron cargo del pequeño negocio
de los padres de Celestina, y con eso y otros trabajos de conductor fueron saliendo
adelante. Y allí siguieron hasta comienzos de los años ochenta cuando se
trasladaron a la actual Pensión Corisa, el nombre de mis dos hijas, Cori y
Isabel. Y aquí continuaron bregando,
recordando la riqueza de sus memorias, esas que han atesorado en el transcurrir
de la intensidad de sus vidas. Y aquí permanecerán, impregnando con la
evocación de sus sonrisas, de su gran humor, el transcurrir de nuestras vidas.
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