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Eleuteria García Díaz. La
Caleta, 2008
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Eleuteria
García Díaz nació en 1922, en El Médano, Granadilla de Abona, pero la mayor
parte de su vida la pasó en La Caleta, Adeje, dedicada a la venta de pescado. Hija
de otra vendedora, Corina Díaz Arbelo, y del pescador Agustín García Pérez, y como
otros miembros de su familia, su memoria recorre diversos pagos costeros, El
Médano, Tajao, donde residió con sus padres y sobre todo en La Caleta, donde se
estableció al casarse, a la edad de 22 años, con el pescador Juan García
Hernández, más conocido por Antonio. Yo vendí más pescado después de casada,
soltera poco vendí.
Eleuteria
García ilustra las dificultades que se encontraban para subsistir en este
inhóspito Sur, las vicisitudes por las que se pasaba para, entre otras muchas
necesidades, abastecerse de agua. El agua
pa tomar nos la mandaban en la guagua, a una mujer le dábamos un pescadito,
mandábamos los barriles, de esos barriles que vienen, medias barricas, las
arreglaban en Los Cristianos pa dejarlas más estrechas, los barriles de
aceitunas, las mandábamos parriba, vacías, en la guagua de don Pepe en paz
descanse. Veces veníamos aquí creídas que el agua había venido en la guagua,
ellos se encargaban de cogerla allá y se pagaba, a lo mejor media peseta por traerte
el barril de agua. Y cuando una vez llegué aquí y no tenía agua, porque se
llevaron la barrica y ella fue a buscarla y no encontró la barrica. Era tía de
Lola, mi cuñada, pues no nos mandó el agua. Y digo: ah ¿y ahora sin agua?, ni
fisco de agua. Era cuando los bernegales. Digo: deja ver ahora pa hacer de
comer y pa todo. Soltar la cesta y tener que ir allá a la Casa del Duque, por
la parte arriba había una charca y había una llave que venía agua limpia y
allí, porque no dejaban coger y allí íbamos a escondidas a llenar los cacharros
pa poder traer un fisco de agua.
A la venta del pescado se iba
a pie, y se iba hasta con la ropa de lavar, para lo cual se iba al barranco,
mientras se mantuviese las escorrentías; eran momentos para el lavado, sobre
todo, de las ropas grandes, sábanas,
mantas, etc.; o a la atarjea. Algunos de estos momentos lo ilustra Eleuteria,
quien solía ir a lavar en días de lluvia al Barranco de los Morteros, pero lo
frecuente es que llevara la ropa cuando iba a vender el pescado y antes de
regresar la limpiara en las aguas que corría por atarjeas de riego. Cuando no llovía teníamos que llevar la ropa
sobre el pescado, en las talegas que se hacían antes pal azúcar, pal gofio y pa
todo eran talegas porque no había papel, entonces te despachaban en esas
bolsitas que hacías de tela. Y me acuerdo que teníamos que llevar la ropa en
esas talegas, hoy una poquita, mañana otra poquita, si tenías sucia, todos los
días que ibas la llevabas, cuando terminabas de vender pescado pasabas por las tarjeas
que corría el agua pa regar las huertas y eso y allí lavábamos. En Adeje
lavábamos donde estaba García Jorge y cuando no íbamos al molino allarriba,
cuando no, había agua por aquí teníamos que ir allarriba
Aún
encontrándose construida la pista de Adeje a La Caleta, Eleuteria prefería
caminar por un viejo camino por el que transitaron todas estas mujeres que
partían desde La Caleta. Ya estaba la
pista hecha pero subíamos por el camino, cuando salíamos aquí había un morrito
que le decían el Morro de los Novios, eso está virado de patas, después, por
donde están los invernaderos le decían el Tablero, después lo que le decían La
Fuentita, que era un morro que había que subir una cuesta. Después salíamos por
allí parriba y llegábamos a Los Olivos, de Los Olivos pa Adeje, a vender
pescado en Adeje.
También
llegó a ir a los municipios de Arona y de Vilaflor. Hacía Arona partía por el
antiguo camino que transcurre por el sur del Roque del Conde y a Vilaflor por
el que parte de Fañabé hasta Ifonche. Íbamos
hasta Vilaflor, de aquí caminando. A todos esos sitios íbamos, donde creíamos
que podíamos venderlo porque siempre en Adeje, todos los días no puedes ir,
porque no lo vendías.
Las
dificultades por las que pasaban estas mujeres lo ilustra la narración de
Eleuteria García, cuando embarazada de su segunda hija, a comienzo de la década
de 1950, se traslada al Municipio de Adeje en compañía de otra pescadora,
Francisca Martín, Frasca. Yo en estado de la segunda y tenía por lo
menos seis meses o más, y me acuerdo que fuimos con pescado salado que le
decíamos, abierto, con caballas, morenas y pescado dese así, y hacía poco que
había llovido y fuimos a Taucho, a La Concepción y nos anduvimos todo aquello
vendiendo pescado. Te daban papas, higos pasados, te daban carne cochino,
cambiando, morcillas, calabaza y cosas desas. Por todo lo que te daban de esas
cosas tenías que cambiarlo porque no había dinero, raro la que te pagaba con
dinero.
Donde encontrábamos un altito pa poder
descansar, allí nos ayudábamos una a la otra, poníamos las cestas allí, allí
descansábamos un fisquito. Yo de firmarme las piernas, porque tenía miedo de
caerme, de firmarme, cuando llegué a mi casa estuve dos días acostada, de los
muslos abiertos.
Eleuteria se inició como
pescadora, como otras tantas mujeres en este Sur que se dedicaron a esta
sacrificada labor, a temprana edad, acompañando a su madre desde los 9 o 10
años, y cuyas labores realizó hasta mediados de la década de 1960 cuando ya
contaba con 43 años. Además de las labores de la casa, en su lucha diaria por
encontrar la subsistencia, se añadían otros múltiples quehaceres, desde el
marisqueo, el raspado de la sal o el cuidado en los cultivos de tomates.
Su pausada voz nos abandonó en 2011, nos dejó un inmenso bagaje de experiencias, de esa sabiduría que se adquiere de la naturaleza y que se enriqueció por los testimonios de sus antepasados. Unos recuerdos anudados a la mar, que fluyeron al ritmo de su vida, al ritmo que le tocó marcar en una dura vida. En sus conversaciones doña Eleuteria se abstraía en sus recuerdos, eran momentos de sosiego, en los que describía sus vivencias con tanta humildad que contrastaba con la grandeza de lo que narraba.
Su pausada voz nos abandonó en 2011, nos dejó un inmenso bagaje de experiencias, de esa sabiduría que se adquiere de la naturaleza y que se enriqueció por los testimonios de sus antepasados. Unos recuerdos anudados a la mar, que fluyeron al ritmo de su vida, al ritmo que le tocó marcar en una dura vida. En sus conversaciones doña Eleuteria se abstraía en sus recuerdos, eran momentos de sosiego, en los que describía sus vivencias con tanta humildad que contrastaba con la grandeza de lo que narraba.
Documentación:
BRITO, Marcos: Pescadoras, marchantas o
barqueras. Vendedoras de pescado en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones
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