martes, 23 de febrero de 2016

Clara Cano Quijada, una vida enhebrada a las rosas



  Clara Cano Quijada. Vilaflor, 2012
 
Clara Cano Quijada, Clarita como cariñosamente se le nombra, nació en 1922 en la Calle del Medio, la actual Calle Guatemala, en Vilaflor de Chasna, allí residían sus padres y allí transcurrieron los últimos años de su vida, hasta su fallecimiento el 11 de febrero de 2016.
Sus padres, Luis Cano Díaz y Ceferina Quijada Rivero, se dedicaron a la agricultura, y su madre, como tantas mujeres de Vilaflor de Chasna, compaginó sus labores familiares y agrícolas con la confección de rosetas.
A su padre se le conocía por Luis Cañón, nombrete al que Clarita le aporta su significado: A mi padre lo llamaban Luis Canón, porque mi padre era cazador, y era de escopeta. Después si hablaba con los amigos, decía: mira, ¿puedes creer que con un tiro maté dos perdices? Porque hice pum, pum, y se quedó el Cañón. Asimismo por este apodo se cita algunos hijos de Luis Cañón, como Emilio Cañón, Julián Cañón o Daniel Cañón.
En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1930, su familia consta residiendo en la Calle del Medio; Luis Cano Díaz se anota que nace el año de 1877; y Ceferina Quijada Rivero en 1883. Y con sus hijos: Julián, Eulalia, Daniel, Emilio, y Clara. Y faltaría Victoria Cano Quijada, que residía en su unidad familiar, en El Lomo.
A Clarita le tocó vivir en momentos de escasez, andar en busca de la supervivencia, con tareas cotidianas alejadas de los usos actuales y entre las que se encontraban recoger agua de las fuentes; lavar en El Chorrillo; el aprovechamiento del monte, al que iba por pinocho o por leña. Y es a través de sus recuerdos, de esa sabiduría cotidiana que arrastran nuestros viejos, con los que se fija en la memoria la historia del alrededor más cercano.
Clarita recogía leña y piñas para el fuego. No había butano, no había nada de eso, entonces, nosotros hacíamos la comida, tres piedras de fuego y un caldero tiznado.
Su vinculación familiar con la agricultura, le hace añorar ciertos momentos pasados en los que la relación con la naturaleza era más cercana. Antes no había nada sino lo que cosechábamos, íbamos a pasar los higos, a tumbar las almendras y hoy las almendras están en los almendreros.
La presencia eterna de Clara Cano Quijada en la memoria de sus vecinos, de la gente que la trató, además de por su cordialidad, es por su maestría en la confección de rosetas. La elaboración de la roseta, o rosa, pasaba de las manos de las madres a la de las hijas. Con este arte se contribuía en el sustento familiar. Una labor que preferentemente se hacia a ratos, como complemento de los otros quehaceres.
Se comienza con la fabricación del cojín, tela rellena de serrín o de tamo, cubierta con suela o con cuero de albarda en desuso. Sobre este cuero cosido a la tela, se preparaba el pique, con su hilera de alfileres que marcaba el perfil exterior de la rosa. Y por entre esos alfileres se pasa el hilo para formar la rosa, sus infinitas variantes
Y casi siempre se aprende en la infancia, imitando a las mayores de la casa, la abuela, la madre o una tía. Y Clarita se inició en la adolescencia con su madre, porque mi madre me daba un pique pa que hiciera. Mi madre y mi abuela, y todas, se ajuntaban en esa calle, en una atarjea que había, a hacer rosas.
Cuando yo era chica, mi madre y mi tía Juana, y tosas esas que ya se han muerto todas, hacía rosas y las iban a llevar a San Miguel, a casa de doña Constanza, que tenía una venta y entonces allí por un ovillo de hilo nos pagaban un duro, un duro, íbamos hasta San Miguel a llevarlas y ya hoy es negocio. Veinte docenas un ovillo, de las chiquititas.

Trabajos de Clara Cano Quijada expuestos en la Feria de Artesanía de Vilaflor, 2012

En esos inicios con su madre las rosas las comercializaban a través de Constanza Gómez, en San Miguel de Abona, quien les proporcionaba el hilo y ellas hacían las rosas. La confección de un ovillo se lo pagaban a 5 pesetas, el ovillo que eran veinte docenas, aquí entonces no se unían, sino hacerlas y las vendíamos.
En un largo día podían hacer un ovillo de hilo, todo el día. Antes nos dedicábamos todas hacer rosetas, unas rosetas chiquititas, yo ya fui haciendo distintas, yo ya trabajé con hilo fino, del veinte, antes si trabajaba con el dieciséis que es más gordo.
Quehacer para el que se requiere presteza, ligeras manos como las de Clarita, a la que conocimos ya cargada de años, y ahí seguía ejecutando esa mágica y bella danza entre aguja e hilo. Múltiples variantes salieron de sus agiles manos, que al unirse ha confeccionado desde el ajuar de la casa, abanicos, mantillas, bolsas para el pan, joyero almidonando rosas. O el mantel que ha cubierto una pequeña mesa que coloca a la puerta de su casa, en la Calle del Medio, ante la cual de efectúa un descanso en la celebración del Corpus.
Clara Cano Quijada se casó con Rodrigo Camacho Delgado, residiendo durante décadas en la conocida por Casa Inglesa, en la Plaza, en cuyo lugar constan inscritos en el Padrón Municipal de Vilaflor de Chasna, a 31 de diciembre de 1950. Rodrigo Camacho Delgado, se registra como nacido en 1904, en otros en 1903, y de profesión cartero; en los siguientes padrones se anota como agricultor, y en el de 1965 como peón caminero. Clara Cano Quijada, en 1922, y su casa; y su hijo Manuel Camacho Cano, 1948, y que en otros padrones se recoge la fecha de 1947.
Como apunta Clarita, Rodrigo trabajó trasladando el correo de Granadilla a Vilaflor, en el correo, cuarenta años, yendo y viniendo a Granadilla, caminando. Después realizó labores de peón caminero al cuidado de las carreteras, como la de Boca Tauce a Vilaflor.

 
Clara Cano Quijada. Vilaflor, 2008

Las rosas de Clarita han causado admiración, tanto en su pueblo como por allá por donde las mostró. Además de tener siempre abiertas las puertas de su casa llevó su arte a numerosas ferias de artesanía, en las de Vilaflor, en Pinolere en La Orotava, o en la celebrada en mayo de 1983 en la Casa de Campo de Madrid. Por su admirable labor en mantener vida esta tradición el Cabildo Insular de Tenerife le concedió el Premio Tenerife Rural 2009, a la Conservación del Patrimonio Agrario y de las Tradiciones Rurales. Asimismo este Cabildo Insular le rindió homenaje por su dedicación y prolongada labor en preservar este oficio tradicional, en el Día Insular de la Artesanía, celebrado el 22 de noviembre de 2011.
Clarita anudó su vida a las rosas, siempre con esa eterna sonrisa, bregando continuamente, realizando otras múltiples quehaceres, como la de dulcera. Otra práctica que aprendió en su juventud, y a la que recurrió para su sustento. Asimismo ejerció de cocinera en varios colegios, como el de su pueblo natal.
Clarita ha dejado un inmenso legado, confeccionado por sus prodigiosas manos, cuarteadas manos a las que hemos tenido la suerte de poder contemplar en plena ejecución, con esa mágica destreza para hacer imperceptible el zarandeo de la aguja, del hilo sobrevolando los alfileres del pique. Allí estaba, sentada tras la ventana, con una leve luz lateral que resaltaba sus manos, sus movimientos, su sonrisa, su bondad y su mirada, en instantes perdida, sobre manera cuando el recuerdo afloraba.

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