sábado, 17 de agosto de 2013

María Antonia Martín García. Última locera en Garañaña


  María Antonia Martín García, locera en la Montañita de Garañaña, 1935
 
La alfarería tradicional tuvo en La Montañita de Garañana una manera particular de elaborar el ajuar necesario para el desenvolvimiento cotidiano. Tostadores, ollas, bernegales, tarros de ordeño, braseros o platos, son algunos de los utensilios que de manera artesanal se elaboraban en este último enclave alfarero que pervivió en San Miguel de Abona hasta casi la llegada de la mitad del siglo XX.
Un ilustre hijo de San Miguel de Abona, Juan Bethencourt Alfonso, médico y antropólogo, nos instruye en su publicación “Historia del pueblo guanche”, con datos de finales del siglo XIX, como se realizaban las labores en esta práctica alfarera que se creaba por manos femeninas, que se trasmitía de madres a hijas. Aseguran en Garañaña las loceras o alfareras que su industria les viene de los guanches, que fabricaban la loza como hoy pero que algunas piezas son de distintas formas y no tenían hornos para quemarla, sino que la ponían en montón en el suelo cubriéndolo con leña, a la que daban fuego y le añadían combustible hasta que se ponía la loza colorada. (...) El mejor barro de aquellos contornos es el de la mesa de Tamaide, que es colorado.
De este lugar, de nombre tan sonoro, Garañana, anclado en la memoria colectiva de la tradición oral, emblema de la confección de loza en el Sur de la Isla, se tiene referencias desde finales del siglo XVIII. Según consta en el padrón de población de 1779, cuatro vecinas que residían en Garañana ejercían este quehacer de locera: María Barrios, de 46 años y casada con Salvador Donis; Sebastiana Afonso, de 38 años, esposa de Domingo Salguero; María Delgado, de 36 años, casada con el tejero Agustín Amador; y Antonia Afonso, de 34 años, casada con el jornalero José González Manso.  
             
  María Antonia Martín García
María Antonia Martín García fue la última locera que trabajó en La Montañita de Garañaña. A través del trabajo de Manuel A. Fariña González, “Las loceras de San Miguel de Abona”, publicado en la revista “El Pajar”, en su número de agosto de 1998, conocemos algunos pormenores de esta alfarera que estuvo al pie del horno, por lo menos hasta la década de los años treinta. Nació en Garañaña, el 7 de septiembre de 1870, falleciendo en 1955. Su madre, María García, era natural de Fuerteventura; y su padre, Agustín Martín Morales, del Lomo de Arico. En el Padrón Municipal de San Miguel de Abona, a 1 de diciembre de 1925, se recoge a María Antonia Martín García, en el Caserío de la Montañita, junto a su marido José Rivero Beltrán y tres de sus cinco hijos, con la profesión de “sus labores”, y con año de nacimiento el de 1878.
Las antiguas reminiscencias que cita Bethencourt Alfonso, y la llegada de diversas familias loceras de Fuerteventura, entre las que se incluye la madre de María Antonia Martín García, contribuye, a juicio de Fariña González, a que la loza que se elaboró en Garañaña tuviese características diferenciadores del resto de la cerámica tradicional de la isla de Tenerife.
Esta anciana alfarera se llama María García. Setenta años al cuento del oficio, en tierras del Sur. Y, eso sí, el buen humor por delante. Las preocupaciones avejentan, y nada puede haber más triste que la tristeza de setenta años sin sonrisas. Esta vieja alfarera lo ha comprendido así, y tiene razón. El trabajo que se hace entre dos sonrisas es el mejor que sale de nuestras manos. Los objetos que salen de las manos sabias de la anciana alfarera están hechos entre dos sonrisas. Con estas palabras inicia el periodista y poeta Luis Álvarez Cruz un reportaje que se publica en noviembre de 1935, en el diario La Prensa, bajo el titular de “Las últimas alfareras de Tenerife”.
Luis Álvarez Cruz nos trasmite con su característica maestría las peculiaridades del lugar que se encontró. Seña María García es de Garañaña. Garañaña trasciende a guanche. Es un simple montoncito de viviendas a la entrada de San Miguel. Un caserío rústico en donde antiguamente funcionaban varias alfareras, que ya han desaparecido.
La tradición esta del barro amasado y cocido necesita un lugar. Seña María ha escogido este lugar. Ha enclavado su taller en La Suertita, al final de una calle empinada, que también puede ser camino, y en donde –una, dos, tres casas- ya se ha visto todo lo que hay que ver en una primera ojeada errabunda sobre las tierras ardientes del Sur.
El taller es de una tosquedad conmovedora.
Aquí está el taller, pero a través de la cáscara de las paredes de piedra sin encalar.
Dentro, una vez traspasados los dinteles de la única puerta que hay en la casa, sobre el pavimento de tierra cruda, objetos de barro cocido: tostadores, ollas, bernegales.
Nos describe como le cuenta esta vieja locera sus quehaceres para sacar del barro su lado práctico; el lebrillo, para amasar el pan o el gofio, para servir el potaje en la mesa; el tostador de grano, de ese cereal que se llevaba al molino para obtener el aromático gofio; el tarro del ordeño, de uno o dos bicos, en el que depositar la blanca transformación de la aridez del Sur; la olla, para el guisado de diversos alimentos; la hondilla, de múltiples usos; o la talla, para el acarreo y almacenamiento del agua. El ir a recoger el barro, desmenuzarlo, mezclarlo con arena, amasado y sobado, darle forma sin moldes. Ya las manos saben su cometido. Primero la base; luego la parte media; finalmente el remate. Y ya el objeto está hecho, pero no acabada. Hay que curarlo primero. Se almagra. Esto es: se barniza con una mezcla de almagre y aceite o petróleo, frotándolo con un callao liso de la mar, y, pacifico y simplista instrumento, raspándolo con una cuchara. Unos días a la sombra y ya está el objeto curado. Seguidamente, una temporadita al sol. Finalmente el horno de piedra abre una boca desdentada para tragárselo. Y después se disponía a venderlo en la misma calle, en los pueblos cercanos. Antes, ganándose menos se vivía mejor. Ahora, que se gana más, apenas sí se puede vivir.
Luis Álvarez Cruz cierra su reportaje amasando su arcilla de palabras, y diferenciando su trabajo del de esta última locera de San Miguel de Abona que durante varias décadas mantuvo vivo el horno de la tradición. Usted hace ollas de barro; yo manipulo la arcilla literaria para esta curiosa frivolidad de las gentes del pueblo. Con una diferencia; que su barro brota entre dos sonrisas, y el mío se “amorosa” a veces con dos lágrimas. Quizá estas lágrimas espirituales de ahora estén destinadas a caer sobre el recuerdo de su barro guanche.

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