lunes, 10 de febrero de 2014

Delfina Fumero Rodríguez. Entre rosas y nostalgia por el Vilaflor de antaño

 
  Delfina Fumero. Vilaflor, 2006

A través de la voz suave y pausada de Delfina Fumero Rodríguez se recorre aquel Vilaflor de calles empedradas, de olor a resina y a tierra húmeda. Nació el día después de reyes de 1924, en la misma casa donde dispuso, hasta su fallecimiento en 2007, su pequeña tienda, en la antigua calle del Convento, la actual Avenida Hermano Pedro. Hija de María Rodríguez Alayón, María la de la Fonda, quien regentó cantina y fonda, y de Germán Fumero Alayón, el viejo vate chasnero, una de las personas más ilustres y más ilustradas que ha dado este Sur, y que en Vilaflor lo fue todo a través de su longevidad: alcalde, juez municipal, responsable del correo, sochantre, además de escritor y gran animador de la vida cultural de su pueblo. 
A Delfina Fumero se le recuerda por su maestría en confeccionar rosas, y los piques con recortes de piel que les cedían los zapateros. Labor que comenzó en la infancia, tendría diez, once años, sería, formando las denominadas rosas de ojete, que eran pequeñas. Bello quehacer de rosetera, que le enseñó su abuela Ana Martín. Las primeras que empecé hacer fueron estas, las empecé hacer con mi abuela, pero mi abuela lo que lo hacía con la mano zurda pero yo aprendí con la derecha. Porque es la más chiquitita, lo más fácil de hacer, entonces yo era pequeña como mi bisnieta ahora, y entonces mi abuela me enseñó. Porque anteriormente una Señora de San Miguel traía el hilo y se lo daba a las personas de aquí, a las mujeres, se llamaba doña Constanza Gómez, entonces ella tenía una venta, le hacían las rosas y después traían las cosas empleadas de lo que la señora tenía en su venta, no las pagaba a casi nada, a quince céntimos la docena o cosa así. Constanza Gómez les abonaba el trabajo con lo que estas mujeres de Vilaflor necesitaran para su casa, pues sacaban a lo mejor tela pa hacer una sabana o sacaban dos toallas, esas cosas así.
En su tiempo era una ocupación a la que se dedicaban muchas mujeres del pueblo. Tenía una tía que se llamaba Juana, otra que se llamaba Gregoria, otra se llamaba Candelaria y otra Ángela, hermanas de mi madre, mi madre no se dedicó mucho a hacer rosetas. En ese entonces todas las chicas teníamos ilusión de hacer rosetas.
Sus recuerdos brotan con presteza, al igual que el baile de la aguja entre los alfileres. Y entre el enhebrar, el zurcido o las vueltas del hilo, rememora las obligaciones de una vida cotidiana hostil, como los trabajos de sus abuelos, Ana Martín y Timoteo Rodríguez. Pues la vida era muy mal porque cuando mi abuelo trabajaba haciendo las viñas le pagaban dos pesetas todo el día, de sol a sol, tenía mi abuela que ir dos veces a llevarle algo de comer, y eso muy mal, porque usté sabe que anteriormente se ganaba muy poco aquí, cuando la gente estaba dedicada también a hacer carbón.
O la escasez de los alimentos. No había muchas ventas ni nada, ni mucho que comprar, porque yo me acuerdo cuando mi madre empezó con la fonda, de ir a San Miguel a buscar melocotones y a buscar una latita de melocotones y esas cosas, porque aquí en el pueblo no había nada de eso. Hoy a lo mejor tiene más la gente en las despensas que lo que había antes en una venta desas. Eso a lo mejor íbamos por una cuenta de aceite o por medio litro de aceite, no se compraban las latas como ahora.
  Germán Fumero Alayón, en una fotografía cercana a 1930, con sus hijos Delfina y Germán Fumero Rodríguez
Y las dificultades del transcurrir el día a día, acrecentada por la ausencia de cualquier tipo de comodidad a la que se esta acostumbrado en la actualidad. Ni teníamos luz, ni teníamos agua en la casa, la calle estaba empedrada tenía cada uno que salir a barrer su trocito de calle. Íbamos a lavar la ropita al Chorrillo. Y allí en aquellos lavaderos íbamos a lavar y fíjese que edad tenía yo que tenía que poner una piedra pa poder alcanzar a lavar, con ese jabón azul que venía de la rueda.
Y para abastecerse del agua para la casa también había que acarrearla de El Chorrrillo, con una lata desas, los hombres llevaban, el que tenía una bestia, la llevaba, le ponía tres barriles, pero los que no teníamos, teníamos que ir con una lata. La primera que yo fui con una lata de cinco litros de aceite, pues iba y traía cinco litros de agua, con una lata desas venía haciendo así porque era pequeña. Iba aquí con una vecina pariente y a veces una la traía ella así debajo de esto, porque yo que si se me cae, que si no; pero si teníamos que ir muchos años, muchos años al Chorrillo.
Y tender la ropa en las paredes de las huertas, y cocinar con leña, y alargar el café tostando garbanzos y lentejas y quemando algún fisquito de azúcar para que adquiriese un tono más oscuro. Ese café que servía de pretexto para reunirse. Se tostaba el café y aparte se tostaban los garbazos, y después en un molinillo que teníamos allí pequeño molíamos el café, lo poníamos en la cafetera, le íbamos echando el agüita y se iba filtrando y entonces nos sentábamos, estábamos más unidos los vecinos.
Vivíamos con más cariño de los vecinos, de los amigos, nos visitábamos más, de noche decíamos vamos a ir casa de tía Encarnación, que es una vecina que después es mi cuñada, y nos visitábamos, ahora pasa uno la puerta cerrada, si nos vemos en la calle, adiós, adiós, cómo estás, si hay un enfermo lo vamos a visitar, si pasa algo vamos a acompañar, pero no es como antes.
Los recuerdos de Delfina Fumero Rodríguez, el duro andar por el que transitó su vida, se tornan ejemplos de lucha y supervivencia. Modelos que hay que tomar para sosegar la prisa actual. Esforzados trabajos para transcurrir en el día a día de una vida cotidiana sin ningún tipo de comodidades. Pero con el enorme gozo de ir cruzando la vida por entre verdes pinares, entre olores a resina, a leña quemada en el fogal o a las madres del mosto, y arropados con el calor humano que aportaban las relaciones personales.

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