lunes, 27 de enero de 2014

27 de enero de 1929. Ahogados tres tripulantes del Isora

El Isora en Los Cristianos


El barco Isora del armador José Peña Hernández, vecino de San Miguel de Abona, solía cubrir las rutas del Sur de Tenerife y La Gomera, desde los primeros años de la década de 1920. Su vinculación, en los años de esplendor del cabotaje, con el Sur fue algo más que el simple atraque para traer o llevar mercancías o pasajeros. En el Isora se enrolaron muchos  marineros de cada uno de los pueblos que jalonaban la costa sureña. Eran numerosos los puntos donde realizaba escalas, como en: Puerto Santiago, Alcalá, Playa de San Juan, La  Hoya, Puerto de Adeje, La Caleta, Los Cristianos, El Porís de Las Galletas, Los Abrigos, Tajao, El Porís de Abona, Güímar, Candelaria y Santa Cruz de Tenerife.
En Los Cristianos es recordado por su participación en las primeras fiestas, como en la procesión marítima del 19 de octubre de 1924, cuando a su llegada  artísticamente engalanado, quemando al dar fondo abundantes fuegos y cohetes, por ofrecimiento de su capitán, don Manuel Perdomo. En esta procesión remolcó la lancha que trasportaba la imagen de Ntra. Sra. del Carmen por toda la bahía.
Y del Isora hay que lamentar un suceso acaecido al mediodía del domingo 27 de enero de 1929, en Taguluche, La Gomera, donde murieron tres de sus tripulantes. Según el relato de su capitán, Manuel Perdomo Gil: Nos encontrábamos en el puerto de Taguluche a las doce del día, poco más o menos, dedicados a las operaciones de carga y descarga. En una lancha donde llevábamos a tierra seis bolsas de maíz, iban el contramaestre Félix Bernal, el sobrecargo Manuel Hernández y los marineros César Rodríguez, Leoncio Roger Torres, Felipe de León, Antonio Melo Tavío, Antonio Melo, Juan Melo Tavío y Juan Marcelino Ledesma.
Estando ya en tierra tres de los tripulantes citados, la mencionada lancha al recibir un golpe de oleaje montó la popa sobre el veril por haber garreado el ancla, de cuyas resultas volcó, lanzando al mar a todos sus ocupantes que tuvieron que hacer titánicos esfuerzos para salvarse de una muerte cierta.
Desde el barco se lanzó otra lancha para socorrer a los que habían caído al agua, pero nada se pudo hacer por salvar la vida de tres de ellos: César Rodríguez, de 28 años, natural de Yaiza, Lanzarote. Leoncio Roger Torres, 27 años, de Tuineje, Fuerteventura y Félix Bernal Rodríguez, 40 años, de Icod, o de Lanzarote como aportan otras fuentes.
El Isora en Santa Cruz de Tenerife
Los cuatro últimos tripulantes que se citan en la lista de los que viajaban en la lancha zozobrada eran naturales de Los Cristianos. Los dos que se apuntan con el nombre de Antonio eran  en realidad los hermanos Martín y Mariano Melo Tavío, asimismo hermanos de Juan Melo Tavío, e hijos de Martín Melo Villareal, que en esos momentos faenaba en otro barco de cabotaje, el Carmen. 
César Rodríguez consta en el Padrón Municipal de Arona, a 31 de diciembre de 1925, como Elías Rodríguez Armas, residiendo en Los Cristianos desde hacia dos años y casado con Natividad Domínguez León, natural de Los Cristianos.
Los cuerpos de los fallecidos no se pudieron recuperar el día del accidente. Las pesquisas hechas para encontrar a los compañeros resultaron infructuosas, no obstante estar dedicados a su busca hasta la seis de la tarde. En vista de lo ocurrido, acordó la oficialidad del Isora hacerse a la mar inmediatamente con dirección al puerto de esta capital, adonde llegaron a las seis de la mañana. El cadáver de César Rodríguez lo rescató de la mar, el día 30 de enero, el vapor Boheme, informándose también que no se habían recuperado aún los cadáveres de los otros dos marineros.
  
Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones

sábado, 25 de enero de 2014

Colores del Sur 8. Ventana en Santa Catalina


 

Colores del Sur 8. Ventana en Santa Catalina

Tonalidades de verdes incrustadas en la memoria de la madera, en los recuerdos de una extensa vida cotidiana. Verde. Delicada imagen que llena el ánimo de sensaciones de placidez. Sencillez en la forma, grandeza en la evocación.
Ventana formada con madera de pino, de las cercanías. Un largo, y fatigoso camino, para llegar a cumplir su función. Desde tumbar el pino, con hacha; serrarlo, con sierra; cepillarlo con un cepillo o una galopa, abrir agujeros con escoplo y barbequín o fijar sus partes con tarugos, como ese que se aprecia en el larguero de la ventana.
Conceptos aportados por el maestro carpintero, Ricardo Oliva Fumero (Vilaflor, 1928)
       Fotografía: Ventana en Calle Santa Catalina. Vilaflor, 2013

jueves, 23 de enero de 2014

Doña Mari, la maestra que arraigó en Las Galletas

María Isabel González López
 
María Isabel González López, o doña Mari como se le nombra en Las Galletas, nació el 14 de enero de 1936, en Los Realejos. Su vocación hacía la educación le llevó a obtener el título de Maestra de Primera Enseñanza, fechado en Madrid el 31 de marzo de 1959. En 1961 obtiene su primera plaza por oposición en Buenavista del Norte, el curso siguiente ejerce su maestría en Cádiz y en septiembre de 1963 se hace cargo de la escuela de Las Galletas, cuyo lugar no conocía.
A este pueblo de pescadores llegó en agosto de 1963, para conocer como era el lugar en el que estaba previsto que pasase los siguientes dos años de su vida. El primero de septiembre tomó posesión oficial de la escuela y se trasladó a vivir a Las Galletas, con el tiempo suficiente de acondicionar su escuela y su hogar. “Era la casa escuela, la escuela y el recreo, era el edificio más grande que había cuando llegué, porque María Lala que estaba al lado sólo tenía la planta baja donde tenía el supermercado.” El recreo era un patio murado donde los chiquillos pasaban sus ratos de esparcimiento, y en los que habían dos baños. La escuela poseía el aula de clase y una pequeña habitación que funcionaba como biblioteca y almacén. La casa escuela contaba con tres habitaciones, salón, cocina, baño y patio interior.
A Las Galletas llegó con su marido, José Reyes Rodríguez, con su madre, María López González, y embarazada de su hija Maribel, que nació en febrero de 1964; su otro hijo Felipe lo fue casi cuatro años más tarde. Los primeros días dispuso su vivienda, para la que trasladó sus muebles, y una vez instalada salió a conocer el barrio, a sus gentes, a ese mar al que tanto le gusta asomarse. En ese su primer paseo conoció a una maestra de San Miguel de Abona, que se acababa de jubilar, Andrea Galván, la que se sorprendió por ver a la maestra que tomara posesión a primeros de septiembre, cuando lo usual era que llegaran en octubre, e incluso en noviembre se iniciaron en algunos cursos.
  María Isabel González López y sus alumnas
Doña Mari comenzó a matricular a los niños para el curso escolar 1963/64 y abrió las puertas de la Escuela Mixta de Las Galletas el 16 de septiembre de 1963. “La primera que vino a apuntar los niños a la escuela fue doña Juana Domínguez, hermana de doña Rosario, que ella era viuda y tenía dos niñas, Pili y Rosita.” Otros de esos primeros alumnos fueron María, hija de Aurora Suances; María del Carmen La Petra; Fernando Salazar; o Teresa, hija de Julia Alayón. En total empezó con alrededor de una decena de niños, en horario de 9 a 12 y de 2 a 4 de la tarde.
No fue fácil iniciar su nueva vida, de hecho no fue cómodo ni llegar, ya que lo tuvo que hacer por una pista de tierra que partía desde San Miguel, pasaba por Aldea Blanca, Guargacho y entraba a Las Galletas por La Ballena. Llegó a una casa escuela que no disponía de luz eléctrica y para abastecerse de agua contaba con un bidón en la azotea, que en la mayoría de las ocasiones se encontraba vacío por no tener suficiente caudal el suministro municipal. Y por supuesto, sin teléfono; y con unas casi nulas comunicaciones con el exterior, la guagua a Santa Cruz, la de “José el del micro”, salía a las cinco de la mañana y regresaba a la una del mediodía desde Santa Cruz. Y otra guagua que venía por la mañana de Granadilla y partía de las Galletas por la tarde. Pero superó todas esas dificultades, con las que creció como persona, e hizo progresar a muchos de los habitantes de Las Galletas, a todos esos niños que durante más de treinta años transitaron por su inteligente proceder.
A Las Galletas llegó con todas sus alforjas llenas de ilusión, con la casa a cuesta, a comienzo de la gestación de su hija. A La Cigarra, donde estaba ubicada la primera escuela, en la actualidad lo está el Centro Cultural, arribó en el verano de 1963 con el propósito de cumplir los dos años que le marcó su destino escolar. La escuela se encontraba en las afueras del pueblo, con vistas libres al mar y a la montaña, a la que solía contemplar desde su frecuente asiento en los dos escalones que se encontraban al pie de la puerta de la cocina, orientada al norte.
En 1967, junto a su marido, abrió el bazar El Cardón, “pequeñito, abrimos con cuatro cosas, más bien lo que teníamos era calados, porque ya empezaron a venir los primeros turistas de Ten-Bel.” Impartió, junto con la colaboración de su esposo, clases particulares de mecanografía, de preparación para el ingreso, primero y segundo de bachillerato; además de trasladar a los alumnos a La Laguna para su examen.
María Isabel González López y sus alumnos en 1981
Los alumnos de su escuela mixta se multiplicaban, tuvo que desdoblar las clases en grupos de mañana y otro de tarde. Después luchó por la ampliación de esta escuela, hasta que a finales de la década de los sesenta se crea el grupo de cuatro unidades, en el Morro de la Arena. Se preocupó de escolarizar a los niños que se encontraban en los pagos aislados, para los que se dispuso de transporte, con las guaguas de Fernando Salazar, y de comedor, que se instauró con otra odisea. En Los Silos se había cerrado un comedor y se lo ofrecieron a cambio de que fuera a buscarlo, y allá fue en un camión de Dionisio González, para instalarlo rápidamente y contar con Juana Domínguez como su primera cocinera.
Todos estos años, hasta que se jubiló en 1998, siempre impartió clases en su vieja aula de la Punta de la Cigarra, salvó dos años en el inicio de la primera escuela de El Fraile. Llegó por dos años y aquí continuó hasta su fallecimiento en 2011, viendo crecer este pueblo de pescadores, participando en la vida social y cultural como una más, lo que llevó a un grupo de vecinos a proponer al Ayuntamiento de Arona que se le pusiese su nombre a la calle en la que habitó, a la que se conoce como Calle Isabel González López tras el acuerdo adoptado por el Ayuntamiento Pleno en sesión del siete de junio de 2000. Aquí permaneció entregando su amor a la docencia, aquí continuó recogiendo, día a día, las muestras de afecto de los habitantes de este noble pueblo, de jornaleros y pescadores, que desde el primer momento la acogió en el regazo de su historia.


Documentación: BRITO, Marcos: Arona en el recuerdo. Llanoazur ediciones 

lunes, 20 de enero de 2014

20 de enero de 1902. Encendido del Faro de Punta de Abona

 

 
  Faro de Punta de Abona
A finales del siglo XIX por el Sur de Tenerife se transitaba por veredas y caminos, la carretera general del Sur aún andaba por el Valle de Güímar y los proyectos de los enlaces de las medianías con la costa se iban imaginando. Y fueron construyéndose, ya en las primeras décadas del siglo XX las carreteras de Arico al Porís de Abona; de Granadilla de Abona a El Médano; de San Miguel de Abona a Los Abrigos; de Arona a Los Cristianos; de Adeje a La Caleta o de Guía de Isora a Playa de San Juan. Lo que posibilitaba, a falta de otras vías de comunicación terrestres, que los productos agrícolas llegaran lo más rápidamente al punto de salida hacía el exterior, al Puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Faro de Punta de Abona, 2005

El aislamiento se rompía a través de los barcos de cabotaje, para cuya labor tampoco existían embarcaderos, y con los faros, el de Teno y el de la Punta de Rasca, que facilitara la navegación iniciando su funcionamiento a finales del siglo XX. Y el que se construye en la Punta del Silvador, en la Punta de Abona, que arrastró un lento proyecto, como todos los de este Sur, que se aprobaba a finales de 1896 y cuyas condiciones de contratación de obras se publica en mayo de 1897, con un presupuesto de contrata de 49.407,14 pesetas. Se adjudicaban en junio de 1897 a Gaspar E. Fernández, constructor de diversas obras públicas en el Sur de Tenerife, y se dan por concluidas en diciembre de 1898, cuando a la Jefatura de obras públicas se le autoriza a su recepción provisional.
En la prensa se informaba de su inauguración, de su encendido, el lunes 20 de enero de 1902, después de tres años de construido. Las características de este faro era de relámpago de grupo de 3 destellos blancos, con un alcance luminoso de 16 millas.
La torre forma parte de la masa del edificio y ocupa el centro de la fachada que mira al mar; todo el conjunto está pintado de color amarillo de ocre, con aristones de sillería gris oscuro.
El foco luminoso está elevado 22,9 m. sobre el nivel del mar y 6,50 m. sobre el terreno.
La luz del Faro de la Punta de Abona comienza a alumbrar el 20 de enero de 1902, iluminando, guiando, a los barcos de cabotaje que hasta esos momentos navegaban por una zona oscura al perder las referencias del de Anaga y el de la Punta de Rasca.

sábado, 18 de enero de 2014

Colores del Sur 7. Tajinaste en El Pilón




Colores del Sur 7. Tajinaste en El Pilón

Flores de tajinaste, de las medianías del Sur. Y como a este Sur hay que mirarlas a través de la narrativa intimista que va empozando el tiempo. Con esa paciencia que debe igualarse con su belleza, a través de la que se logra atrapar sus inagotables gamas. Rojos y azules, verdes y malvas, infinitos matices que van forjando memoria.
Fotografía: Tajinaste en El Pilón, Vilaflor. Abril de 2013

viernes, 17 de enero de 2014

San Sebastián. Adeje. 20 de enero de 1965

 

San Sebastián. Adeje. 20 de enero de 1965

En La Enramada, en la costa de Adeje, se erigió en el siglo XVI una pequeña Ermita dedicada a la Imagen de la Virgen de La Encarnación que se había aparecido en un lugar cercano, en El Humilladero. Esta Ermita se dedicó, en fecha no precisa, a la devoción de San Sebastián, festividad con gran tradición en el Sur de Tenerife, que se celebra cada 20 de enero. Desde el Municipio de Arona se trasladaban, y aún lo hacen, muchos vecinos, a cumplir una promesa, a realizar una rogativa, a llevar un animal a bendecir, labor que incluso en algún momento se le practicaba a vehículos de motor. Tradicionalmente se realiza una santa misa y a continuación se traslada la imagen del Santo a la orilla del mar para la bendición de los animales presentes. La Enramada se abarrota de gentes llegada de todos los puntos de la isla, por Los Cristianos pasaban muchos de estos vecinos de los municipios colindantes, que de regreso solían participar en los bailes que se agasajaban en honor de San Sebastián.
Según relata la vecina de Los Cristianos, Encarnación Alayón Melo: A San Sebastián si íbamos mucho todos los años y cuando la guerra íbamos todos los meses, todos los días veinte, me parece que era, quedaban de acuerdo los de Adeje, íbamos de aquí mucha gente. Me acuerdo que una vez lo trajimos a San Sebastián, en un cuadrito, en procesión y cantándole la salve en verso, que ya no me acuerdo.
San Sebastián antes era una fiesta grande, venía gente de toda esa Escalona, de esos Guazas, y bajaban cantando temprano y iban a San Sebastián, y de aquí, de todos sitios, y después se quedaban aquí al baile. San Sebastián se festejaba aquí como si fuera una fiesta de aquí mismo, aquí se hacían bailes como si San Sebastián fuera de aquí.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones

jueves, 16 de enero de 2014

De la ballena de Chasna al mero de tío Elías

  José Dorta García

De la ballena varada en Chasna hasta el mero que atrapó tío Elías transcurrieron casi dos siglos. Día a día con el mismo aliento, en pos de extraerle recursos a la mar, aprovechando hasta el último gramo de lo que se obtenía de su orilla y de sus aguas. Incluso beneficiándose de los restos que se varaban, tal como de los cetáceos, o sus partes, codiciados principalmente por su aceite y su esqueleto.
Los varamientos de ballenas, en la actualidad tan frecuentes, se encuentran en múltiples referencias en nuestra historia, como en las memorias de Lope Antonio de la Guerra y Peña, en las que se narra las particularidades de la que encalló en abril de 1779, en alguna de las playas de Chasna. “Que tendría 60 pies de largo, 18 de diámetro, y 42 de circunferencia en su voca podría andar con libertad una yunta de Bueyes, y en su mandíbula inferior se sentaban hasta 18 hombres. La distancia en que varó fue causa de que muchos no buvieran ido a ver un Cetáceo de tal magnitud, y de que no se huviera hecho una exacta descripción de el, ni aprovechadose mejor; pues aunque se le extrajo mucho Azeyte y de su Espinazo se hicieron algunas barcas, no se sacó la esperma, no otras cosas, que son muy útiles; faltabale un aletón o nadador a lo que se atribuyó el haverse muerto.” Apuntándose como más probable el que fuese alguna de las ballenas arponeadas y no capturadas por los pescadores de Gran Canaria que en esos meses se dedicaron a la pesca de estos cetáceos que frecuentaban las costas de las islas entre los meses de marzo y junio, meses que vienen tras uno de sus alimentos preferidos, las caballas.
Hay múltiples referencias de tradición oral que narran los aprovechamientos de los restos de estos grandes animales que daban con sus restos en las costas del Sur. En Tajao se cuenta que hubo una tan grande que sus huesos se utilizaron para diversos útiles domésticos. El pescador de las Galletas Alejandro Marcelino se encontró otra en media mar y la remolcó hasta la Punta del Viento donde procedió a extraerle el aceite. Otro viejo pescador de Los Cristianos, Leopoldo Díaz Tavío, recuerda diversos restos de estos cetáceos en la zona de El Camisón, entre los Municipios de Arona y Adeje, sobre todo los huesos de una de grandes dimensiones que durante algún tiempo formó parte del paisaje del Cabezo Grande.
Asimismo se podría realizar un amplio seguimiento en la prensa, a modo de ejemplo citamos tres casos de la primera mitad del siglo XX. Como ese ballenato que se varó en la Playa de Los Cristianos, en junio de 1907, que “medía nueve metros de largo y pesaba ochenta quintales. El enorme pez ha sido descuartizado, extrayéndole el aceite que su carne segrega por la acción del agua hirviendo.” O ese que extrajeron dos pescadores de la costa del Porís de Abona, en julio de 1934, que medía algo más de cinco metros y para el que fue preciso “emplear cuarenta hombres para echarlo en tierra, pues pesa dos toneladas.” O aquellos restos de ballena que apareció en avanzado estado de descomposición, en agosto de 1959, en Playa Honda, en los límites entre Arona y Adeje. Se le calculó, por el tamaño de la cabeza, que era lo único que se encontró, unos quince metros de largo y algo más de una tonelada de peso
  Elías Melo Alayón
Y de estos cetáceos que arriban por nuestras latitudes en los meses previos al verano, pasamos a la pesca de meros de considerables tamaños como aquel que en los finales de los años cuarenta o comienzos de los cincuenta, trajo a tierra Elías Melo Alayón, tío Elías. Como tantas otras mañanas de esos años, madrugó para ir a faenar con su hermano Antonio, en el barco El Marino. Con unos golpes de remo se acercaron al Risco de los Acantilados de Guaza, en Los Cristianos, en cuyas aguas localizaron un mero de unos dos metros y de más de cien kilos. Lo pescaron con una pandorga, con la que, y no sin grandes esfuerzos, lo izaron al barco. Una vez en tierra lo transportaron introduciendo uno de los remos por las branquias y llevándolo a hombros entre los dos hermanos, de muy buena altura, arrastrando la cola por la tierra. Con él se preparó una buena comida para el batallón del ejército que en esos años de pos guerra se encontraban asentados por diferentes lugares de la costa de Los Cristianos.
Más o menos del mismo tamaño y peso fue otro mero, más de dos metros y 144 kilos de peso, que se capturó en la costa de Adeje, en la playa de Iboibo, en las cercanías de Hoya Grande. Desde esa zona y en una tarde de abril de 1966, un aficionado a la pesca submarina, José Dorta García, se dispuso a ejercitar uno de sus deportes favoritos. Nos podemos imaginar su sorpresa cuando contempló las dimensiones de ese mero. Una vez que clavó su arpón en el pez, tuvo que luchar más de dos horas para poder sacarlo a flote, llevarlo a la playa y después solicitar ayuda para lograr colgarlo en la posición en que se aprecia en la fotografía que ilustra este comentario. También, y al igual que el anterior, tuvo un suculento final. Según el profesor Carmelo García Cabrera este tamaño de meros es algo excepcional, no conociéndose hasta esos años ningún otro con ese peso y dimensión. Apuntando la posibilidad de que se pudiese tratar de alguna variedad que se cría al otro lado del Atlántico y que por alguna causa desconocida emigró a nuestras aguas.