lunes, 10 de noviembre de 2014

Carretera Guía de Isora - Adeje

 
Carretera Guía de Isora - Adeje

Esta carretera de circunvalación de la Isla inició su andadura en la década de los sesenta del siglo XIX. Un siglo después todavía se estaban estudiando diversos trozos para su ejecución. En la fecha de esta fotografía, a finales de los años sesenta del siglo XX, en la que se nos muestra a su paso por el barrio de El Pozo, ya estaba finalizado el tramo entre Guía de Isora y Tejina de Guía, pero faltaba un pequeño trecho entre este último lugar y Hoya Grande, en Adeje.

Fotografía cedida por el Ayuntamiento de Guía de Isora
Bibliografía: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Cabras en Los Bebederos. Arona


 
Geroncia González Fumero, Salvador González Alayón y Antonio González Alayón
El paisaje de este Sur de antaño también se poblaba de frecuentes manadas de cabras, animal adaptado a la perfección en las condiciones orográficas y climáticas de las islas, resaltar su resistente a la sequía y con un estómago capaz de digerir y sintetizar vegetales de todo tipo, desde un largo elenco de hierbas, hasta aulagas, pencas de tuneras o barrillas, en un pastoreo extensivo en el que aprovechaban los pastos por zonas, de una manera rotativa. Esta manada, que se encontraba a mediados de los años cincuenta en Los Bebederos, pertenece al cabrero Salvador González Alayón, a quien se recoge en el centro de la fotografía, junto a su hermano Antonio González Alayón y Geroncia González Fumero, hija de Antonio González.

Documentación: BRITO, Marcos: Salvador González Alayón. Un cabrero para la leyenda. Y Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones



domingo, 2 de noviembre de 2014

María Hernández Estévez, MARÍA LA RAJAA. LOS RAJAOS

Juana Hernández Estévez, Juana la Rajaa
Un sobrenombre que se inicia con María Hernández Estévez, María la Rajaa, y se extiende a su descendencia y aún perdura en el Municipio de Arona. María Hernández, María la Rajaa, lo adquiere al romperse el labio en un accidente, que ella fue a coger orchilla al barranco y se rompió el labio y como antes no se cosía ni nada pues así quedó, la llamaban María la Rajaa y después nacieron los hijos, Rajaos, y después los nietos Rajaos también. Así lo relata Julia Carballo Mena, casada con un nieto de María Hernández, Tomás Valentín Hernández, Tomás el Rajao, que es hijo de Juana Hernández Estévez, Juana la Rajaa. En Los Cristianos existió el Pozo de los Rajaos, situado al pie de una palmera y al norte de unas huertas conocidas por Las Maretas, en la zona de El Puerto. 

Julia Carballo Mena y Tomás Valentín Hernández, Tomás el Rajao
Tomás el Rajao ejerció en Los Cristianos de pescador y sobre todo es recordado como calero. Esta labor la efectuó con su hermano Rafael Valentín Hernández, Marote, cuyo apodo no se ha podido precisar. Entre otros hornos de cal, la obtuvo del ubicado en Las Caletillas, en El Camisón, en cuyo lugar adaptó un horno de leña a carbón, según apunta su sobrino Ismael Valentín.
En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, en Los Cristianos consta inscrita María Hernández Estévez, quien contaba con 80 años de edad. En el Padrón Municipal de Arona, a 31 de diciembre de 1940, Tomás Valentín Hernández se asienta en Los Cristianos, con 44 años de edad y de profesión calero; casado con Julia Carballo Mena, de 19 años. Y en el de padrón para el año de 1960 se encuentran registrados en Túnez, donde Tomás Valentín consta como agricultor.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

miércoles, 15 de octubre de 2014

Agustín Alayón Gómez, El Estoperito

 


Agustín Alayón Gómez, El Estoperito

 

Las motivaciones son infinitas, y en algunos casos fruto de alguna característica física, que se acrecentaba con la socarronería de nuestros viejos. Como transmite su hija Encarnación Alayón Melo, este apodo proviene de un comentario de la madre de El Estoperito, Celestina Gómez Martín. Antes los barcos los pintaban con piche, en caliente, y lo pasaban por los barcos con unas bolas de estopa enrolladas a un palo. Estoperito le decía la madre, porque era trancadito.

Agustín Alayón Gómez, El Estoperito, según datos del Censo de la Población de Arona, para el año de 1920, se encuentra inscrito en Los Cristianos, con 44 años de edad y de profesión pescador, casado con Herminia Melo Rodríguez, de 31 años; y sus hijos: Agustín, Manuel, Encarnación y Lorenzo, contando entre los 13 y 3 años.


Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

Encarnación Alayón Melo o las veredas de la tradición

  Encarnación Alayón Melo, 2005   


Artículo publicado en la prensa en 2005

Encarnación Alayón Melo es la memoria del que fue pequeño enclave de pescadores de Los Cristianos. Es un libro abierto al que se va escuchando, con diálogos pausados, en su cocina de inmaculado blanco; un lugar de calma y sosiego por donde, con sus palabras y sus silencios, se transita por las veredas de la tradición.
Son múltiples los senderos por los que se puede andar, cogido de su mano. Son sus vivencias y recuerdos, pero también los que atesora de sus allegados, como el nombre que recibía la Playa de Los Cristianos, la Playa del Vino, tal como le contaba su abuelo Esteban Melo García, “decía él, que el primer nombre era la Playa del Vino, porque por aquí se embarcaba, por que bajaban los vinos de los altos y embarcaban por aquí.” O como iban las obras de la carretera de Arona a Los Cristianos, según le contaba su madre, Herminia Melo Rodríguez, que se comenzó a construir a comienzos de la segunda década del siglo veinte. “Cuando yo nací en el año quince me decía mi madre que mi padre estaba trabajando en la carretera, porque antes cuando la mar estaba buena iban a la mar y cuando no iban a la tierra.”
Cuando se bendice la Ermita Nuestra Señora del Carmen, una imagen de esta Virgen se traslada en procesión, el 18 de octubre de 1924, desde Arona a Los Cristianos. Encarnación participó en este recorrido, se encontraba en edad escolar en Arona, viviendo con sus abuelos en Túnez, porque hasta unos años después no existieron escuelas en este barrio costero. Festejos que recuerda con añoranza, celebraciones que comenzaban con el albeo de las casas, con el agasajo de toda persona que se acercase a disfrutarlas; con la preparación de los locales de bailes, como las de Leopoldo Domínguez; de Leandra Valentín Hernández “Cha Leandra”; de Rosa González “seña Rosa” o en “la sala”, y su apreciado piso de madera, de Nicolasa Martín.
Conoce el lenguaje de cada piedra que había en este tramo del litoral donde aún no había llegado el cemento, sólo algún canto rodado cogido con un poco de la cal que se obtenía de las caleras de El Camisón y con la que se construyó algún pequeño embarcadero, como el de La Planada (en el arranque del primitivo muelle de Los Cristianos); o el de la Playa de la Carnada (un tramo de lo que hoy es la Playa de las Vistas). Lo demás eran charcos naturales, como ese Charco del Cabezo, que en la bajamar se quedaba lleno de agua, y en el que se bañaban las mujeres; el Charco Lola, con fondo arenoso, situado frente al Chalet del Inglés; el Charco de María Prima, conocido por estar ubicado delante de la casa de María García “María Prima”; el Charco de las Piedras, enfrente de las casa de Juan Alfonso “Juanillo”, denominación que adquiere por la existencia de piedras grandes en su interior.
Encarnación es una mujer que ha recorrido su vida pegada a los vaivenes de la mar. Sus padres, Herminia Melo Rodríguez y Agustín Alayón Gómez, pescador, habitaban una modesta vivienda atracada a la orilla de la mar, a la que en mareas altas casi llegaba a acariciar sus paredes. Vivienda de su abuelo Esteban Melo García, donde después vivieron sus padres y posteriormente, a partir de casarse en noviembre de 1933, la habitó con su esposo, Mariano Melo Tavío, quien guardaba en su memoria la vida y milagros de los barcos de cabotaje, en los que trabajó durante algunos años.
Atesora, en ese baúl repleto de presencias propias y ajenas, un gran conocimiento de las pocas viviendas que poblaban la costa donde se edificaron varios salones, hoy olvidados y desaparecidos. Como el de los Bethencourt, y donde después se edificó el Cine Marino; “Todo eso era de un tal Ramos, de María Prima hasta la esquina de arriba era de ese Ramos, después lo compró los Bethencoures. Tenía negocios yo no se de qué, hacían bailes. Los Bethencoures lo utilizaron para empaquetado, que mi madre trabajó allí, tu abuela Sebastiana.”
A la izquierda, vivienda de doña Encarnación. Década de 1930

O esas otras humildes viviendas que existían donde se construyeron, a comienzos de la década de los años veinte, los conocidos por el Salón del Peña y el Salón de Tavío. Utilizados, primero, como transito de las mercancías que se trasladaba a través de los barcos de cabotaje; después como lonjas de pescado; como empaquetado de tomates o como almacenes de todo tipo. En el lugar del primero, tenían unos cuartos José Melo Martín “José Babita” y María González; Dionisia Melo Martín; o Eliseo Melo Martín “Pataloro”. En el segundo, los de Antonio Melo Martín y su esposa Nicolasa Martín.        
Sus recuerdos son alargados, envueltos en esa aparente sencillez que aporta la humildad, desgranan múltiples vericuetos de este pequeño pueblo de pescadores que eran Los Cristianos, cuando nació Encarnación, ese primer día de 1915. Mientras se festejaba el fin de año con una cena temprana y con parrandas y bailes hasta el amanecer. Llegó casi con los Reyes Magos, esos que apenas eran conocidos, que lo más que traían eran unos dulcitos, unas naranjas o algún puñado de almendras; esos que hacían juegos de malabares con la herencia de los escasos juguetes disponibles. 
Su belleza, austera y sencilla, acapara toda la hermosura que envuelve el recuerdo. Tanto nos ilustra los nombres de cada recodo, de cada charco, como nos narra esos sobrios festejos por los que ha pasado, como los carnavales en los que participaba todo el pueblo, con máscaras o sin ellas, pero con alegría y bailes durante tres días: domingo, lunes y martes. Con el domingo reservado para el “día de la tizna”, esa que se recogía de los calderos donde se cocinaba con leña y se pasaba por la cara del que se encontrase por la calle. Los lunes y los martes no faltaban los polvos talco o mezclados con harina, espolvoreados sobre todo aquel que se encontrarse en el camino. Y en todos ellos no podían faltar el buen vino, las rebanadas o los chochos; traídos de La Escalona, guisados y puestos de remojo, durante seis o siete días, en algún charco de la mar.
De su mano se pueden recorrer todos los caminos por los que ha transitado la historia de Los Cristianos. De esos años en que se tenía que ir a lavar al barranco; de tomar el agua de los aljibes; en los que había que ir a recoger todo tipo de leña para poder cocinar; donde la ropa salía de las manos prodigiosas de un grupo de costureras; de cuando el pescado se llevaba a las medianías, a pie. O cuando el ritmo de vida transcurría de otra manera, con otra quietud, con esfuerzos y penalidades, pero también con tiempo para la tertulia, para trasmitir historias pasadas, al borde de la casa, del camino, sobre algún chaplón, alguna piedra o sobre la arena amarilla de San Roque, el mejor lugar para los cuentos de brujas. De su mano se recorren las veredas de la tradición, iluminadas por la añoranza de los ecos del batir de la mar, ese que envuelve la admiración por sus memorias.

lunes, 13 de octubre de 2014

Colores del Sur 13. Porretas y pipas

Colores del Sur 13. Porretas y pipas

Los higos picos se comen frescos y se almacenan secos como fuente de alimentación para el invierno. Hay toda una ciencia por la que deambular en busca de su denominación correcta. Las porretas son los higos picos pelados, se les retira lo menos posible de la piel para que no se desgrane en el proceso de pasado. Las pipas son los higos que estando más verdosos no se pelan, estos se abren como si nos lo fuésemos a comer frescos. Antes de pelar o abrir, ya sean para porretas o pipas, “se escobiaban y barrian” para quitarles los picos, con escobas de balo, de margazas o de pino. Luego se tendían varios días al sol, en los pasiles. Pasados esos días, que podían ser de ocho a diez, dependía del sol, se recogían una mañana temprano, que estuviesen serenaditos que era mejor para lidiar con ellos.
Palabras de Victorino Gómez Oramas [San Miguel de Abona, 1918 - 2012, Valle de San Lorenzo] recuerdan los trabajos de esta fatigosa labor: Un año pelamos dieciséis costales. Mi hermano dice: este año vamos a pelar todos los higos. Empezamos en Cho, que tenía tres pedazos mi padre allabajo y terminamos en Gonzalo, del Frontón pacá, que dicen Gonzalo. Sacos desos que vienen con las papas los lavaba bien mi madre y ahí se empaquetaban, se llenaba el saco y después se ponían en la tonga, entongados, los porretas. Y teníamos un cajón grandísimo, que yo no se cuanto llevaría, pelamos dieciséis costales de porretas.
Higo pico seco, por el sol, que atesora una amplia gama de canelos, todos los canelos posibles. Alimento de gran arraigo en esa realidad de penurias. Y en la actualidad un manjar para el paladar que quiera recuperar viejos y sabrosos sabores.

Fotografía: Porretas y pipas (en mayor número, con semillas resaltadas). Elaborados por Pablo Delgado Delgado, Valle de San Lorenzo, 2010.

lunes, 6 de octubre de 2014

Aurelio Herrera Vargas, AURELIO EL BUZO

Aurelio Herrera Vargas, AURELIO EL BUZO

Así se conoce al pescador Aurelio Herrera Vargas, natural de Alcalá, Guía de Isora. Era hijo del pescador José Herrera Hernández, El Canario, y de la pescadora, vendedora de pescado, Crisanta Vargas Álvarez. Como narra su hermana Crisanta Herrera Vargas, Crisantita, su apodo se origina porque no paraba sino todo el día en la mar, como un buzo, cuando chico, porque estaba todo el día dentro del agua.
Aurelio Herrera Vargas, Aurelio el Buzo, además de ser un excelente pescador, regentó con su mujer Elvira Hernández Rivero, una pensión y casa de comidas. En el Censo Electoral de Guía de Isora, para el año de 1951, Aurelio Herrera Vargas se encuentra inscrito en Alcalá, contando, con 36 años y de profesión pescador.

Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones