lunes, 22 de junio de 2015

María González Alayón y sus recuerdos del día de San Juan

  María González Alayón

María González Alayón, hija de Antonio González Alayón y de Romualda Alayón Pérez, nació en Cabo Blanco en 1908. Al poco de nacer, sus padres se trasladan a trabajar a Llano Azul y con vivienda en Charco Redondo. Desde esa fecha hasta su fallecimiento, María dedicó su vida al trabajo en el campo, entre los Municipios de Arona y San Miguel de Abona. Duras tareas en eternas de labores, como en el cultivo del tomate, donde cobraba los sábados, a los seis días, seis pesetas cobraba yo. Contrajo matrimonio con Eugenio Rancel Rosa, tal como lo narra: yo me casé de treinta y siete años, tuve tres hijos. Porque mi gente me sacó, me sacaron de un mes de la casa de Cabo Blanco y yo no ha sabido más quedarme en Cabo Blanco, sino por áhi dando tumbos.
El día 24 de junio se conmemora la festividad de San Juan Bautista. Son múltiples las actividades que se efectúan en la víspera o en este día: fogaleras; celebraciones en honor a la saga de los Juanes; diversas tareas que por este día realizaban los cabreros; confección de voladores o pelotas; o las supersticiones amorosas, sobre todo de las mujeres, quienes las realizaban con mayor frecuencia. Recuerdos de María que fueron brotando con alegría.
Para saber como era de pudiente el novio con el que se iban a casar, la víspera, antes de irse a dormir, se colocaban tres papas debajo de la cama. Una pelada, otra a medio pelar y la tercera sin pelar, peluda. Tal como lo describe María González Alayón, en Los Bebederos: Y después cogía, poníamos una papa pelada, otra a medio pelar y otra pelua, una papa sin pelar, con el cuero. Y las tirábamos así bajo la cama y después con los ojos cerrados, por la mañana, nos levantábamos atentarla, cogíamos una. Si la cogíamos peluda nos casábamos con uno ricacho. Si la cogíamos pelada, con uno que no tenía nada . y a medio pelar, que estaba así. Y si cogíamos la ceniza, con uno, cualquiera sabe deonde y si cogíamos la tierra, con uno de la tierra nuestra, de allí mismo.
Al momento de depositarlas bajo el lecho se decía: San Juan Bendito/ por ser tu día/ ponme aquí/ la suerte mía. En otro momento de la conversación cambia el último verso: la fortuna mía. Y largábamos bajo la cama.
Si se quería saber la procedencia de ese futuro novio, se colocaban debajo de la cama, emburujados en un papel, un puñado de ceniza y otro de tierra. Como mañana era día de San Juan, cogíamos esta noche un puñado de ceniza, antonces había ceniza, un puñado de tierra, lo emburujábamos así en un papel, la ceniza sola, y la tierra sola. Si cogíamos la ceniza, con uno de no se sabe donde y si cogíamos la tierra, con uno de la tierra nuestra, de aquí mismo.
Son múltiples estas costumbres, estas creencias, ya casi en el olvido. Coger una bañadera con agua y tirarla, a primera hora de la mañana, temprano, a la calle. Se tenía en cuenta el nombre del primer hombre que pasara, ya que se casaría con un hombre que se llamaría con ese que cruzó primero sobre el suelo mojado.
Ese nombre también se podía obtener con otra práctica, colocar baja la cama diversos nombres escritos en papeles, recoger uno por la mañana y así conocer el nombre con el que se casarían. Otra manera, más laboriosa, consistía en colocar dos o tres ramitos de flores bajo la almohada. Y después cogíamos un ramo de flores, dos o tres flores, la que encontrábamos, esa poníamos, un gajito así, unas flores, dos floritas, y la poníamos bajo la cabeza y decíamos: San Juan Bendito/ por ser tu día/ suéñame aquí/ la fortuna mía, pa soñar con el que nos pertenecía. Y de este modo se soñaba con el que se iban a casar. En este caso, María González Alayón, relató su experiencia con este sueño que tuvo en su juventud. Y decía Dolores, mi hermana: ay pues eso lo jacemos, pero mía tu que yo soñé con don Antonio Domínguez, en paz descanse, eso me va a salir. Y se casó con uno del mismo nombre.
Y en la conversación que María mantuvo con su hermana Dolores, ésta se lamentó por con quien soñó: Mía tu con quien soñé yo. Y María le responde: Digo: pues cállate, que yo soñé distinto, que yo lo vía, que yo día a montar en el camello, en la camella que tenía mi padre, paz descanse, y lo vide con chaqueta alastro el hombro, y le colgaba las mangas viradas pal suelo. Digo: y mía tu que no soñé nada. Ah, digo como Víctor, una cosa así como Víctor, no se qué. Sí, cuando estábamos aquí en esas casas de arriba, venía yo montada en el camello y vide aquel hombre con la chaqueta negra que día pa Las Galletas y digo: ay mira, ese hombre soñé yo con él. Yo no lo conocía, que era de por este lado, que no era de aquel. Entonces a poquitos días, y cierto el nombre dél, Eugenio Víctor.
Era Eugenio Rancel Rosa, vecino de La Aldea, y que se trasladaba a Las Galletas, pasando por El Monte. María soñó este encuentro en Los Bebederos y lo conoció en El Monte. Vivía por aquel lado, yo nunca vivía por aquí sino por aquel, por la jurisdicción de Arona. Y después nos vinimos paquí y lo vi bajar por áhi. María y Dolores González Alayón lo efectuaron una víspera de San Juan, con anterioridad a la Guerra Civil Española. María contrajo matrimonio, después cuando se acabó la guerra.
Otra costumbre consistía en introducir una clara de huevo en una taza de agua, puesta al sereno durante la noche, y según la forma que adquiriese se sabría su profesión. Si la clara formaba un barco, sería un marino; si un arado, un agricultor; una cabra, un cabrero, etc. Vaciábamos el huevo, las claras nada más, en un poco de agua y si quedaba el huevo, que amanecía por la mañana, cuatro aquellitos asopladitos palalto, la clara asopladito así, si eran cuatro, aquellas burbujitas palalto, aquello era el cementerio, y si no salía sino dos era la puerta de la iglesia. y si eran no se cuántas, era un barco velero, que di antes eran barcos veleros. 
  María González y Eugenio Rancel

Costumbres que María realizó aún soltera, yo me casé de treinta y siete años, yo lo jacía desde que era una joven, que estábamos en El Tagorito. La taza con la clara de huevo la colocaba en la ventana siempre la poníamos nosotras, la dejábamos al sereno. Y después una allí. No muchacha, que a una le salió cuatro y se murió. Y digo, cállate que eso no lo vuelvo a echar yo más.
Lo que no me gustaba era mirarme en el agua. Otra práctica que se realizaba en la mañana del día de San Juan, colocando un poco de agua en un recipiente, en las viviendas existían bañaderas de cinc, se dejaba al sereno y se iba a ver si se reflejaba el rostro de la persona que quería saber si viviría hasta el año siguiente.
En el agua se miraba uno, dejaba una bañadera de agua, al sereno, por fuera de la casa, donde caera el sereno, nosotros siempre la poníamos en un murito que había llí, y después levantarse uno tempranito y mirarse en el agua, si se vía sabías que vivías hasta el otro año aunque fuera y si no se vía … y yo hacía las greñas asina y enseñaba las greñas, si vía las greñas me asomaba y si no volvía corriendo patrás.
Y veces como el tanque no tenía tapa, veníamos corriendo a sacar agua, antes. Ay, pos yo me veo en el tanque, en el fondo. Y como se veía reflejada en el tanque, significaba que también se vería reflejada en la bañadera, y entonces si cumplía el ritual.

María González Alayón conoció trabajos y necesidades, conoció etapas de escasez, en las que hubo que recurrir al gofio de vidrio, o al de barrilla para alimentar a las vacas. Su vida fue un deambular entre múltiples trabajos en el campo, dando tumbos: preparación de huertas; cultivo de tomate; recogida de cochinilla; recogida de fruta y su pasado; diversas labores en los cereales, desde la siembra a la trilla y su posterior tostado del grano. Sus saberes eran amplios, en el aprovechamiento de los recursos, sus recuerdos abundaban en la alimentación de sus hijos con leche de cabra; los sabores perdidos, en la elaboración de potajes con trigo o millo, con relinchones o pendejos, o en la disponibilidad de carne propia, de cabra y de cochino; o en los dulces de calabaza o bubango. Y todo ello narrado con una amplia sonrisa, y siempre con gestos de complicidad con su hermano Salvador González Alayón. 


Fotografías cedidas por Gabriel Rancel González

martes, 16 de junio de 2015

Danza de las cintas en Los Cristianos


 
Se puede contemplar a José Melo Martín; los bailadores Ofelia Melo Tavío, Felisa Brito, Mª Jesús Brito González, Lucía Barrera García, Eladio Martín Fumero. Y como tocador, Sergio Martín Martín. Década de 1960
 
En el primer programa de los festejos en honor de Ntra. Sra. la Virgen del Carmen, que se celebraron el sábado 18 y el domingo 19 de Octubre de 1924, se recoge que a la procesión del día 19 la acompañó una danza regional, la danza de las cintas, bailada por jóvenes del lugar: Acompañará a la procesión una danza regional, bailada por jóvenes de dicho puerto.
Hasta la década de 1970, con algunos altibajos, se bailaba delante de la Virgen del Carmen, a ritmo de isa. Hay varias voces en el pueblo que recuerdan este baile de las cintas desde los comienzos de las fiestas. Desde estos primeros momentos estaba al frente de la danza José Melo Martín, Pepe Melo. De esa época Nicomedes Martín Melo recuerda que José Díaz Melo aguantaba el palo y que entre los bailarines estaban, José Martín Melo, Antonio Melo Melo, Aurelia y Rosario González, Aquilino Melo, Eloy Melo, Pilar Mora Cruz y María Pérez. Los ensayos los realizaban en un local de Nicolasa Martín, madre de Pepe Melo.
Según apuntó Nicomedes Martín Melo, quien fue miembro de la parranda, en la década de 1920 se bailaba el son de polka; como tocadores recuerda a Eustaquio y Luis Domínguez León y a Juan Melo. Cuando Nicomedes Martín se integró a la parranda, a comienzos de la década de 1930, se iniciaba con ritmo de polka y se terminaba con isa, en estos años también pertenecían a la parranda, Anselmo Melo, El Fula, Juan Alayón y Manuel Fraga.
 
En primer término, José Melo Martín y Anselmo Melo
 Los tocadores, Germán Alonso y Sergio Martín
El lugar de procedencia de esta danza es una incógnita, pudo haber sido adaptada de las de Güímar, las de El Escobonal, de Igueste de Candelaria o la de San Miguel de Abona, lugar este último donde también se bailó. La danza bailada en Los Cristianos se diferencia de las ya reseñadas, además de su ritmo, que en lugar de tajaraste se utilizaba polka e isa, en el número de bailadores que en vez de doce son ocho: cuatro hombres y cuatro mujeres; además de un hombre para sujetar el palo y la parranda con instrumentos de cuerda.

Pilar Mora Cruz y José Martín Melo. En un acto de festejos en la década de 1970

Cada uno de los danzantes porta una cinta de distinto color, sujeta a la parte alta del palo, y al son de la música van entrecruzándose hasta trenzar las cintas en el palo hasta un punto preconcebido, a partir del cual se destrenza; y así una y otra vez hasta el final de su recorrido, que en este caso sería el final de la procesión.
En sus primeros años se bailaba con ropa de calle, según diversos miembros que pertenecieron a esta agrupación en la década de los años cincuenta alquilaban los trajes tradicionales y en los años sesenta se adquirió una propia, una vez que comenzaron a realizar actuaciones en el insipiente circuito turístico. Esta danza de camino abrió la procesión de las fiestas del Carmen hasta finales de la década de 1970. Se tiene constancia de una actuación el 9 de julio de 1979 como cierre de una semana cultural organizada en Las Zocas, San Miguel. 


En 1998 se rescató esta danza y durante algunos años se continuó bailando, al son de la Parranda Marinera, por un grupo de amigos de Los Cristianos pertenecientes a la Escuela Municipal de Folklore de Arona, y otros amigos de San Miguel que ayudaron a completar un amplio grupo de bailadores, y cuya dirección de baile estaba a cargo de Agustín Negrín.

Los Cristianos, 1999

Los Cristianos, 1999


Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares]. Llanoazur ediciones





viernes, 12 de junio de 2015

Eladio Beltrán Rodríguez. Evocaciones colmadas de gestos y silencios

Eladio Beltrán Rodríguez. Vilaflor, 2013


Eladio Beltrán Rodríguez nació en 1931, en El Monte, San Miguel de Abona, porque allí se encontraban sus abuelos, Francisco Rodríguez Cano, Pancho Simón, y Quiteria Rodríguez Alfonso al cuidado de una manada de cabras. Y allí se casaron sus padres, Guadalupe Rodríguez Rodríguez y Benito Beltrán Cano. Sus abuelos abandonan la cabrería a los pocos días de nacer Eladio y se trasladan a La Hoya, San Miguel de Abona. Aquí permanecieron hasta que Eladio contaba con unos 5 años, y su familia van a vivir a Las Mesas de Guaza, en Arona. En esos años su padre trabajaba en la agricultura, y tal como relataba Eladio: Y en ayudar a su familia en Trevejos. Con lo que salía, donde le salía trabajar, con lo que había antes, que antes no había trabajo, sino si salía algún día. Entendía de arar y cosas desas, y era ajeitado pa hacer los arados, y pa surquíar las fincas de tomates.
Mi padre trabajaba arando y surquiando huertas porque era ajeitado pa eso, y de vaquero con las vacas de  don Teófilo Bello, y después, a los cuatro o cinco años, como mi padre entendía bien de agricultura y de cosas desas, hacía falta un medianero para la Huerta Grande, paquí, y la Huerta Grande era dellos y entonces le dijo a mi madre y a mi padre que si ellos querían venir pa Vilaflor. Y mi padre como era de aquí arriba le dijo que sí, pues nos criamos áhi.
A esta propiedad denominada Huerta Grande, en Vilaflor, estuvo vinculado durante el resto de su vida, hasta poco tiempo antes de su fallecimiento el 7 de mayo de 2015. Primero vivió con sus padres en la casa del medianero, con posterioridad a la muerte de su padre, trabajando en una cueva de jable a mediados de la década de 1940, su madre se traslada a El Chorrillo. Eladio una vez casado reside en la Huerta Grande. Se casó, con 25 años, con Antonia Quijada González, conocida por Ana Rosa. Después habitan en la Cruz de Miaja, y con posterioridad en Santa Catalina. Estaba yo de encargado con Patrimonio y viviendo en las casas de la Huerta Grande, y llevando una medianería en la Huerta Grande, sembrando cebada y los frutales.
El acontecer de Eladio ha estado ligado a esta tierra chasnera, colaborando en las labores familiares y asistiendo a la escuela cuando se podía. Yendo a la escuela y trajinando como se trajinaba áhi los de la edad nuestra, que si echarle de comer a las cabras, que si había animales, ovejas, una bestia tenía mi padre. Los animales eran los coches de antes.
El aprovechamiento de la cumbre, recoger retama para los animales, elaboración de carbón, también fue labor que tuvo que realizar Eladio. Yo un hombrito, cuando estaba soltero, íbamos pa la cumbre, íbamos por retama y por todas esas cosas, con mi madre, teníamos vacas e íbamos por retama pa las vacas. Hizo carbón con su primo Miguel Moreno Beltrán, con él fui una vez nada más y cuando llegamos aquí nos tropieza Francisco el guardia y nos lo quitó.
Eladio realizó múltiples labores: trabajaba en galerías, trabajaba donde me salía. Recién casado fue encargado en la repoblación forestal: Limpiaron el monte bajo, todo, y lo dejaron limpio. Sólo se dejaban pinos, y entonces se abrían los hoyos, un hoyo de cuarenta centímetros. Se traían en canutos de cañas, los pinos pegados dentro. Estuve unos cuatro años y pico y entonces me pusieron de guarda los Bellos. En la repoblación del pinar y haciendo pistas hasta el monte de Granadilla, permaneció unos 4 años, cuando contaba entre los 25 y 30 años. Y después hacía falta uno en la Cruz de Miaja, pa la finca, pa sembrar papas y me pusieron abajo y vivía abajo, y hacía las cosas del monte, le daba vueltas al monte, viraba el agua, y así todavía estoy virándola.
Entre sus labores se cuenta el cuidado de colmenas o la elaboración de vino. El vino de Vilaflor es blanco, que es sequero. La uva aquí es blanca. Y vino bueno. Yo me acuerdo no poner el vino en limpio, y aquí se tienen que acordar casi todos que el vino limpio es de treinta años, o cuarenta, pacá, porque antes las calles eran empedradas y me acuerdo el olor cuando se iba a hacer el mosto que todo el mundo sacaba la barrica y escurría la madre y escurría por allí pabajo. Y el olor daba a madre de barrica.
El mosto se pone dentro de la barrica y entonces se va sentando hasta que se aclara y la escurra, todo el sedimento queda en el fondo de la barrica, entonces hay que sacarlo, pasarlo a otra barrica, quitarle la madre que le decimos, y volver a limpiar la barrica y volverla a pasarla allí. Y antes se dejaba hasta que nos bebíamos el vino. Yo me acuerdo, yo y mis hermanos, tener el vino allá, en la casa de El Chorrillo, e ir a la bodega, que ya a última hora ya no quedaba mucho, cuando quedaba poco en alguna barrica y levantarla con cuidadito y calzarla y después le sacábamos con el jarro de la talla. Y bueno, y bueno que lo diga, lo puede decir usted a voz limpia.
Eladio también cuidó una manada de cabras en la Cruz de Miaja, las tuvo unos 20 años y cuya labor abandonó a comienzos del siglo XXI. Yo llegué a ordeñar veinte cabras y sacar once kilos de queso. Queso que elaboraba Ana Rosa y lo vendían en el pueblo. Lo hacían en la Cruz de Miaja y en su casa de Santa Catalina. Se vendía fresco y después guardaba seis o siete pa la cacería.

Eladio Beltrán Rodríguez. Vilaflor, 2012

Algunos de sus recuerdos atesoran una vida muy diferente. Rememora los Llanos de Trevejos, sin parras. En ningún lado había parras, sino manadas de cabras, en cada casa había un medianero, áhi no había parras, ni las de doña Juana, que eran de las más viejas, y las de doña María. O el lavar en El Chorrillo, y a darle de beber a los animales: No había calle sino un camino empedrado. Por la parte arriba de los lavaderos había una tarjea, allí íbamos a darle agua a las vacas, a las bestias, y la gente por agua. De esa atarjea iba el agua a los lavaderos y luego se destinaba al riego. Y a lavar en el Barranco de la Vera, a oído yo los cuentos que iban a lavar al Barranco de la Vera.
Asimismo atesora recuerdos que recibió por tradición oral, como el agua que llegaba, procedente de El Traste, al tanque viejo de la Huerta Grande, primero en atarjeas de madera, después de cantería, de las canteras de la Montaña de Guaza. Don Tomás Bello le dijo a la comunidad del Traste que si le daban la madera de las canales, él hacía la atarjea de cantería, y se lo aceptaron, y la cambió, y la pusieron, y don Tomás se llevó la madera porque le hacía falta pa salones y cosas desas. En la Huerta Grande donde quiera había un pedazo canal de una huerta a otra, un tanto así [indica, abriendo las manos, unos 70-80 centímetros] para que cayera de una huerta a otra el chorro.
A su vera, al calor de la chimenea en su casa en Santa Catalina o en el caminar por los alrededores de Vilaflor, hemos escuchado sus amenos relatos, sus observaciones al pasado y al presente, plagados de gestos y silencios. De su memoria brotaban evocaciones con ciertos aromas a nostalgia, que en momentos contagia el animo, y aún más ahora cuando su presencia ya no es posible. 




12 de junio de 1899. Cámara Agrícola en Granadilla de Abona


 


12 de junio de 1899. Cámara Agrícola en Granadilla de Abona

En 1899 se establece una Cámara Agrícola con sede en Granadilla de Abona, promovida por diversos propietarios y con la intención de fomentar la agricultura. Como presidente se nombra a Gerardo Alfonso Gorrín, vecino de San Miguel de Abona y residente en Guía de Isora; como vicepresidente constaba Juan Reyes Martín y como

viernes, 5 de junio de 2015

Playa de la Arena. Santiago del Teide. c. 1965

 
Playa de la Arena. Santiago del Teide. c. 1965


Playa de arena negra resguardaba en una pequeña ensenada que, a comienzos de los años sesenta, se inicia en el turismo local. En la imagen se comprueba como se instalaban en su costa las casetas de campaña, como fueron edificándose algunas viviendas con anterioridad a las urbanizaciones que se promovieron con la aprobación del Plan General de la Zona Costera, uno de cuyos primeros edificios de apartamentos, Playa Sol, se ubicó en el centro de esta imagen.   

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

miércoles, 3 de junio de 2015

Cita del Sur 12. Granadilla y El Médano, por Gilberto Alemán

 

Cita del Sur 12. Granadilla y El Médano, por Gilberto Alemán

En un artículo el periodista Gilberto Alemán de Armas [La Laguna, 1931 – Santa Cruz de Tenerife, 2011], relata su llegada en guagua a Granadilla, en marzo de 1958. Describe las necesidades para que El Médano sea en un futuro un excelente lugar turístico, aún con la falta de un buen hotel, como el Hotel El Médano, de Francisco García Feo, que fue inaugurado en 1963. Es el centro de una amplia comarca agrícola y así no es de extrañar los magníficos comercios que, por sus principales calles, se distribuyen. Gentes de Vilaflor, de San Miguel, de Arona, de San Isidro y de otros lugares van a Granadilla a realizar sus compras. También es un importante centro de comunicaciones para todos los pueblos de la zona.
Granadilla tiene dos pensiones, pero quieren hacer un hotel. La gente se interesa por el hotel ya que los turistas se sienten atraídos, no solamente por el paisaje, sino por sus playas que ellos buscan. Allí hay siempre sol y silencio. Descansan tranquilamente sobre la fina arena con el único problema del viento que se levanta en alguna ocasión. En la Playa del Médano se están plantando diversas especies de árboles y pronto unas cuantas palmeras crecerán en medio de la arena amarilla de aquel desierto. Se creará un pequeño oasis para regalo del visitante.
Cerca de trescientos turistas visitan semanalmente en grupos esta playa, aparte de los que hacen excursiones por cuenta propia. El futuro de la Playa del Médano está en que se trabaje intensamente por hacerlo cómodo para el turista interesado por el sol y por la tranquilidad. Un buen hotel y otras dependencias con distracciones lo harán un sitio ideal.

Fotografía: El Médano, c. 1958. 
Publicada en: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

lunes, 25 de mayo de 2015

Coloquio con cabreros del Sur. 25 de mayo de 2001


 
De derecha a izquierda: José Trujillo, José Toledo, Salvador González, Dionisio González (Presidente Patronato M. de Cultura de Arona), Carlos Martín, Casimiro Díaz y Marcos Brito (Moderador). Centro Cultural de El Fraile. 25 de mayo de 2001.

Coloquio con cabreros del Sur. 25 de mayo de 2001


Esta conversación se celebró en el Centro Cultural de El Fraile, Arona, el 25 de mayo de 2001. Fue una de las actividades que se organizaron en las I Jornadas de Cultura Tradicional y Patrimonio Salvador González Alayón, que bajo el lema En-torno a las Cabras fueron organizadas por Adolfo Guerra Rodríguez y por el que esto redacta. En ella intervinieron:
Casimiro Díaz Hernández [Vilaflor, 1923 – Adeje, 2013]. Cuidó cabras de sus padres, en Vilaflor y Arona, y tuvo manada propia a partir de 1950 en Adeje, donde pasó por Aponte, La Quinta, los Llanos o en La Asomadita, en Taucho.
José Toledo Rodríguez  [San Miguel, 1928 - ] Cuidó la manada de sus padres en Vilaflor y la suya entre Granadilla de Abona y Arona.
Carlos, Modesto, Martín Martín [Vilaflor, 1927 – Arona, 2004]. Entre la década de 1950 y 1960 se mantuvo ligado a la cabrería, entre San Miguel de Abona y Arona.
Salvador González Alayón. [Arona, 1919 - 2012] Las manadas de sus padres y la suya encontraron pastos entre San Miguel de Abona y Arona; y en ocasiones Salvador se trasladó a Granadilla de Abona.
José Trujillo González [Vilaflor 1927] Cuidó manadas de sus padres y suya en Vilaflor, con posterioridad se traslada a Arona y desde comienzos de la década de 1960 se encuentra en Granadilla de Abona.
Estos cinco cabreros son hijos y nietos de cabreros, vinculados a la cabrería, se puede decir, desde antes de nacer, su cuna estuvo mecida por el calor de la leche recién ordeñada, por los olores a queso fresco. Su canción de cuna la tendría que componer una sinfonía de balidos y hierros. Asimismo se encontraban enraizados a la agricultura, con la siembra, en su mayoría, de cereales o leguminosas, y en diversos trabajos que ayudaban a sobrellevar esos duros momentos en los que les tocó habitar.
José Toledo Rodríguez relató los avatares de su infancia, iniciados en el municipio de Arona, luego en el de Adeje y después en Vilaflor. Yo nací en una chocita de Las Galletas, en la playa de Las Galletas, cerca de donde vive doña Rosario, en una choza de barro, me decía mi madre. Mis padres, en ese entonces, trabajaban en Los Pozos con don Casiano, en los primeros tomates que estaban áhi, sembrado, y él le sacaba la tierra que dispués vino aquí a lo de don Virgilio, también a sacar tierra o a marcar la tierra, pa sembrar los tomates. Y áhi se fueron con Fyffes, y hasta que yo cumplí los diez años, trabajando con Fyffes, clasificando tomates, pero después yo con diez años nos fuimos a la Montaña del Pozo y áhi empezaron las cabras, áhi es donde empezó la cosa de las cabras, todos esos años. A los diez años fui pa Vilaflor y estuve veinticinco años allarriba.
José Trujillo González apuntó la dureza de su labor. Es el trabajo más sacrificado, es el trabajo más duro, hay que hacerlo de noche, hay que hacerlo de día. Eso de decir que los cabreros eran unos araganes, eso es un decir que tenían, como si dicen el barquero vive en la esquina. Pero el cabrero, eso es un sacrificio muy grande, ya ha dormido mucho arrimado a una piedra, pero mucho. Antes, el cabrero anterior, si iba al ayuntamiento y decía que era cabrero, le decían, maaaaa, usted no puede hablar aquí, vayase. Teníamos una vida que pa que vamos hablar, trincábamos un puñado gofio, un chorro leche, y vamos a vivir, entonces yo estuve bajando aquí a Cabo Blanco once años, cuando usted vino del cuartel, cuando me vio en el año cuarenta [Se refiere a Salvador González Alayón].
Resaltan la labor de sus familiares femeninos en el cuidado de la manada y sobre todo en la elaboración del queso. Así se expresaba Carlos Martín Martín, quien asimismo relató las dificultades en momentos de sequia. En el caso mío, lo que estuve de cabras, mi mujer hacía el queso y me ayudaba hasta incluso hasta cuidarlas. En los momentos de sequía sembraba uno millo, porque yo las tenía en una medianería donde había riego. Incluso en las sequías, picándole pencas, se le picaba donde había pencas, porque cuando no llovía no había otra cosa sino lo que había en la tierra, pasto seco.
Casimiro Díaz Hernández añade: Lo que yo he conocido de cabrero, siempre la mujer hace el queso. Y yo la mía, ordeñábamos primero y ella hacía el queso y yo hacía otra cosa. En años ruines, en años malos, verdad que se pasaba, yo le ha tumbado los gajos de los pinos, y se comían hasta la cáscara del gajo, pero pasaban chamizos, altabacas, lo que apañaran, no se moría de hambre ninguna, lo que hacían es que no daban leche.
Salvador González Alayón apuntaba: Y luchar porque el cabrero, si todos los años había hierba, bien, pero se luchaba. Nosotros con tomateros, mi madre hacía el queso, doña Ofelia en los tomateros, yo a cargar cajas.
José Trujillo González resalta la relación que mantuvo con los cabreros que asistieron a este diálogo, y la confianza que había entre ellos para intercambiar animales. Yo soy sincero, yo hablo como es, hay veces que yo iba con confianza cas de cualquiera, con un baifo, un amigo que sabía que me daba un baifo de una cabra, pero también le metían a uno cada cartucho, amigo.
Llevaba un baifo de cas Salvador, de cas Modesto llevé también, de aquí [José Toledo] llevé otro que también me dio buen resultado, pero después los cogía de por allí. Por allí pa mi idea me acechaban, gigo no, empecé con las mías, de aquella cabra que menos raza tuviera dejaba un baifo, de la menos raza, que no tocara luego el baifo.
Y José Toledo apuntaba: Los cruces son los buenos, yo los tenía cruzadas con las de Celestino y con estas de Salvador. Me interaba más que fuera de un buen macho que la cabra.
Carlos Martín Martín anotaba que buscaba la raza de otro amigo que tuviera cabras, pa que no tuviera la misma raza, siempre hacía por cambiar un baifo. Y como los intercambió baifos con Salvador, yo lo conocí cuando yo vine a La Arenita, áhi lo conocí yo en el año sesenta, yo tenía machos de las cabras dél, él tenía cabras de las mías, con Trujillo me pasaba lo mismo.
Casimiro Díaz Hernández exponía sus gustos por el ganado. Las cabras que me gustan, que sean bonitas de tipo, que sean bien hechitas de ubre, que den buena leche y que sean buenas cabras. Porque le voy a decir, no se si ustedes lo saben, las cabras bonitas y las cabras buenas están de Adeje paquí, de Adeje pallí no hay cabras que sirvan. Relata que poseyó un macho que le envió un amigo desde de La Palma. Y yo cuando vi el baifo, que me lo mandaron, que llegó el baifo a La Atalaya, a lo de Fyffes, aquí en Adeje, y me mandaron recado que fuera por él, fui allabajo y cuando vi el baifo, digo: si el barco se vía dio a pique, que no había llegado esto aquí. Pero bueno, lo llevé pa mi casa, porque verdad que no me gustó ni un pelo, porque no era bonito de na, lo llevé pa mi casa y crié cabras dél, que el señor este las vio [Salvador] no todas pero vio alguna, cabras muy bonitas, muy buenas de leche y muy bonitas de todo, porque eran bonitas de todo.
Varios de estos cabreros buscaron pastos en la cumbre, como José Toledo. La etapa de subir a la cumbre, fue de mi padre, paz descanse, yo con diez años. Y como desde abril o mayo subían a la cumbre, a El Marrubial, una manada cabras grande, a lo mejor de ciento veinte o ciento treinta, y ahí pasábamos el verano, que esas cabras que mi padre tenía, cho Marcelo, un tío dél las tenía acostumbradas a ir a Las Cañadas, que bajaban a la cumbre de Las Cañadas y nosotros no podíamos porque ya la guardia civil no dejaba pasar de filos adentro. Pues allí se juntaban por lo menos cuarenta ganados, cuarenta o más conté yo allí, de cabreros de Granadilla, como cho Juan Marrero, Antonio Miquela, un montón de gente, que sus abuelos, sus tatarabuelos venían con esa cosa.
José Trujillo González frecuentaba la cumbre con las cabras de su padre. En tiempo del verde las llevábamos a un sitio que llaman Las Laderas, donde está hoy la Fuente Pinalito, subiendo a la derecha, tenía allí don Virgilio Martín, que con él estábamos, tenía allí unos terrenos, no eran muy grandes pero había que ir. Pero para ir a la cumbre, como nosotros donde íbamos era a la Boca Tauce, subíamos a detrás del Sombrero y luego cogíamos el Filo de la Cumbre e íbamos por donde llaman la Cortada del Dornajito, por áhi bajábamos, por el Horno Retamal pa dentro.
Salvador González Alayón se trasladó en 1947 a la cumbre. El mío fue pues en escalas, salí después de mediodía del Monte, por el centro de Chimbesque pa ir acampar en Charco Pino, en los Llanos del Clérigo, allí las encerré en el Llano, que yo y mi padre hicimos un corral, el año treinta y dos. Y José Frías quedó que me acompañaba y echaba una cabra que la llamaban la Jardina, y me acompañó hasta Las Coloradas. De Chiñama parriba y áhi fui a pasar que estaba mastro Domingo Ferrei, áhi en La Fuente, y allí aguanté las cabras. Que aquí no había hierba , pero allí había, ellas se comían hasta los guargazos. Por áhi cogí aquel lomo pa fuera. Y María, mi hermana, y mi madre, fueron el otro día con la burra, hasta Las Coloradas.
Sirvan estos apuntes cual homenaje a un modo de vida, austero, duro, ya en el olvido, pero que no hace tantos años era la realidad de este Sur olvidado. En esta conversación contaron sus vivencias, sus rostros mostraban alegría y satisfacción por poder relatarlas, por compartirlas con una sala repleta de amigos, de familiares y amigos que quisieron escuchar las costumbres que describían, pero también los valores que trasmitían. Brotaron relatos que fijan la memoria de imágenes de una vida anudada a lo vivido, a lo aprehendido, y a lo atrapado de otras vivencias.