jueves, 17 de noviembre de 2016

María Pérez Toledo, la sonrisa de la sabiduría en una maestra quesera





María Pérez Toledo 

María nació en 1924, en San Miguel de Abona, y se crió con sus abuelos, Elvira García González y Andrés Toledo Rodríguez, Andrés el dios. Buena parte de su infancia la pasó en Vilaflor como así se reseña en el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1930, donde sus abuelos residen en Trevejos, al cuidado de una manada de cabras y labores en la agricultura. En la vivienda familiar residía, María Pérez Toledo.
Y en las tierras de Trevejos continuó su vida hasta que se casa con Casimiro Díaz Hernández [Trevejos, 1923 – Adeje, 2013]. Y llegaron sus hijos: María, 1944; Virgilio, 1948; Francisco, 1950; Pedro, 1952; Andrés, 1954; y Lucía, en 1956. Vivieron en La Escalona hasta que en 1950 se trasladan a Aponte, Adeje, como medianeros y a cuidar una manada de cabras. Además residieron en Los Llanos, en La Quinta, hasta que se construyeron su casa en La Asomadita, en Taucho.


María con su abuelo Andrés Toledo

Por las primorosas manos de María pasaron infinidad de labores en la agricultura, en los quehaceres de su casa o en el cuidado de los animales. Sobre manera sobresale su buen hacer en la elaboración del queso, tareas que aprendió en su infancia en Trevejos, en cuyo lugar tantas veces vio hacer a su abuela Elvira García, y a su tía Luisa Toledo. Yo aprendí, yo vi hacer unos cuantos años, con mi abuela y con mi tía más vieja. Después que yo los estoy haciendo hay por lo menos cincuenta años, unas veces grandes, otras chiquitos. En La Escalona hacía chiquitos pa la casa y cuando empecé a hacer grandes cuando vine Aponte. Tres kilos, cuatro kilos. En Los Llanos teníamos cinco cabras, se sacaba kilo y medio, dos kilos. Después vine a La Quinta, hacía dos, tres kilos cada uno; después en Taucho hacía dos de cuatro kilos.


Casimiro Díaz Hernández y María Pérez Toledo con sus hijos: María, Virgilio, Francisco, Pedro, Andrés y Lucía. Los Picos. Adeje. c. 1960

La dulzura de María impregna todos sus comentarios, como cuando relata los procesos a seguir para esa mágica transformación de la leche al queso. Una vez que se ordeñan se espera que la leche esté templada y se mezcla con una pequeña cantidad de cuajo. Cuando hace calor hay que dejarla refrescar un fisco, la leche, porque si se echa el cuajo acabante de ordeñar, que la leche esté caliente, se asopla, le quedan esos agujeros. En el verano la traía, la dejaba refrescar un rato, al rato le echaba el cuajo, le desleía el cuajo y se le echaba y cuando estaba ya cuajada le daba vuelta. Si hace frío le cuesta más, pero con el tiempo así [cálido el día que nos habla] medía hora una cosa así.
Y después se coge la cuajada y se pone en el aro, se va apretando, se va apretando hasta que se ve que está apretaita, suelta el suero, y después se le pone la sal, después a la tarde se le da vuelta, lo que tiene pol alto se le vira pal suelo y se le echa sal pal otro lado, siempre se dejaba un dedito libre por encima de la cuajada y la orilla del aro, ahí se le pone la sal. Con la sal estaba más o menos un día. Después se sacaba del aro y se hacía otro. Si no te lo comías lo curabas en el cañizo, pa que se fuera poniendo durito. Se curaba con pimentón o con gofio, y los dos con aceite.
A la mañana siguiente se saca del molde, se deposita en el cañizo y se le va dando vueltas diariamente. Se puede consumir desde ese primer momento que se saca del aro, o bien dejarlo orear unos días, o bien guardarlo una mayor temporada, para lo que se necesita protegerlo de la sequedad del ambiente. María los curaba, para su mejor conservación: a los cinco o seis días de hecho se da una ontura de aceite y después a los dos o tres días se le da otra mano de aceite y se le unta el pimentón y se deja otra vez en el cañizo. Y pa que no se seque mucho yo, como estos se secan mucho porque son muy chiquitos, les doy el pimentón, los tengo a lo mejor un mes o eso y los pongo en un baldito de esos plásticos con un poco de aceite y ahí está todo el verano dentro del aceite. Y después se le da vueltas a los que están pal fondo, pal alto, y los del alto, pal fondo y ahí se quedan todo el verano.
Asimismo rememora como los conservaban sus abuelos. Yo me acuerdo que mi abuelo en Trevejos lo dejaba curar, y antes, que se cogía mucho trigo y mucha cebada, y llenaban cajones y barricas de cebada y de trigo, entonces cogían el queso y lo enterraban. Cuando el queso estuviera bien curado, se enterraba en la cebada y ahí se iba sacando y partiendo, el que dejaba pa la casa, porque durara pal verano, que en el verano no había queso. Por eso hay que dejarlo curado porque después en el verano no hay.

María Pérez y Casimiro Díaz. Taucho, 2003
   

En 1999 abandonan definitivamente el cuidado de la manada, pero continúan cuidando algunas cabras y María sigue haciendo el queso aunque sea chiquito.
La vida de María, sobre todo en su infancia, no fue fácil, pero sus ansias por aprender y conocer le llevó a memorizar algunos poemas, como el que tenía su hermana Antonia apuntado en una libreta, porque yo no se leer ni escribir. Como el trágico poema que narra la muerte del joven Julio García Sierra, ahogado a mediados de los años treinta, en una charca de José Bello, recién construida en La Arenita, en Guaza: El día quince de agosto / por ser día señalado/ de la Encarnación del Valle/ fuerte desgracia a pasado./ Un joven llamado Julio/ de su familia estimado/ acostumbrado a casería/ y a casería ha marchado/ no se llevó por su madre/ bastante lo aconsejaba/ cómo no vas a la fiesta/ con tu hermanita y hermano. (…)
Desde su cuna la vida de María se agarró a la tierra, a la agricultura de secano, a la ganadería, a una larga lista de labores a los que se tuvo que aferrar para subsistir. Siempre discreta, apenas quería que se notara su presencia, pero su sonrisa y su mirada inundaban cualquier estancia. Su voz se apagó en este mes de noviembre de 2016, pero no sus saberes sobre la naturaleza, sobre los cuidados en la agricultura y la ganadería, su cultura sobre la tradición oral. Nos trasmitió su saber hacer, sobre manera en la elaboración del queso, ese arte que fue logrando con los años, con la experiencia que le trasladaron sus abuelos y la que fue acumulando, la suya. Se nos ha ido una maestra quesera, María Pérez Toledo. Nos dejó su legado, su sabia sonrisa, esa sonrisa de la sabiduría.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cita del Sur 20. El Chinyero, por Juan Antonio Padrón Albornoz



Cita del Sur 20. El Chinyero, por Juan Antonio Padrón Albornoz


La erupción de El Chinyero fue la última erupción volcánica en la isla de Tenerife, se produjo entre el 18 y el 27 de noviembre, sin que acaecieran desgracias personales.
La Montaña Chinyero está situada en el Municipio de Santiago del Teide, en las cercanías del límite con el de El Tanque. El aislamiento de la zona, además de su desconocimiento, contribuyó a crear cierta confusión sobre el lugar y las condiciones de vida. Esta zona, como todo el Sur de la isla, era una región casi abandona a su suerte, sin carreteras, con una instalación telegráfica sin terminar de emplazar, sin servicios sanitarios, sin apenas escuelas.
La belleza de la zona fue glosada por el periodista Juan Antonio Padrón Albornoz (Santa Cruz de Tenerife, 1928 - 1992), que trabajó en La Tarde y en El Día. Relata en un artículo publicado en 1979 la tranquilidad, la paz y el silencio fortalecen la soledad, del Sur que encuentra al bajar por la carretera de Boca de Tauce hacía Guía de Isora. Y en cuyo paso encontró la sinfonía de la vieja lava del Chinyero, el último volcán que rompió la tierra tinerfeña. Allí las piedras se alzaron –se alzan- y, en puras estructuras, pusieron y ponen amargos castillos bajo el viento de siglos.
El inmóvil universo de la piedra, todo el silencio del mundo rodea la paz tranquila del Chinyero, joven y ya viejo volcán en la tierra gastada y arrugada. Grandes ríos inmóviles de lava –forma de materia dura- junto al susurro verde de una casi eterna primavera.
Bosque bajo un cielo azul extendido. Pinos donde la soledad dispuso lava, silencio el universo de la piedra pura, y abajo –muy abajo- bajo los dientes de la cordillera, el mar toca, sufre y sube.


Fotografía aérea de El Chinyero, 2003

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Construcción del embarcadero en Los Cristianos


 
Muelle en Los Cristianos. c. 1960 
El pequeño muelle-embarcadero de Los Cristianos, construido entre 1933 y 1934, era una necesidad que se venía demandando desde finales del siglo XIX. Este transito del siglo diecinueve al veinte transcurrió, en este Sur, con grandes penurias para los trabajadores de la zona que reclamaban la ejecución de obras públicas con las que mitigar el hambre. Su construcción de planteó en diversos momentos del comienzo del siglo XX, pero no fue hasta la década de los años treinta cuando se ejecutó. Amplias razones lo justificaba, sobre todo el tráfico marítimo que existía en esos años, como ejemplo se puede citar el año de 1931 donde consta que operaron en la bahía 286 vapores y 80 veleros.
El primer proyecto lo redactó el ingeniero José Luis de Orduña, fue devuelto, con fecha 27 de julio de 1929, a la Jefatura de Obras Públicas de Santa Cruz de Tenerife para una nueva redacción, llevada a cabo por el ingeniero José Ochoa y Benjumea. En esta se aportan diversas observaciones al primitivo proyecto, entre otras la posibilidad de modificar su trazado y el aumento del ancho para la mayor facilidad de la carga y descarga. Pero las verdaderas reformas a este proyecto, ejecutadas por el ingeniero Juan José Luque Argenti, se realizan una vez que están comenzadas las obras.

                     
Muelle de Los Cristianos. 1933


En la memoria del proyecto de 1928, el ingeniero José Luis de Orduña justifica la necesidad de este muelle: “Por el puerto de Los Cristianos se hace todo el tráfico correspondiente al término municipal de Arona, de mucha importancia agrícola y zona de un gran porvenir, por el incremento que los cultivos están tomando actualmente. Los principales de estos son el tomate, la patata y cebollino, ampliándose también al cultivo del plátano, aprovechando el aumento de los caudales de agua y el mayor rendimiento de estos productos.”
“Tiene establecido servicio de cabotaje entre Santa Cruz de Tenerife y Los Cristianos, varias Compañías de vapores, además de los veleros que lo visitan, encontrándose, casi diariamente, más de un buque haciendo operaciones, especialmente en la época de exportación de frutos.”
Las obras se iniciaron el 3 de abril de 1933, “con doce obreros, prometiendo el encargado de la obra ocupar mayor número de obreros en esta semana.” Se comenzaron a ejecutar por el denominado camino de servicios, situado al final de la carretera de Arona a su puerto, desarrollándose por el litoral en una longitud de 182,10 metros, dando tiempo a redactar el proyecto definitivo. La primera modificación fue el corregir la orientación con la cual se gana en profundidad y se preveía una futura ampliación. En la redacción de la memoria reformada se ilustra con claridad sus motivos. “La impresión que, tanto sobre el terreno como en los planos, produce la disposición de las obras es tan desastrosa que solamente en un error material, por añadidura grosero, podría verse la explicación de proyectar un muelle sin otra función que limitar a  muy reducido número de metros cuadrados las numerosas hectáreas que con un pequeño giro de la orientación prevista estarían perfectamente abrigadas en la bahía natural magnifica en que aquel ha sido ubicado, giro que, además, posibilitaría con ulteriores y no costosos ampliaciones aumentar adecuadamente la eficiencia de lo construido.
Reconocida, por tanto, la necesidad de corregir la orientación del muelle, hemos graduado su giro de modo que en la nueva disposición de la obra ésta, no sólo se desarrolle en profundidades siempre crecientes, sino que las sucesivas que vaya atravesando aumenten con la rapidez a que ha de ser proporcional la economía de lo que importan las futuras prolongaciones que, hasta que pueda presentar longitud de atraque con el suficiente calado para servir a los mayores barcos de cabotaje interinsulares -60 metros de eslora y 4,60 de puntal-, habrán de ser necesarias. El resultado ha sido el rumbo que aparece en el plano, con el que puede comprobarse que aumentando el ángulo de las alineaciones con su vértice en el arranque en 33,50 metros se encuentran ininterrumpidamente profundidades, cada vez mayores, que a los 91,99 metros del origen son de 2 y que 80 más adentro proporcionan una sonda de 5,50 metros.”
Otras de las variantes del proyecto fue el aumento de su longitud hasta 91,99 metros entre el arranque de la obra y la arista exterior del parapeto del muro de cierre, con diferencia de más de 20 sobre lo previsto en el proyecto vigente. En la memoria de liquidación se apunta que el muelle se compone de una alineación recta de 59 metros de longitud y una zona de enlace con el camino de servicio. Y que su aumento lo fue en 19 metros de longitud del muelle y se aumentó la altura del pretil del muro de defensa en un metro. El ancho fue de 13 metros, y el proyecto quedó aprobado el 30 de noviembre de 1933 con un presupuesto final de 378.813,97 ptas.
Tanto la zona de enlace con el camino de servicios y el muelle se remató con adoquines. Como curiosidad podemos apuntar que el metro cúbico de los sillares de basalto, tanto para la coronación, para las aristas o como para la escalera se pagaba a 140,68 ptas. Y que los 1.446,81 metros cuadrados de adoquines necesarios para la pavimentación del muelle, más los 1.668,75 del camino de servicio, tuvieron un costo de 23,58 ptas. el metro cuadrado. Los dos “norays de fundición de 250 kilos cada uno, a 1,00 peseta el kilo”. Y los dos faroles a igual precio pero con un peso de 300 kilos cada uno.
Las obras se reciben finalmente el 20 de febrero de 1936 y se aprueba su recepción definitiva el 7 de marzo de este mismo año. Ya antes de esta admisión, desde el mismo momento de su finalización ya se demandaba su ampliación. Se insiste por diversas personalidades del sur de Tenerife, a comienzos de 1941, en la necesidad de su incremento y mejora, que no se llegó a realizarse hasta comienzos de la década de los años setenta.
Su construcción fue el inicio del olvido de una larga lista de pequeños topónimos. La costa se ha ido transformando, de charcos y pequeños entrantes y salientes se pasó a playa y muelle, más tarde muelle y paseo, con la consiguiente desaparición de un amplísimo número de nombres que se desgranaban por toda la costa. El Charco del Cabezo, Charco de María Prima, situado en el frente de la casa de María García `María Prima`, contando en sus cercanías con un viejo atracadero, “allí estaba las piedras de un atracadero cogidas con cal. Charco de las Piedras”. Y sobre todo los dos varaderos, el “Varadero de acá, en la Playa de acá” y el “Varadero de allá, en la Playa de allá”.

Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Y Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960. Llanoazur ediciones


Muro de defensa. Segunda mitad década 1930                      






sábado, 5 de noviembre de 2016

Jornaleras del tomate. Llano del Espejo, Arona

De pie se encuentran, de izquierda a derecha: Marisol Domínguez González, Mª de la Cruz Rodríguez González y Ela, sentadas: Mª Jesús, Antonia y María Domínguez González


En buena parte del siglo XX hubo un oficio que prevalecía en número por sobre todos los demás: jornalero; en muchos de los casos de la primera mitad del siglo era sinónimo del trabajo del tomate. El comienzo de este cultivo en el Sur de Tenerife se produjo a finales del siglo XIX, implantado por Fyffes en Hoya Grande, Adeje. En Arona se tiene constancia de su inicio en la cosecha 1902/03 cuando Antonio Alfonso Gorrín lo introduce en Cho. Para este periodo, y según recuerda el cabrero Salvador González Alayón, su madre trabajó a la edad de 19 años en otra plantación, en la propiedad de Serapio Feo, en Quemada, esto es en 1903. Al año siguiente sembró Segundo García, en Cho; y en 1905, Tomás Bello, en Guaza del medio, transportando el agua desde Los Cristianos, lugar este último donde también se llegó a sembrar en esta primera década.
El cultivo del tomate, de ciclo vegetativo corto, y con necesidades de agua menores que la platanera, precisaba unas condiciones económicas, sociales y adaptación al medio que se cumplen perfectamente en la franja costera del Municipio de Arona. Concentración de terrenos y de capital, suelos pobres y llanos, y un clima de máxima insolación.
La fotografía de este grupo de trabajadoras de La Caldera, Adeje, es de mediados de la década de 1950. Esta tomada al finalizar la jornada y de regreso al Valle de San Lorenzo, a su paso por la zona del Llano del Espejo, Arona. Resaltar su vestimenta con la que se evita las rozaduras con las plantas y se protegen del sol: pantalones bajo falda, en algunos casos recogida a la cintura para el camino, camisas de manga baja, pañuelo y sombrero. De pie se encuentran, de izquierda a derecha: Marisol Domínguez González, Mª de la Cruz Rodríguez González y Ela, sentadas: Mª Jesús, Antonia y María Domínguez González.

Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Llanoazur ediciones