jueves, 13 de mayo de 2021
Peregrinación o Romería de Nuestra Señora de Fátima. Segunda Romera. Valle de San Lorenzo, 1957
Bibliografía: BRITO, Marcos: Romería de Nuestra Señora de Fátima; Arona. Tradiciones festivas; y Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Llanoazur ediciones
miércoles, 5 de mayo de 2021
viernes, 12 de febrero de 2021
Antonio Fumero García, “Santa María”. Vilaflor
Antonio Fumero García, “Santa María”
Antonio Fumero García recibe este apodo, según narra su nieta Daniela Fumero García, por una expresión que pronuncia al finalizar un largo viaje en su emigración a Cuba. “Porque mi abuelo fue a Cuba, estuvieron tres meses pa llegar a Cuba y en tanto dice, ¡Ay Santa María de Dios!, no me importa que me llamen Santa María si lo que veo enfrente es Cuba. Y después se quedó Santa María, y era mi abuelo y era mi padre Santa María y todavía seguimos nosotros con la tradición, las de Santa María.” Apodo que hereda su hijo José Fumero Martín, padre de Daniela Fumero García.
En el Censo de la Población de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1910, Antonio Fumero García consta inscrito en San Roque, con 66 años de edad y de profesión propietario; casado con Adelaida Martín Fumero, de 52 años; y con dos hijos en la vivienda familiar: Domingo, de 15 años, y José Fumero Martín, que contaba 13 años e iba a la escuela.
En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1940, José Fumero Martín reside en La Ladera, anotándose el año de 1896 como el de su fecha de nacimiento y de profesión obrero; casado con María García Domínguez, nacida en 1909; y sus hijos: Rosenda, Emma, Andrea, Daniela y María Fumero García.
viernes, 18 de diciembre de 2020
Playa de San Juan. Guía de Isora
Playa de San Juan. Guía de Isora
En primer termino se nos muestra Agua Dulce y la playa de su mismo nombre, después la factoría de pescado de Lloret y Llinares, desaparecida, el horno de cal, en la actualidad restaurado, y la Playa de San Juan que llega hasta los pies del pueblo de su mismo nombre. Por la derecha entra al pueblo la carretera que llega desde Guía de Isora, construida en la segunda década del siglo XX, y que enlaza con la pista que viene de Adeje; y al frente la que parte hacía Alcalá que se construyó a comienzos de los años treinta. A la salida del pueblo, en dirección a Alcalá se encontraban las salinas de Fonsalia, se pueden apreciar sus calentadores al norte de la carretera y las salinas situadas al sur.
Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones
sábado, 12 de diciembre de 2020
José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno
José Tacoronte Melo nació en 1918, en Ifonche, Vilaflor, en cuyo lugar poseían vivienda sus padres, Juan Tacoronte Hernández y Adorsinda Melo Aponte. Casa en El Hoyo y medianería en La Suerte, dedicados “a la agricultura, a plantar papas y segar, tenía unos veinticinco cabras, dos vacas, dos bestias y un caballo. Yo cuidaba las cabras. Íbamos al alto de Las Lajas, hasta allí íbamos con el camello pa llevárselo al Tavío al Calvario [Arona], dos duros, trescientos kilos de pinillo cada camello. Y su madre, a elaborar los dulces tradicionales de Vilaflor, disponía de horno de leña, que tanta fama tenían en buena parte este Sur, y cuando había fiesta, pues ventorrillo pallá y pacá.”
Sus abuelos paternos, Federico Tacoronte Hernández y Carmen Hernández Mesa, ya cuidaban esa manada en La Suerte. “De medianero y con cabras, después estuvo con cabras mi padre, y después se marchó mi padre y entró el hermano Federico, mi padre estuvo de soltero y casado en La Suerte.”
José se casó en 1948, con Otilia Moreno Oliva, Tila, natural de Benítez, en Adeje. Y vine aquí, al pie del Roque de los Brezos, en Ifonche, pero en la zona de Adeje. Se conocieron en un baile que organizaba Pastor Oliva Rodríguez, que tenía una cantina en Ifonche Arriba. “Venían del Valle, de Adeje, del Puertito, venían a los bailes. Antes se bailaba donde quiera. Y el cantar fue otra de las aficiones de José, tal como narra su encuentro con una chica de El Puertito, venía una chica que parecía tía Amalia, paz descanse, la voz gruesa como un hombre, pero cantaba bien. Y José cantó: "Cante compañera, cante/ que me gusta su cantiga/ que yo también cantaré/ si a usted le gusta la mía."
"Era morena, dice que era hija del carbonero, no se ese carbonero quien era, y entonces me canta: Pájaro que bien cantaste/ en la hoja del ciprés. Pájaro que bien lo hiciste/ vuelve a cantar otra vez. Yo empezaba a cantar al escurecer y llegaba por la mañana y no repetía un cantar. Algunos que los oía y otros que lograba yo.”
Y José continuó con la tradición familiar en el cuidado de una pequeña manada de cabras, casi siempre alrededor de 20 animales, en su casa al pie del Roque de los Brezos, en Adeje, y cuya actividad mantuvo con una media docena hasta por lo menos la primera década del siglo XXI.
Las narraciones fluyen con suma facilidad, como cuando va reseñando una de sus otras ocupaciones, la de zapatero, y de la que adquirió una muy buena popularidad entre sus vecinos, y en cuya labor se mantuvo trabajando hasta el inicio del siglo XXI, “yo no se si en el dos mil uno trabajé ya.”
Labores que inició con su tío, Federico Tacoronte Hernández. “Mi tío Federico arreglaba los zapatos, porque tenía seis hijas, le arreglaba los zapatos a sus hijas. Y yo me gustaba y ponía gomas, compraba unas lonas y le ponía unas gomas, me gustaba la cosa, después un día en el regimiento, cuando terminó la guerra, había un chico allí. Digo, si pudiera entrar áhi, me gusta la zapatería. ¿Sabes bullir? No se mucho, mucho, pero yo hago algo. Si quieres se lo digo, a ver si lo enchufo. Se lo dice y dice, dígale que venga.
En el cuartel, en el Pirineo de Zaragoza, allí estuve tres años, allí dentro de esa nieve. Me mandó que pusiera unas tapas a unas botas. Dice, está bien. Después me daba zapatos de los oficiales, de los hijos, pero claro no había hormas, una zapatería de un regimiento sin hormas,…”
Y después ya siguió en Ifonche, cuando regresó de la Guerra Civil, acondicionando un cuarto en El Hoyo. “Yo empecé barato, si me salía trabajo, trabajaba fuera y después cuando tal, … Allí empecé hacerlos, a 100 pesetas. Lo más caro que vendí a 1.800.”
“A principio le cobré sesenta pesetas, el primero que hice.” A Luisa Rodríguez García, la mujer de Daniel Rodríguez Cano, Daniel el de Mojino, vivían en este pago de Vilaflor, Mohino o Mojino. “Zapatos de Vilaflor, de Arona, de Los Cristianos, del Valle, de todos sitios, hasta pa Caracas hice zapatos.”
Tuvo mucho problemas para comprar el material para trabajar la zapatería, para que le dieran el cupo. “El cupo le dicen el material, medio cuero de una vaca.” Ese cupo lo compraba a Juan Molina en Santa Cruz de Tenerife. Apuntaba que la mejor suela es la de vaca, para la parte superior utilizaba vaca y cabra, ya preparada. También compró gomas usadas para zapatos, a 500 o 700 pesetas una goma.
Otlia Moreno y José Tacoronte. 2006
Las conversaciones con José aportaron múltiples facetas de una vida que transcurrió con sacrificios a lo largo de su longevidad, falleció en noviembre de 2020 ya con ciento dos años, en esos difíciles momentos en los que le tocó andarla.
Tanto reseñaba sus vicisitudes en los cultivos que lidió, papas, cereales o viña, el cuidado de los animales, cabras, vacas, bestias, cochinos o camellos, y otras tantas tareas, como ir al monte en busca de pinocha o retama, a cuyo menester acompañaba a su padre desde los doce años, “cargando en esas laderas, en mantas.” O la elaboración de juguetes, molinos o arados, de gamona, o esos camellos de corcha de pino, “el camello con el cogote estiradito es más guapo, en vez de ser rosco por arriba, el cogotito más largo, el camello que tiene poca vuelta lo ve usted con la cabecita palante.”
José Tacoronte Melo ha sido un ejemplo para comprender la importancia de la tradición oral. Su sabiduría ha llegado con el acopio en el navegar de su extensa vida, en la que fue asimilando, y aprehendiendo, en las páginas de la naturaleza. Sus relatos llegaban envueltos en bellas palabras, esas que brotaban de su interior, sentidas, y que daban pautas para un mejor entendimiento del pasado, ese al que siempre hay que aferrarse para encauzar el presente y el fututo con mejores perspectivas.
martes, 27 de octubre de 2020
La mar y Andrés Marcelino Ramos
Andrés Marcelino, rodeado de recuerdos. Los Cristianos, 2008
Andrés Marcelino Ramos [Los Abrigos, 1926 – 2020, Los Cristianos] mantuvo desde su cuna una estrecha relación con la mar. Hijo de la pescadora Antonia Ramos Socas, “Antonia Fariña”, y del pescador Andrés Marcelino Alayón, atesoraba entre sus recuerdos múltiples referentes de la tradición oral, escucharle fue revivir un pasado de rudos trabajos, de unas prácticas pesqueras casi en el olvido.
Así recordaba las jareas que preparaba su tío Gregorio Alayón, y que vendía a personas que llegaban de la Banda Norte de la Isla. “Tenía un cuarto lleno de jareas, caballas, sardinas y bogas, y pescado de esos, y venían los hombres del Norte, con unas mulas grandes, con unas cestas grandes y las llevaban llenitas de pescado, de jareas pa venderlas allá en el Norte.”
Y sobre todo sobresalía las evocaciones sobre su madre, que recorrió vendiendo pescado buena parte de esas empinadas veredas de nuestras medianías, y a quien tantos veces acompañaba en su infancia. “Muchas veces, me acuerdo que una vez fui con ella a Granadilla y una señora donde ella acostumbraba a llevarle pescado. Dice: ay Antonia, pues el niño está tullido frío; ven acá mi niño, ven acá. Me entró aquella señora padentro y salí con un traje puesto, camisa, pantalón y chaqueta, que tenía un hijo y era del tamaño mío y salí vestido con aquel traje, nunca se me olvida eso. Tenía ocho a nueve años, cuando me regaló el traje aquella señora. Me acuerdo que mi madre, a cada instante, iba porque tenía unas amigas en ese Granadilla y veces no se cogía pescado, había mal tiempo. Pues vamos conmigo, vamos a coger áhi un cestito lapas. Iba con ella, y me acuerdo que íbamos y cogíamos unas pocas de lapas y burgados, y cogía dos o tres botes llenos de lapas y burgados, y se los llevaba a esas amigas y después la cargaban de carne de cochino y de papas. Eso era muy bonito, esa vida era muy bonita.”
Su vinculación con la mar le llega apenas había despuntado del suelo, y además lo recuerda con una de esas anécdotas que hace sonreír al que la escucha pero que en su momento casi se convierte en tragedia. “Mi padre me llevó un día, y fíjate tú lo pequeñito sería que me dijo mi padre. Yo llorando, digo: yo quiero ir pa cas ma. Dice: mira vete por ese caminito. Y él estaba pescando a viejas. Y qué tal año tendría yo, que me tiro al agua, entonces él me agarró y me sacó parriba. ¿Dónde ibas? Por el agua palante, yo pensaba que era un caminito.”
Desde joven fue un gran emprendedor, el barco con el que iba a la pesca con una salemera lo compró en Los Cristianos, “me costó seis duros, me metí con Antonio Socas, un primo mío que era pescador. Digo: si vas a pescar conmigo compró un barco. Se lo compre aquí a Martín Cabrilla, mi madre me buscó las perras. El Pájaro Pinto se llamaba el bote.”
Y fue alargando sus labores, como cuando aún soltero, a finales de la década de 1940, se dedicó, desde Los Abrigos, a trasladar a las vendedoras de pescado en un camión. Compré un camioncito con un tío mío [Gregorio Alayón, casado con Dolores Ramos Socas], “le puse al camión unos asientos y me las llevaba a todas las de Los Abrigos, con el pescado y ellas sentadas en el camión a estilo guagua. Andrés les cobraba el transporte y esperaba por ellas para el regreso. Iba dejando desde San Miguel, Charco del Pino, Granadilla, donde quisieran quedarse.”
Maruca Ledesma, con palangana en la mano, y Andrés Marcelino, con su barco San Juan,
en Los Cristianos.
Por sus manos pasaron todo tipo de labores, la pesca; el marisqueo; o el de recolector de sal, en la zona de Las Playas, en la zona de Los Abrigos, “en aquella puntilla cuando la mar la baña quedan muchos charquitos, y esos charquitos se llenaban de sal, nosotros llegamos días a coger medio saco sal, y allí todo el mundo tenía sal, aquello surtía a todos Los Abrigos.” E incluso de chófer, con Antonio Domínguez, en Los Cristianos, llevando fruta al Puerto de Santa Cruz de Tenerife, durante los inicios de la década de 1950. Período en el que contrae matrimonio con la vecina de Los Cristianos, Maruca Ledesma Hernández, y en cuyo pueblo estableció su residencia.
Y en esta bahía partían a la pesca, juntos pescaban y juntos comercializaban esa pesca. “Mi mujer bastantes veces fue conmigo a pescar y después veníamos a tierra, cogíamos el coche, vendíamos el pescado. Cogíamos cincuenta kilos de pescado, y hasta cien kilos, que iba a levantar el trasmallo de noche, y cogíamos tres o cuatro cajas de pescado y nos íbamos los dos a vender, pallá pa Fasnia y El Escobonal. Veníamos por la tarde, a lo mejor, nos acostábamos un rato y después por la noche otra vez a pescar.”
Y aquí proseguirá este viejo pescador, fondeado en el recuerdo. Su fallecimiento nos deja huérfanos de su sabiduría, esa que brotaba al conversar sobre el navegar de su vida, en la que aprendió directamente del viento y del sol, en la lluvia o en la sequedad. Sabiduría que le fue llegando de las entrañas de la mar. La mar y Andrés Marcelino Ramos.
jueves, 22 de octubre de 2020
Los de Lera, nombrete en el Valle de San Lorenzo
![]() |
Agustina Domínguez y José García, José de Lera![]() |
Con este sobrenombre, procedente de un topónimo, se conoce a una extensa familia en el Valle de San
Lorenzo. Bien pudo iniciarse con el matrimonio Esteban García e Isabel Valentín,
que vivían en las cercanías del Morro de la Era, que se contrae en Morro Lera,
lugar donde existió una era empedrada, conocida en la actualidad por Era de las
Mozas. A Esteban García se le cita por Esteban de Lera, y de igual manera a su
descendencia: Esteban, David, Antonio, José, María y Ventura García Valentín. El
citado en primer lugar es más conocido por Esteban el Kilo. En el Censo
Electoral de Arona, rectificado en abril de 1905, se inscribe a Esteban García
residiendo en el Valle de San Lorenzo, con 50 años de edad y de profesión
marino. En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, se
encuentran inscritos en el Valle de San Lorenzo: Esteban García Valentín, que ya
se anota en la descripción de su apodo, Esteban el Kilo. José García Valentín,
José de Lera, de 25 años y de profesión labrador; casado con Agustina Domínguez
Alayón, de 25 años y sus labores; y sus hijos: Esteban, José, Isabel y Dolores,
de entre los 10 y 2 años de edad. David García Valentín, David de Lera, de 33
años y ausente en Cuba; casado con Flora García Torres, de 41; y sus hijos:
David, Casiano, e Isabel García García, entre los 8 y el año de edad. María
García Valentín, María de Lera, de 27 años; casada con Pedro Cano Rodríguez, de
27 años, ausente en Cuba; y su hija Isabel, de 6 años. Antonio García Valentín,
Antonio de Lera, de 38 años y labrador; casado con Adela Morales Donate, de 35
años; y sus hijos: Isabel, Juan, Antonio y Carmen García Morales; de entre 11 y
3 años de edad. En el Padrón Parroquial de Arona de 1919, el esposo de María
García Valentín se registra como Pedro Martín Cano; y en la vivienda también se
inscribe su hermana Ventura García Valentín, que cuenta con 21 años.
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