sábado, 12 de diciembre de 2020

José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno



José Tacoronte Melo, sabiduría anudada a las hormas del entorno 

José Tacoronte Melo nació en 1918, en Ifonche, Vilaflor, en cuyo lugar poseían vivienda sus padres, Juan Tacoronte Hernández y Adorsinda Melo Aponte. Casa en El Hoyo y medianería en La Suerte, dedicados “a la agricultura, a plantar papas y segar, tenía unos veinticinco cabras, dos vacas, dos bestias y un caballo. Yo cuidaba las cabras. Íbamos al alto de Las Lajas, hasta allí íbamos con el camello pa llevárselo al Tavío al Calvario [Arona], dos duros, trescientos kilos de pinillo cada camello. Y su madre, a elaborar los dulces tradicionales de Vilaflor, disponía de horno de leña, que tanta fama tenían en buena parte este Sur, y cuando había fiesta, pues ventorrillo pallá y pacá.” 
Sus abuelos paternos, Federico Tacoronte Hernández y Carmen Hernández Mesa, ya cuidaban esa manada en La Suerte. “De medianero y con cabras, después estuvo con cabras mi padre, y después se marchó mi padre y entró el hermano Federico, mi padre estuvo de soltero y casado en La Suerte.” 
José se casó en 1948, con Otilia Moreno Oliva, Tila, natural de Benítez, en Adeje. Y vine aquí, al pie del Roque de los Brezos, en Ifonche, pero en la zona de Adeje. Se conocieron en un baile que organizaba Pastor Oliva Rodríguez, que tenía una cantina en Ifonche Arriba. “Venían del Valle, de Adeje, del Puertito, venían a los bailes. Antes se bailaba donde quiera. Y el cantar fue otra de las aficiones de José, tal como narra su encuentro con una chica de El Puertito, venía una chica que parecía tía Amalia, paz descanse, la voz gruesa como un hombre, pero cantaba bien. Y José cantó: "Cante compañera, cante/ que me gusta su cantiga/ que yo también cantaré/ si a usted le gusta la mía."
"Era morena, dice que era hija del carbonero, no se ese carbonero quien era, y entonces me canta: Pájaro que bien cantaste/ en la hoja del ciprés. Pájaro que bien lo hiciste/ vuelve a cantar otra vez. Yo empezaba a cantar al escurecer y llegaba por la mañana y no repetía un cantar. Algunos que los oía y otros que lograba yo.” Y José continuó con la tradición familiar en el cuidado de una pequeña manada de cabras, casi siempre alrededor de 20 animales, en su casa al pie del Roque de los Brezos, en Adeje, y cuya actividad mantuvo con una media docena hasta por lo menos la primera década del siglo XXI. Las narraciones fluyen con suma facilidad, como cuando va reseñando una de sus otras ocupaciones, la de zapatero, y de la que adquirió una muy buena popularidad entre sus vecinos, y en cuya labor se mantuvo trabajando hasta el inicio del siglo XXI, “yo no se si en el dos mil uno trabajé ya.” 
Labores que inició con su tío, Federico Tacoronte Hernández. “Mi tío Federico arreglaba los zapatos, porque tenía seis hijas, le arreglaba los zapatos a sus hijas. Y yo me gustaba y ponía gomas, compraba unas lonas y le ponía unas gomas, me gustaba la cosa, después un día en el regimiento, cuando terminó la guerra, había un chico allí. Digo, si pudiera entrar áhi, me gusta la zapatería. ¿Sabes bullir? No se mucho, mucho, pero yo hago algo. Si quieres se lo digo, a ver si lo enchufo. Se lo dice y dice, dígale que venga. En el cuartel, en el Pirineo de Zaragoza, allí estuve tres años, allí dentro de esa nieve. Me mandó que pusiera unas tapas a unas botas. Dice, está bien. Después me daba zapatos de los oficiales, de los hijos, pero claro no había hormas, una zapatería de un regimiento sin hormas,…” Y después ya siguió en Ifonche, cuando regresó de la Guerra Civil, acondicionando un cuarto en El Hoyo. “Yo empecé barato, si me salía trabajo, trabajaba fuera y después cuando tal, … Allí empecé hacerlos, a 100 pesetas. Lo más caro que vendí a 1.800.” “A principio le cobré sesenta pesetas, el primero que hice.” A Luisa Rodríguez García, la mujer de Daniel Rodríguez Cano, Daniel el de Mojino, vivían en este pago de Vilaflor, Mohino o Mojino. “Zapatos de Vilaflor, de Arona, de Los Cristianos, del Valle, de todos sitios, hasta pa Caracas hice zapatos.” 
Tuvo mucho problemas para comprar el material para trabajar la zapatería, para que le dieran el cupo. “El cupo le dicen el material, medio cuero de una vaca.” Ese cupo lo compraba a Juan Molina en Santa Cruz de Tenerife. Apuntaba que la mejor suela es la de vaca, para la parte superior utilizaba vaca y cabra, ya preparada. También compró gomas usadas para zapatos, a 500 o 700 pesetas una goma. 

Otlia Moreno y José Tacoronte. 2006

Las conversaciones con José aportaron múltiples facetas de una vida que transcurrió con sacrificios a lo largo de su longevidad, falleció en noviembre de 2020 ya con ciento dos años, en esos difíciles momentos en los que le tocó andarla. Tanto reseñaba sus vicisitudes en los cultivos que lidió, papas, cereales o viña, el cuidado de los animales, cabras, vacas, bestias, cochinos o camellos, y otras tantas tareas, como ir al monte en busca de pinocha o retama, a cuyo menester acompañaba a su padre desde los doce años, “cargando en esas laderas, en mantas.” O la elaboración de juguetes, molinos o arados, de gamona, o esos camellos de corcha de pino, “el camello con el cogote estiradito es más guapo, en vez de ser rosco por arriba, el cogotito más largo, el camello que tiene poca vuelta lo ve usted con la cabecita palante.” 
José Tacoronte Melo ha sido un ejemplo para comprender la importancia de la tradición oral. Su sabiduría ha llegado con el acopio en el navegar de su extensa vida, en la que fue asimilando, y aprehendiendo, en las páginas de la naturaleza. Sus relatos llegaban envueltos en bellas palabras, esas que brotaban de su interior, sentidas, y que daban pautas para un mejor entendimiento del pasado, ese al que siempre hay que aferrarse para encauzar el presente y el fututo con mejores perspectivas.

martes, 27 de octubre de 2020

La mar y Andrés Marcelino Ramos


                    Andrés Marcelino, rodeado de recuerdos. Los Cristianos, 2008 

Andrés Marcelino Ramos [Los Abrigos, 1926 – 2020, Los Cristianos] mantuvo desde su cuna una estrecha relación con la mar. Hijo de la pescadora Antonia Ramos Socas, “Antonia Fariña”, y del pescador Andrés Marcelino Alayón, atesoraba entre sus recuerdos múltiples referentes de la tradición oral, escucharle fue revivir un pasado de rudos trabajos, de unas prácticas pesqueras casi en el olvido. Así recordaba las jareas que preparaba su tío Gregorio Alayón, y que vendía a personas que llegaban de la Banda Norte de la Isla. “Tenía un cuarto lleno de jareas, caballas, sardinas y bogas, y pescado de esos, y venían los hombres del Norte, con unas mulas grandes, con unas cestas grandes y las llevaban llenitas de pescado, de jareas pa venderlas allá en el Norte.” Y sobre todo sobresalía las evocaciones sobre su madre, que recorrió vendiendo pescado buena parte de esas empinadas veredas de nuestras medianías, y a quien tantos veces acompañaba en su infancia. “Muchas veces, me acuerdo que una vez fui con ella a Granadilla y una señora donde ella acostumbraba a llevarle pescado. Dice: ay Antonia, pues el niño está tullido frío; ven acá mi niño, ven acá. Me entró aquella señora padentro y salí con un traje puesto, camisa, pantalón y chaqueta, que tenía un hijo y era del tamaño mío y salí vestido con aquel traje, nunca se me olvida eso. Tenía ocho a nueve años, cuando me regaló el traje aquella señora. Me acuerdo que mi madre, a cada instante, iba porque tenía unas amigas en ese Granadilla y veces no se cogía pescado, había mal tiempo. Pues vamos conmigo, vamos a coger áhi un cestito lapas. Iba con ella, y me acuerdo que íbamos y cogíamos unas pocas de lapas y burgados, y cogía dos o tres botes llenos de lapas y burgados, y se los llevaba a esas amigas y después la cargaban de carne de cochino y de papas. Eso era muy bonito, esa vida era muy bonita.” 
Su vinculación con la mar le llega apenas había despuntado del suelo, y además lo recuerda con una de esas anécdotas que hace sonreír al que la escucha pero que en su momento casi se convierte en tragedia. “Mi padre me llevó un día, y fíjate tú lo pequeñito sería que me dijo mi padre. Yo llorando, digo: yo quiero ir pa cas ma. Dice: mira vete por ese caminito. Y él estaba pescando a viejas. Y qué tal año tendría yo, que me tiro al agua, entonces él me agarró y me sacó parriba. ¿Dónde ibas? Por el agua palante, yo pensaba que era un caminito.” Desde joven fue un gran emprendedor, el barco con el que iba a la pesca con una salemera lo compró en Los Cristianos, “me costó seis duros, me metí con Antonio Socas, un primo mío que era pescador. Digo: si vas a pescar conmigo compró un barco. Se lo compre aquí a Martín Cabrilla, mi madre me buscó las perras. El Pájaro Pinto se llamaba el bote.” Y fue alargando sus labores, como cuando aún soltero, a finales de la década de 1940, se dedicó, desde Los Abrigos, a trasladar a las vendedoras de pescado en un camión. Compré un camioncito con un tío mío [Gregorio Alayón, casado con Dolores Ramos Socas], “le puse al camión unos asientos y me las llevaba a todas las de Los Abrigos, con el pescado y ellas sentadas en el camión a estilo guagua. Andrés les cobraba el transporte y esperaba por ellas para el regreso. Iba dejando desde San Miguel, Charco del Pino, Granadilla, donde quisieran quedarse.” 


        Maruca Ledesma, con palangana en la mano, y Andrés Marcelino, con su barco San Juan, 
                                                en Los Cristianos. 

Por sus manos pasaron todo tipo de labores, la pesca; el marisqueo; o el de recolector de sal, en la zona de Las Playas, en la zona de Los Abrigos, “en aquella puntilla cuando la mar la baña quedan muchos charquitos, y esos charquitos se llenaban de sal, nosotros llegamos días a coger medio saco sal, y allí todo el mundo tenía sal, aquello surtía a todos Los Abrigos.” E incluso de chófer, con Antonio Domínguez, en Los Cristianos, llevando fruta al Puerto de Santa Cruz de Tenerife, durante los inicios de la década de 1950. Período en el que contrae matrimonio con la vecina de Los Cristianos, Maruca Ledesma Hernández, y en cuyo pueblo estableció su residencia. 
Y en esta bahía partían a la pesca, juntos pescaban y juntos comercializaban esa pesca. “Mi mujer bastantes veces fue conmigo a pescar y después veníamos a tierra, cogíamos el coche, vendíamos el pescado. Cogíamos cincuenta kilos de pescado, y hasta cien kilos, que iba a levantar el trasmallo de noche, y cogíamos tres o cuatro cajas de pescado y nos íbamos los dos a vender, pallá pa Fasnia y El Escobonal. Veníamos por la tarde, a lo mejor, nos acostábamos un rato y después por la noche otra vez a pescar.” 
Y aquí proseguirá este viejo pescador, fondeado en el recuerdo. Su fallecimiento nos deja huérfanos de su sabiduría, esa que brotaba al conversar sobre el navegar de su vida, en la que aprendió directamente del viento y del sol, en la lluvia o en la sequedad. Sabiduría que le fue llegando de las entrañas de la mar. La mar y Andrés Marcelino Ramos. 

 

                Familia Marcelino Ledesma

jueves, 22 de octubre de 2020

Los de Lera, nombrete en el Valle de San Lorenzo

Agustina Domínguez y José García, José de Lera



Los de Lera, nombrete en el Valle de San Lorenzo 

Con este sobrenombre, procedente de un topónimo, se conoce a una extensa familia en el Valle de San Lorenzo. Bien pudo iniciarse con el matrimonio Esteban García e Isabel Valentín, que vivían en las cercanías del Morro de la Era, que se contrae en Morro Lera, lugar donde existió una era empedrada, conocida en la actualidad por Era de las Mozas. A Esteban García se le cita por Esteban de Lera, y de igual manera a su descendencia: Esteban, David, Antonio, José, María y Ventura García Valentín. El citado en primer lugar es más conocido por Esteban el Kilo. En el Censo Electoral de Arona, rectificado en abril de 1905, se inscribe a Esteban García residiendo en el Valle de San Lorenzo, con 50 años de edad y de profesión marino. En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, se encuentran inscritos en el Valle de San Lorenzo: Esteban García Valentín, que ya se anota en la descripción de su apodo, Esteban el Kilo. José García Valentín, José de Lera, de 25 años y de profesión labrador; casado con Agustina Domínguez Alayón, de 25 años y sus labores; y sus hijos: Esteban, José, Isabel y Dolores, de entre los 10 y 2 años de edad. David García Valentín, David de Lera, de 33 años y ausente en Cuba; casado con Flora García Torres, de 41; y sus hijos: David, Casiano, e Isabel García García, entre los 8 y el año de edad. María García Valentín, María de Lera, de 27 años; casada con Pedro Cano Rodríguez, de 27 años, ausente en Cuba; y su hija Isabel, de 6 años. Antonio García Valentín, Antonio de Lera, de 38 años y labrador; casado con Adela Morales Donate, de 35 años; y sus hijos: Isabel, Juan, Antonio y Carmen García Morales; de entre 11 y 3 años de edad. En el Padrón Parroquial de Arona de 1919, el esposo de María García Valentín se registra como Pedro Martín Cano; y en la vivienda también se inscribe su hermana Ventura García Valentín, que cuenta con 21 años.



Añadir título


lunes, 10 de agosto de 2020

Guagua de Transportes de Tenerife. Granadilla de Abona



Guagua de Transportes de Tenerife. Granadilla de Abona

A finales de la década de 1920 se crea la empresa Transportes de Tenerife. Comenzó sus servicios con el Sur cubriendo la línea hasta Güímar, después hasta Arico, con la obligación de atender el servicio de las nuevas carreteras que se fueran abriendo al tráfico, la carretera general del sur y sus desviaciones. Así cubrió la línea de Granadilla-El Médano con la guagua que se recoge, en una toma de la década de 1960 en su parada en Granadilla de Abona.


Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones.





martes, 14 de julio de 2020

Recogida de papas en el Toscal de los Herreros. HERREROS, MACHANGOS y CHOLERA

Grupo en el Toscal de los Herreros
Y a quienes vemos en una fotografía en labores de recogida de papas en lo que se conoce en la actualidad como el Toscal de los Herreros. Están los cuatro hermanos, Juan, Ángel, José y Ángela Díaz Hernández, a quienes acompañan, José González Hernández, Cholera, Celedonia González, Miguel Cano, Juana Reverón, Miguel Torres Fumero y María González; y los niños, Ángel Tejera, Juan Díaz García, Vicente Oramas; y los más pequeños Francisco y María Luisa González Reverón.

"En el Valle de San Lorenzo se ejerció esta profesión durante décadas. En Cáceres, aún se mantiene en pie esa vieja herrería que resuma nostalgia por entre sus muros de piedra seca. El primer herrero de esta saga, José Díaz León, José el Herrero, era natural de Jama y se asienta en el Valle de San Lorenzo, contrayendo matrimonio con Adela Hernández Alfonso. Aquí se encontraba por lo menos desde 1890, según consta en el censo electoral de ese año, en el que inscribe con 33 años de edad y de profesión herrero. Años de dificultades para conseguir aprovisionarse de los materiales imprescindibles para ejercer este quehacer, para lo que precisaba desplazarse a Santa Cruz de Tenerife. Se trasladaba caminando a Vilaflor, allí pernoctaba y en la madrugada partía por la cumbre, adquiría lo necesario para su labor, lo depositaba en el muelle y regresaba a pie. Así lo relata José Díaz Hernández: Mi abuelo primeramente iba andando por aquí, se quedaba en Vilaflor, cas señor Antonio Cano y después seguía pa Santa Cruz y después las cosas le venían en barco a Los Abrigos y después en camellos traiban el hierro y el carbón parriba, hasta cuando vino la cosa de los camiones.
Dos hijos de esta pareja, y quienes también heredan el apodo, constan inscritos como herreros en el Padrón Municipal de Arona de 1926. Cristóbal Díaz Hernández, de 35 años y soltero; y José Díaz Hernández, de 39 años, casado con Ángela Hernández Delgado, y conocido por Pepe el Herrero o Pepe el Cojo, por poseer esa discapacidad físico. José Díaz y Ángela Hernández son los padres de cuatro hijos, que han perpetuado el apodo: Ángel; Juan; José, también conocido por José Rubio, por su tez clara; y Ángela Díaz Hernández[1].
Por las manos de estos Herreros han pasado una buena parte de las rejas de los arados, de las herraduras de caballos o mulos, de las chapas para las vacas, o los clavos que se han utilizado en esta parte del Sur en la que le reclamaban sus trabajos. Asimismo crearon herramientas, además de su mantenimiento constante, para las canteras de piedra chasnera o de cantos, en la construcción del entramado de pistas y carreteras, y cuando comenzaron a llegar los primeros camiones adaptaron su habilidad para elaborar las barandas de hierro. Y con ellos se ha perdido lo que motivó este sobrenombre, esa profesión de yunque y golpe, de calor y frío, de fuerza y destreza, de maestría"


Documentación: BRITO, Marcos: Valle de San Lorenzo. Imagen y memoria. Y Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones.







[1] BRITO, Marcos: “José Díaz Hernández y la saga de Los Herreros”. La Opinión, 10 de diciembre de 2006.

lunes, 6 de julio de 2020

Juan Couros, JUAN EL BUZO


Juan Couros, Juan el Buzo, con escafranda

Apodo que procede de la profesión que ejerció Juan Couros, Juan el Buzo, a quien también se le nombra por el gentilicio El Griego, por ser natural de Grecia. Juan el Buzo se estableció en el Porís de Abona cuando se construyó su muelle – embarcadero a finales de la segunda década del siglo XX. Según el Padrón Municipal de Arico de 1930 residía en el Porís de Abona desde hacía 10 años. Y en este pago costero contrajo matrimonio con María Luisa Armas García, y desde aquí se desplazaba a realizar labores de buzo en la construcción del muelle de Santa Cruz de Tenerife. A este oficio dedicó buena parte de su vida, en los padrones de habitantes de 1924 y 1930 se recoge como profesión la de buzo, y antes de recalar en las Islas Canarias trabajó en Nueva York, de cuyo lugar es la fotografía que ilustra este comentario.
En el Padrón Municipal de Arico, a 3l de diciembre de 1930, Juan Couros se encuentra inscrito en Porís de Abona, cuenta con 44 años de edad, natural de Grecia, de profesión buzo, y residiendo en Arico desde hace 10 años. Casado con María Luisa Armas García, de 30 años de edad y de profesión su casa. Y con los hijos: Dolores, de 8 años; Mercedes, 7 años; y Concepción Couros Armas, de 3 años de edad. En el Padrón Municipal de 1950, Juan Couros había fallecido cuando estos niños eran pequeños, constan inscritos otros hijos: Juan Antonio, de 19 años y de profesión jornalero; y Sebastián Couros Armas, de 17 años y de profesión pescador.


Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones.