lunes, 4 de julio de 2016

Colores del Sur 20. Sal en la Punta de la Sarnosa. El Porís de Abona



Colores del Sur 20. Sal en la Punta de la Sarnosa. El Porís de Abona

Agua de la mar y sol. Sal sobre tosca. Blanco sobre ocres, amarillos, pardos, los matices esenciales y siempre presente en este Sur.
La sal también sirvió como mercancía de pago, de cambio en algunos casos, una cesta de sal por una de papas. En el Sur de la Isla se localizaban salinas marinas industriales, en El Camisón, Los Cristianos; y las de La Jaquita y Fonsalía en Guía de Isora. Pero además se obtenía la que se formaba en charcos naturales o en pocetas artificiales, que se acondicionaban con un ligero horadado, y que se jalonan por diversos puntos del litoral, como las de La Sarnosa en el Porís de Abona.
Raspado de la sal que tan bien recuerda Antonio García Díaz, vecino de Tajao. Raspábamos la sal, habían charcos y llegabas tú, ya tú vez, a marea fuerte se llenaban y mientras agarraba la marea dían a corto y eso, pues antes de ser fuerte otra vez se jacía la sal y entonces agarrábamos y la raspábamos.
Contemplando estas pequeñas oquedades, ocres y marrones de la tosca colmados por los blancos del cuajado de la sal, al comienzo de un tarde de junio, escuchando el batir cercano de la mar, llegan evocaciones de la infancia, de orilla regada de salitre, impregnadas de olores a musgo y a sal, de orilla muy cercana a la mar. 

Fotografía: Punta de la Sarnosa. El Porís de Abona, junio de 2016.


sábado, 2 de julio de 2016

Dibujo de la Parroquia de Vilaflor de Chasna, y relato, de Manuel Rodríguez Escalona. 1926

Dibujo de la Parroquia de Vilaflor de Chasna, y relato, de Manuel Rodríguez Escalona. 1926

El cubano Manuel Rodríguez Escalona llegó a Vilaflor de Chasna a comienzos de la década de 1920, donde se casó con la vecina de Vilaflor Antonia Camacho Delgado. Aquí llegó en busca de mejorar su salud y aquí se estableció definitivamente. A pocos años de su estancia en Vilaflor ya dejaba constancia de su adoración por su pueblo de acogida:
Quiero seguir trepando por estos cerros, saltando por estos riscos escarpados, descender por estos barrancos profundos, caminar por estas callejuelas imposibles. Quiero seguir cruzando la vieja plaza y que cada día me despierten los tañidos alegres y vibrantes de estas campanas de un color ceniciento y herrumbroso.
Sentarme bajo la sombra de estos eucaliptos saludables leyendo un libro de Marden o de Leadbeater, y en las mañanas luminosas embriagarme con el aroma de que exhalan los almendros, los nogales y los ciruelos en flor. Mirar desde uno de estos picachos la faja azul del mar y su horizonte diáfano y lejano. Extasiarme en la contemplación de una puesta de sol en una de esas tardes de invierno, cuando el astro rey agoniza entres las sombras y los resplandores da un crepúsculo rosa, malva o violeta. Unir mi destino a la mujer que amo, flamante y hermosa como una flor de la selva.

domingo, 26 de junio de 2016

Diego González García, “Diego Pañeta”. Valle de San Lorenzo



Diego González García, vecino de El Toscal del Valle de San Lorenzo, alberga este apodo, tal como anota Ángela Díaz Hernández, porque no sabía decir puñeta, quiten pallá pañeta, y lo conocían por Diego Pañeta.
En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, Diego González García consta inscrito en el Valle de San Lorenzo, contando 37 años de edad y de profesión labrador; casado con Edelmira Toledo Hernández, de 31 años y caladora; y los hijos: Deogracias, Diego y Adelaida, de 9 a 6 años.

Fotografía:
De Izquierda a derecha: Diego González Toledo. Diego González García, Diego Pañeta. Señor Julián el de La Azotea. [Desconocido]. Sentadas: Adelaida González Toledo. Edelmira Toledo Hernández. Adelaida Hernández. Y los niños: Franco y Miguel González Toledo. 
Fotografía obtenida en el Patio de seña Edelmira, en El Toscal, Valle de San Lorenzo.


Documentación: BRITO, Marcos: Nombretes en el Sur de Tenerife. Llanoazur ediciones

domingo, 19 de junio de 2016

Pegón. Por el cabrero José Trujillo

Pegón. Por el cabrero José Trujillo

Para evitar que el baifo estuviese mamando todo el día en la ubre de la cabra o que dejara de mamar definitivamente José Trujillo [Vilaflor, 1927] ha utilizado el frenillo, pero ha preferido recurrir con más frecuencia al pegón, al trozo de tela pegado a la teta de la ubre con la savia de la tabaiba dulce. Ellas comen igual, el frenillo no le quita a ellas, no.
Para el pegón se utiliza la savia de la tabaiba dulce, Euplorbia balsamifera, que una vez seca, ya bien sea pinchando la planta y dejándola que se seque o bien cocinándola. Con la tabaiba, se empega una cabra y el baifo sale más adelantado, no pierde de comer. La coge en leche y después la guiso, hay quien la golpea y después se puede coger en la planta al cabo de un tiempo, lo que pasa que después esa tabaiba desuella un poco la teta de la cabra, le hace daño a la teta de la cabra.
Cuando la corto, la voy cogiendo en un cacharrito, eso en poco tiempo se coge pa empegar, bueno, un montón de tiempo, y después la guiso, se levanta peor que la de cabra, más fuerte, sin agua y sin nada, se levanta parriba como leche cabra, y usted va revolviéndola con un palito hasta que ella se va quedando cujada.
El después se coge el pegón, que se hace de un pantalón cualquiera, un pedazo de tela, la tabaiba la pone pegada al pegón, a todo largo y según le va dando vuelta se va pegando en el pegón. Se le enrolla en la teta de la cabra, la primera le coge el pesón pero como está guisada no le hace daño.  


Documentación: BRITO, Marcos: José Trujillo González. Maruca Cabrera Bethencourt. Cumbre y costa en la memoria. Llanoazur ediciones.

lunes, 13 de junio de 2016

Lavando en atarjea. El Rincón, Guaza del Medio, en Arona

Lavando en atarjea. El Rincón, Guaza del Medio, en Arona


La escasez de agua que imperaba en este Sur, hasta que a partir de la mitad del siglo XX se comenzó a instalar las conducciones de agua a las casas, obligaba a la población a habitar zonas cercanas a fuentes, a barrancos. Se construían aljibes para almacenarla en tiempos de insuficiencia; se abrían pozos; se recurría al aprovechamiento de las aguas de lluvias, a las escorrentías de los barrancos para dar de beber al ganado y para el lavado de la ropa. Y en los días de máxima penuria se acudía a extraerla de los eres: una poceta en el cauce del barranco que las escorrentías la han llenado de arena fina y agua; la arena retiene el agua, evita su rápida evaporación; para obtenerla bastaba con escarbar un hoyo y esperar que el agua se clarificase antes de recogerla.
Para lavar se utilizaba el agua salobre de los pozos, en baños de cinc o en la pila de cantos recubiertos por arena y cal. A lavar, se iba a los lavaderos construidos en las atarjeas de riego; o cuando corría el agua por los múltiples barrancos que configuran nuestra geografía. Como la imagen, creemos que es de la década de 1960, que nos muestra a una mujer lavando en una atarjea situada en El Rincón, Guaza del Medio, en Arona. 
Fotografía de Luciano García García.

Documentación: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

lunes, 6 de junio de 2016

Fermina González Oliva, dulcera en Vilaflor


Fermina González Oliva. Fotografía de “Vicente”, que acompaña al artículo citado

Fermina González Oliva fue una reconocida dulcera en Vilaflor de Chasna, en una época en este Sur de Tenerife donde había que adaptarse a las adversidades. Duro camino que lo transitó con la ayuda que le reportó la elaboración de estos prestigiosos dulces chasneros, amasados con el cariño que se trasmite de una generación a otra, y que en esos años de mediados del siglo XX fueron una ayuda al aporte familiar. Como el de otras mujeres que compartieron ocupaciones con este menester, como Adorsinda Melo Aponte, Fermina Cano Díaz, Indalencia Fumero Oliva, o la hija de Fermina González, Ligia González González.  
Dulces que se trasladaban en cajones de madera, con la ayuda de algún animal, y recorrían muchos de los pueblos cercanos, sobre todo entre Granadilla de Abona y Adeje. Llegaban sus dulces sabores a tiendas, casas particulares, y sobre todo en días de festejos, cuando los desplegaban sobre blancas sabanas.
A través de un artículo publicado en 1959, “Tortas de Chasna y piñitas de almendra” y firmado con el seudónimo de Pablo de Chimisay, se conocen algunos pormenores de esta dulcera natural de Vilaflor de Chasna. El redactor llegó a su vivienda en El Tejar de la mano de María Lis García Alonso, a quien el periodista había comentado su interés en conocer alguna de estas dulceras chasneras.
En la entrevista que se le realiza, cuando Fermina González Oliva contaba 82 años, se apunta: “Es la más antigua y la que más dulces hace para todas las fiestas de los pueblos de la Isla. Allí la hemos encontrado en su faena, almibarando las ricas tortas de Chasna y las ´piñitas` de almendras. Es curioso observar como en un viejo horno de piedra y con cáscaras de almendras, cocina estos manjares, ayudada por sus hijas. Una mesa, unas viejas vasijas y unas cuantas bandejas de lata son sus únicos instrumentos, junto a una larga pala para introducir y sacar los dulces del horno.
Doña Fermina González Oliva es una mujer trabajadora y llena de entusiasmo. Sin duda, es de aquellas mujeres que no conocen el descanso, y de muy de mañana está dedicada a estos menesteres. para poder sostener a este hogar cristiano, donde la vida no ha podido sonreír por tener a un hijo enfermo desde hace varios años.”
Comenta Fermina que se dedicaba a esta labor desde que tenía “ocho años cuando empecé este trabajo, ya que no lo vi en mi casa sino en otras mujeres que se dedicaban a estos trabajos.” Y después prosigue con los dulces que suele hacer, como “los bizcochos, almendrados, piñitas de almendras, tortas de Chasna, rosquetes y muchas cosas más.” Y ante la pregunta de cuál es el que más elabora, apunta que su preferido es “la tortita de almendra, que nosotros conocemos por la torta chasnera. Es por el que más preguntan los clientes. En las fiestas estas tortas siempre se agotan.”


Horno de leña de Fermina González. El Tejar, 2016


Y para hornear utilizaba las cáscaras de almendras, en un horno que ya disponían sus padres, en El Tejar. “Este tiene más años que usted y que yo. Tiene casi un siglo. Lo tenían mis padres para pasar los higos en los inviernos, cuando llovía y se mojaban, pues mis padres no tenían este oficio.”
Y termina el cronista comiéndose unas piñitas de almendra, despidiéndose de “esta mujer laboriosa que representa una tradición en estos dulces tan ricos que ya tienen historia en nuestra Isla. Volvemos de nuevo por el camino del Tejar, envuelto en trigales y amapolas. A un lado, el Calvario, como centinela espiritual del bello pueblo de Vilaflor, y al fondo, los lindos pinos centenarios que hacen de este pueblo un lugar maravilloso en medio de la isla.”
En el Censo de la Población de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1910, Fermina González Oliva, consta inscrita con once años. Reside en San Agustín, la actual Avenida Hermano Pedro, con sus padres, Ireneo González Reverón de 56 años, y Amalia Oliva Hernández, de 54 años.
En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1940, Fermina González Oliva, figura residiendo en El Tejar, como fecha de nacimiento se apunta la de 1897, y de profesión sus labores; casada con Gregorio González Díaz, quien nace en 1892 y de profesión obrero; y sus hijos: Pastora, Ligia, Graciela y Máximo. Además en la vivienda reside el padre de Fermina, Irineo González Reverón. En el Padrón Municipal de Vilaflor, a 31 de diciembre de 1950, se encuentra inscrita en El Tejar, viuda, y con sus hijos: Pastora, Ligia y Máximo.
A Fermina la recuerda de otra gran dulcera, Candelaria Lorenzo Fumero: Vivía en El Tejar, tenía horno de leña y hacía dulces. Hacía dulces y los iba a vender por áhi pabajo. Madre de Ligia, que también hizo dulces, así como Pilar una hija de Ligia.
El buen hacer de Fermina González prosigue almibarado a la memoria colectiva de este Sur. Madre y abuela de dulceras, colmó de gozo a infinitos paladares con sus tortas chasneras, almendrados, piñas de almendras o rosquetes. Tuvo la fortaleza para subsistir en unos momentos de austeridad, poseyó la delicadeza para armonizar con destreza cada momento del proceso de la elaboración de estos manjares, a los que se recurría para ayudar en la subsistencia familiar.