domingo, 18 de agosto de 2013

Almendreros en las Bandas del Sur




  Las Manchas. Santiago del Teide, 2013

Los almendreros se adaptan muy bien al clima, y al terreno, que predomina en este Sur. Su fruto, al igual que el higo pico y el higo de leche, estos dos últimos en forma de porretas e higos secos, fue una importante fuente en la alimentación, en la subsistencia, de nuestros antepasados.
Referencias de almendreros se encuentran desde siglos atrás. Como por ejemplo se puede aportar los datos de las perdidas ocasionadas por el huracán que padeció las Islas Canarias en noviembre de 1826, en el que se reseñan los daños ocasionados en árboles frutales en el Sur de Tenerife, sin especificar variedades, salvo para el Municipio de Santiago del Teide: Árboles arrancados de raíces en la demarcación de mi mando puede llegar a mil, más bien más que menos y esto es de los frutales de leche y de almendros y morales puede llegar a mil también.
Para el siglo XIX también se puede citar el proceso que se cursa en 1855, por el Ayuntamiento de Guía de Isora contra un cabrero por entrar su ganado en un terreno de Salvador Alonso Rojas, denominado Tejinastal, ocasionando daños en almendreros, higueras de leche y manchones de hierba. 
Barranco de Angola. Vilaflor, 2013 a
En Vilaflor, se encuentran múltiples referencias en las declaraciones de fincas rusticas, en 1882, y aunque no es frecuente encontrar las citas de almendreros ya que se recogen en muchos casos con el genérico de árboles frutales, se anotan su existencia en algunos lugares. Así se declara la posesión de dos pies de almendreros en el Callejón. En el Llano de Coto, una tierra dedicada a cereales y almendros. O en Santa Catalina, una tierra destinada a almendros.

  Con la vara. Los Tomillos. Aripe, 2007
  Aripe. Guía de Isora, 2009

En algunas zonas, como en el Suroeste de la Isla, se denota una expansión de este cultivo en la última mitad del siglo XIX, motivada por la crisis de la cochinilla, la cual se intentó atenuarla con la siembra de almendras, tal como apunta Carmen Rosa Pérez Barrios en su publicación la Propiedad de la tierra en la Comarca de Abona.
El cuidado del almendrero ha perdido presencia en estos campos del Sur por el abandono de la agricultura tradicional. Lo que representó a nuestra gente del campo nos lo muestran algunos de sus vecinos, algunos de ellos ya fallecidos. Como Rosario Delgado Hernández, quien nació en El Roque, San Miguel de Abona, en 1912, y quien contaba que en el día de reyes sólo recibían unas naranjitas y unas almendras, que colmaban la mayor de las expectativas. 
  Las Vegas. Granadilla, 2013
María Oliva Fraga, nació en 1928, en Icerse, Adeje, en una familia dedicada al cuidado de una medianería, entre la agricultura y la ganadería. Pero lo que no entraba en ese trato eran las almendras, que también recogíamos, pero pagában pa recoger, las almendras se las llevaban ellos, las exportaban pa Las Palmas.
María Rodríguez González, de Aripe, Guía de Isora, donde nació en 1935, y que siempre ha estado vinculada a este cultivo, con una gran mano para tumbar la almendra con la lata, con la larga vara con la que se golpea el árbol. Apunta María que la almendra se solía vender sin majar. Se tumbaban con la lata, se recogían, se trasladaban a la vivienda, se escogían, se les retiraba la cáscara verde, a la que aún la tenía, y se almacenaba en el granero. La cáscara verde se solía colocar en el estercolero y utilizarla con posterioridad como abono, y la seca se podría utilizar para alimentar el fuego del fogal.
Tomás Trujillo Trujillo, cabrero más conocido por Pablo, y quien nació en el canto abajo de Las Manchas, en Santiago del Teide, apunta la dedicación de su familia, que también incluían la almendra entre sus labores. En aquella época nada más que el ganado, sembraba, recogía, vivía de la agricultura. Y así pasábamos un tiempo como dios mandaba, en aquel tiempo de las miserias lo pasamos bastante bien porque teníamos gofio, cogíamos papas, fruta, almendra, de todo teníamos en la casa.
Asimismo con la almendra, al igual que otros cultivo como la papa y de otros árboles frutales, fue recurso para gente humilde a través del rebusque, de ese fruto que queda perdido bajo el almendro una vez recogida la cosecha.

  Los Calvaritos. Vilaflor, 2012
O anotar otros apuntes de esas almendras que se utilizan para la excelente repostería de este Sur: truchas de almendras, tortas de almendras o tortas chasneras, piñas, huesos, rosquetes rellenos o matrimonios. Y como ejemplo de dulcera se podría citar a Adorsinda Melo Aponte, quien nació en 1883 en Arona, y que elaboró sus deliciosos dulces en El Hoyo, en Vilaflor, tal como recuerda su hija María Tacoronte Melo, también dulcera y quien recuerda alguno de los momentos por los que transitó la vida de su madre, prestigiosa dulcera que recorrió buena parte del Sur de la Isla endulzando el paladar de sus gentes. Sobre todo en verano, se trasladaba a los festejos, se producía un ajetreo continuo en su casa de El Hoyo. Era empatar una semana con otra, siempre con los dulces, empatar porque cada vez que había una fiesta había que salir, usté ve que Las Galletas es muy cerca al Valle, después era Charco del Pino, después San Antonio en Granadilla, después también San Miguel.
Almendrero. Árbol de retorcidos y estriados troncos, de amplia gama de pardos que en ocasiones rivalizan en coloridos con la piedra. Y llega la conversión, brota el colorido, brota los pétalos blancos y rosas que pueblan laderas y barrancos de júbilo. Pero la metamorfosis continúa con el brotar del verde, de sus hojas, y del cuajado del fruto, de la almendra, exquisito manjar que aporta alegrías a nuestro paladar.

Calle Grande. Adeje. c. 1890


Calle Grande. Adeje. c. 1890
 
Imagen que nos muestra la actual Calle Grande, tal como se encontraba a finales del siglo XIX; a su izquierda El Mentidero, a la altura de la actual Calle Dr. de las Casas Pérez. Calle de tosca atravesada por la atarjea construida por Casa Fuerte para llevar el agua del Barranco del Infierno a sus propiedades al sur del pueblo, como al Valito. Atarjea, canal horadado a la tosca, que bajaba por el lado derecho de la calle y al llegar a la altura de la esquina con la actual Calle Dr. de las Casas Pérez, donde existió una tanquilla utilizada para el lavado de la ropa, cruzaba la Calle Grande.
Documentación:
BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

Carretera de San Marcos a Santiago del Teide y Guía de Isora


  Obras a su paso por Santiago del Teide

 
El proyecto de la carretera de San Marcos, en Icod, a Guía de Isora se inició a la par que el muelle embarcadero de la caleta de San Marcos. Al unísono se muestran las quejas por los continuados retrasos para iniciar su ejecución. Desde finales del siglo XIX se encuentran múltiples informaciones donde se recoge los malestares por las demoras en la construcción de una vía que enlazara el Norte con el Suroeste de la isla. Desde los primeros años del siglo XX se subastaron las obras en su primer tramo, pero al no estar culminado el expediente de expropiación, los propietarios de los terrenos se niegan a conceder el permiso para su ejecución. Las peripecias de estas obras se alargan aproximadamente unas cuatro décadas, los fondos se consignaban a cuentagotas, y se iban subastando trozos de carreteras según su disponibilidad. Como ejemplo de abandono y desidia anotar que el primer trozo, de San Marcos a Icod, se anunció su subasta en 1902, pero todavía estaba en obras en 1931.
  Santiago del Teide, 1933
La carretera fue una larga petición con la que paliar la falta de trabajo en todas estas décadas que transcurrieron hasta su llegada a Guía de Isora en los años treinta. Los cíclicos periodos de sequías motivaban que cada cierto tiempo se reabrieran las quejas. La erupción del Chinyero, acaecida en noviembre de 1909, también originó múltiples peticiones que esta carretera se incluyera en los proyectos a realizar urgentemente. La emigración de los años veinte fue una sangría para estos municipios del oeste de la Isla. Las suplicas reiteradas por la ejecución de obras públicas no sólo era una necesidad para comunicar estos pueblos, para lo que todavía había que recurrir a las bestias y a los malos empedrados caminos, sino que además era una gestión precisa para paliar la falta de trabajos, era un acto de misericordia. Por la prensa de la época era frecuente encontrar noticias dramáticas, como la de vecinos de Santiago de Teide, “que se ven sin tener donde ganar el sustento, están emigrando en masa. Son ya más de 30 casas las que están cerradas, por haberlas abandonado sus moradores, los cuales se encuentran hoy diseminados en varios pueblos de la isla, mendigando trabajo, cualquiera que sea, que les permita ganar un pedazo de pan.”
Son infinitos los proyectos, las reformas, los comienzos de las obras, las suspensiones por falta de medios económicos. Como ejemplo los trozos 2º y 3º, los que partían de Icod hacia El Tanque, se estaban ejecutando en 1919, a comienzos de 1920 se paralizan por falta de financiación, y en marzo de 1921 se informa como una noticia de gran trascendencia que se va a  recibir una concesión especial de 20.000 pesetas para continuar con su construcción. Era tal el desanimo que incluso a finales de la década de los años veinte se suplicaba por su terminación. 
Para llegar a Santiago del Teide y a Guía de Isora por el norte, se iba en coche hasta Icod de los Vinos, algo más de dos horas desde Santa Cruz de Tenerife, luego en alguna bestia por la cumbre. A finales de los años veinte se llegaba, con automóviles, a Guía de Isora por el sur, pero dando infinitas vueltas por las múltiples pistas que se iban construyendo por este lado Sur. 

  Calle de La Libertad. Guía de Isora
En 1930 ya se había llegado a Santiago del Teide, un año después estaba finalizada el trozo de Chío a Guía de Isora. En palabras de Antonio Martí, “Chío y Guía se comunicaban, hasta no hace mucho tiempo, por medio de un mal camino de herradura, invirtiéndose en cubrir la distancia más de una hora, al cansino paso de las bestias. Hoy podría recorrerse el trayecto, en automóvil, en unos minutos”. Pero la carretera está cerrada por no estar entregada oficialmente. En esta época había que ir por Arguayo en bestias y coger el coche en Santiago del Teide, “pero ha llovido. Hay unos pasos malos a la altura de Erjos. Falta por construir unos puentecillos. Afirmar cierto trozo desmontado. Cuestión de poco dinero y de poco trabajo también. Por estos dos pocos, Santiago del Teide, Tamaimo, Erjos, toda una zona importante y rica, permanece incomunicada.”  
Los tramos se iban abriendo, pero al mismo tiempo quedaban pequeños trozos por rematar, por acondicionar; pequeños puentes que el agua los hacía intransitables, en suma que era una pequeña aventura recorrer esta carretera. En de mayo de 1932 se inauguró oficialmente la pista “de Santiago del Teide a Chío, pista que ha venido a cerrar el circuito de circunvalación de la isla”, con la asistencia del “Gobernador Civil el Cabildo en pleno y autoridades de la capital y de otros pueblos.”
Aún cuando esta inauguración podría hacer pensar que este proyecto estaba finalizado, no fue así. Todavía se estaba en obras para su llegada a Guía de Isora, y además el enlace de éste último a Adeje no se finalizaría hasta la década de los sesenta. Por entonces el tan cacareado anillo insular peregrinaba por un laberinto interminable de pistas. En junio de 1932 se informa que los trabajos en el quinto trozo están muy avanzados, cuyo contratista, Juan Fernández Oliva, creía que en julio se podría autorizar el paso de los vehículos hasta Tamaimo. De hecho en las fiestas de Santa Ana, a celebrar a finales de julio, se preveía la primera llegada de automóviles. En esta fecha varios vecinos de Santiago del Teide muestran sus quejas por la cantidad de polvo que levantan los coches que transitan por esta carretera, al cruzar por el mismo centro del pueblo y no estar asfaltada, para evitarlo solicitan se le dote de una capa asfáltica.
Los últimos tramos continuaban con su engorroso proceso de subastas y comienzos de obras, así el último tramo, para su llegada a Guía de Isora, se subastó en 1933. La empresa Entrecanales y Tavora comenzó las obras el 6 de abril, ocupando en ellas a treinta peones, produciéndose quejas por estar empleando a tan pocos obreros.
Las imágenes que acompañan este artículo se sitúan, dos en Santiago del Teide. Una de ellas con la carretera en obras, alrededor de 1930, y otra, de agosto de 1933. En ambas se nos muestra la pista con una línea de viviendas alineadas solamente en el lado del naciente de la carretera general. La tercera imagen pertenece a Guía de Isora, a comienzos de los años treinta, con uno de esos primeros automóviles que transitaban por sus calles, en la Calle de la Libertad o Calle de Arriba como se conoce en la actualidad, o de Manuel Luengo, como se aprobó, por la Corporación Municipal, en diciembre de 1909, en atención al interés mostrado por el que fue Gobernador Civil Interino en el transcurso de la erupción volcánica del Chinyero, acaecida en noviembre de ese año. A la izquierda se contempla la plaza de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Luz, y justo detrás del automóvil transcurre el Barranco de Ntra. Sra. de Guía.

sábado, 17 de agosto de 2013

Consolación Rodríguez García o el esfuerzo de una vida

  Consolación Rodríguez García, con balayos. 1935

 
Consolación Rodríguez García, La Morena, a quien se le añadió este nombrete por el color de su piel, ejerció de madrina en el bautizo de María Luisa Rodríguez García, la que recuerda algunos pormenores de la vida de una de las hermanas de su abuela Margarita Rodríguez García. Consolación se crió en Benítez, al borde del Barranco del Infierno, en Adeje, donde María Luisa cree que nació. Sus padres, Francisco Rodríguez y María García, trabajaban de medianeros en Benítez. En el Censo Electoral de Adeje para 1901 se registra en Ifonche a un Francisco Rodríguez, de 63 años y de profesión jornalero.
Consolación La Morena, se adaptó desde niña en las duras tareas de la agricultura y a otras labores a los que se consagraba su familia, como la elaboración del carbón. Estaba con todos los hermanos y el padre cortando pinos y haciendo carbón, hacían el carbón y lo vendían y ella como un hombre más. Y por estas medianías transcurrió un largo período de su vida, cortando leña; haciendo carbón, transportándolo a los pueblos cercanos en los lomos de bestias, a los que se trasladaba a pie por las humedecidas veredas en esas mañanas de rocío y frío; confeccionando zarandas, balayos, con mollos de centeno y de trigo, sembrados y segados pensando en esa utilidad, y los amarres de juncos, que los obtenía de ese vergel que era el Barranco del Infierno.
Sobre Consolación Rodríguez García publicó dos artículos, La Prensa, noviembre de 1935, el periodista Luis Álvarez Cruz, y de los cuales también se han obtenido las fotografías de Bacallado que acompañan a este comentario. Luis Álvarez Cruz visitó a Consolación Rodríguez en su vivienda en Arona, cuando contaba con ochenta y tantos años. En el Censo de Población de Arona, a 31 de diciembre de 1920, Consolación Rodríguez García se encuentra inscrita en la Calle Luna, de Arona Casco, con 69 años de edad y natural de Adeje.

Consolación Rodríguez García, con tablero para secar cochinilla. 1935
En el primer reportaje resalta su dura vida, de sus inicios con los balayos, con juncos criados en el Barranco del Infierno, fueron remojados y aplastados por sus manos, y enhebrados en la aguja gruesa de la casa. Pequeños haces pajizos fueron rodeados por los juncos y superpuestos circularmente, en vueltas que se iban agrandando desde el “ombligo” del objeto hasta sus bordes superiores. Una puntada de remate, y el balayo salió, con su aire fácil y sencillo de cosa sin trascendencia, de sus manos laboriosas.
¿Y podría, acaso olvidar la frase que para su primera obra tuvo la boca materna? … No la ha olvidado. Su madre le dijo: “Hija; tu obra es una “lipipipura”. Ello equivalía a decirle: “Hija; tu obra no vale nada”. Pero aquella obra de seña Consolación fue vendida en una peseta. En diez tristes monedas de cobre que, a sus ojos, fueron como diez soles de oro purísimo. Porque, vamos a ver, ¿a qué padre le resulta feo el hijo feo de su amor?. Al fin y al cabo, aquel balayo rústico era el primer hijo salido de las manos de seña Consolación. De cualquier manera, aquella obra le había ocupado un día entero de trabajo.
En el segundo reportaje se reseña otra de las muchas labores que realizaba esta anciana, nacida en Ifonche, y que residía en una modesta casa en Arona, la recolección y el secado de la cochinilla.
Balayos y cochinilla son restos, residuos, estertores del tiempo viejo que aún se aferra a la vida. ¡Bah! Cosas que únicamente logran interesar a esos seres absurdos e inútiles –así se le denomina, absurda e inútilmente- llamados poetas. ¿Pero cómo podríamos nosotros evitar que esas cosas nos conmuevan, si nos llegan temblando a las puertas del alma?.
En fin, el caso es que esta viejecita, arrinconando un instante los balayos para atender a la cochinilla, murmura esta frase, urgida de melancólicos y estériles afanes: ¡Si volvieran los tiempos!
¡Si volvieran los tiempos de la cochinilla!… ¡Aquellos tiempos en que la libra se cotizaba a cinco pesetas, otro gallo le cantaría a seña Consolación. Pero la industria de la cochinilla se encuentra arruinada. Si hoy se vende alguna libra, se vende a peseta, y este precio, y este  precio, esporádico por demás, no compensa el esfuerzo. ¡Si no fuera por la necesidad de la “probea”!… ¡Quién sabe, seña Consolación! Si no hubiera sido por estas necesidades elementales de la pobreza acaso ya hubiesen desaparecido del país todas estas cosas antañonas y conmovedoras. ¿Quién se atreve a rasgar los siete velos de la vida?… Pero, palabrería aparte,, volvamos a esto de la cochinilla. 
Bien sencillo es todo. Seña Consolación raspa las pencas de los nopales con una cuchara y recoge el codiciado insecto color ceniza. Una vez en su casa, lo “avienta” sobre un encerado y lo purga de impurezas. Después lo frota con tierra para que “no se dedique a parir bichillos”. Finalmente, lo pone al sol. Cuando se halla seco se envasan las libras obtenidas, y al mercado con ellas. En esto consiste la manipulación de la cochinilla, esta antigua fuente de riqueza de Canarias.

María Antonia Martín García. Última locera en Garañaña


  María Antonia Martín García, locera en la Montañita de Garañaña, 1935
 
La alfarería tradicional tuvo en La Montañita de Garañana una manera particular de elaborar el ajuar necesario para el desenvolvimiento cotidiano. Tostadores, ollas, bernegales, tarros de ordeño, braseros o platos, son algunos de los utensilios que de manera artesanal se elaboraban en este último enclave alfarero que pervivió en San Miguel de Abona hasta casi la llegada de la mitad del siglo XX.
Un ilustre hijo de San Miguel de Abona, Juan Bethencourt Alfonso, médico y antropólogo, nos instruye en su publicación “Historia del pueblo guanche”, con datos de finales del siglo XIX, como se realizaban las labores en esta práctica alfarera que se creaba por manos femeninas, que se trasmitía de madres a hijas. Aseguran en Garañaña las loceras o alfareras que su industria les viene de los guanches, que fabricaban la loza como hoy pero que algunas piezas son de distintas formas y no tenían hornos para quemarla, sino que la ponían en montón en el suelo cubriéndolo con leña, a la que daban fuego y le añadían combustible hasta que se ponía la loza colorada. (...) El mejor barro de aquellos contornos es el de la mesa de Tamaide, que es colorado.
De este lugar, de nombre tan sonoro, Garañana, anclado en la memoria colectiva de la tradición oral, emblema de la confección de loza en el Sur de la Isla, se tiene referencias desde finales del siglo XVIII. Según consta en el padrón de población de 1779, cuatro vecinas que residían en Garañana ejercían este quehacer de locera: María Barrios, de 46 años y casada con Salvador Donis; Sebastiana Afonso, de 38 años, esposa de Domingo Salguero; María Delgado, de 36 años, casada con el tejero Agustín Amador; y Antonia Afonso, de 34 años, casada con el jornalero José González Manso.  
             
  María Antonia Martín García
María Antonia Martín García fue la última locera que trabajó en La Montañita de Garañaña. A través del trabajo de Manuel A. Fariña González, “Las loceras de San Miguel de Abona”, publicado en la revista “El Pajar”, en su número de agosto de 1998, conocemos algunos pormenores de esta alfarera que estuvo al pie del horno, por lo menos hasta la década de los años treinta. Nació en Garañaña, el 7 de septiembre de 1870, falleciendo en 1955. Su madre, María García, era natural de Fuerteventura; y su padre, Agustín Martín Morales, del Lomo de Arico. En el Padrón Municipal de San Miguel de Abona, a 1 de diciembre de 1925, se recoge a María Antonia Martín García, en el Caserío de la Montañita, junto a su marido José Rivero Beltrán y tres de sus cinco hijos, con la profesión de “sus labores”, y con año de nacimiento el de 1878.
Las antiguas reminiscencias que cita Bethencourt Alfonso, y la llegada de diversas familias loceras de Fuerteventura, entre las que se incluye la madre de María Antonia Martín García, contribuye, a juicio de Fariña González, a que la loza que se elaboró en Garañaña tuviese características diferenciadores del resto de la cerámica tradicional de la isla de Tenerife.
Esta anciana alfarera se llama María García. Setenta años al cuento del oficio, en tierras del Sur. Y, eso sí, el buen humor por delante. Las preocupaciones avejentan, y nada puede haber más triste que la tristeza de setenta años sin sonrisas. Esta vieja alfarera lo ha comprendido así, y tiene razón. El trabajo que se hace entre dos sonrisas es el mejor que sale de nuestras manos. Los objetos que salen de las manos sabias de la anciana alfarera están hechos entre dos sonrisas. Con estas palabras inicia el periodista y poeta Luis Álvarez Cruz un reportaje que se publica en noviembre de 1935, en el diario La Prensa, bajo el titular de “Las últimas alfareras de Tenerife”.
Luis Álvarez Cruz nos trasmite con su característica maestría las peculiaridades del lugar que se encontró. Seña María García es de Garañaña. Garañaña trasciende a guanche. Es un simple montoncito de viviendas a la entrada de San Miguel. Un caserío rústico en donde antiguamente funcionaban varias alfareras, que ya han desaparecido.
La tradición esta del barro amasado y cocido necesita un lugar. Seña María ha escogido este lugar. Ha enclavado su taller en La Suertita, al final de una calle empinada, que también puede ser camino, y en donde –una, dos, tres casas- ya se ha visto todo lo que hay que ver en una primera ojeada errabunda sobre las tierras ardientes del Sur.
El taller es de una tosquedad conmovedora.
Aquí está el taller, pero a través de la cáscara de las paredes de piedra sin encalar.
Dentro, una vez traspasados los dinteles de la única puerta que hay en la casa, sobre el pavimento de tierra cruda, objetos de barro cocido: tostadores, ollas, bernegales.
Nos describe como le cuenta esta vieja locera sus quehaceres para sacar del barro su lado práctico; el lebrillo, para amasar el pan o el gofio, para servir el potaje en la mesa; el tostador de grano, de ese cereal que se llevaba al molino para obtener el aromático gofio; el tarro del ordeño, de uno o dos bicos, en el que depositar la blanca transformación de la aridez del Sur; la olla, para el guisado de diversos alimentos; la hondilla, de múltiples usos; o la talla, para el acarreo y almacenamiento del agua. El ir a recoger el barro, desmenuzarlo, mezclarlo con arena, amasado y sobado, darle forma sin moldes. Ya las manos saben su cometido. Primero la base; luego la parte media; finalmente el remate. Y ya el objeto está hecho, pero no acabada. Hay que curarlo primero. Se almagra. Esto es: se barniza con una mezcla de almagre y aceite o petróleo, frotándolo con un callao liso de la mar, y, pacifico y simplista instrumento, raspándolo con una cuchara. Unos días a la sombra y ya está el objeto curado. Seguidamente, una temporadita al sol. Finalmente el horno de piedra abre una boca desdentada para tragárselo. Y después se disponía a venderlo en la misma calle, en los pueblos cercanos. Antes, ganándose menos se vivía mejor. Ahora, que se gana más, apenas sí se puede vivir.
Luis Álvarez Cruz cierra su reportaje amasando su arcilla de palabras, y diferenciando su trabajo del de esta última locera de San Miguel de Abona que durante varias décadas mantuvo vivo el horno de la tradición. Usted hace ollas de barro; yo manipulo la arcilla literaria para esta curiosa frivolidad de las gentes del pueblo. Con una diferencia; que su barro brota entre dos sonrisas, y el mío se “amorosa” a veces con dos lágrimas. Quizá estas lágrimas espirituales de ahora estén destinadas a caer sobre el recuerdo de su barro guanche.

Las Galletas, festejos de 1949

  Organizadores y colaboradores de los festejos, 1949
 
Los festejos de San Casiano, en Las Galletas en el año de 1949, se celebraron el sábado 20 y el domingo 21 de agosto. De este año creemos que es esta fotografía, en la que se muestra a un grupo de vecinos de Las Galletas, entre los que se encuentran, el párroco Ricardo Delgado Díaz, el cartero Paulino Suances, Aurora Suances, Miguel Calcerrada, Casiano Alfonso, Celía Alayón, Leoncia Domínguez, José Flores y Gregoria Morales, ataviada con una banda que la acredita como la reina de los festejos.
El recuerdo que legó Rosario Domínguez es inmensamente rico, de su prodigiosa memoria extrajo que en ese año el presidente de los festejos había sido Casiano Alfonso, que el vicepresidente fue José Flores, que asimismo intervino el cartero Paulino Suances y que esa primera reina recayó en Gregoria Morales Hernández.
En el programa de los festejos de 1949 se anota que el domingo 21: Por la tarde tendrá lugar la elección de la Reina de la Fiesta. Este año se retoma esta elección de la reina de los festejos, que ya se había efectuado en 1935. Y además se podría destacar un partido de fútbol, que disputaría el Villamar, equipo de Las Galletas, con cualquier otro de la zona Sur. Los paseos con la Banda de Música de Granadilla. O la procesión marítima terrestre, del domingo.

Documentación: BRITO, Marcos: Arona. Tradiciones festivas. Llanoazur ediciones


Reconocimiento a los pescadores de Los Cristianos. II edición de los premios Player@s

 
 
Andrés Marcelino Ramos. Félix Sierra Melo. Juan Melo Tavío. Florencio Marcelino Valentín. 
Alejo Brito Mora. Rufino Marcelino Ledesma. Manuel García Sierra. Vicente Brito Mora

El 15 de agosto de 2013 se formalizó la “II edición de los premios Player@s”, promovida por la “Asociación Sociocultural Los Artistas de Los Cristianos”. Este reconocimiento recayó en el colectivo de los pescadores de Los Cristianos, que estuvo representado por ocho de nuestros “viejos” que han dedicado su vida a la mar.

La zona costera, que fue de bajíos y de charcos, de lapas y de sal, de marcas y pescadores, era fuente de recursos como complemento a la dieta alimenticia. Su aprovechamiento, por los habitantes de las medianías, ya se realizaba de manera esporádica, desde antes de la conquista de las islas, por sus antiguos habitantes los guanches. Este bajar ocasional, sobre todo en la época estival, se tornó estable con el paso de los años, estableciéndose el núcleo costero de Los Cristianos.
En Los Cristianos, a finales del siglo XVIII se tiene constancia de la existencia de las dos primeras casas. Así se describe en el Derrotero y descripción de las Islas Canarias de José Varela y Ulloa, con referencia al año de 1788: la playa donde atracan los barquillos de remos, y donde hay siempre de 3 a 5 barquillos de pescar, a la orilla del mar se hallan dos casitas de labradores. Pero no es hasta mediados del siglo XIX cuando se tienen noticias sobre el asentamiento de población permanente.
En Los Cristianos, en 1865, habían 3 edificios de un piso, uno de dos y una choza, y que los habitaban tres vecinos. En el Nomenclátor de 1888 los edificios ya llegaba a 29, a los que se le añadía una choza o cueva. Aún así no es hasta finales de este siglo y comienzos del veinte cuando este núcleo pesquero se consolida. En el Nomenclator de la Provincia de Canarias, con referencia al 31 de diciembre de 1900, el número de edificios existentes era 39 de una planta y 1 de dos plantas, y una población de hecho de 77 personas, para un total en Arona de 1.971, aumentando su población hasta las 283 personas en 1920.
Desde mucho antes de la segregación, según documenta Carmen Rosa Pérez Barrios en La historia de Arona (Ayuntamiento de Arona, 1996), de Arona de Vilaflor, acaecida en 1798,  se tiene constancia, a través de los diversos padrones de habitantes, de la existencia en los pagos de La Hondura, Túnez, Beña, Arona o en el Valle de San Lorenzo, de la profesión pescador o barquero, como así consta en  el Censo de Población de Vilaflor de 1779. Pescadores que se acercaban por temporadas a la costa de Los Cristianos y de Las Galletas, y que con el paso de los años fueron habitando estos dos núcleos costeros.
A través de diversos censos electorales, en los que se recogen solamente los varones mayores de 26 años, podemos ir comprobando como la especialización en las artes de la pesca propició un acercamiento a la costa, que cada vez se iba dilatando en el tiempo hasta hacerlo definitivo.
En el Censo Electoral rectificado en 1897, residían en Los Cristianos, Ignacio Hernández Santana. Antonio y Domingo Marcelino Serafín. José Marcelino. José Ramos Siverio, todos de profesión pescador.
Según el censo electoral de Arona, a 10 de abril de 1904, nos aporta una lista mayor de los pescadores que residían en Los Cristianos. Entre paréntesis hemos añadido donde residían con anterioridad, si no era en Los Cristianos, y su oficio. Juan Brito González. Domingo Díaz Barrios. Aquilino Díaz Domínguez (en 1897 residía en el Pueblo y de profesión pescador). Domingo Díaz Domínguez (Casitas, jornalero). Román Domínguez Melo (Tunes, pescador). Agustín Melo Cabeza, (Valle, jornalero). Juan Melo Díaz (Casas, pescador). José Melo Martín. Francisco Melo Fumero. Eliseo Melo Martín. Martín Melo Villareal. José Ramos Siverio. Ignacio Santana López. Diego Santana Ramos. Victoriano Sierra Tavío y Lázaro Tavío Brito (Valle, jornalero).
El resto de los varones, mayores de 26 años, que recoge este Censo eran: Prudencio Alayón García, propietario (Sabinita, jornalero). Agustín Alayón Gómez, jornalero. Domingo Barrios Barrios, comerciante (Pueblo, jornalero). Antonio Brito Risco, propietario (A. Risco Brito, Tunes, propietario). Leoncio Díaz Domínguez, jornalero. Francisco Fumero Sierra, jornalero. Manuel Ledesma García,  jornalero. Antonio Melo Martín, jornalero (Pueblo, jornalero). Juan Melo Martín, propietario (Tunes, propietario). José Martín González, propietario (Tunes, propietario).. Antonio Melo Cabeza, jornalero (Valle, jornalero). José Martín Rodríguez, jornalero. José Pomes Valls, escribiente. José Rivero Melo, jornalero (Pueblo, jornalero). Manuel Ramos Rivero, comerciante. Ramón Rivero Melo, jornalero (Pueblo, pescador). Pedro Tavío Melo, propietario (Valle, propietario). Graciliano Valentín Domínguez, propietario. Francisco Sierra Tavío, jornalero.
La pesca, además del marisqueo, se realizaba de costa, a caña o con el aprovechamiento de diversos charcos, donde en la pleamar entraba el pez y en la bajamar, al bajar el nivel del mar, algunos se quedaba en su interior, aprovechando este momento para su captura. Algunos de estos eran: El Charco del Marqués en la costa de El Camisón; el de Las Lisas, en la Playa de la Carnada; o el Charco del Lino, en Los Cristianos.
A la pesca se iba también en barca, como así consta por los menos desde el siglo XVIII, a remo y a vela, barcas ligeras, de 6 ó 7 metros, con 2 ó 4 remos Vela, madera y mar, siempre la mar, diálogo fluido que se rompe con la llegada, a mediados de la década de los treinta, de las primeras adaptaciones de motores de camiones y coches. Pero fue a partir de los años cincuenta cuando se pluralizó la utilización de pequeños motores marinos.      
Una mar cercana a la que se iba en esos pequeños barcos, en palabras de nuestro querido amigo Leopoldo Díaz Tavío, y sirva su nombre de recuerdo a nuestros fallecidos, esos que abrieron caminos y se llevan un poquito de lo que hemos sido. Cuando había viento de abajo pescaban parriba y cuando había viento de arriba se largaban pabajo. Parriba no solían ir más allá de Montaña Roja y pabajo lo normal era pescar en la mar de Adeje y en algunos casos hasta Teno. Se iba en busca de esos puestos donde mejor pescado se podía traer a tierra, puestos con nombres pronunciados por la melodía de los marullos de septiembre: Beril, Cienfias, Alto del Cariseo, Sabina, Piedra del Pico, Bajonitos, Alto Salema o Cabrial.

Documentación:
BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones
BRITO, Marcos: Marchantas o pescadoras en Arona. Llanoazur ediciones