miércoles, 8 de enero de 2014

Recursos para obtener agua: barrancos, atarjeas y chorros

 

  Chorro de agua en Guía de Isora. Fotografía cedida por el Ayuntamiento de Guía de Isora



La escasez de agua que imperaba en este Sur, hasta que a partir de la mitad del siglo XX se comenzó a instalar las conducciones de agua a las casas, obligaba a la población a habitar zonas cercanas a fuentes, a barrancos. Se construían aljibes para almacenarla en tiempos de insuficiencia; se abrían pozos; se recurría al aprovechamiento de las aguas de lluvias, a las escorrentías de los barrancos para dar de beber al ganado y para el lavado de la ropa. Y en los días de máxima penuria se acudía a extraerla de los eres: una poceta en el cauce del barranco que las escorrentías la han llenado de arena fina y agua; la arena retiene el agua, evita su rápida evaporación; para obtenerla bastaba con escarbar un hoyo y esperar que el agua se clarificase antes de recogerla.    
Con anterioridad a la instalación de la conducción de agua potable a las casas, esta carestía se palió con la disposición de chorros públicos. Fue uno de los recursos para surtir de agua potable a los habitantes de muchos de nuestros pueblos. Se transportaba el agua, hasta los denominados chorros, por medio de atarjeas de todo tipo: horadadas al propio terreno, de cantos o de tea; hasta que con posterioridad se utilizaron cañerías. A estos distribuidores de agua se acercaban sus vecinos con recipientes de todo tipo, sobre todo reciclados de latas de aceite y barricas de aceituna. Distribuidores de agua, que salvo excepciones eran gratuitos, se instalaron en casi todos los pueblos de nuestras islas. Como los que nos muestran las imágenes que acompañan este artículo, ubicados en Guía de Isora, Los Cristianos y Las Galletas. El de Guía de Isora estaba situado en la Calle de Abajo, en su trasera se encontraba la Huerta del Cura, en la actualidad Parque Obispo Pérez Cáceres. La fecha de esta imagen la podemos aproximar por la edad de dos de los niños que se encuentran en ella, José y Pedro Antonio Hernández González, de alrededor del año 1940.

  Chorro de agua en Los Cristianos
Los primeros que se construyeron en Los Cristianos lo fueron por el ejército a comienzos de la década de los años cuarenta. Estaban situados en la Avenida de Suecia, delante de la casa de José Domínguez “José Pepe”; en el comienzo del barrio de El Cabezo, a la altura de la casa de Leandra Valentín; y en la Plaza Virgen del Carmen, en primer lugar se instaló en la esquina de la plaza, frente a donde se encontraba la Cooperativa Agrícola Río y con posterioridad se construyó el Edificio Gavota; y luego se trasladó a la parte alta de la plaza.
Era agua racionada, en el chorro situado por fuera de la plaza se repartía una lata por casa y día, en este lugar llegaron a estar soldados de guardia. Cuando pasó a la parte alta de la plaza la suministraba el Ayuntamiento, que al principio cobraba a una perra gorda por lata, con una capacidad de 15 a 20 litros. Después la Corporación colocó las situadas en la Avenida de Suecia, tal como nos muestra una fotografía de finales de los años cincuenta, y la entrada de El Cabezo, y pasó a ser gratuita.
En Las Galletas existió uno de estos chorros de agua, situado en el extremo este de la actual Rambla Dionisio González. En la imagen se aprecia al pescador Domingo Domínguez Yanes, quien era en los primeros años de su instalación el responsable de cobrar la perra que costaba el cacharro de 20 litros, o los 15 céntimos por los de 30 litros. También se reconoce a Antonia Domínguez, con la lata sobre su cabeza. Los cacharros que se aprecian en las imágenes solían ser latas de aceite y el primer uso que se le había dada a las barricas era el de transportar aceitunas.
 
Lavado en la atarjea. Guía de Isora
Para lavar se utilizaba el agua salobre de los pozos, en baños de cinc o en la pila de cantos recubiertos por arena y cal. A lavar, se iba a los lavaderos construidos en las atarjeas de riego; o cuando corría el agua por los múltiples barrancos que configuran nuestra geografía. La escasez de agua obligaba a la población a lavar en barrancos, aprovechando las escorrentías ocasionales. A lavar se iba con toda la ropa de la casa, que no era mucha. En muchos casos se llevaba la comida, unas pelotas de gofio, algo de pan, de queso y hasta pescado salado se llevaba cuando se iba a Las Mesas de Guaza, desde Los Cristianos, para aprovechar los días de riego de los tomates allí sembrados. Y allí calentar la comida y arrugar papas mientras lavaban y esperaban que se secara la ropa. A lavar se iba, en muchos casos, con todo la chiquillería de la casa; y allí esperaban, entre juegos a que se secara, incluso, la muda que habían llevado puesta.
A lavar se iba a las atarjeas de las fincas en las que se trabajase, sobre todo desde que se estableció el cultivo del tomate en el Sur de la isla. El comienzo de este cultivo se produjo a finales del siglo XIX, implantado por Fyffes en Hoya Grande, en Adeje. En muchos de los demás municipios del Sur se sembró a comienzos del siglo XX, como así queda reflejado en el folleto de la sección de Canarias realizado con motivo de la exposición Universal de Bruselas de 1910, se recoge una lista de los principales productores y exportadores de tomates. Los domiciliados en Arona eran: Guadalupe Alfonso Gorrín y Aquilino Domínguez. Los residentes en San Miguel, y todos ellos con propiedades en el Municipio de Arona, eran: Casiano Alfonso, Luciano Alfonso, Antonio Alfonso Gorrín, Tomás Bello y Herederos de Serapio Feo. En Guía de Isora: Alfonso Jordan y Compañía. Cartaya Hermanos y Francisco González. En Adeje: Fyffes Ltd., con domicilio en Santa Cruz,  y Curbelo y Compañía. En Arico: Álvaro Delgado. Juan Delgado. Antonio García Izquierdo. Francisco Hernández. Francisco Rodríguez Pomar. Granadilla: José Pomar García. Juan Reyes Martín.
  Chorro de agua. Las Galletas
Las atarjeas de muchas de esas propiedades propiciaron el lavado de ropa, como es en el caso de esta fotografía obtenida, alrededor de 1960, en la finca de Agua Dulce en Guía de Isora. En ella se observa a dos mujeres, con la vestimenta usada en las labores del campo, aprovechando el riego de las huertas de tomates para el lavado. También se aprecia, a su derecha, el tendido de esta ropa sobre las piedras.
Agua escasa, obtenida a través de optimizar los recursos disponibles. Se acudía a los barrancos, a sus escorrentías, a los eres; se recurría a las atarjeas para lavar la ropa y dar de beber a los animales. Se iba al chorro, con tiempo y paciencia, a hacer cola antes de colocar la lata bajo el lento goteo. Se aprovechada hasta la última gota que caía sobre una tierra con ansias de humedad. 
 
Bibliografía: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Y Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones


martes, 7 de enero de 2014

Trilla en Vilaflor. c. 1945

 
  Trilla en Vilaflor. c. 1945
La agricultura de secano, junto al pastoreo y la pesca, fueron durante siglos las fuentes de alimentación de nuestros antepasados. El cereal era el principal cultivo en muchas zonas de nuestra geografía; trigo, cebada y centeno principalmente. Antes que llevarlo a la mesa, normalmente en forma de gofio, había que segarlo y trillarlo, separar el grano de la paja.
Finales de primavera y comienzos de verano, mes de San Juan y mes de Santiago, eran momentos de siega y trilla. Pero también eran tiempos de veraneo, de visitas de familias acomodadas a sus propiedades en Vilaflor. Dos actividades que se han unido en esta fotografía, que creemos ha sido obtenida en la era de Los Cortados a mediados de la década de 1940.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

Villa de Arico. Finales década de 1920

 
Villa de Arico. Finales década de 1920

Imagen de finales de la década de 1920, una vez que llega al pueblo la carretera vieja del Sur, tal como se aprecia serpenteando por entre sus huertas. En 1925 la carretera no pasaba el Barranco de Icor, y no fue hasta 1927 cuando llega a la Villa de Arico, año en que se le concede a Transportes de Tenerife la exclusividad del transporte, comenzando a operar al año siguiente la línea del Sur, que llegaba hasta Arico, ya que el tramo hasta Granadilla de Abona no se termina hasta comienzos de la década de 1930.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

viernes, 3 de enero de 2014

Establecimiento de la Comunidad Sueca en Los Cristianos


Reunión en la vivienda de la Calle Juan XXIII. 1960
 
Las motivaciones para residir al resguardo de la Montaña de Guaza, en la bahía de Los Cristianos, han variado a lo largo de los años. Lo que a comienzos del siglo XX no pasaba de ser un pequeño pueblo de pescadores, se ha transformado en uno de los principales enclaves turísticos de las Islas. A finales de la década de los cincuenta y sobre todo a partir de los sesenta el número de veraneantes de otros puntos de la isla que visitaban el pueblo era importante, favorecido por la construcción, a mediados de los cuarenta, de la carretera vieja del sur hasta Los Cristianos. A ellos se van añadiendo los viajeros de la Península Española y de algunos países europeos, al lograrse la estabilidad de las comunicaciones marítimas con la Península y al mismo tiempo con la instauración de vuelos charter.
A finales de 1957 llegan a Los Cristianos tres amigos de nacionalidad sueca, Bengt Rylander, rápidamente rebautizado por los vecinos como don Benito; Kart-Erik Henriksson, don Carlos; y Alf Johnsson, don Alfonso. Buscando unas condiciones climáticas que favorecieran sus debilitados cuerpos se establecieron, en primer lugar, en el Hostal Reverón, hasta que alquilaron algunas viviendas, como la casa de Narciso Tavío Paz y acondicionaron la primera Casa Sueca, en lo que actualmente es la esquina este de la calle Peatonal Estocolmo con Juan XXIII. Con posterioridad algunos de ellos, como Inga y Bengt Rylander adquieren una casa terrera cercana al mar, que hasta su derrumbe para una nueva edificación se conoció por Casa Inga. Birgit Alander y Ake Wännman edificaron su propia vivienda, Casa Ake, en la calle General Franco, la cual habitaron en octubre de 1964; así como Ing-Britt Niklasson y Olof Ryding quienes adaptaron otra en la actual calle Amalia Alayón.
Casa Sueca en 1964
El traslado desde Suecia a Tenerife no era un viaje ni placentero ni fácil de realizar. Tal como lo recuerda Birgit Alander, precisó más de un día para llegar a Los Cristianos, el martes 13 de septiembre de 1960: muy largo, muy largo, veintiséis horas en total. Primero fui a Estocolmo, entonces había un aeropuerto más pequeño que ahora, con coche cuatro horas; de Estocolmo en avión a Copenhague, de Copenhague a París, París a Madrid, Madrid a Tenerife con un avión de hélice que tardó cinco horas y media y de Los Rodeos a Los Cristianos, cuatro horas y media  Llegó para una estancia de tres meses, sin conocer el idioma, sin haberse bañado nunca en el mar, y aquí continúa, donde todavía reside compartiendo con estancias en Suecia.
Estos miembros de la comunidad sueca fundaron una asociación con el nombre de “Vintersol (Sol de invierno)”. Asociación que fue la responsable de construir la Casa Sueca que se sitúa en El Coronel y que se termina de edificar en 1963. Este mismo año se coloca la primera piedra del Centro de Rehabilitación Ramón y Cajal, Clínica Vintersol, cuya denominación “Vintersol” fue cedida por este grupo de pioneros.

Centro de Rehabilitación Ramón y Cajal, Clínica Vintersol. 1965

Este centro de rehabilitación recibe sus primeros pacientes nórdicos el 7 de noviembre de 1965 y se inaugura oficialmente el 16 de noviembre de este mismo año. Para este acto se contó con la presencia de las principales autoridades de la Isla, como el Gobernador Civil, el presidente del Cabildo Insular, los alcaldes de Granadilla, San Miguel, Adeje y el de Arona, Buenaventura Ordónez Vellar. Asimismo estaba presente el embajador de Suecia en España, Carl H. Borgenstierna; así como el Presidente del Centro de Rehabilitación Ramón y Cajal en Suecia, Kjell Hasselgren; y el Presidente en Tenerife, Peder C. Larsen, a quien se le concedió por el Ministerio de la Gobernación, la Encomienda de la Orden Civil de Sanidad como reconocimiento a sus esfuerzos en la puesta en marcha de este centro.
Su pionero Bengt Rylander, veterinario de la ciudad de Karlshamn que padecía esclerosis múltiple, no pudo ver culminado su sueño. Falleció en 1964 en el mismo lugar donde persuadió a la vida para que le otorgara sus “horas de oro”, su restablecimiento, en Los Cristianos. No sólo se preocupó de su mejoría sino que además propagó esta buena nueva con múltiples artículos en la prensa de su país.
La integración en la vida del pueblo de estos miembros de la Comunidad Sueca fue rápida, el personal que los atiende, servicios y traslados, eran vecinos del pueblo. Los Cristianos ya había traspasado la barrera de los mil habitantes. La población crecía sin pausa, las viviendas iban en aumento tanto en calidad como en cantidad. Las tiendas se iban multiplicando según las necesidades a cubrir. Ya se disponía de cine, y de una amplía red de tiendas que acogieron rápidamente las necesidades de estos nuevos vecinos de la comunidad sueca, algunos restaurantes, molino de gofio, panadería y una incipiente comunicación por carretera a través de servicios públicos.

Bibliografía:
BRITO, Marcos: Arona en el recuerdo. Llanoazur ediciones
BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones


Surtidor de gasolina. Adeje c. 1940

 

Surtidor de gasolina. Adeje c. 1940
    
Surtidor situado en la Calle Grande de Adeje, cuyo propietario era Francisco D. Ledesma. Hasta 1936 expedía el combustible extrayéndolo desde bidones, es a partir de esta fecha, y estando como Alcalde José Guirola Esquivel, cuando se le requiere a los dueños de estos surtidores, por motivo de seguridad, la instalación de depósitos subterráneos. Por varias facturas que Francisco D. Ledesma presenta al Ayuntamiento de Adeje se conoce el precio de la gasolina, para el año de 1939, como la que presenta por 35 litros de gasolina, a 22,75 pesetas; o por 170 litros de aceite de motor, por 425 pesetas.

Bibliografía: BRITO, Marcos: Paisaje en las Bandas del Sur [Tenerife 1890-1960]. Llanoazur ediciones

jueves, 2 de enero de 2014

Entre faenas, con José García Domínguez, José Rubio

José García Domínguez

Se suele decir que nuestros viejos han anudado su vida a la tierra, pero en este caso, el de José García Domínguez, sus vivencias han enraizado en profundidad. Hay que volver la vista atrás para poder contemplar el inicio de sus veredas, ya que nació en 1914 en La Vera Arriba, en el Valle de San Lorenzo, y en cuyo lugar también falleció en febrero de 2010. En este pago aronero también vivieron sus padres José García Valentín, José de Lera, y Agustina Domínguez Alayón. A José también se le conoce por José Rubio, incluso añadiéndosele algunos lugares donde trabajó de medianero, como Rubio de Los Quemados, en Vilaflor, o Rubio de Biseche, en Arona.
José García Domínguez nació en unos momentos duros, donde apenas se transitaba por la infancia, donde ya se curtía al calor y al frío del trabajo antes de crecer, cuidando cabras, cogiendo hierba, de dos en dos meses vendría a la escuela, dos cabritas, siempre aquí la gente tenía dos cabritas. Y atendiendo dos burros de la familia para que su madre realizara labores como jornalera en la zafra del tomate. José se inicia en estos cultivos alrededor de los trece años, primero en el Tagorito, Arona, después en La Caldera, Adeje. En este último lugar, entre surcos y estacones, conoce a Josefa García Sanabria, con quien se casa, y comienzan a llegar los chiquillos: María, José, Pilar, Antonio, Lorenzo y Pedro. Y en medio el servicio militar, que con la Guerra Civil se le alargó hasta los siete años.

Josefa García Sanabria
Había que agarrar el sustento allá donde fuera más propicio. La escasez en la costa en los difíciles años del racionamiento le llevan a aceptar una medianería en Los Quemados, Vilaflor. Entonces aquí la cosa estaba mal y parriba se conseguía el granito. Allí arando, yendo pa la cumbre, una vaquita, ¿se da cuenta?. Yendo al monte a buscar algún saco piña pa vender, que unos cuantos traje aquí a Lola, cuando amasaba Lola Bello. Y allí en los inicios de los fríos de los Llanos de Trevejos permaneció hasta mediados de los años cincuenta, cuando toca mudar trabajo y casa para Biseche.
Pero lo que hace que los ojos brillen, que la voz se le aclare y que incluso esa pequeña sordera que posee se disipe, es enumerando aquellos momentos de parrandas y carnavales. Desde niño aprendió, con Antonio el Ciego, a tocar el timple, el guitarro malamente. Pero lo suyo era ir de parranda, íbamos a parrandiar y a cantar y a divertirnos y después al baile, los domingos a las cuatro de la tarde se iba al baile, a las ocho de la noche se iba a cenar, a las nueve de la noche se iba al baile, a la hora que se cerraba, a las doce, a la una, a la casa.
Una vida dura la que ha tenido que cursar este viejo amigo, pero que no le pierde la cara a la vida. Y la lleva con el buen humor que aún atesora, sobre todo cuando desgrana algunos comentarios, como el que relata ante la pregunta de cómo aprendió a bailar: bailando. Y rememora: aprendí a bailar detrás de un camello, el camello iba cargado, ¿te das cuenta?, de trigo, de gofio, de estiércol o de lo que iba a buscar, el camello caminando adelante y cuando había un llanito, bailaba, yo solo. O cuando salió con su suegra, y su aún novia, desde La Caldera, en Adeje, para ir a un baile al Tagorito, en Guaza, Arona. Una vez, estaba yo en La Caldera, era novio de la mujer, mi suegra y las dos o tres hijas que tenía y dos o tres más. Ahora vamos a un baile a Guaza, al Tagorito. Andando con mi suegra y la mocedad. Fuimos a Guaza, al Tagorito al baile, de La Caldera, no hicieron baile, de Tagorito a Quemada, tiqui, tiqui, tiqui, tiqui, llegamos a Quemada, en ese entonces lo hacía Pepe Catire, que no hay baile, pal Valle, a la una, a cerrar, pa La Caldera, caminando.
Sus relatos describen numerosas vivencias, como cuando con apenas quince años participó en un Pascual Bailón, bailando dos horas en el salón que tenía María Pérez Reverón, con venta y salón de baile en Los Corrales, tenían un ventucho y un salonito pa bailar y que ellos vivían allí también. En este Pascual, José bailó y cantó, y añade que estuvo danzando con una chica a la que no le pudo decir nada, se acabó el Pascual y no pude romper la palabra.
Pero su ímpetu se vuelca con los carnavales, y los del Valle de San Lorenzo, eso era una eminencia, vía usté esas parrandas, me cago en diez, después cogían polvos, tiraban, después unos precintos, una tiras desas, cintas de papel, las tiraban y se enrollaban, y vueltas áhi a ese Valle. Esa calle por áhi, pabajo y parriba, dando vueltas, iba a La Hoya, de la Hoya ya pasaban pal Pinito palante, se juntaban varias parrandas.
Y no menos eran los que disfrutó en Los Quemados y esa sardina que sacaban en su camello. Yo tenía un camello, que le ponía una albarda en vez de la silla dél, una albarda, se le ponía el tajarón se le ponía el pretal, se le echaba la sardina en el alto, el camello fuchío. A darle vuelta a esa Escalona con el camello y las parrandas. La sardina de tela y meterle ropa vieja y hierbas, prepararla en condición, un metro y medio y sus patas y todo pa poderla amarrar.
Con José Rubio se aprende sobre la agricultura o sobre el cuidado y el manejo de animales. Con la sencillez que le ha enseñado el caminar por la vida, tanto narra como sembraba el cereal o las papas, que explica el truco para obtener una buena sandia. Tanto relata sus avatares en la cumbre cogiendo retama para las vacas como las diversas cargas que trasportaba en los camellos. O el cuidado de una manada de cabras en Chayofa o la brega con camellos por muchas de las veredas del Sur. Son momentos en los que había que trabajar hasta que se pusiera el sol, el sol puesto.


viernes, 27 de diciembre de 2013

Pela de higos picos

 

Pela de higos picos
Con respecto a los higos picos hay toda una ciencia por la que deambular en busca de su denominación correcta. Las porretas son los higos picos pelados, se les retira lo menos posible de la piel para que no se desgrane en el proceso de pasado. Las pipas son los higos que estando más verdosos no se pelan, estos se abren como si nos lo fuésemos a comer frescos. Antes de pelar o abrir, ya sean para porretas o pipas, “se escobiaban y barrian” para quitarles los picos, con escobas de balo, de margazas o de pino. Luego se tendían varios días al sol, en los pasiles. Pasados esos días, que podían ser de ocho a diez, dependía del sol, se recogían una mañana temprano, que estuviesen serenaditos que era mejor para lidiar con ellos.

Fotografía: Pablo Delgado Delgado, Valle de San Lorenzo, 2010