martes, 3 de diciembre de 2013

Taxistas en Los Cristianos


 
En este grupo se encuentran: José y Martín García Domínguez. Antonio Risco González. Francisco Antonio González González. Lázaro Barreto. Lucio González Alayón. Domingo Hernández Cabeza. José Antonio Delgado Linares. Francisco González García. Diego Vargas Alayón. Miguel Trujillo Bello. Antonio Navarro Martín. Primera mitad de la década de 1970

Taxistas en Los Cristianos

La primera parada en Los Cristianos se ubicó en la calle oeste de la plaza de la Iglesia, la actual Calle Buenaventura Ordóñez, en cuyo lugar se disponía de un teléfono instalado en un cajetín adosado al muro de la plaza. Este emplazamiento se aprueba por Resolución de Alcaldía, según se comunica desde el Ayuntamiento de Arona, a 11 de febrero de 1966, al Delegado de Parada de Los Cristianos que por Resolución de esta Alcaldía se ha determinado como lugar para la parada de los taxis de Los Cristianos en la calle lateral inferior de la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, desde la Avenida de Suecia hasta la Avenida del Generalísimo, a lo largo de la parte izquierda, mirando desde la Avenida últimamente señalada.
De este lugar se trasladó a la pequeña plaza con palmeras, al comienzo de la actual Calle Los Playeros, donde se obtuvieron estas dos fotografías, y a mediados de la década de 1970 se ubicó en la calle que en la actualidad se encuentra frente al Centro Cultural. Aquí se situó la Estación Central, y se instaló una caseta, emplazándose algunos vehículos, dos o tres, en pequeñas paradas, como las situadas enfrente de la farmacia Labarta y en las cercanías del actual Kiosko Pepón. 

 
José y Martín García Domínguez. Antonio Risco González. Francisco Antonio González González. Lázaro Barreto. Y Lucio González Alayón, semitapado. Primeros años de la década de 1970

     Bibliografía: BRITO, Marcos: El acontecer del taxi en Arona. Llanoazur ediciones

lunes, 2 de diciembre de 2013

2 de diciembre de 1928. Excursión por las pistas del Sur

 


  Vilaflor. Finales década de 1920

En 1928 se finalizan las obras de la carretera de Granadilla de Abona a Vilaflor, lo que motiva que se organicen excursiones automovilísticas con destino a Vilaflor, como la que tuvo lugar el domingo 2 de diciembre de ese año. Se programó para salir de La Cuesta a las siete y media de la mañana y llegar a Vilaflor alrededor de las doce, en cuyo destino, a los pies del Pino Gordo, se preveía realizar un almuerzo. Y dado la dificultad que ha de presentarse en aquel pueblo para el avituallamiento de los concurrentes estos irán provistos de los comestibles necesarios para el almuerzo. Asimismo se anunciaba que dado el número de automóviles que se trasladarían irán acompañados por dos mecánicos provistos de los útiles necesarios para reparar momentáneamente las averías que se pudieran presentar.
El domingo 2 de diciembre 1928 se organizó por el Cabildo Insular de Tenerife y el Real Automóvil Club de Tenerife, una multitudinaria excursión por las pistas del Sur, para recorrer las que se habían construido recientemente, como la de Los Blanquitos a la de Granadilla a El Médano; la que enlazaba las carreteras de San Miguel y Los Abrigos y Granadilla y El Médano, a través de las Zocas; de Los Cristianos al camino vecinal de Adeje; y la de Adeje a Guía de Isora, de la que se informa que están construidos seis kilómetros. Esta última se finalizó a mediados de la década de los años setenta. 

Adeje. c. 1925
La comitiva constaba de 4 vehículos del Cabildo Insular, el del Presidente del Automóvil Club, varios particulares, varias guaguas de la Exclusiva de Transportes de Tenerife y un camión con gasolina de la Vacuum Oil Company. El recorrido se realizó en caravana hasta Güímar, en cuyo punto se adelantaron los vehículos de Automóvil Club cuyo destino era Vilaflor, el resto se trasladaron a Adeje y con posterioridad se encontrarían en Vilaflor.
Para este trayecto Transportes de Tenerife ofertó una excursión. Esta concesión, en su deseo de cooperar a la mayor brillantez de al excursión automovilista organizada para el próximo domingo, día 2 de diciembre, por el Real Automóvil Club de Tenerife, ha dispuesto que a las siete de la mañana partan de la Estación Central. Marina 11, los autobuses necesarios para conducir a Vilaflor, con regreso la tarde del mismo día, uniéndose a la caravana automovilista, a cuantas personas se inscriban antes de las 7 de la tarde del sábado 1 en la estación citada, previo abono del billete de ida y vuelta, que se establece al precio de veinte pesetas por persona, haciéndose rebajas especiales para familias. Ante la abundancia de turistas que ese día concurrirán a Vilaflor, se recuerda a los Sres. pasajeros la conveniencia de que lleven sus almuerzos por la posibilidad de escasez de alimentos en los pueblos citados.
Pero esta excursión sólo fue ilusión momentánea, la construcción de las pistas del Sur fue una parsimoniosa labor en décadas de abandono, lo que conllevó una lenta implantación del transporte. Sólo un ejemplo, el servicio de guaguas con Vilaflor, desde Santa Cruz de Tenerife llegaban a Granadilla de Abona, pero no había comunicación hacía Vilaflor, se estableció en la década de 1950.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Zurrón y bailarina

 

Zurrón y bailarina

Gofio amasado, cuando se utiliza agua y se amasa en un lebrillo, o en un zurrón. La cantidad de agua depende de la consistencia que se quiera conseguir, a modo orientativo  para un kilo de gofio hará falta algo más de medio litro de agua, y con formas más o menos consistentes de pelotas hechas a mano. Las pelotas de gofio se pueden elaborar de múltiples maneras, sólo apuntar aquellas más frecuentes; sí se amasa en el zurrón el agua se pondrá primero que el gofio; y si antes de sacarlo se tuerce un poco en la boca del zurrón podemos obtener formas caprichosas, así se logra una bailarina. Con agua, gofio y unas piedritas de sal ya tenemos una pelota; pella de gofio y agua salada es un esqueleto de pan [Miguel de Unamuno]. Si a ello le añadimos unas papas guisadas, mucho mejor. Si la preferimos dulce, le agregamos miel; mejor amasar primero con un poco de agua y luego añadirle la miel de abeja, o de palma que no quedará tan dulce, almendras medio molidas y queso duro desmenuzadito; de esta manera se conserva largo tiempo.

Documentación: BRITO, Marcos: Saberes y Sabores. El Gofio. Llanoazur ediciones

sábado, 30 de noviembre de 2013

El “partido del becerro”. Rivalidad entre el Atlético Arona y el C. D. Marino

  Club Deportivo Marino con el becerro. Los Cristianos, 1948

De la introducción del deporte del fútbol en el Sur de la Isla se han encontrado referencias desde la segunda década del siglo XX. En el Municipio de Arona se comenzó a practicar a finales de la década de los años veinte, pero es a comienzo de los años treinta cuando adquiere cierta entidad y regularidad. En esta última década, al igual que las dos siguientes son años de altibajos, de encuentros amistosos, muchos de ellos celebrados en los días de las conmemoraciones de las fiestas patronales, de torneos relámpagos, de homenajes, de excursiones organizadas desde Santa Cruz de Tenerife, en la que además del equipo se desplazaban amigos y familiares, donde después del juego se preparaba alguna comida y bailes entre los componentes de las dos aficiones.
Para su práctica se utilizaba cualquier espacio, en las calles, en las plazas, en cualquier llano o huerta que se preparaba para la práctica del fútbol, como en Arona, que se jugó en Túnez o en el Sitio de los Alemanes. E incluso, como lo hacía el C. D. Marino de Los Cristianos, en un calentador de Las Salinas del Guincho. En las décadas de los años treinta y cuarenta el fútbol surge y resurge continuamente, se constituyen equipos, se deshacen, se vuelven a formar. En 1933 se tiene constancia de tres quipos en el Municipio de Arona, el Arona FC; el Marino FC, de Los Cristianos; y el Valle FC, del Valle de San Lorenzo. 
Entre los fundadores del C. D. Marino se encontraba Nicomedes Martín Melo, quien recuerda algunos de aquellos jugadores: Juan “El Chato” y José “El Obispo” García Martín; “Pepe Chara”; Chano Ferrera; Eliseo Reyes; Mariano Melo Tavío; Carmelo y Juan (de la Caleta de Interián); o Antonio “El Santacrucero”. El equipo solía reforzarse con algunos jugadores procedentes de Alcalá. En esta época las funciones de entrenador las realizaba el que fuera jugador del Tenerife, Miguel Bello Rodríguez.
En febrero de 1948 se jugó un torneo que disfrutó de gran repercusión. La gran rivalidad, sobre todo entre el Marino y el Arona, y la originalidad del trofeo, un balón y una ternera, han hecho que este torneo, jugado entre los dos equipos citados, más el Igara, de Cabo Blanco y el Villamar de Las Galletas, se recuerde en la actualidad como el partido del becerro.  
Se jugó con el sistema de liga, a dos partidos entre cada uno de los equipos, uno en cada campo de juego de los barrios citados. Se ha encontrado algunos de los resultados que se produjeron entre estos cuatros equipos. En los primeros días de febrero el Marino había empatado a un gol en el campo del Igara; y el Arona derrotaba al Villamar por 9 a 1. El partido clave, y por el que se conoce por el partido del becerro, fue el disputado a mediados de febrero. El Marino llegó con tres victorias y un empate, y con la ventaja de que si lo ganaba conseguiría el primer puesto de esta liguilla y se hacía propietario de este peculiar trofeo, donado por José Antonio Tavío. Ganó el equipo de Los Cristianos por cinco goles a cero, y se produjo tal euforia que la noticia transcendió más allá de este Sur de la Isla. Este torneo finalizó con la disputa, en Los Cristianos del encuentro entre el Marino y el Igara, ganando el primero por 5 goles a 2. Y en el último partido, en Cabo Blanco, se produjo un empate uno entre el Igara y el Arona, con lo que este último quedó subcampeón.
La fotografía del equipo del C. D. Marino fue tomada en Los Cristianos, en la carretera general a la altura de la Plaza de Ntra. Sra. del Carmen. Se obtuvo un día después de disputarse el citado encuentro del cinco a cero, tal como relata uno de sus integrantes, Sebastián Martín Melo. En esta fotografía se recoge: 1. Juan Infante. 2. Agustín Ledesma. 3. Juan Marcelino. 4. Ismael Valentín. 5. Sebastián Martín. 6. Graciliano Valentín. 7. Eustaquio Domínguez. 8. Manolo Ledesma. 9. Antonio Ledesma. 10. Ignacio García. 11. Pedro Peñalver. 12. Segundo Fumero, presidente. 13. José Antonio Tavío, donante del becerro. Además de estos nombres, colaboraban en la dirección del equipo, Veremundo Martín, que en esos años era el maestro de la Escuela Unitaria de Niños de Los Cristianos; Francisco Sierra; Juan Bello y José Martín. Al cuadro de jugadores habría que añadirles los nombres de Herrera, Victoriano, Juan Marcelino “Alemán”, Argelio, Torres y Sierra.
No se ha encontrado la lista de los jugadores del Atlético Arona que disputaron este encuentro, pero si que a finales de los años cuarenta su presidente era Antonio Domínguez Alfonso, quien contaba con la colaboración de José Manuel Calamita, Eladio Frías, José Alayón y  Eugenio Domínguez. Ya se jugaba en el campo de El Calvario y disponía de una larga lista de jugadores como Valencia, O´Donnell, Juanillo, Guirgui, Brito, Calamita, Fumero, Linares, Alemán, Ricardo, Panchillo, Correa, o Manay

  Invitación para la comida del becerro
De la rivalidad que siempre existió entre el Atlético Arona, “El Furia”, y C. D. Marino se muestra en este encuentro y los incidentes que surgieron a su finalización, como así queda reflejado en los versos de Isaías Pérez publicado en la revista “Ansina” de marzo de 1996, y del que entresacamos: “(…) La Playa en peso subió p´Arona/ y en el campo había gente/ del Roque y de La Escalona/ Los de Arona daban todos/ el partido por ganado/ pues pa comerse el becerro,/ mucho vino y muchas papas/ en el Norte habían comprado (…) Cuando se acabó el partido/ empezaron los problemas/ porque decía Juancito,/ que terco como un perro,/ que p´Arona era el trofeo,/ el tan ansiado becerro./ Al difunto Paco Sierra/ se lo llevaba el demonio/ y le decía a Juancito/ “si tú no me das el bicho/ se lo digo a José Antonio.”/ Al final hubo cordura/ y entregaron el becerro/ y el bicho llegó a La Playa/ en medio de un gran festejo/ Hubo quien cantó folías,/ isas y seguidillas/ y los más creyentes fueron/ a la iglesia de rodillas./ En la casa de Felisa/ el animal perdió la vida/ y mucha gente degustó/ tan suculenta comida./ La preparó Amador, que ya no está entre nosotros/ al igual que otros amigos/ que vivieron ese día. (…).”
La ternera sirvió para preparar una suculenta comida y organizar una gran fiesta. Parranda, bailes y un reguero de voladores poblaron la tarde y la noche del domingo 29 de este mes de febrero de 1948. Se celebró en el local de la Sociedad del Club Deportivo Marino, que estaba inscrita en el Gobierno Civil con fecha del 13 de junio de 1947; y que en aquel entonces se ubicaba en la casa de Felisa Melo Martín, situada en lo que hoy es la calle Juan XXIII. Fue tal el entusiasmo que generó este hecho, que incluso la directiva del Marino cursó invitaciones para este festejo.

Documentación: BRITO, Marcos: Los Cristianos 1900-1970. Vida cotidiana y fiestas populares. Llanoazur ediciones

Pausadas memorias de María Luisa Reverón Alayón


María Luisa Reverón Alayón. 2006

De la mano de María Luisa Reverón Alayón podemos conocer el duro caminar por el que tuvo que transitar desde aquel 1925, año en que nació en Cabo Blanco, en Arona. Por sus recuerdos se amontonan una lista interminable de labores a las que se dedicó, siega y trilla de cereales, recogida de algodón, trabajos en los cultivos de tomates o del tabaco, raspado de la sal, despedregar terrenos y hasta incluso cargar tierras en la construcción de alguna charca, y otros quehaceres más que se irán desgranando y cuyas dificultades nos lo resume en la frase, hoy lo cuenta uno y no lo cree la gente.
En los labores del campo comenzó en plena infancia, el sustento había que obtenerlo en cualquier trabajo que se le encomendara. Su madre, Adelina Reverón Alayón, se dedicaba “a trabajar y a coser, en tomates, en los salones, ella cosía de hombre y de mujer y de todo, mi madre era amañada pa coser”. A trabajar como apunta María Luisa se iba a lo que surgiera, como a sacar tierra de una charca que se estaba construyendo al sur de Cabo Blanco, “tenía doce años, cargar la tierra y sacarla, sacar entullo. Cuando éramos las dos no llegaba a cinco duros las dos, en la charca esa áhi debajo, a la semana.” O en los veranos despedregando terrenos, “en lo más ruin, porque en los veranos con el calor espedregando, levantando piedras”; o quitando cardones salados o tabaibas para acondicionar huertas en la zona de El Callao en Punta Rasca; en cuya costa también raspaba sal, “y entonces allí mismo donde yo estaba trabajando mi madre cogió un pedazo de salinas y yo salía del trabajo y echaba agua, y después iba mi madre al Roque y a Jama a cambiarla por papas, por brevas o por lo que le dieran.”  
Muchos momentos pasó en las labores de la trilla, que en su infancia era parte de los pocos divertimentos que tenía, ya que le encantaba subirse en el trillo y dar vueltas y vueltas mientras el grano se separaba de la espiga. Y hasta del algodón se ocuparon sus manos, en los años cincuenta cuando durante unos años se cultivó por la zona, en la que muchas familias lo plantaron a medias, por Hoya Juan “y allá en Los Salones, en lo de seño Pepe, esos Salones no se veía sino blanquiando de algodón”.
Pero también había algún momento, aunque fuera breve, para la diversión, para asistir a los festejos de los pueblos cercanos o a bailar, como los que se organizaban en el salón de Francisco Gómez, en uno de los cuales conoció al que fuera su marido, Miguel León Fumero; “que él venía a tocar, tocaba y cantaba, con él y unos cuantos más se hacía el baile y áhi nos hechamos de novios.” Bailes que en la década de los años cincuenta comenzó a organizar María Luisa en un salón de su propiedad en El Morrito.
Y de novios estuvieron hasta mediados de los años cuarenta cuando se casan en la Parroquia de San Antonio Abad, en Arona, a la que se trasladaron en una guagua de la empresa Transportes de Adeje. Acontecía el año de 1946, año de restricciones, de penurias, en la que en algunos períodos no se disponía de camiones, que era el vehículo en el que se solía desplazarse a la iglesia para desposarse; “no querían que fuera la gente en camiones porque anteriormente íbamos en las barandas, cantando y que daba gusto, a la boda. En aquel tiempo estaba Juan Roque repartiendo la correspondencia, y se llevaba muy bien con los de Adeje, una guagua que los asientos no era sino de tablitas. Entonces él me dijo, mira como no hay camiones, que era el marido de la que me hizo la comida, dice como no hay camiones voy a hablar con el de la guagua a ver si te viene a llevar. Pues yo no me acuerdo si eran treinta, pos los que cabían en la guagua.”

  Miguel León Fumero. 1976

Una boda que celebró en su vivienda materna, con la humildad que imponía esa época de sobriedad. “Me acuerdo porque no había ni que comer, fideos, esa sopa, fíjate tú que la gente en el barrio nos guardaba la sopa que venía de ración, que no había, sino que venía de ración. En ese tiempo no vino sopa sino como unas estrellitas chiquitas y me las guardaban los vecinos y los invitados y esos todos que iban guardando la sopa, si les tocaba un cuarto kilo sería, o medio kilo, la compraban y me la guardaban pa la boda, porque no había nada.”
Tiempo de colaboración en todos los aspectos, en los trabajos de la casa, en la trilla, en la recogida de las cosechas y en la elaboración de los alimentos que se consumían en estos festejos. María Luisa recibió leche de cabra para elaborar el arroz con leche, de la propietaria donde trabajaba de jornalera del cultivo de tomates en Guaza Abajo. Un entramado de relaciones que se denota en el gran número de personas que colaboraban en cualquier labor colectiva que se precisara. En este caso el arroz con leche lo preparó Flora Pérez, que era la madre de la madrina de la boda, Carmen Cabrera; ejerciendo de padrino un primo de María Luisa, Román Reverón. Los dulces se hicieron en un horno “en casa de Jovita en Aldea, áhi no se usaba sino pan, rosquetes, tortas y mimos, y vinito que fui por el a Jama, un garrafón de vino a Jama, y chocolate también.” Y después finalizar este banquete con un baile “hasta por la mañana, a cas seño Pancho, allí en el salonito que tenía, bueno un baile que da miedo.” 
María Luisa Reverón Alayón también atesora los pormenores por los que inició la construcción de la Parroquia de Cabo Blanco, tal como le contó su abuela Bernarda Alayón Risco, quien agasajaba una imagen del denominado “Cristo de Hermana”, del que no se ha podido precisar fecha ni procedencia y cuyo nombre procede de la familia que lo custodiaba, “los de hermana”, y desde cuya casa, la de María Reverón “María de Hermana”, se trasladó a la Parroquia de San Martín de Porres.
Bernarda Alayón Risco custodiaba esta Imagen en el antiguo Camino Lera; “ella lo tenía siempre encendido y enramado como era necesario. Bernarda lo sacaba al camino, sacaba una mesa y allí se ajuntaban y rezaban, y ella lo sacaba y le daba vuelta a todo Cabo Blanco, ponían unas mesitas, ahí en cas de madre Genoveva y otra allá abajo por cas Angelito y aquí al acanto abajo en Cabo Blanco otra mesita y descansaba el santito y la gente toda atrás.” Y para cumplir una promesa a esta Imagen se construye la Parroquia, en la que también colaboró María Luisa Reverón y su marido Miguel León Fumero, quien fue uno de los principales impulsores, al presidir la comisión que finalizó su edificación, que se culminó con su bendición el día 12 de noviembre de 1976.
Las evocaciones de María Luisa han recorrido buena parte de las costumbres sociales y laborales que se sucedieron en este Sur de Tenerife. Sus vivencias, alargadas en el tiempo, conocen de penas y de alegrías, de sequías y de lluvias o de las infinitas labores del campo, esas por las que ha trasegado sal, piedras, trigo, algodón, tomates o tabaco. Memorias que crecieron sin entender de prisas, que se fueron forjando cuando aún el tiempo andaba con lentitud. Memorias que se han quedado anudadas al recuerdo de los que gozamos de su jovialidad, de su vitalidad, de su cariño, por más que nos abandonara en marzo de 2013.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Carne de cochino salada. Chirche

 


Carne de cochino salada. Chirche

El cochino lleva el sabor a los potajes, a las verduras, al gofio, a la repostería.  Del cochino hay que seguir repitiendo el tópico de que se aprovecha todo, desde el mismo momento de matarlo en que se recogía la sangre para con posterioridad preparar el relleno de las morcillas dulces. La muerte cochino aún constituye una fiesta, se reúnen vecinos, familiares, es un momento de gran hospitalidad. Lo frecuente era efectuar la matanza después de octubre. Hay varias razones para ello, la llegada del invierno aconseja hacer acopios de carne, de grasa. En esta época ya están preparadas las pasas, y ya se ha recogido las almendras y el cereal, imprescindibles para las morcillas.
La  carne negra se suele consumir ese mismo día, frita, asada, mojo de asadura; o repartir entre los que no han podido estar. También se prepara la manteca, y con las tripas, gruesas y finas, las morcillas dulces. Pero en las casas más pudientes se diversificaba aún más y preparaban morcillas blancas, chorizos, jamones, y otros embutidos. 
La blanca, con algo de magra, patas y huesos, se salan, descuartizando al animal y colocando en sal, en cajones como el de la imagen. En ocasiones se sacrificaba un cochino y una cabra y se salaban juntos, alternado la carne al colocarla en las barricas o en las cajas de madera. En la matanza también se prepara la manteca, y con las tripas, gruesas y finas, las morcillas dulces. Y en las casas más pudientes se diversificaba aún más y preparaban morcillas blancas, chorizos, jamones, y otros embutidos. 
Fotografía: Chirche, julio de 2012

jueves, 28 de noviembre de 2013

Nombres de cabras según sus colores


José Trujillo en labores de ordeño. Casa del Conde, 2001




En la mayoría de los casos los nombres con los que se designaban a las cabras se basan en el color y distribución de su pelaje, en la configuración de los cuernos, en su morfología, en su procedencia o en su temperamento. En las denominaciones según su coloración nos vamos a basar en los recuerdos y las experiencias que atesoran tres cabreros: Salvador González Alayón (Arona, 1919-2012) Casimiro Díaz Hernández (Vilaflor, 1923- Adeje, 2013. Residente en Taucho desde 1950) y José Trujillo González (Vilaflor, 1927; en San Isidro desde 1962).
De ese color, como apunta Salvador, que ha variado con el tiempo, algunos se han perdido, otros se han renovado al mezclar los animales con otros de procedencias diversas: manadas cercanas, del norte de la isla o de La Palma y Fuerteventura. Es que los colores en el ganado han ido cambiando bastante, pero mucho, mucho, porque la raza rociada como esa Serenada viene de Guargacho

Casimiro Díaz con la Mosquita. Taucho, 2003
Los nombres más numerosos provienen de su coloración, como la Amarilla, la Blanca, la Rubia. Por sus combinaciones, como la Berrenda, negra y blanca. Borralla, un color entero pero no es pardo tan oscuro, sino más blancuzco. Bibia, son tirando a requemada pero después con unas pintas blancas. Chorche, son requemadas por alto de las paletas, y algo así por alto del cerro y luego lo otro amarillento. Majorera, se distingue la Majorera y la Chorche, porque la Majorera es un color más a color garbanzo y después una pinta negra sobre el anca, tiene también el cerro así. Lucera, un color entero y después tener unas manchas blancas como la luna llena. Chispada, negra y poquitas chispas blancas en el cuerpo. Gayaá, negra, blanco por aquí debajo y algo por el pescuezo. Fore, le decíamos nosotros, con el fondo canelo y lunares blancas, la del fondo negro y lunares blancos berrenda. Josca, canela, un canelo más claro, más oscuro es guajiro. Zaraza, como apunta Salvador: yo marcado por mi padre, en paz descanse, y mi tío Juan, que vía aquellas cabras, pues la Zaraza y muchos son de nombres que le daba mi abuelo, mi padre. Mi padre tenía una Zaraza. Era algo recolorado, la Zaraza era recolorada pero no como la Encendida, un poquito más baja y negro sobre el anca.
Algunas veces estas explicaciones nos recrean una mejor comprensión de la motivación para su denominación, como la Palmita que relató José: Una blanca y de digo la Palmita. Ese color palmito, blanco, ¿sabe por qué es?, yo creo que eso viene de los palmitos de semana santa que daban antes unos palmitos blancos, ahora no, pero antes mandaban de La Laguna, unos palmitos blancos, a Vilaflor. Y la Palmita siempre a sido una cabra blanca.
La disposición de los colores, componen formas un tanto caprichosas que han dado lugar a designaciones según su apariencia, como la Careta, porque era parda y la jocica blanca. Faldiquera, porque tenía una mancha blanca en el muslo, era negra y la faldiquera aquella. Sobre esta última añade Salvador: yo no las había visto, ni a mi padre, pero después de que conocí esa que era de Guayero, pues nietas de esa puse la Faldiquera.
Entre las cabras también abundan los nombres elegidos por su parecido cromático con otros animales: Cuervina, Gaviota, Villana, Agelilla, Hormiga, Cigarrona, Andoriña, Paloma, Pardela, Cangreja o Palometa, por el pescado del mar, ya ves que la palometa es blanquizca, y después tiene aquí en el alto un color tirando a molinero. O esa Falcona, por halcón, que ha tenido José, con quien ha subsistido este arcaísmo, igual que un falcón, un fore parda.
O con elementos vegetales, como Cardona, una cabra como el cardón, morisca azuleada. Retama, moriscas del color de la retama, del verde de la retama. Majapola, que tuviera un color algo encendido, más bien tirando a un color rojizo. Hay una majapola blanca y tiene como el fondo negro y lo demás como rosado, morado. Una cabra blanca con el cogote negro la he puesto la Majapola

Salvador González ordeñando a la Rubia. Cañada Verde, década de 1980
Asimismo surgen por su semejanza con una piedra tradicional en elementos arquitectónicos o de decoración, la Molinera, que procede de su parecido a la piedra molinera, como en negro y pintas blancas. Y que da lugar a otras denominaciones, según la intensidad del negro, como la Jabáa, que es un molinero más oscuro.
Su semejanza con el concepto de luminosidad, como la Farola, apunta Salvador: era un pardo, porque el pardo era bajito también y después aquellas manchas blancas tan redondas. Mi padre la puso la Farola, sería por lo lucido que tenía aquellas pintas blancas. Así como ese momento tan poético que refleja la Nevada, es blanquisa con pelos grises, como son las moriscas. Y la Nevada, el nombre de la Nevada viene por la cumbre, por las retamas entre la nieve.
Asimismo se ha utilizado el recurso de su mención por el recuerdo del color de una cabra que en su origen provino de otra motivación, como le sucedió a José con la Parrandera, que conoció en la Montaña del Pozo, Vilaflor, cuando en la zona estaba de cabrero José Toledo, coetáneo de su padre. Había una que la llamaban así, se iba con cuatro o cinco baifos, ella cogía el tinete de irse sola y se iba, y después había que irla a buscar. Yo tuve una aquí que la llamaba la Parrandera, pero por color, que era igual que aquella, que era una cabra majorera, como tirando a serenada.
Y una larga lista de nombres, de motivaciones, para citar a cada uno de estos animales. A todas las cabras se le conoce por su nombre, no hace falta contarlas para saber quien falta en algún momento, sí se ha rezagado, sí ha tomado otro camino. No se pierde cualquier cabra, se extravía la Fore, la Mariposa o la Palmita. En la manada de todo cabrero cada uno de los animales tiene su nombre, tal como apunta Casimiro: cómo no y entonces cómo cree usted, tiene un pueblo sin nombre. Todas las cabras tenían nombres, ¿hay persona que no tengan nombre?. No había una cabra que no tuviera nombre, llegaba al corral y miraba y fulana, ¿dónde está?.

Documentación:
GARCÍA GONZÁLEZ, Leticia. BRITO, Marcos: Casimiro Díaz Hernández. De la trilla al ordeño. BRITO, Marcos: José Trujillo González. Maruca Cabrera Bethencourt. Cumbre y costa en la memoria. BRITO, Marcos: Salvador González Alayón. Un cabrero para la leyenda. Llanoazur ediciones